divendres, de desembre 26, 2014

Por la boca muere el pez

Tengo la fea costumbre de hablar de más. Ya mi padre me decía, cuando yo era niño, que contara siempre hasta diez antes de hablar y que por la boca moría el pez, dos consejos que apenas he podido realizar a lo largo de mi vida.

Tengo lo que se llama, en términos médico-científicos, “incontinencia verborreica”, una enfermedad no contagiosa que hace que opine de más, compare de más, piense de más, y sobre todo, hable de más cuando nadie me lo pide.

Los ejemplos que recuerdo son múltiples, algunos para enmarcar como aquella vez que acompañé a un amigo a comprar hachís para unas vacaciones y nos metimos en uno de los peores barrios de Sabadell en busca del tugurio del camello, un apartamento en una cuarta planta sin ascensor de un edificio con las escaleras tan estrechas que ni siquiera podían pasar dos personas a la vez. Llegamos al párquing del lugar, un espacio sucio, lleno de grafitis, de tipos tirados por la calle, sentados en los escalones de los bares, olor a orines y miradas nerviosas, y recuerdo que le dije a mi amigo que nos diéramos prisa porque al bajar de casa del camello no encontraríamos de mi coche ni las ruedas, no sin antes añadir que jamás en la vida, “aunque me pagaran dinero”, viviría en un lugar como aquél. Ay, amigo, al cabo de unos años me divorcié quedando en una situación económica tan precaria que el único lugar al que tuve acceso para iniciar una nueva vida fue al apartamento que había justo debajo de la casa del camello…

Otra vez, de más pequeño, con unos doce o trece años, recuerdo que salía de la escuela los martes y los jueves para ir a judo, y algunas de las veces acompañaba a un profesor de literatura que se llamaba Jordi, como yo, si bien todos lo llamábamos “el barbas”, porque me dejaba entrar en su casa y quedarme un rato entre sus miles de cómics y libros, algo que me fascinaba por encima de mis posibilidades. Una vez le dio por cambiar la ruta y entramos en un comercio, concretamente en una escuela de inglés, y se puso a hablar con la recepcionista. A la salida le dije que no había visto una mujer más fea en mi vida, además de añadir un par de bromas sobre los atributos de la chica. Quizá hoy me hubiera dado cuenta, pero entonces no supe verlo hasta que me dijo, con voz entre trémula y áspera, que aquella era su esposa.

Tengo más, una vez mi padre trajo a cenar a casa a unos amigos de su trabajo, una pareja bien curiosa, él, con unas gafas enormes que le conferían un aspecto de rompetechos siempre perdido, y ella, flaca hasta la doblez de los miembros, que casi no hablaban pero no paraban de fumar caliqueños, unos cigarros puros caseros que se lían de hojas de tabaco repugnantes y que huelen a mil demonios. Durante la cena la chica me preguntó por mis estudios y me dijo que ella tenía no recuerdo cuántas carreras universitarias. Yo le dije que estudiaba administración de empresas en la academia Ramar y entonces me preguntó por uno de los profesores de la misma. Justo el tipo que me había expulsado de todas sus clases apenas unos días antes. Por supuesto le dije que era un tal y un cual, y patatín patatán ante el estupor de mis padres. Resultó que el tal profesor era el padre de la fumadora compulsiva de caliqueños con no sé cuántas carreras universitarias…

Son muchos los ejemplos que podría poner, pero hoy he comenzado este post porque sabía, en el mismo momento que lo dije, que aquella vez había vuelto a hablar de más, y así ha sido.

