dissabte, d’octubre 17, 2015

El misterioso señor del bigote que no ganó el Planeta

Corría el año de 2007, allá por las fechas de octubre, como ahora, cuando un grupo de diez escritores optaban al Premio Planeta tras quedar finalistas con sus novelas "Nelly R, la amante del general", de Duque Orsini; "A ciegas", de Tiresias; "Sol de misterio", de Máximo; "Gio y las palmeras", de Julia Brideshead Ponti; "Una oveja para Trebopala", de S.B. Francisco; "Siete estrellas verdes", de Natalia Hamilton; "El final del ave fénix", de Malube Bazcuez; "Enarmonía", de Ruggiero di Pinto (todos pseudónimos);"El cráneo de Balboa", de Rafael R. Costa, y "La colina de la bruma", de Antonio López Alonso. No puedo ni imaginar los nervios de cualquiera de ellos, diez escritores en busca del galardón que les pagara de un golpe la hipoteca y los catapultara a la élite de los escritores en lengua española en una sola mano de póquer. ¿Os imagináis ante la posibilidad de embolsaros 600.000 Euros (850.000 US$ de entonces)?, ¡uf!, yo lo pienso y me tiemblan las rodillas.

Ese año ganó Juan Millás con su novela “El mundo” presentada bajo seudónimo de ”Gio y las palmeras”. Segundo finalista quedó Boris Izaguirre con “Villa Diamante” y cuyo seudónimo ni lo sé, ni me interesa.

Tampoco tengo interés en saber quiénes eran los otros siete autores, y digo siete porque del décimo sí he descubierto el misterio de su gran secreto. A saber, dicen que es un tipo con bigote, fumador y portador de sombrero, y que ya estaba tan acostumbrado a llegar a la final en este tipo de eventos que ni siquiera se sorprendió cuando no lo invitaron a la cena de gala que se celebró en Barcelona el 15 de octubre en el Palau de Congressos de Catalunya. Supongo que no le haría demasiada gracia haber sido ignorado así, la verdad, pero ese mismo año ya había sido finalista de otro premio de los grandes, el Premio Planeta-Casas de América, así que ni se inmutó cuando vio el ganador por la televisión y el finalista por una nota del circo.

El tipo del sombrero del que estoy hablando ni siquiera tiene página en Wikipedia, a pesar de que su palmarés literario es de caída de mandíbula:
1985, Precio Club de Escritores Onubenses, por “Cirea”
1989, Premio José María Morón de la Cuenca Minera, por “El coleccionista”
1991, Premio Internacional Pablo Neruda, por “Poemas Atlánticos”
1995, Premio Ciudad de Petrer (Alicante), por “Libro de Isabeel”
2004, Premio Literario Kutxa Ciudad de Irún, por “El caracol de Byron
2005, Premio Novela Onuba, por “El niño que quiso llamarse Paul Newman”
2007, finalista del Premio Planeta-Casas de América, por “El judío aberrante”
2007, finalista del premio Planeta, por “El cráneo de Balboa”
2015, finalista del Concurso Literario de autores independientes Amazon, por “La novelista fingida
Y esto por nombrar solo las obras premiadas, porque su nómina aún es bastante mayor.

Quizá algunos penséis que hablo del escritor onubense Rafael Rodríguez, o como él prefiere que lo conozcamos, Rafael R. Costa, pero estaríais muy equivocados porque como decía al principio del artículo, he descubierto el gran secreto de este autor, y que no es otro que Rafael es en realidad el seudónimo de una gran escritora.

Hace días que me pregunto cómo una novelista de la talla de la que se esconde bajo el seudónimo y los bigotes de Rafael puede ser tan buena y no ser el abanderado, o la abanderada, de una gran editorial, ¿qué mecanismos son los que activan el éxito y la fama? Me pregunto cómo es posible que escritores con mucho menos bagaje ocupen incluso las sillas de la Real Academia de la Lengua, y personajes con el currículum de premios que he comentado ni siquiera tengan un contrato editorial digno. Pues no lo sé, la verdad… Parece ser que bajo los bigotes de la escritora se esconden algunas malas pulgas que de tanto en tanto muerden, también es posible que bajo esos mismos bigotes literarios no se esconda una lengua de terciopelo capaz de lustrar los más altos zapatos, ni lamer según que hortalizas, pero como yo no creo en las grandes conspiraciones mundiales, me inclino más a pensar que quizá en los momentos claves de su vida literaria, por equis motivos, no ha sabido, no ha podido, o no ha querido meter la patita para que no se le cerrara la puerta ante los morros. 

Pero estad tranquilos, pues sé que en realidad los que habéis llegado hasta estas alturas del artículo no lo habéis hecho para leer mis diatribas sobre el éxito y la justicia poético-literaria, sino que estáis esperando que aclare quien se esconde realmente tras el puro, las gafas de sol, el sombrero y las chaquetas con las que siempre se presenta el seudónimo de Rafael R. Costa. No sufráis, os lo diré enseguida, si bien apenas con que os hayáis acercado a su obra más reciente coincidiréis plenamente conmigo en la revelación que voy a hacer, así como estoy convencido de que también coincidiréis en que la potencia de la obra de esta autora con seudónimo masculino es extraordinaria y que su futuro, bien sea con su nombre verdadero u otro, es altamente prometedor tan pronto como desactive el botón de invisibilidad con que el doctor Q. la equipó de serie.

Así que, y tras haber agotado toda la palabrería previa al acto, la autora real, con carnet de identidad y partida de nacimiento en Huelva, que se esconde tras el seudónimo de Rafael R. Costa no es otra que Alice Bruma Costa, más conocida como Alicia la Bigotes entre sus amigas de instituto cuando emborronaba libretas con poemas de adolescente y soñaba con llegar a ser una gran escritora merecedora del Planeta.



divendres, de setembre 25, 2015

Carta abierta en jornada de reflexión para indecisos

No quisiera engañar a nadie, así que antes de que comiences a leer este post, querido lector, has de saber tres cosas básicas, es un texto político, es un intento por convencer a los indecisos para que voten a favor de la independencia de Cataluña, y que yo soy independentista, como ya habrás deducido.

Tengo un amigo, que nunca fue independentista y que creo que se acerca más a los postulados de la izquierda con coleta que a otra cosa, que tiene la inmensa habilidad de trasladar cualquier cuestión profunda o de peso a cosas cotidianas. Si le hablan de la insoportable levedad del ser, él lo ajusta al problema de la cesta de la compra, si le hablan de las maniobras económicas entre Estados Unidos y China, por ejemplo, él lo baja la relación entre dos encargados de la fábrica, y así tiene la sorprendente y maravillosa capacidad de hacer entendible lo que muchas veces no lo parece. Hoy voy a intentar ponerme en su piel y defender con su estilo mis ideas.

Podría hablar de que Cataluña es una gran nación, antigua, con una historia propia, tradición en Europa y el Mediterráneo, pero sinceramente, a mí me da igual. Me gusta la historia, incluso algunos sabréis que me atrevo a novelar sobre ella, pero me interesa la historia como tal, como algo sucedido en el pasado y que en muchas ocasiones es altamente interpretable. Imaginemos que alguien, dentro de doscientos años, leyera sobre lo que ocurre hoy en Cataluña, si leyera la prensa unionista vería una realidad, mientras que si leyera la prensa soberanista, el cronista del futuro tendría otra versión muy diferente del mismo hecho. Pues si eso pasaría, o pasa, hoy en día, qué no podemos esperar de cosas que sucedieron hace cientos de años. Por eso, de verdad, no le doy mayor importancia al hecho histórico para reclamar la soberanía de Cataluña como país.

También podría comentar la sarta de agravios que se han hecho desde España a Cataluña, pero también esa parte creo que tiene trampa, porque España no ha hecho nada pues España no existe como ente vivo. En todo caso lo han hecho las personas que ocupaban, u ocupan, cargos de poder en el gobierno de España. No me parece bien el discurso de España contra Cataluña, de la gente contra la gente, porque entre otras cosas, la mayoría de los catalanes que conozco no lo aplican en sus vidas, no lo usamos, pues hemos aprendido a diferenciar entre gobernantes y personas normales en ambos sentidos del puente aéreo.

Podría acogerme a la parte cultural, que evidentemente sí se ha visto dolida por las decisiones de los sucesivos gobiernos estatales en estos últimos ciento y tantos de años, pero aun así, si Cataluña hubiera estado en Francia, nos habría ido peor. Y también hay muchos catalanes que no se sienten identificados con la cultura catalana de la gralla, el Barça o Lluis Llach, ya que somos una sociedad muy permeada y absolutamente heterogénea. Por eso este no es definitivo para mí porque me siento tan emocionado e identificado con un 3d10 dels Minyons como con un poema de Machado o Lorca.

