divendres, de setembre 01, 2006

La barca y la ira

El cuento que voy a relatar no es de mi factoría. Es evidente porque encierra una sabiduría a la que yo no he accedido ni por simpatía, pero es una gran historia.

Cuenta una vieja historia Zen que hace mucho tiempo, en la gran llanura, existía un hermoso lago de orillas verdes y aguas profundas y claras. El lago separaba de manera generosa dos pueblos, que vivían a sus expensas y gozaban de la paz de sus aguas.

Los dos pueblos eran amigos, los habitantes de uno y otro eran gente amable y tranquila. Muchos de ellos eran mercaderes que se dedicaban a llevar alimentos y artículos de un pueblo a otro, o que simplemente lo cruzaban si querían ir más allá. También amados y amadas lo cruzaban para ir en busca de sus pares. Incluso los animales de granja y de tiro se veían obligados a cruzar el lago con cierta asiduidad para cumplir con su trabajo allí donde fuera más necesario.

Este trajín diario de productos, animales y gentes era la tarea más importante que se desarrollaba en el lago, y los encargados de la vital labor eran unos seres especiales y queridos por todos, ya que sin ellos la vida entre los dos pueblos no sería posible. Eran los barqueros. Formaban un colectivo respetado y estimado por todo el mundo, mayores, ancianos, niños, incluso los animales los saludaban con alegría y respetaban los límites de las balsas. Entre ellos se ayudaban y respetaban los turnos, atendían con amor a los clientes y discutían en asamblea cualquier tema que les afectara, en perfecta calma aprendida de las aguas del lago.

Todos los barqueros eran amigos y colaboraban entre ellos, menos uno.

Existía un barquero grande, de anchas manos y duros brazos que no había aprendido nada del lago. Era un ser bruto, mal carado, violento y zafio que asustaba a todo el mundo. Ningún barquero quería tener relación con él y giraban sus barcas para no tropezarlo ni de camino, los clientes preferían esperar a que llegara una barca desde el otro lado, que atreverse a cruzar con él. El aislamiento y el miedo de los demás cada vez lo volvían más huraño y furioso.

Una noche de las pocas que el lago se tornaba fiero y sucumbía víctima de una terrible tormenta, el barquero, que llevaba todo el día parado en la orilla del otro pueblo, decidió volver a casa sin ningún cliente, otra vez. Montó en su barca y a medida que golpeaba rabioso el agua con sus remos, sentía la sangre palpitarle en las sienes al ritmo de las gotas de lluvia, mientras su furia crecía en cada palada y su resentimiento con cada bocanada de aire frío que aspiraba.

Ya se encontraba a mitad de trayecto y el cansancio de sus brazos no había hecho sino aumentar su ira, cuando de repente sintió que algo golpeaba su barca con fuerza. La lluvia y la niebla no habían dejado ver a otro barquero despistado que él venía por el centro del lago. ¡Cómo se atrevía nadie a golpear su barca!

La rabia acumulada lo impulsó como un loco en busca del pobre barquero despistado. Agarró un remo en forma de barra para golpear sin piedad al desgraciado que se había atrevido a chocar con su barca y saltó a la cubierta para descargar toda su furia contra el culpable del choque.

Cuando se encontró en la obra barca, no había nadie. Era una vieja barca que navegaba tranquila por las aguas del lago, sin importarle el estado de éstas.



La lección Zen nos enseña que nuestro camino es ser la barca vacía.