Hace ahora un año tuve la inmensa fortuna de ser invitado a la Feria Internacional del Libro de Miami y participar en unas charlas de autores hispanos independientes. En esa charla hablé de nuestro compromiso y responsabilidad por hacerlo bien, por publicar bien, por corregir y editar lo mejor que supiéramos, y puse como ejemplo a la grandísima escritora Antonia Corrales y su obra “En un rincón del alma”, súper ventas en español con miles de ejemplares vendidos y cientos de comentarios de lectores entusiasmados (y a quien pido mil disculpas por la desafortunada mención), pero que al intentar el acceso al mercado anglosajón con su obra había sufrido una mala traducción y los lectores la habían destrozado. Después de esto me puse de ejemplo diciendo algo así como que yo daría la traducción a una agencia profesional, etc etc. Bla, bla, bla con la boca llena…

Es cierto que lo hice, encargué mi traducción a profesionales y pagué una cantidad importante por tener mis letras en inglés. Sin embargo en la traducción faltó un capítulo, un capítulo completo desapareció en el camino que separa la versión española de la versión inglesa. Reseñas como que el libro tenía fallos graves de edición, que necesitaba una revisión, que la historia era buena pero que habían lagunas en la trama, me llevaron a descatalogar The pendulum of God y darlo a revisar a otra profesional, quien advirtió la falla.

Hoy mismo he vuelto a poner la novela en venta, pero no puedo evitar decirme a mí mismo en ocasiones como esta aquello tan famoso del “¿Por qué no te callas?” 

dimecres, de desembre 24, 2014

Son estos unos días complicados...

Son estos unos días complicados..., unos de esos días en que por fuerza parece que la humanidad completa deba pasarlo bien bajo pena de deshumanización, como en esos mensajes absurdos que a veces se aparecen en los muros feisbuquianos advirtiendo de que si no los compartes con equis personas, las siete plagas de Egipto caerán sobre tu cabeza. Pues en estos días parece que a aquellas personas a quienes no les agradan las multitudes, los excesos, las celebraciones, el gasto desmesurado, o que simplemente se sienten incómodas ante el bullicio y la felicitación, deban padecer las siete plagas famosas y alguna más de regalo.

Yo soy una de esas personas.

No me siento cómodo en la felicitación, no me gusta que me regalen cosas obligadas, no me gusta que dirijan mis sentimientos ni mis estados de ánimo, no soporto las multitudes (trabajo tengo para soportarme a mí mismo…) y no comprendo que cientos de miles de personas al unísono celebren una serie de mentidas enlazadas por la historia y azucaradas por el celuloide hollywoodiense como si fueran una verdad universal tan o más profunda que la Sagrada Constitución Española.

No me gusta ver a la gente gastando lo que no tiene, o lo que le ha costado un esfuerzo enorme por conseguir por el simple hecho de que es tradición, ni me gusta que algunos comercios y negocios se hagan de oro curando el gen sentimentaloide de la masa. No me gustan los chantajes emocionales de los aguinaldos y las mordidas. No me gustan las películas de Santa Claus, no me gusta que el personaje usurpado de otras tradiciones vista de rojo por una campaña publicitaria, no me gusta decirle a mi hijo que tal o cual día aterrizará ese invento en un trineo tirado por renos, y que de ser verdad al mínimo contacto con la humedad y la calor del trópico perecerían como pollos a l’ast. No me gusta pasar nervios por si viene o no viene la tía Equis a casa, no me gusta que me fuercen a celebrar junto a familiares que no conozco, ni junto a las parejas de familiares que ni siquiera conozco, no me gusta sufrir por si se han comprado o no todos los regalos, o si estos estarán a la altura de las expectativas. 

No me gusta que la gente sienta que todo lo que no se haga entre esta noche y mañana no tiene valor. No me gusta que las ciudades parezcan locales de alterne durante un mes y la casa de una viuda el resto del año. No me gusta que se asocie la navidad al frío porque en un tercio del planeta lo hace, mientras que en las otras dos terceras partes hace una calor que no se puede soportar. Me parece absurdo que la gente se vista de Santa Claus en Chile, Colombia o Nueva Zelanda, en pleno verano. 

No me gusta, como no me gustan los carnavales, los cumpleaños, los “halloween’s”, y las noches de acción de gracias. No me gusta nada que se repita año tras año en las mismas fechas por el simple hecho de que la tierra ha dado una vuelta más. Lo considero absurdo, y mucho más que la gente se alegre de eso. No comprendo por qué los adultos no nos planteamos las cosas antes de celebrarlas, ni por qué perpetuamos en nuestros hijos las mismas ridiculeces como si se trataran de las leyes de la física universal. 