El argumento económico parece el más claro para todos, seas de la opinión que seas, y profeses el signo político que profeses. Es una realidad que los ciudadanos de Cataluña pagan unos impuestos superiores a la media del resto de españoles y reciben mucho menos que esa misma media. Hay otros que están peor, los baleares por ejemplo, pero creo que coincidimos una gran mayoría de catalanes en que Cataluña no recibe el trato que merece por parte del estado central. También podríamos habernos autogobernado (en lo que nos dejan) algo mejor, cierto, pero tener catorce o dieciséis mil millones de euros (casi tres billones de pesetas) más o menos al año durante un montón de años..., ayudan mucho a una buena gestión. 

Y como estos podríamos encontrar muchos más argumentos, patrióticos, fronterizos, deportivos, sociales, políticos,..., sin embargo, al inicio del post he prometido argumentar con el método de mi amigo, así que aquí va mi intento.

En mi opinión es como si en un bloque de pisos, un vecino que fuera propietario tuviera que pagar alquiler por vivir en su propia casa, además de no tener voz ni voto en las juntas de vecinos, tener que ver la televisión del resto sin poder cambiar de canal, pagándola, por supuesto, y además, cada vez que hubiera una derrama en el edificio fuera el encargado de hacerse cargo de la mayor parte. Por supuesto, cada vez que el ayuntamiento diera ayudas al edificio para remodelar la fachada o instalar una calefacción más moderna, este vecino propietario que paga alquiler con intereses por vivir en su propia casa, no recibiría ni un euro, contaría con la reprobación del resto de vecinos cada vez que abriera la boca, y encima estaría obligado a dirigirse a ellos en cristiano.

No sé si he sido capaz o no de dar un ejemplo entendible, porque yo no soy mi amigo, como él no es yo, no tengo su estilo pues cada persona tiene sus ideas, sus pensamientos, sus compromisos y sus reglas, así como su manera de expresarlas. Por eso los motivos para votar sí a la independencia son muchos y variados para cada uno de nosotros, y todos son válidos, todos son igual de importantes. En mi caso es algo tan sencillo como que me siento catalán, así de simple. No tengo manía a nadie, no le deseo el mal a nadie, no me siento más importante que los demás, más bien lo contrario si hemos de ser sinceros, y odio profundamente a los nacionalismos, pero quiero ser catalán y no me dejan serlo.

Me hace mucha gracia todos los que se postulan como ciudadanos del mundo, ciudadanos sin banderas, sin fronteras, hombres de intelecto superior y espíritu abierto que cuando juega la selección de su país se alegran, y gritan, y cantan los goles o las cestas, con orgullo patrio, o se saben los nombres de sus científicos ganadores de premios internacionales, o siguen a su cantante en un concurso de música ligera, o se cabrean cuando alguien hace una insinuación malévola sobre los habitantes de su país, y se alegran cuando van a un país extranjero y ven su bandera en el lobby de un hotel, e incluso sacan pecho cuando un escritor patrio gana un premio de reconocido prestigio internacional. Pues bien, señores, yo también quiero ser un ciudadano del mundo, también quiero dejar de enarbolar una bandera que me cansa como cualquier otra, pero quiero hacerlo con mi pasaporte catalán en el bolsillo y mi país compitiendo con el resto de países del mundo en el área que sea, y en esas circunstancias es que me oirán decir que no creo en las banderas porque soy un ciudadano del mundo.

No conozco ni un solo país en la historia, ni pasada ni reciente, que siendo independiente haya solicitado ser readmitido al país del que se independizó. Ni un solo ejemplo he sido capaz de encontrar tras goglear con fruición la consulta por largo rato. Recientemente han habido varios casos de independencias, de referéndum y votaciones de autodeterminación de los pueblos, y hemos podido comprobar una constante, en Escocia y Quebeq, por ejemplo, siguen los movimientos nacionalistas y muchos de sus habitantes lamentan haber votado “no” cuando les preguntaron, mientras que en otros, como Lituania (que por cierto recibió las mismas amenazas hace unos años por parte del “establishment” a las que está recibiendo Cataluña, hace apenas unas semanas jugó la final del Eurobasquet contra la selección española), Letonia, Estonia, Croacia, o República Checa no volverían al lugar del que salieron jamás y todos sus habitantes conviven en total normalidad, como en cualquier otro país.

Por eso os pido, ciudadanos del mundo, sea cual sea el tamaño de ese mundo, que vayáis a votar sin miedo el 27 de septiembre por la soberanía de Cataluña, con fe, con alegría, con convicción, porque estoy convencido de que es mucho mejor cometer nuestros propios aciertos y errores que vivir a remolque de los de los demás.

dissabte, d’agost 22, 2015

La novela histórica, mi gran enamorada

“A mí, Hasan, hijo de Mohamed el Alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy …”, ¿no me diréis que tras leer esta introducción no os entran unas ganas terribles de coger la novela de León el Africano y devorarla de cabo a rabo?, o esta otra: “Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo…“, ¿no os entran unas ganas incontenibles de leer, o releer, Sinuhé el egipcio y correr desnudos gritando ¡Nefer, Nefer, Nefer!?

Reconozco que mi pasión por la novela histórica es inmensa, me atrevería a decir que es uno de los géneros que más me entusiasman y qué más me han hecho disfrutar porque en ella se engloba cualquier otro género. Si te gusta la novela policíaca, lee a Crhristian Jacq y su trilogía El juez de Egipto, o Ladrones de tinta, de Mateo-Sagasta, si te gusta la novela espiritual cargada de realidad, lee a Albert Salvadó, te gusta la novela de aventuras, engánchate a El médico, de Noah Gordon, y así podría seguir con una lista infinita de novelas que tratan temas actuales en escenarios históricos adaptados por la imaginación del autor para el disfrute de sus lectores.

Sin embargo es un género difícil para el autor porque se enfrenta a los mismos retos de cualquier otro autor, comenzando por la terrorífica página en blanco y siguiendo por la espeluznante página ciento una, pero además tiene enfrente a lectores especializados, o incluso historiadores, que en cualquier momento pueden desmontar de un plumazo toda la arquitectura literaria por una sola falla histórica. Hace unos años tuve la oportunidad de leer algunos manuscritos como “lector profesional”, y en uno de ellos el autor presentó en pleno siglo XII, y apenas en las primeras páginas de su novela, una escena de un convento de monjes cultivando tomates…, ¡en el siglo XII solo los nativos americanos untaban tomate al pan!, u otra novela de cuyas letras soy responsable, La virgen del Sol, enmarcada en el Perú andino antes de la llegada de los europeos, y que tenía a sus personajes comiendo queso a todas horas cuando el queso no llegó hasta bien entrado el siglo XVI de la mano de los conquistadores. Errores de este tipo son terroríficos para una novela histórica.

Creo que la base para una buena novela histórica, además de trama y personajes, es tomar datos muy conocidos por los lectores, mezclarlos con otros datos algo más rebuscados, pero comprobables, y añadir mentiras flagrantes al cocktail, dándole siempre al conjunto un aspecto de credibilidad absoluta. Un buen ejemplo sería “extendió Moisés su mano sobre el mar, y el Señor, por medio de un fuerte viento solano que sopló toda la noche, hizo que el mar retrocediera, y cambió el mar en tierra seca, y fueron divididas las aguas…”. Alguien a quien todo el mundo conoce, Moisés, y del que no se duda de la veracidad de su existencia a pesar de que no hay ni una sola prueba arqueológica que la demuestre, llega a un mar, levanta la mano y el mar se abre, pero además de abrirse un mar, el pasillo que se forma entre las aguas queda seco. Cuántas veces no hemos escuchado esta historia, y sin embargo, a poco que la analicemos vemos que sin tener fe es imposible creer algo semejante, pero la mezcla de un hecho insólito, en este caso además físicamente imposible, escrito con tono de veracidad y salpicado de datos históricos conocidos, éxodo, judíos, faraones, etcétera, le da al conjunto la consistencia que el autor andaba buscando.

También es la historia, por extensa, un terreno perfecto para la creación, pues más allá de no contravenir hechos históricos probados, el autor tiene un campo de fabulación infinito. Puedes convertirte en la concubina del rey, en el afinador de su piano, en su cartógrafo, su mensajero, su esposa, su arquero, su bufón, en el propio rey, pasmado, por supuesto, en el último rey o incluso en todos los hombres del rey. Casi todo está permitido en la fabulación histórica, casi todo menos aburrir a las ovejas, porque uno de los problemas que detecto a veces en este tipo de género es la necesidad imperiosa del autor por dar a conocer al lector lo listos que somos (me pongo a la cabeza del ejemplo), lo mucho que nos hemos documentado, el trabajazo que hemos hecho estudiando la Wikipedia hasta reventarnos los párpados olvidando que nuestra función no es la de educar, porque nadie compra una novela para prepararse para un examen final de historia. Para eso ya hay otros medios (no aconsejo la Wikipedia…) mucho más aburridos y confiables que las letras de una novela. Vale la pena recordar que los autores somos mentirosos armados con un teclado, un esferógrafo, una pluma, o una Olivetti Lettera 32 para los románticos, y que nuestra única función es la de entretener, la de sembrar la duda en el lector, la de hacerle caminar por el sendero que le hemos urdido lleno de verdades y mentiras disimuladas sin que el pobre caiga muerto de aburrimiento en el primer lecho de hojas secas que encuentre, que acostumbra a estar apenas entrando al capítulo dos.

Y sin embargo, ahora que pienso, he de reconocer que mucho de lo que sé de catedrales lo aprendí con Los pilares de la tierra, que descubrí al faraón Akenathon de la mano de Sinuhé, y al gran Abu-Alí al-Hussayn ibn Abd-Al·lah ibn Sina, más conocido como Ibn Sina, en las letras de Noah Gordon y su El médico, que supe lo que eran las tríadas por El puerto de los aromas, y que el Eixample de Barcelona fue un ejemplo de especulación inmobiliaria leyendo La ciudad de los prodigios, del infinito Mendoza, ¡oh!, y que El capitán Alatriste fue contemporáneo de Quevedo, o que los editores ya eran piezas de temer en el siglo de Oro de las letras españolas según supe cuando leí Ladrones de tinta, ¡estoy enloqueciendo!, podría seguir por varias páginas más con todo lo que creo que sé si no fuera por aquello del lecho de hojas y porque acabo de caer aturdido víctima de una trampa gigantesca: ¿será verdad que leer es cultura?.

dissabte, de juliol 04, 2015

10 motivos para no visitar La Habana y 1 argumento desesperado


Motivos para no visitar La Habana:
  1. Es una ciudad que prácticamente está en ruinas. 
  2. Es un viaje de regreso a la década de los cincuenta. Vehículos de mediados del siglo pasado se pasean ufanos por una ciudad de la que ya forman parte de su imaginario, como los posters y fotografías amarillentas de viejas glorias que tomaron sus daiquiris y sus mojitos en los bares de moda del momento. 
  3. A excepción de los turistas, hasta los perros callejeros están fichados. Es una ciudad en la que casi todo, taxis, caballos, carros, coches, buses, e incluso los perros callejeros, llevan un carnet que les recuerda quiénes y de quiénes son.
  4. Es una ciudad en la que unos pobres, armados, robaron a unos ricos, industriales, para repartir con otros pobres lo que no era de ellos y a los que después robaron para que ellos, los armados, se hicieran más ricos que los ricos a los que les habían robado para repartir con los pobres, que hoy ya no son pobres, cierto, pero a los que les gustaría volver a serlo para salir de la miseria en la que los ricos, los armados, los han sumido.
  5. Todo el mundo tiene un primo que tiene un coche para dar una vuelta, barata, por la ciudad, que trabaja en una fábrica de puros, baratos, y que está casado con una señora que cocina de maravilla, barato, en su casa.
  6. La única forma de hacer una fotografía de la Plaza de la Revolución es capturando la pantalla de Google Maps.
  7. El Ché está por todas partes, Ché por aquí, Ché por allá, posters, libros, discos, fotos, camisetas, colgantes, llaveros, la casa donde nació, la casa donde echó el primer polvo, la baldosa de la calle que pisó un día volviendo de uno de sus asesinatos,… ¡incluso tienen una pared con su rostro en la inmensidad de la Plaza de la Revolución!
  8. Cada Euro, Dollar, CU, Yen o Rublo que gastes será repartido por las inocentes manos de una dictadura. ¡Vas bien, Fidel!
  9. La dignidad de los cubanos es proporcionalmente inversa a su estado.
  10. El Malecón, hermoso, está cubierto por un palmo de chapapote en el que docenas de habanenses pescan al caer la tarde. 
He tardado treinta años en ir a La Habana porque, además de estos argumentos y los muchos que se me ocurren, nunca quise ir a un país gobernado por una dictadura. 

Sin embargo, por avatares de la vida tuve la oportunidad de ir hace unos días y disfrutar de una estancia breve en La Habana Vieja, uno  de los centros históricos más hermosos de Latinoamérica, y estoy seguro que del mundo entero, y que parece que hubiera soportado una guerra por años. Casas de una factura magnífica que se desmoronan sobre sí mismas sin que los que las usan puedan hacer nada por ellas, y sin que los que las robaron a sus propietarios aporten un grano de arena en su mantenimiento. Viviendas que serían la envidia de ciudades como Barcelona, New Orleans o la mismísima París, aguantadas por crucetas de tablones rescatados de otros escombros, con divisiones interiores de cartón donde en su momento hubieron algunos de los frescos más impresionantes de artistas de la época, y que ahora están preñadas de personas que viven en un hacinamiento indigno. Un atentado al patrimonio de la humanidad igual o peor al que los terroristas han practicado en ciudades como Bamiyán, Tombuctú o las más recientes Palmira y Cirene.  

En los pocos días que permanecí en un hotel maravilloso en pleno centro de la ciudad vieja me maravillé del entorno, de lo poco que hay restaurado, y me horroricé con la situación de los cubanos que pasean la dignidad de su educación y su sanidad gratuita por cada rincón al que el turista les dé entrada. Una sanidad, vaya por delante, que no sé si será o no buena, ni cuánto tenga de gratuita, pero que se practica en centros médicos más parecidos a los de Haití que a los de cualquier otro país caribeño. Algo que contrasta con la cantidad de librerías que pueblan sus calles y que no he visto en ningún otro lugar del trópico.

Me sobrecogió la belleza de la ciudad, destruida, y la calidez de sus gentes, aún cuando sabes que tras cada sonrisa forzada al turista se esconde una necesidad imperiosa de rescatar algo de dinero. 

Me impresionó la cantidad de música que suena por doquier en la parte turística. Bandas completas que asaltan con sus notas magníficas y sus composiciones perfectamente ilustradas a los turistas en cualquier rincón. Bandas callejeras con violonchelos, flautas traveseras, clarinetes, guitarras o una quijada de vaca que hacen sonar como si hubieran estudiado en un conservatorio…, algo que seguramente es así.

Me maravilló la inventiva de una gente que tiene que hacer magia para conseguir cualquier cosa, un litro de pintura, un puñado de clavos, lo que sea, y eso que desde hace un tiempo parece que tienen permitido que los cientos de miles de cubanos que viven en el extranjero los provean de ciertas cosas.

Veo que me voy extendiendo a medida que mi memoria recupera las sensaciones vividas, las sonrisas recibidas, las caminatas entre escombros, obras de arte y fotografías de momias sacadas de libros de terror aderezadas con música de son y salsa, y no he dado el argumento desesperado. ¡Aquí va!

Argumento desesperado:

La habana es una de las ciudades más hermosas que he visto jamás y que nadie en su sano juicio debería dejar de visitar para opinar por sí mismo.



divendres, de juny 26, 2015

Jordi Díez y su obra en La web del escritor social

Hace unos días, el escritor Rubén Espino, en su página LA WEB DEL ESCRITOR SOCIAL, hizo una reseña sobre la novela La virgen del Sol que me avergonzó y sorprendió más incluso de lo que le agradezco sus palabras. Como me pareció una reseña sincera y muy bien estructurada (perdón por la vanidad mal fingida) sobre mi persona y mi obra, no puedo dejar de compartirla.

Rubén, infinitas gracias, eskerrik asko Taldekide.

COMENTARIOS PREVIOS

Razón tienen quienes defienden, y me incluyo, que muchas de las obras de escritores/as independientes en nada desmerecen la calidad de las que nos llegan a través de autores/as consagrados/as en el mundo editorial y comercial tradicional. La mayoría de quienes defienden lo anterior, también son lo suficientemente realistas y objetivos como para reconocer que entre el grano también se cuela mucha paja, y que el filtro de la literatura independiente es evidentemente menor que el estrecho embudo editorial. Desde mi última reseña en esta sección, cuatro libros de autores independientes han caído entre mis manos, y unas cuantas novedades de autores top ventas del mercado editorial, que no lo son por casualidad, sino porque escriben bien, y transmiten mejor. La consecuencia lógica de lo expuesto en el párrafo anterior es que la expectativa de acierto en el primero de los casos baja considerablemente, algo que no me retrae ni me frustra, sino que me tomo como una auténtica aventura literaria.