Lo sé,  soy uno de esos. Grinch, me llaman algunos compañeros de trabajo adoptando el nombre de otro invento de la misma calaña que el muñeco de la Coca-Cola con barbas y sombrero de ir a dormir, mientras se alegran a mis espaldas de que yo no celebre y cubra sus turnos. Y quizá tengan razón, pero quizá también deberían pensar por qué no se atreven a celebrar un día cualquiera, un día en que se sientan felices por sí mismos, porque les haya salido algo bien, y cojan a la familia y la lleven a cenar vestidos de gala, y se compren regalos para los hijos, para los amigos, para la pareja, sin necesidad de que un anuncio publicitario nos recuerde que ha llegado la hora en que todo el mundo que tiene corazón debe hacerlo para demostrar que tiene buen corazón.

No me gusta contestar mensajes tan azucarados que deberían venir con aplicaciones de insulina para los teléfonos móviles, tables y Pc’s.

Reconozco que mucha gente parece cambiar en estos días, que una especie de halo de buen rollo cubre la cocorota de algunos y los hace ser más amables, más compañeros, más alegres, pero también reconozco que no solamente es mentira, sino que es temporal e inducido.

En mi faceta más pública de escritor que se publicita en las redes sociales, abono perfecto para todo este fregado, tenía mis dudas de si hacer una especie de felicitación navideña con mis libros, mi cara sonriente y un gorrito de Santa, o bien hacer este escrito y añadir algo de limón al ceviche, y he decidido hacer lo que de verdad siento. 

Y si bien he de aceptar que mejor todo esto a nada, mejor que la gente se felicite y se acuerde de los demás en fechas marcadas a que no lo haga nunca, que las familias se reúnan por navidad en lugar de no reunirse nunca, lo cambiaría todo por un rato de silencio con un buen libro o en soledad, o con mi familia y mis amigos, de vacaciones, viajando, riendo porque sí, porque nos da la gana, porque somos libres.

Feliz Navidad para todos,
Con todo mi cariño,
El Grinch

dissabte, de desembre 06, 2014

Los libros más vendidos en la Feria del Libro de Miami

Los libros más vendidos en la Feria del Libro de Miami

Eriginal Books
El stand de Eriginal Books en la Feria del Libro de Miami ofreció una vasta selección de libros hispanos porque contó con la presencia de exitosos autores independientes.
Amplia selección de best sellers y novedades de autores hispanos en la Feria del Libro de Miami
Amplia selección de best sellers y novedades de autores hispanos en la Feria del Libro de Miami
Los libros más vendidos durante la Feria de la calle del libro (21 -23 noviembre) fueron:

1. EL PÉNDULO DE DIOS

2. MINIBIOGRAFÍAS ILEGALES SOBRE PINTORES MALDITOS

3. LA FILOSOFÍA DE LA GATA ANDARIEGA

4. TRIÁNGULOS MÁGICOS

5. IMAGINARIOS

6. MINIBIOGRAFÍAS ILEGALES SOBRE ESCRITORES MALDITOS

7. BEATRIZ DECIDIÓ NO CASARSE 

8. EL TÚNEL DEL ORO

9. EL HÁMSTER

10. HEY TAXI! CRÓNICAS DE UN TAXISTA EN MIAMI 

divendres, d’octubre 24, 2014

El experimento y la piratería

Hace varios meses que desactivé la alarma de Google que me avisaba cada vez que alguien colgaba contenido con mi nombre o con los títulos de mis novelas, pues lo único que recibía eran los avisos de creación de nuevas páginas piratas desde las que descargar mis libros.

Así, harto de que piratearan con total impunidad mi mengua obra, decidí hacer un experimento que consistía en poner mis libros a disposición de los lectores al precio que ellos quisieran pagar.

Mis dos novelas, El péndulo de Dios y La virgen del Sol, independientemente de la calidad literaria de las mismas, tienen un volumen de casi cuatrocientas páginas, tardé cerca de dos años en escribir cada una de ellas y me ha costado, entre las correcciones y traducciones, un buen dinero que he empleado con alegría en intentar sacar al mercado el mejor producto posible.