Digamos que comerme un Ferrero Rocher, incluso dos, hasta tres, puede ser un buen regalo para el paladar, pero si mi selección de repostería se restringe siempre a esos milagrosos bombones que convierten a los mortales en aristócratas, el tedio y la monotonía acabarán por empalagarme. Prefiero, siguiendo la metáfora, ese otro surtido más asequible y variado, que deparará seguro alguna que otra decepción, pero que me genera la expectativa de encontrar una auténtica delicia, y puede que incluso el licor de lo prohibido en su interior. Pues bien, antes de que la metáfora me lleve a algún callejón del que no sepa salir, diré que descubrir la obra de Jordi Diez ha sido como encontrar el bombón que llevaba tiempo esperando para ocupar un nuevo espacio en mi ya no tan joven web literaria. Para que entendáis de una manera más visual y prosaica lo que me ocurrió con este escritor y su primera novela, imaginadme recostado en mi cama, con mi Papper White entre las manos, mi mujer a mi lado haciendo lo propio (Ella con el suyo claro, que lo de compartir si hay suerte viene después), y en una de esas yo levanto la cabeza y le digo:

-Joder Estibaliz, este tío escribe muy bien.
-¿Quién es?
-Jordi Díez.
-No le conozco, ¿es independiente?
-Sí.
-¿Y por qué no habría de escribir bien? ¿No eres tú defensor de los independientes?
-Sí claro, es solo que arrastro alguna que otra decepción.
-Yo también -me dice ella con una novela de Zafón entre manos, autor que parece no entusiasmarle demasiado, y que para mí es elección segura, razón por la cual se lo recomendé.

Cabe añadir para ser fieles a la verdad, que el encasillamiento de Jordi Díez como escritor independiente no es del todo correcto, al menos no desde sus inicios. Su primera novela, la que hoy reseñamos en este artículo, fue publicada con éxito a través de una Editorial, mientras que con su segunda novela, de la que también daremos alguna pincelada, el autor acabó tomando el camino de la publicación independiente, un camino que, tras la experiencia vivida, Jordi Díez defiende como su clara opción de futuro.

CONOCIENDO AL AUTOR


Nos cuenta su biografía que Jordi Díez es escritor, profesional del turismo, aficionado a la fotografía, y un enamorado de los mil y un rincones de América Latina, rincones especiales como los que le inspiraron e incitaron a escribir su primera novela, La virgen del Sol, mi última lectura y la protagonista de este artículo. Jordi nació en Terrassa, Catalunya, hace 45 años, pero fueron su espíritu inquieto y sus ganas de conocer nuevos horizontes los que le obligaron, 37 años después, a abandonar su país y alejarse del Camp Nou, para arribar al continente americano. Ahora, en otro rincón caribeño de la República Dominicana, Punta Cana, compagina la dedicación a su familia, con su trabajo como directivo en una empresa del sector turístico, y con la que espera que pueda llegar a ser también su profesión, la escritura.

Reconozco que cuando descargué su primera novela en mi libro electrónico lo hice sin tener la más remota idea ni de quién era Jordi Díez, en la acepción más personal del verbo ser, ni de cómo escribía. A lo segundo ya le he puesto remedio, y lo primero lo he intentado resolver de la mejor manera en que uno puede hacerlo sin tomar un avión que cruce el atlántico, a través de los artículos, entrevistas y vídeos accesibles en internet. Todo ello a mi me ha hablado, primero que nada, de una persona apasionada por la creación literaria, un paranoico leve como él diría, capaz de visualizar historias donde otros solo ven rutina, donde otros solo ven ruinas. Y si me permitís remarcar un solo aspecto más de su personalidad, porque es una cualidad para mí muy importante, no porque pretenda sicoanalizar a nuestro invitado, diré que he descubierto a una persona con un agudo e inteligente sentido del humor, resaltado aún más si cabe por su personal acento catalán.

Comenta Jordi Díez que en su vida, desde muy niño, siempre han estado presentes los libros, pero que ha acabado siendo la literatura latinoamericana la que le ha marcado en mayor medida en su evolución como lector y escritor. Sin dejar de acordarse de autores como Vargas Llosa, Rulfo, Isabel Allende o el gran Cortázar, no puede evitar señalar por encima de todos a Gabriel García Márquez y su obra maestra Cien Años de Soledad, de la que dice llevar siempre un ejemplar encima.

No voy a reproducir todo lo que Jordi Díez ha dicho en sus entrevistas e intervenciones porque sería no solo poco original sino probablemente plagio, y porque os voy a adjuntar a continuación los enlaces a algunas de ellas. Sí quiero reflejar aquí algunas de sus opiniones, que enlazadas creo pueden resultaros muy interesantes. Asegura Jordi que solo puede escribir quien tiene algo que contar más allá de lo banal, quien es capaz de superar la soledad, la frustración, y el enfrentamiento personal que esta actividad a menudo conlleva, quien distingue la magia en lo cotidiano, y opina además que un escritor sin lectores es como una tarta sin comensales, como una canción sin auditorio, como “ser así de bonito y no tener novia”.

En fin, a Jordi Díez por suerte, no le hacen falta novias, ni le falta quien le lea, nada de extrañar diría, a poco que se le conozca, a poco que se le lea.

ENLACES DE INTERÉS


Página web y blogs del autor

14 de agosto de 2012 - Entrevista a Jordi Díez en el blog “El Color De Las Palabras”

24 de noviembre de 2013 - Intervención de Jordi Díez en el “Miami Book Fair International”

LA VIRGEN DEL SOL


Esta obra se publicó en el año 2007 a través de Ediciones B, se encuadra en el género de novela histórica, y está ambientada en el período de mayor expansión del imperio inca, unos 100 años antes de la llegada de los conquistadores. Cree el propio autor que, siendo su primera novela, se percibe en sus letras cierta ingenuidad, aunque bien sabido es que la insatisfacción bebe del perfeccionismo, y que, salvo que se tenga un ego desmedido, o se haya tenido la infinita suerte de nacer en Bilbao, no es aconsejable que un autor critique su propia obra.

Como no podía ser de otra manera, porque en caso contrario esta reseña no habría visto la luz, a un servidor la novela le ha gustado mucho, y os la recomiendo con la tranquilidad de no ir a defraudar a nadie que disfrute del género y de la narrativa de calidad, con mayor o menor dosis de ingenuidad, dícese frescura. Si mi solo criterio no os ofrece todas las garantías que buscáis a la hora de seleccionar vuestra próxima lectura, podéis reparar en los más de 40.000 ejemplares que en pocos meses se vendieron en el Estado Español y América Latina, o en el hecho de que una Editorial de peso como Ediciones B apostara por la primera novela de un escritor entonces aún novel.

La novela nos transporta al Imperio del Sol, a las tierras del Inca, y nos sumerge a cada página en la espiritualidad de una cultura milenaria, a la vez que desconocida para muchos de nosotros y nosotras. En una pequeña y remota aldea del imperio, un sacerdote señala a Nemrac como la elegida, una Hija del Sol. La niña, junto a sus padres Nuba y Airún, emprende un camino jalonado de fatalidad, superación y crecimiento espiritual, hacia el Templo del Inticancha, donde su destino le espera. Todo ello sucede en tiempos de conflicto y expansión del Imperio inca. El emperador Yupanqui Pachacutec y su hijo Tupac Yupanqui tratan de sortear la profecía que vaticina la desaparición de su pueblo, y las violentas consecuencias del divino mandato exigirán a Nuba, a Nemrac y a todo el Pueblo del Sol superar sus límites humanos y terrenales. Entre los personajes protagonistas quiero destacar a Nuba, por ser el que con más arraigo y nitidez se ha fijado en mi memoria lectora, y entre los personajes secundarios me quedo con la luz de Xasca, una de esas personas a la que todos querríamos conocer en los momentos difíciles de nuestra vida. Solo me queda dar mi más sincera enhorabuena a Jordi Díez por la obra aquí reseñada, que se convierte además en la mejor carta de presentación de sus nuevos trabajos literarios.

Descarga desde AMAZON aquí: La Virgen del Sol

OTRAS OBRAS DEL AUTOR

No habiendo leído ningún otro trabajo de este autor, no voy a extenderme ni voy a restarle protagonismo a la obra en esta ocasión reseñada, pero sí creo apropiado dar al menos alguna pincelada del resto de su obra publicada o en fase de producción. El día que Jordi Díez visitó la tumba del rey Pere en el monasterio cisterciense de Santes Creus comenzó a fraguarse su segunda novela, El péndulo de Dios. Dice su autor que se trata de “una novela ágil, de prosa más rápida que la de su primer trabajo, con una temática que intenta ser adictiva y cuyo único fin es que el lector disfrute leyéndola”. Un thriller de los que a él le gusta leer, reconoce el autor. Docenas de miles de descargas en Amazon fueron las responsables de que en 2012 la editorial Ediciones B volviera a interesarse y publicar la obra de Jordi Díez. En la actualidad la novela está siendo traducida a varias lenguas, y su sinopsis desvela lo siguiente:

¿Por qué no existe ninguna prueba física de la existencia de Jesús? Durante siglos, una comunidad nacida de los esenios ha intentado mantener en secreto la única prueba de la vida real de Jesús... hasta ahora. Cècil, un auditor de proyectos humanitarios en el tercer mundo, se ve envuelto en un asunto de tráfico de antigüedades que lo llevará tras los pasos de Azul Benjelali, un antiguo amor experta en lenguas antiguas, y que está a punto de descubrir el secreto que ha permanecido en silencio por miles de años. Con la ayuda de Mars, una misteriosa colombiana, Cècil comienza una carrera contra reloj que lo llevará de una clave a otra tras los pasos de los esenios, los romanos, los templarios, los almogàvers, las tropas borbónicas y los nazis, y que nos mantendrá en vilo desde la primera página en un rompecabezas que deberán resolver si no desean que el secreto caiga en las manos equivocadas que lo han perseguido durante siglos. La eterna lucha del hombre por dominar su tiempo, la ambición y la generosidad, la esperanza y el miedo, las dos caras humanas enfrentadas por el poder a lo largo de dos mil años.

Descarga desde AMAZON aquí: EL PÉNDULO DE DIOS

Paralelamente Jordi Díez también ha colaborado con algunos cuentos como El Reloj (2012) o ¡Guaneró! (2013) en la revista “El hombre de Mimbre”. Y por último debemos hacer mención a su actual proyecto literario, una nueva obra aún sin título cuya idea y argumento se gestaron en la playa del Rincón, en el norte de la República Dominicana, en una de las playas más hermosas del mundo, según confiesa su autor. Jordi Díez nos desvela que un guerrero, un héroe injustamente olvidado, cuando no parodiado, de la resistencia anticolonial, será el protagonista de su ambiciosa y emocionante nueva novela.

Create your own website for free: http://www.webnode.com

dissabte, de juny 06, 2015

La felicidad del pirata


Habíamos quedado a las ocho de la mañana en la playa de Bibijagua, una de las pocas playas públicas que quedan en la zona turística de Bávaro, y desde donde navegaríamos a bordo de un catamarán hasta la zona norte del país, hasta la hermosa bahía de Samaná. El catamarán, de 42 pies de eslora (unos 14 metros), necesitaba algunas reparaciones menores que se corregirían en el astillero de la empresa en Samaná, a unas sesenta y cinco millas marinas, apenas 120 kilómetros, y que calculamos que haríamos en unas seis horas de travesía.

El mar, magnífico, plano como un plato, con olas fuera del arrecife de apenas tres o cuatro pies, estaba perfecto para navegar, y el cielo, seminublado, auguraba una travesía descansada del sol acuciante con que cada día se castiga esta tierra, así que apenas subimos todo lo necesario al barco, bebidas, refrescos, agua, cervezas y vino, pan, embutidos, nachos, salsa de tomate, y cosas otras de barcos que quizá no fueran tan necesarias, como sogas y similares, partimos con viento de estribor.

El primer tramo consistió en sacar el barco a golpe de motor de la barrera de arrecife que protege una buena parte de las playas de Bávaro, preciosas, majestuosas, saturadas, prostituidas, casi desaparecidas, explotadas y violadas por los mismos que pagan mi salario mes tras mes, y que las llenan (llenamos) de turistas procedentes de todo el mundo en una orgía de lenguas, nacionalidades, texturas y colores de pelo, de piel, de ojos, acentos y costumbres que se unen bajo una única bandera: sol, cerveza, relax y sexo. Cuando lo pienso, es realmente triste que un lugar con una riqueza cultural y natural tan amplia se simplifique en estas cuatro cosas a las que quizá deberíamos añadir la música, pero la verdad es que para un catalán que ha visto desde su nacimiento sombreros mexicanos, toros y flamencas inundando las tiendas de souvenirs de Barcelona, a veces la inmundicia turística pasa desapercibida…

Decía que el primer tramo consistió en bordear la costa de Bávaro hasta abandonar el arrecife, más o menos a la altura de Macao, y adentrarnos en mar abierto sin perder jamás de vista la costa, ni la cobertura del teléfono móvil, lo que si bien por una parte le resta algo de emoción al viaje, garantiza que podamos subir las fotos al FB o Instagram.  

Una de las cosas que más ilusión me hacía antes de embarcar, además de la propia travesía, era compartir de nuevo unas horas con Enzo, nuestro capitán, un tipo extraordinario. Enzo, de edad indefinida (no sé si tiene ciento cincuenta años, cien o cincuenta), es un niño pequeño, un híbrido entre Peter Pan y Anne Bonny, preñado con el entusiasmo de Marco Polo y la responsabilidad (en tierra) de Charlie Sheen. Un personaje del que me siento feliz de conocer. 

Apenas llegando a la altura de Nisibón le pedí que me dejara pilotar el catamarán, y Enzo, tras las burlas obligadas al grumete, me entregó el timón. Siéntelo, siente como vive en tus manos, me decía, siente como has de dominar el barco antes de que comience a virar, y yo, torpe como un armadillo con el cubo de Rubik, me esforzaba por sentirlo. No era la primera vez que pilotaba un barco, ni siquiera un catamarán de esas dimensiones, pero sí era la primera vez que lo hacía junto a Enzo, junto a una persona que se vio atrapada con su velero en el canal de Suez en plena guerra de los seis días, arropado por las bombas que volaban desde ambas orillas y que pasaban por encima de las embarcaciones que esperaban para cruzar al otro lado del canal. Iba a Madagascar, “solo a ver Madagascar”, me explicó cuando le pregunté qué hacía por allá y argumentó con el mejor motivo del mundo para moverse, pero allí, sentado en la cubierta de su velero, mientras observaba las trazadoras de las baterías egipcias e israelíes, decidió dar media vuelta, regresar al Mediterráneo y marchar a Brasil a tiempo de llegar a los carnavales. 

Enzo se colocó a mi lado justo cuando comenzó a soplar una ligera brisa sureste-oeste que levantó en el mar unas pequeñas olas de seis o siete pies, entonces se puso como un loco, como un niño al que le regalan una pelota, como Messi cuando recibe una asistencia de Xavi que lo deja en franca ventaja, como un escultor ante una veta perfecta, ¡surfea las olas!, me repetía, ¡siente como entran por la popa y te llevan a babor, siente como ganamos dos nudos al caer!, y yo, que me entraba la ola por detrás moviendo todo el catamarán, ni sentía que ganábamos velocidad, ni nada más que el barco se mecía al ritmo de las olas como en cualquier otro momento de la travesía. Aguanté un rato más al timón y se lo devolví, y ay, amigo, ¡cómo se puso Enzo! Agarró la circunferencia metálica radiada y comenzó a levantar el catamarán y a dejarlo surfear sobre las olas como si fuéramos una tabla en una playa de Hawái o de Cabarete, levantaba la popa a las olas que lamían los maranes desde atrás hasta que la espuma se deshacía en la parte delantera del barco, y mientras Enzo gritaba y me guiñaba un ojo cómplice, vivo, ardiente y virgen como el de un niño.

Fueron unas horas maravillosas en las que ni siquiera su cuerpo arrugado y envejecido pudo contener al infante que llevaba dentro, al explorador, al astronauta, al navegante, al aventurero con un cuchillo atado a la cintura y cicatrices suficientes como para competir con las arrugas que lo visten. Me sentí feliz y miserable al mismo tiempo, abrumado por la felicidad ajena, estúpido al comprender, una vez más, que esos momentos de felicidad sólo dependen de nosotros, de nuestra capacidad de asombrarnos, de nuestras ganas de disfrutar las sensaciones más sencillas y que es nuestra obligación ir a cazarlos en nuestro tiempo por todo el planeta. Leía ayer en el blog de una amiga muy querida que el amor no existe, sino solo las muestras de amor, y creo que lo mismo podemos aplicar a la felicidad: la felicidad no existe, solo los momentos felices. 

Llegamos en la tarde, entramos por el canal que queda entre los cayos y la costa, y bordeamos el más famoso, el Cayo Levantado, hasta la bahía de Samaná, una de las diez bahías más hermosas del mundo, dicen…



¡Grazie mile, Capitano!

dimecres, de juny 03, 2015

Un senyor de Terrassa



El fútbol es algo extraño, un juego absurdo en el que veintitantos tipos corren detrás de un balón con la finalidad de meterlo dentro de una red. Un deporte, dicen, pero que sin embargo está conectado a las emociones más primitivas sin pasar por el mínimo filtro del cerebro y que hace que, viendo imágenes como estas, yo personalmente me emocione.

Solo me hubiera gustado ver a mi vecino vistiendo la camiseta de la selección catalana liderando una fase de clasificación para un mundial, y disputándolo, como cualquier otro país normal, pero eso se lo dejaremos a Messi.

Gràcies, Xavi, per haver-te fet gran i ric fent-nos sentir a nosaltres que en formàvem part. Gràcies per haver fet d'una feina una vida de passió.

divendres, de maig 08, 2015

Niños abandonados en la zona turística

Comparto un artículo de la periodista Génesis Pache publicado en la revista Bávaro News. Por desgracia la realidad todavía es mucho peor que las letras de la redactora...