El experimento que comentaba lo he realizado a través de la plataforma Smashwords, y consistía, como he dicho, en poner mis obras al precio que cada lector quisiera pagar por ellas, desde descargarlas gratis hasta pagar la astronómica cifra de 5 dólares (3,5 Euros), y el resultado ha sido, por desgracia, el que me esperaba.

Tras una semana completa al público, y sin hacer más mención que un comentario en mi muro de Facebook, se han producido 203 descargas de las cuales sólo seis personas han considerado que valía la pena pagar 1 dolar, algo menos de un euro, por novela.

Es decir, apenas un 3% de los lectores han creído justo que el autor recibiera algo por su esfuerzo.

Por desgracia esto es lo que me esperaba. Creo que hemos entrado en una fase de creencia colectiva de que todo lo que nos dé la gana obtener ha de ser gratis, sin importar el esfuerzo que haya, o no, tras lo que queremos, ¡para algo está Internet! Me entristece profundamente el resultado del experimento, tanto que estoy pensando seriamente en retirar todas mis novelas de la venta y dejar tan solo aquellas que se vendan en papel o por el método tradicional autor-editor-librero-lector.

Sé que esto le importa muy poco a nadie, si escribo o no, si cuelgo o no cuelgo lo que quiera, pero quizá valdría la pena reflexionar un poco sobre qué acabaremos teniendo si no pagamos por ello. Basta ver los periódicos, antes independientes (o menos dependientes), como se han vendido al capital, a los grupos de opinión que los pagan convirtiéndolos en voceros de sus ideales en lugar de cronistas y analistas de la actualidad. Series de televisión, películas, por no hablar de la música, y toda la lista que ha pasado a engrosar la categoría de "eso lo bajo gratis".


Dejo la captura de la pantalla con los resultados de la primera semana de experimento. Por cierto, los precios que aparecen los calcula Smashwords y los pone como sugeridos, pero el lector puede poner, como han puesto 197 personas, la cantidad de 0 y bajarse la obra completa.


divendres, d’octubre 10, 2014

Virgin of the Sun, a great historical novel with a big heart and plenty of spirit

From Olga's blog, the translator of Virgin of the Sun. Thank you very much for your work and your words!

Do you enjoy historical novels? Come and meet "VIRGIN OF THE SUN"
A great historical novel with a big heart and plenty of spirit.

Hi all:
As you know, a few months ago, when I left my day job, I mentioned my intention of offering my services and translating other authors’ work. Jordi Díez, who had already translated one of his books (The Pendulum of God, I included it in one of my posts on new books a while back) to English decided he’d like to have his first book, the wonderful ‘La Virgen del Soltranslated to English too.
As I told Jordi, the experience was always interesting (I got to know much more about the Inca period and civilization than I had ever known), challenging at times, and emotional (it’s not easy to translate when you’re crying with the turmoil and events the characters live through).
I have tried to do the best job I could but all the merit remains with the author. I won’t try and review the finished piece, but as I read and scrutinised in detail the original in Spanish, I thought apart from links and the description, I’d leave you a translation of my thoughts on the Spanish version.
I hope you’ll give it a go.
Virgin of the Sun by Jordi Díez. A great historical novel with a big heart and plenty of spirit.
I must confess I don’t know much (hardly anything) about the historical period shown in the novel Virgin of the Sun. I cannot comment with knowledge how exactly it sticks to the historical facts (that due to the peculiar characteristics of the Inca civilisation are not easy to check as all sources are indirect) although for what I’ve read in the the author’s (that he calls ‘Slight historical licenses’) it seems to provide a fairly close idea to what the era was like. I can say for certain that I am now much better informed that when I began my reading and I’ve been inspired to carry on documenting myself.
Virgin of the Sun is a novel covering a specific period in the history of the Inca Empire, one of its moments of maximum expansion. The author chooses (very successfully) to combine the history of a seemingly nobody (Nuba, a farmer from a tiny village) and his family (especially his daughter, Nemrac) with that of the great of the Empire, Inca Tupanqui Pachacutec and his son Tupac Yupanqui. In fact, the novel takes place in a sort of world of the ‘Upstairs/Downstairs’ where the fates of the most powerful and of those that at first sight have no power at all, intermingle and combine in complex and unexpected ways.
Nuba’s story isn’t simply (even if it is not simple at all) the history of his life and his family, the tragedies that happen to him, his loses, but also of his spiritual awakening. When we reach the end of the book (and I’m not going to tell you about it, don’t worry) and we get to completely understand his experience and the teaching he has assimilated, that we share as we accompany him, we realise that his journey towards a new understanding was matched by the actual journey he undertakes during the novel.
I loved Virgin of the Sun. The author manages to provide the needed information to place his action and the characters, without transforming the book into a tedious historical treatise. Despite the distance, not only historical, but also cultural, that separates us from the action, his writing is such that we get to know and identify with the characters, who are multidimensional, human and interesting. Like in all eras we find envies, characters blinded by desire (be it of power, immortality, love…), victims of situations outside their control, and also enigmatic characters that share their lessons in ways sometimes difficult to understand (wonderful Corioma). I cried with the Nuba’s misfortunes, Nemrac’s vicissitudes, and marched with the troops through the desert. I was horrified by the sacrifices, worried by the future of the ill-fated lovers, I was touched by the vision of Machu Picchu, and fascinated by the project of conquests and the creation of an empire. What else can I tell you? You’ll cry, laugh, learn, and discover new things about the Incas and perhaps about yourselves.
I recommend you this novel for its breath and ambition, for the fascinating plot, the humanity of its characters and because it is a great story. Don’t miss it!

Virgin of the Sun by Jordi Díez (translation: Olga Núñez Miret)
Description
These are turbulent times for the Inca Empire. Emperor Yupanqui Pachacutec has started a territorial expansion to avoid the fulfilment of a prophecy that predicts the future disappearance of his people. This bloody process will result in fights between possible successors, unexpected betrayals and the birth of heroes and martyrs. But above all, it will require the effort of the whole population that will be obliged to work together in the building of the holy city form where the Son of Inti will rule the future of all his territory.
Meanwhile, in a small hamlet of the Empire, a priest has read in the stars that Nemrac, a young girl with eyes like emeralds, is the chosen one to become Daughter of the Sun. Full of emotion for such an honour, the parents of the girl, Nuba and Airún, will set off on a journey of no return towards the Temple of Inticancha, were the girl shall fulfil her destiny. During the hard trip, Nuba will lose his wife and daughter; he’ll discover that reality can be terrible and at the same time he will find the necessary courage to resist fatality and to try to reunite again with Airún and Nemrac. This adventure will require not only all of his effort, rigour and ingenuity, but also enormous spiritual growth that will help him accept and understand the slippery meaning of life.
The Virgin of the Sun is a gripping novel that transports the readers to the Inca lands, and introduces them to the spirituality of this millenarian culture.
Link:
UK:
And also available in all Amazon stores.
You can check all of his offerings and a bit more about Jordi in his author page, here:

diumenge, de setembre 28, 2014

¡Convocats! ¡Convocados!

Los que seguís habitualmente este blog sabéis que no acostumbro a hablar demasiado de política, bien al contrario de lo que hago en Facebook y Twitter, y que me cuesta perder seguidores a chorro por este motivo, sin embargo el momento tan especial que vive mi país en estos días me impulsa a dejar por escrito algunas reflexiones algo más profundas de lo que puedo expresar en ciento cuarenta caracteres. 

Para los que no lo sepan, yo soy catalán, de Cataluña, un país para muchos de nosotros y una región de un estado mayor, España, para otros. Los catalanes tenemos un idioma, instituciones gubernamentales, territorio e historia suficiente como para considerar que somos una nación, ya sea con o sin derecho a estado propio según las sensibilidades.