Niños abandonados en la zona turística narran penurias a las que son sometidos.
ESCRITO POR GÉNESIS PACHE - GPACHE@EDITORABAVARO.COM.

Verón. Con la mirada perdida y el sufrimiento de sus jóvenes vidas a cuestas, decenas de niños deambulan cada día por las calles más transitadas de la zona turística de Bávaro. Todos tienen un elemento desgarrador común: Sobrevivir en un mundo que insiste en negarle el desarrollo normal que a esa edad necesita un ser humano.

El trabajo infantil es visto como toda aquella actividad que realiza un ser humano que no ha alcanzado la mayoría de edad y que producto de esto pierde oportunidades de desarrollo y educación.

Esta definición ajusta perfectamente a la condición de muchos niños que se dedican a la limpieza de zapatos o vagan por diversos lugares, espera de ser enviados a realizar un mandado y recibir un pago por ello. En República Dominicana la entidad encargada de la infancia es el Consejo Nacional Para la Niñez y la Adolescencia (CONANI). Según el Informe Estadístico del 2014 de CONANI, un total de 485 quejas vinculadas a la situación de abandono y maltrato infantil fueron recibidas por esta entidad. Las querellas eran interpuestas por abuso físico, psicológico, sexual, explotación laboral, negligencias familiares, inducción a la delincuencia, abandono de la madre y declaración tardía.

En cuanto a la acogida en hogares de paso, un total de 656 niños ingresaron en estos lugares, según las estadísticas de la institución. De esos niños, 151 eran de entre edades de 0 a 6 años, 222 de 6 a 12 años y 283 de 12 a 18 años.

Ley versus realidad

Por explotación laboral y sexual comercial, CONANI registró en el 2014 el ingreso de 18 niños a nivel nacional. Pero en cuanto a quejas generales, provenientes de la Regional Higüey fueron recibidos 7 casos, de la Regional Yuma, 20 casos, y de la Regional Romana, 8 casos. Mientras que del tribunal de niños, niñas y adolescentes de Higüey se recibieron un total de 8 casos, según el CONANI.

La ley 136-03 o el Código para la Protección de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes en su artículo 40 prohíbe el trabajo de las personas menores de 14 años. También en su artículo 34 dice que estos tienen derecho a la protección contra la explotación laboral.

Pero en la práctica estos señalamientos jurídicos contrastan con la experiencia de los infantes en situación vulnerable de la zona turística.

Y es que niños entrevistados en la zona de Bávaro aseguran que aunque tienen familiares, cada cierto tiempo ellos deciden trasladarse al sector Hoyo de Friusa, para trabajar y conseguir dinero.

Dentro de los trabajos que dicen realizar está el de limpia botas y “hacer mandados” para personas no identificadas. De igual manera, revelan que para no amanecer en las calles, en ocasiones pagan una habitación de hotel por 200 pesos, cuando consiguen dinero.

Sólo uno de los niños abordados por este semanario dijo ser huérfano, debido a que ambos padres murieron.

Jorge Manuel Herrera Rondón, representante del Ministerio Público en Bávaro, manifiesta que se le han presentado varios casos de abandono de niños, específicamente en la localidad de Friusa. Dijo que en una ocasión la señora Katty Soto,una munícipe de la comunidad, le informó que había dos menores de edad abandonados en un hotel-pensión de la zona, y que efectivamente, cuando se presentaron en el lugar, se encontraron con la situación.

Rondón aclara que casos como esos se presentan con cierta regularidad.

De igual manera, expresa que es lamentable, pero que en la localidad hay muchas situaciones así. Explica que ya se aprobó una oficina del CONANI para la zona y se han estado reuniendo las autoridades de esa entidad gubernamental, aunque hay una comisión que está localizando una casa para esos fines, que piensa será en Verón.

Carretón que sirve de dormitorio a decenas de niños y adolescentes que hacen vida en Bávaro en horas de la noche y de madrugada
Testimonios

De sólo once años, el niño Francisco Martínez (nombre ficticio), dice tener tres años viviendo en el Hoyo de Friusa. Relata que se trasladó a ese lugar, porque sus padres no le dan dinero y que en esa localidad él consigue hasta 200 y 300 pesos cada noche, limpiando zapatos.

Manifiesta que aún no ha sido inscrito en ninguna escuela, y al ser cuestionado sobre la identidad de su madre hizo mención de tres nombres diferentes. Cuenta que vive con su primo, en Friusa, y que le gustaría trabajar en el aeropuerto, de chofer. Confiesa que no le gusta que le tomen fotos, por temor a que alguna persona lo lleve para el internado o a la Policía.

Sobre el paradero de su familia, explica que viven en Higüey y que él tiene más hermanos. Antonio Céspedes (nombre ficticio), quien dice ser del Hoyo de Friusa, apenas tiene nueve años y ya ha experimentado lo amargo de la vida. De su progenitora, indica que murió hace poco, debido a que se estaba peleando con una mujer en la ciudad capital y ésta la mató.

Explica que vive sólo en la calle y duerme en un lavadero de carros, porque su padre se suicidó. Revela que su madre le dijo que lo inscribiría al mes siguiente en la escuela,porque su ingreso costaba 2 mil pesos y en ese momento no los tenía, pero dice que fue en ese entonces en que esta murió.

Narra que en las noches se sienta en la Plaza Friusa y las personas lo envían a hacer mandados, como llevar comida, y le dan dinero por esto. Comenta que la ropa que llevaba puesta al momento de conversar con BávaroNews se la regaló “un amiguito” y que sus chancletas las compró el mismo.

Relata que le gustaría estudiar y ser médico, para salvar la vida de la gente, y que tiene varios amigos que sí estudian y que le regalan cosas.

¿Qué dicen los estudios?

Una investigación denominada “Dinámica del Trabajo Infantil de la República Dominicana”, realizado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), el Comité Directivo Nacional de Lucha Contra el Trabajo Infantil y la Oficina Nacional de Estadística (ONE), pone de manifiesto que es en las zonas rurales del país donde más niños se encuentran realizando algún tipo de trabajo.

Pero, señala este estudio, se espera que las zonas urbanas tuvieran más niños en las calles trabajando. En esta disertación también se hace un cruce de variables para establecer que si la población crece de manera acelerada, pero las condiciones socioeconómicas no mejoran, la cantidad de niños y adolescentes trabajando aumentará.

El estudio indica que la pobreza se considera como una de las principales causas del trabajo infantil, pero que no es la única.

dimarts, de maig 05, 2015

Cuando estuvimos en la Isla del Sol

Hace unos años decidí realizar uno de los viajes más bonitos que recuerdo, y me embarqué yo solo en un avión con destino Lima, Perú. Como equipaje llevaba algo de dinero, una mochila con camisetas, un saco de dormir (que perdí a las primeras de cambio), pantalones de montaña, enseres básicos de higiene masculina y todo el miedo e ilusión del mundo.

Cuando llegué a Lima recogí a mi amigo Mario y nos fuimos al Cusco desde donde iniciamos una travesía inolvidable. 

La última parte del viaje, destino Bolivia, comenzó en la parada de autobuses del Cusco después de haber visitado durante unos días el valle Sagrado de los Incas, Moray, las salinas de Maras y cada rincón que aparece en mi novela La virgen del Sol. Tras decidir la ruta que nos llevaría a Bolivia, nos fuimos en busca de un bus que nos llevara en dirección sur, a Puno y preguntamos a diferentes chóferes que exhibían sus vehículos hasta que nos decidimos por un expreso. Además de indagar por el precio, pregunté repetidas veces al señor si el bus era realmente un expreso o hacía paradas y me juró por todos sus familiares, vivos o muertos, que no, que iba hasta el final de la ruta del tirón, así que pagamos los boletos y subimos. El bus, medio vacío en el momento de partir, me pareció una ganga aún siendo el más caro de todos los buses por el espacio que nos brindaba para pasar las diez horas que duraba el trayecto. Mario se sentó a mi lado y partimos. Sin embargo, apenas cruzada la barrera de la estación de autobuses el vehículo se paró y comenzó a subir gente hasta que no cupo un grano de maíz más en aquel bus expreso. Señoras con las polleras, esas faldas múltiples tipo muñecas rusas, con unos culos enormes y unos fardos infinitos que ocupaban dos asientos por posadera, hombres cargados con cajas de cartón anudadas con tiras de cáñamo, bebés dentro de mantas multicolor, algún que otro animal, y paquetes, bolsas, cajas, cualquier cosa susceptible de convertirse en un hatillo, que llenaron el techo del bus hasta convertir el vehículo en un dromedario de infinita joroba. Mario me miraba y sonría. Luego supe que tomar el bus dentro de la parada costaba un dolar más que hacerlo justo en la puerta...

Durante el trayecto por el altiplano, el chófer realizó tantas paradas como gente vio caminando por la carretera o como peticiones recibió por parte del pasaje. Recuerdo una en especial en la que vimos un punto en el horizonte y el chófer esperó, casi por cuarenta minutos, a que esa visión se convirtiera en una persona y que esa persona llegara al margen de la carretera para preguntarle si quería subir al bus. La señora, muy educada, dijo que no en un perfecto quechua, y nos fuimos. 

Durante el trayecto subieron al bus vendedores de crema dental, de seguros, de libros escolares, de flores, de todo tipo de comidas con sus respectivos olores, de bebidas multicolor y multiprocedencia, predicadores, proclamadores de soflamas políticas, incluso un atracador al que redujeron los pasajeros y tiraron del bus en marcha. Todo tipo de gente que subían al bus y bajaban al cabo de unas horas de charla ininterrumpida en un punto de la geografía andina en el que no había nada, repitiendo una secuencia continua, subía uno, charlaba hasta el agotamiento, vendía algo, bajaba, y subía el siguiente. Así por más de doce horas.

Por fin, tras cruzar alguno de los paisajes más maravillosos de mi vida, llegamos a Juliaca, donde dormimos una noche en una pensión antes de seguir camino a Puno. En Puno nos encontramos con un problema de seguridad y no pudimos acceder, parece que el alcalde (o uno de sus secuaces) había incumplido alguna promesa electoral y sus conciudadanos habían decidido hacerle un lifting corporal arrastrándolo por unos cuantos kilómetros atado a la parte trasera de un vehículo, o por lo menos esa fue la explicación que me dieron cuando nos sorprendió la cantidad de policía que tenían tomada la población y que nos aconsejaron que siguiéramos camino sin hacer alto allí.

Seguimos en dirección sur y cruzamos la frontera con Bolivia en una población que se llama Kasani. Un voluntarioso agente de seguridad fronteriza, al que despertamos con todo cuidado, nos tendió los documentos necesarios de inmigración y cruzamos a uno de los países más pobres de toda Latinoamérica. Recuerdo dos situaciones de aquel cruce, uno que puse en mis datos migratorios que era catalán, de profesión violetera y/o cupletista dando inicio a algo que repito desde entonces en cada paso fronterizo, y el grosor de las monedas bolivianas, o mejor dicho, el no grosor, pues eran tan finas como una hoja de papel por la falta de metal.

En Kusuni nos hicimos con una moto taxi que nos llevó hasta Copacabana y de allí, a bordo de una lancha, llegamos a la Isla del Sol en pleno lago Titicaca.


Solo la sonoridad de esas palabras, Isla del Sol, lago Titicaca, Kusuni, Copacabana, llenaban mis sentidos y me llevaban en volandas como si en lugar de haber subido en un bus de mierda, un hotel de mierda, taxis y mototaxis de mierda, hubiera viajado a bordo de una alfombra mágica pilotada por Mario. La isla del Sol, para los que no hayáis estado allí, es una formación rocosa de unos diez kilómetros de largo por poco más de dos de ancho, a cuatro mil quinientos metros de altitud y coronada por una loma que la hace ver como el lomo de un dragón emergiendo del lago. En aquel momento no existían hoteles en la isla (desconozco si los hay ahora) y la única forma de permanecer allí era alojándose en las casas particulares de los Yumani, la comunidad indígena que puebla la parte sur de la isla. 

A nosotros nos alojó una señora muy amable que tenía una casita de madera con algunas habitaciones preparadas para mochileros donde nos quedamos. En aquellos días cruzamos la isla de punta a punta por un camino central que recorre el lomo del dragón y volvimos bordeando el litoral que da a la isla de la Luna. Meditamos en sus laderas, entramos en la casa del Inca y bebimos en la única taberna del norte de la isla, donde por cierto un hombre me increpó porque el rey Juan Carlos I no había pedido perdón por los crímenes de la conquista mientras el Papa de turno sí lo había hecho. Le aseguré que a pesar de no sentirme español le haría llegar sus inquietudes al rey y tomamos un par de cervezas para sellar la alianza. Allí, en aquella isla, vi por primera vez en mi vida la inmensidad de la vía láctea, y sufrí una hipotermia por quedarme maravillado, tumbado sobre la mesa del jardín, hasta bien entrada la noche alucinado por la exhibición de infinidad del Universo. No he vuelto a ver nada tan hermoso en la vida. 

El día de vuelta nos levantamos de madrugada y caminamos hasta el muelle en el que se cogían los botes de regreso al continente. Subimos en uno a las seis de la mañana en el que el patrón del barco nos invitó a masticar hojas de coca con azúcar y nos dio cigarrillos que los hombres fumaban de a dos ante el miedo que se acabaran mientras las mujeres desenredaban sus trenzas y las lavaban con agua del lago. Llegamos a Copacabana y cogimos una moto taxi hasta la frontera desde donde rehicimos camino hasta Juliaca. Allí alquilamos una habitación de hotel para bañarnos y afeitarnos, pues en los cuatro o cinco días que estuvimos en la isla no nos atrevimos ni siquiera a cambiarnos de ropa... Os prometo que fue uno de los baños más reconfortantes de mi vida. De allí corrimos al aeropuerto de Juliaca y cogimos un avión del año de la catapún que nos llevó a Lima.

Llegamos de noche, y Mario me prestó su casa y su familia, maravillosa, por cierto, por unas horas hasta que me marché al aeropuerto internacional Jorge Chávez, donde cogí un vuelo hasta Bogotá, Colombia, pero esa es otra historia.

Fueron unas semanas en las que viví con él, con Mario, con un ser increíble de una pureza insultante. Me llevó por el Cusco, a la zona equis, montamos a caballo, se abrazó a un burro y le habló en el oído, nos reímos con los niños de la calle, bailamos con ellos, visitamos escuelas, campamentos, un volcán, un pueblo que vivía de hacer tejas a mano, cruzamos las salinas de Maras y fuimos a Moray, corrimos el valle del Urubamba y miles de escenarios más que me sirvieron como inspiración para la novela La virgen del Sol. Mario Collado es la inspiración de Corioma, el maestro de Nuba en la novela, el ser puro que cuestionaba al protagonista sobre la propia existencia, el hombre que me cambió definitivamente mi forma de ver el mundo y de vivir la vida. Un hombre que, junto a Xesca, han sido mis maestros espirituales, los que me transmitieron las enseñanzas que me permitieron saltar de círculo y aceptar la vida como es, y lo que es más importante, aceptarme a mí como soy. 


Mario fue la lima que pulió muchas aristas en ese viaje, y en otros en los que coincidimos. Un practicante del veganismo, del vegetarianismo respetuoso con los animales y con la vida. “Asegúrese de que no le cae ningún animalito mientras cocina”, repetía en cada lugar en el que parábamos a repostar...

Hoy Mario se ha ido. Mi amigo, mi maestro, mi compañero de viaje, ha decidido partir hacia otro lugar. Ojalá encuentres, amado Mario, allí todo lo que te faltó aquí. Nunca, nunca te olvidaré, ni a ti ni a tu sonrisa, ni a tu tono al hablar, ni tus enseñanzas, ni el consuelo que me diste en aquel hostal del Cusco, ni las horas en que charlamos como hermanos a bordo de aquel maldito bus expreso. 

Gracias Mario.

Te quiero, Mario.


dijous, d’abril 16, 2015

#proudefillsdelagranputa


Avui corria per la xarxa una sèrie de tuits amb l’etiqueta #proudefillsdelagranputa, dels quals es destacaven dos en particular, un per relacionar els catalans amb l’holocaust jueu, i un altre, publicat a un mitjà espanyol de tirada estatal, en el que es vinculava de nou al moviment independentista català amb el terrorisme islàmic.

Sincerament, n’estic fins al capdamunt de tot això, ja no vull parlar de les agressions continues als catalans per confondre els independentistes, com jo, amb els que no ho són, que també n’hi ha, i atacar per un igual a tota una cultura sense que ningú hi posi aturador. Haver de sentir sempre les brometes continues de si "putos catalanes", etècetera, etcètera.

El cas d’avui, i que em porta a escriure aquestes lletres, el trobo que va un pas més enllà de lo viscut fins ara perquè ja no vincula els “radicals” catalans amb els terroristes àrabs, sinó que dona per suposat que tots els catalans i els àrabs són terroristes, o com a mínim, que ser àrab i/o català es de ser mala gent. És a dir, el burro del periodista fa la brometa de dir que unes frases escrites en àrab en realitat estan escrites en “catalán del inmediato futuro” com si això, ja de per sí, fos una cosa dolenta.

¿Què vol dir l’idiota d’aquest paio, que parlar en àrab és delictiu, que ser català i parlar la nostra llengua és delicte? ¿Què ve a dir? ¡Borinot, la majoria dels catalans som gent d'acollida, i fins i tot a tu t'acolliriem!