Desde hace años, prácticamente desde que tengo memoria, a los catalanes se nos ha tachado invariablemente de tacaños, insolidarios, egoístas, y no sé de cuántas cosas más. De niño me costaba mucho comprender por qué había gente que vivía en Cataluña (incluso en mi propia familia) y que no paraba de hablar pestes de los catalanes, con lo fácil que hubiera sido irse a otro lugar..., curiosamente ahora escucho esto en República Dominicana de muchos españoles que se llenan la boca con las faltas de los dominicanos sin aprovechar la cantidad de aeropuertos que tiene este país. De algunos de estos he leído en las redes que somos parásitos, que merecemos la exterminación, a mí me han preguntado, sin conocerme de nada y en medio de la calle, que por qué le hablaba a mi hijo en catalán, con lo pequeño que era, o que era extraño que siendo catalán fuera simpático, e incluso buena persona. Nuestro toponímico acostumbra a tratarse con el adjetivo puto precediéndolo en una combinación que parece hacer mucha gracia en según que ambientes. Las diferentes televisiones españolas, públicas y privadas, nos han llamado nazis con total impunidad, han hecho consultas sobre qué era peor, si tener un hijo negro, maricón o catalán en un alarde de trogloditismo infinito. A las convocatorias multitudinarias y pacíficas de cientos de miles de personas reclamando la posibilidad de poder decidir las han comparado con la noche de los cristales rotos, y a los múltiples intentos por encontrar una situación pacífica se ha respondido con amenazas, descalificaciones e insultos varios, además de un muro infinito que lleva escrita la palabra NO. 

Nuestra lengua, el catalán, milagrosamente viva entre dos idiomas de la potencia del español y el francés, es continuamente despreciada por motivos políticos, confinada desde las maquinarias de los estados con los que limitamos, o sesgada por nuevas academias político-lingüísticas paridas en absurdos intentos por no tener escrita la palabra "catalán" en ningún texto oficial. 

De igual manera en Cataluña he visto actitudes indignas al no querer nombrar la palabra España, algo tan ridículo como estúpido y que obedece al principio de que hay el mismo porcentaje de imbéciles que en todas partes, así como otras situaciones burdas, pero nunca he escuchado que se pida el exterminio de los españoles o que nadie se acerque a un padre y le pregunte por qué le habla en español, o en el idioma que le plazca, a su hijo tan pequeño. Tampoco he visto que ningún niño se orine en clase por no saber pedir en catalán a su maestro que lo deje ir al baño, como se ha afirmado desde la caverna periodística española. Una caverna, por cierto, que trata así a los catalanes, pero que también llama incultos y vagos a los andaluces, brutos a los maños, o pueblerinos a los gallegos con absoluta impunidad.

Los capítulos de desencuentro entre las fuerzas sociales y políticas de España y Cataluña son infinitos y no son el fondo de este artículo, ya que por fortuna es algo que no ocurre entre la gente por más que desde algunos sectores se pretenda hacer creer que eso es una realidad. Quisiera aclarar también que nunca he sido nacionalista y que no creo en nacionalismos de ningún tipo. Los nacionalismos al final siempre pretenden tener una razón atribuida desde no sé qué fuente mística. Yo soy catalán, no necesito ser surperior o inferior a nadie, ni ir en contra de nada ni de nadie para afirmar mi pertenencia, ni de España o los españoles, ni de Francia, ni de República Dominicana, ni de ningún país o colectivo pacífico. Soy catalán porque me siento catalán. Tampoco le he dicho en mi vida a nadie qué debe ser, justo lo contrario de lo que he vivido en infinidad de ocasiones, pues cualquiera se atreve a decirle a un catalán de dónde es, y yo me pregunto, cómo puede atreverse nadie a decirle a otra persona de dónde o qué es, cómo alguien puede decidir por ti qué eres, si cada ser humano es lo que consigue ser con su esfuerzo y es de donde se siente que es. 

Estos días Cataluña se encuentra sumida en un proceso interno casi heroico por aclarar qué queremos ser los catalanes, porque no lo sabemos, no lo hemos preguntado aún, y sin preguntar no nos atrevemos a afirmar nada. Somos muchos, cerca de siete millones si hacemos caso de los censos, los que viven o hemos nacido en Cataluña. Millones de personas con sensibilidades diferentes, con ideas diferentes, con trayectorias de vida diferentes, con situaciones personales diferentes, pero que quieren, en más del noventa por ciento de la población, si nos valemos de los pueblos que se han añadido a la convocatoria de nuestro gobierno, ir a votor para saber qué quiere ser la mayoría. 