Per suposat no es pot estendre el cas d’aquest imbècil i la seva camarilla a tota la societat espanyola, perquè pensar que els espanyols tenen el cervell del tamany d’aquests paios seria com pensar que els catalans tenim la polla com en Nacho Vidal, i ja us asseguro que no és així, però sí que hi ha una cosa que vull retreure des d’aquest article, i és que no hi hagi cap sector espanyolista, ni de dretes ni d’esquerres, ni moderats, ni d’enlloc, que surti a dir que fer aquestes comparacions no està bé.

Crec que aquest fet demostra dues coses, una que en el fons la gent de fora de Catalunya sí veu als catalans com una cosa rara que no entén, que molesten, que sempre s’estan queixant de tot i que tenen unes ganes grans de que algú els posi al seu lloc, i una altre, que aquestes coses encara fan gràcia, que encara existeix una part de la nostra societat que els hi fa gràcia els acudits de gangosos, mariquites i catalans, com aquella enquesta que va fer una televisió espanyola de les més vistes, i que preguntava sense cap mena de vergonya als seus televidents que els hi sabria més greu, si tenir un fill negre, homosexual o català.

Doncs mira, jo en tinc un que en fa dos de tres, no sé si donen algun tipus de premi per això, però sí que crec que cada cop més l’etiqueta de #proudefillsdelagranputa els hi va com feta a mida a més gent.

diumenge, de març 08, 2015

El mejor transporte del mundo

En la zona este de la República Dominicana se enclava uno de lugares más conocidos internacionalmente de la isla, Bávaro y Punta Cana, donde se alinean un sinfín de hoteles y complejos hoteleros que convierten a este espacio natural en una de la zonas turísticas más importantes del mundo.

Atraídos por el oro de los brazaletes del todo incluido revoloteamos a su alrededor casi un centenar de miles de personas de todas las razas y condiciones sociales. Aquí conviven la miseria más insultante con el lujo y la opulencia más ciega en un perfecto orden jerárquico en el que cada uno de nosotros sabe con exactitud a qué estrato pertenece.

No son demasiadas las inventivas para cambiar este orden establecido ni parece haber mucho interés por ninguna de las partes implicadas en que esto se mueva un milímetro hacia uno u otro lado. Aquí no existe el reparto de riqueza sino la acumulación, no existe la igualdad ni los derechos humanos más allá de los que tú mismo seas capaz de conseguirte o de comprar. Esto afecta a todos los ámbitos de la vida, incluidos la comida, el alojamiento, la seguridad, la salud y la enseñanza. Y es de este último punto que quería hacer un comentario.

Son varios los colegios que se han levantado en estas tierras cálidas en los últimos años. Algunos han proliferado como setas en otoño con la llegada de las más recientes oleadas de inmigración extranjera, y otros ya iniciaron su labor de negocio asociada a la educación hace algunos años. Al igual que en el resto de negocios y servicios de este peculiar lugar, restaurantes, centros comerciales, supermercados, centros de salud, farmacias y negocios en general, los colegios se han especializado cada uno en dar servicio a un estrato de gente en particular. Así conviven en pocos kilómetros cuadrados escuelitas miserables (en medios) que atienden a cientos de niños que ni siquiera tienen papeles, lo que los hace invisibles a la escolarización estatal, con centros educativos que cuentan con instalaciones a la altura del mejor colegio de los Estados Unidos. Las tarifas van desde “le dejo al niño para que le dé un desayunito” hasta anualidades que se encaraman a los diez o quince mil dólares por niño y curso. 

En nuestro caso particular tenemos dos hijos en edad escolar, uno que está dando sus últimos coletazos en un colegio católico de padres Escolapios y otro de cinco años que apenas está empezando su camino escolar en un centro bilingüe (inglés y español) que podríamos considerar que se trata del segundo mejor colegio de la zona si nos atenemos al precio que se pagamos por él.

El colegio en cuestión cuenta con unas instalaciones muy dignas y dentro de lo que cabe nos sentimos relativamente tranquilos con el nivel que esperamos que alcance nuestro hijo. El precio de este colegio no llega a las cifras que he comentado anteriormente, y si bien no es barato ni está al abasto de la mayoría de la población, si está abierto en un alto porcentaje a un grupo de gente que carece de medios para pagarlo. El motivo es que el colegio en cuestión pertenece a un grupo empresarial con múltiples intereses en la zona, el aeropuerto de Punta Cana (que es privado), hoteles, residenciales, centros comerciales y un campo de golf, y que permite, en un gesto que los honra y que fue el detonante para que lo escogiéramos para la escolarización de nuestro hijo,  la escolarización de los hijos de todos sus trabajadores a precios acordes a sus salarios. Así pues, en las aulas conviven los hijos de los empleados del grupo con los hijos de personas de considerables medios económicos. 

Basta ver cuando llevo a mi hijo todas las mañanas puntualmente a las siete y cuarenta y cinco de la mañana el desfile de vehículos que me acompaña. Cuatros por cuatro de lujo en su gran mayoría, sedanes y camionetas que rara vez bajan de los treinta o cuarenta mil dólares de precio. La serie más repetida es la llegada de un vehículo conducido por una mujer y uno o dos niños en los asientos traseros, que se acerca hasta la entrada, agita las bolsas de silicona que estiran las costuras de su vestido, besa a los pequeños, se asegura de que no haya recibido ningún mensaje en el teléfono móvil en esos breves segundos de despiste, abre la puerta del coche para que bajen los retoños y deja paso al siguiente todo terreno de lujo que efectuará una maniobra similar. 

Mi rutina es parecida, sin silicona y por otra puerta, pues para los niños más pequeños disponemos de otra entrada en la que se nos permite aparcar y acompañarlos de la mano hasta el interior del centro. Una de las cosas que más me gustan del día es ver el contraste que se produce en esos instantes de entrada al colegio, pues junto a los que un amigo mío calificaba como “yo soy, yo soy” o “yo era, yo era”, aduciendo a la carguitis que parece inundar este micro cosmos que es Punta Cana, acceden al centro los hijos de personas que ocupan estratos de contrastada inferioridad salarial. Los uniformes obligatorios igualan a todos los niños, pero no a los padres ni a sus vehículos, que es donde se nota la procedencia de cada uno de nosotros.

A los que venimos montados, bien en coche, en motocicleta o en los transportes privados que traen niños de otras zonas de Punta Cana, se unen también aquellos escolares que acceden al centro caminando desde las viviendas más o menos cercanas al colegio. Yo acostumbro a dejar a mi hijo y salir protegido por unos auriculares que me permiten ver sin escuchar, y raro es el día en que nos me cruce con una pareja magnífica. Llegan casi a diario con unos minutos de retraso, justo cuando yo voy saliendo al volante de mi camioneta ellos cruzan la barrera de entrada. Los miro, sonrío, y siempre de devuelven la sonrisa, tanto el padre como la hija. Me gusta mirar especialmente a la niña. Uniforme brillante, falda por las rodillas, calcetines marrones estirados con cariño hasta la mitad de la pierna y zapatos negros lustrados con una hebilla lateral. Sé que tiene cuatro años porque le pregunté a mi hijo por ella. El pelo rizado recogido en coletas amarradas al cráneo por gomas con bolas de colores que me hacen recordar los caramelos en un helado de chocolate. Se ve a la legua que es una niña feliz. El padre, que muchas veces bromea con ella, luce también muchas otras cara de cansado bajo unos ropajes comprados en tiendas de segunda mano desde los que emana una alegría inmensa que se me contagia cuando cruzamos nuestras miradas y sonreímos. No sé de dónde vienen, intuyo que de bastante lejos, y cada día pienso que me pararé un momento para preguntarles cuando los vea, pero no me atrevo para no retrasarlos más. Los dos, padre e hija, comparten un secreto del que creo que yo también soy ahora partícipe, y es que creo haber descubierto la fuente de su felicidad.

Ambos llegan siempre juntos en un vehículo especial, seguramente el más caro, lujoso y  orgulloso de cuantos llegan al colegio cada día. Es un mono plaza versátil, pues permite que la pequeña venga a veces dormida recuperándose en su asiendo del seguro madrugón, mientras que otros días parece el lugar más divertido del mundo, e incluso en otros parece un tanto inestable si el padre va más cansado de lo normal. 

En esas mañanas, mientras piso el acelerador de mi todo terreno de lujo y me desprendo del uniforme de padre, me pregunto si yo sería capaz de llevar a mi hijo en un vehículo como ése, y no lo sé. No creo que aguantara, la verdad. Ahora bien, sí os puedo garantizar que de algo estoy totalmente seguro y es de que esa niña no encontrará un pasaje mejor en su vida, pues no hay lugar más feliz y lujoso para un niño que andar a hombros de su padre desde dónde quién sabe Dios que sea que vengan cada mañana.