¿Cómo es posible que alguien niegue este derecho?

Yo no hablo de historia, ni de economía, ni de política, pues en cada uno de estos renglones podemos encontrar tantos argumentos a favor como en contra de que Cataluña se convierta en un estado independiente, pero bajo ningún concepto puedo comprender en qué se fundamenta una negación a la consulta popular. En mi propia familia mi padre, mi hermana y yo tenemos opiniones divergentes, o las teníamos, mejor dicho, pero todos queremos saber qué piensan nuestros vecinos, tanto los nacidos en Cataluña desde hace cien generaciones o los venidos de fuera hace apenas seis meses atrás. Todos están convocados a decir qué piensan, qué futuro colectivo queremos. ¿Eso es un delito?, yo creo que no, yo creo que eso es democracia.

Mi posición personal es la de querer ser un estado normal no dependiente, como cualquier otro estado del mundo, con imbéciles y listos, con honrados y corruptos, con vagos y trabajadores, con la misma gente normal que hay en el resto del mundo, pero antes de dar ese paso queremos saber, como colectivo, cuántos somos los que pensamos así.

He visto manifestaciones pro derechos prácticamente a favor de todo, pero todavía no he visto, salvo contadísimas excepciones, a nadie que haya dicho que las personas tienen derecho a decidir qué quieren ser, a dónde quieren ir, o con quién quieren hacerlo. Si cualquier otro pueblo del mundo hubiera salido a la calle de la forma masiva como lo han hecho los catalanes en estos últimos años, hubieran faltado páginas en la prensa para ponerse a la cola de la ola en defensa de sus derechos.

Como decía, esto no se trata de historia, de agravios, de venganzas, de política o de economía, se trata de sentimientos, por lo menos en mi caso. Siento envidia cuando mi esposa, colombiana, se pone la camiseta de su país y se va a ver un partido de Colombia con sus compatriotas, y animan, y comen bandejas paisas y arepas, y beben Club Colombia y ríen y gritan, ¡yo no lo he podido hacer nunca!. Cosas tan sencillas como ir a cualquier lugar del mundo, desde un hotel a un estamento oficial, y no ver nunca tu bandera, abrir cualquier menú de una página de internet y que estén todos los países del mundo menos el tuyo…

Cataluña, en toda nuestra historia, apenas ha tenido militares o conquistadores, pues la mayoría nacieron fuera, tanto así que incluso el general que nos defendió en la guerra de sucesión ahora hace trescientos años era castellano. En general no somos un pueblo de armas, nos asusta la violencia, somos negociantes y pactistas, como demuestra que no hayamos obtenido nuestra independencia por las armas como la mayoría de los estados, pero también se ha demostrado que somos constantes, que tenemos un sentimiento de pertenencia arraigado por cientos de años que no se ha roto a pesar de las múltiples peripecias que depara la historia de un pueblo. Ahora estamos en un momento histórico, hemos tenido que esperar hasta el siglo XXI para poder manifestar nuestra voluntad por saber quiénes queremos ser sin miedo a que una columna de tanques entre en Barcelona o que una formación de aviones nos bombardeé desde el aire, como sugirió un presidente español que debía hacerse cada cincuenta años y cuyas palabras se repiten invariablemente a lo largo del tiempo por bocas con cargos institucionales. 

Es difícil expresar el sentimiento de pertenencia cuando el entorno te lo niega porque te conviertes en un pesado monotema que a todo el mundo cansa y aburre, o en un prepotente que pelea con todo lo que se mueve, pero estoy convencido de que por fin se va a acabar porque hemos dado con una combinación perfecta de movilización popular, políticos (honrados que tienen la visión romántica de ser representantes de las personas que los han votado, y corruptos que han comprendido que sus mullidos sillones van en el proceso), periodistas, personalidades de todos los campos, ciencia, deporte, religión, cultura, empresarios, industriales, catalanes universales que han triunfado en sus respectivas áreas y que han tenido el valor de comprometerse. Desde aquí mi absoluto agradecimiento para todos ellos, desde Pep Guardiola a José Carreras, desde Kilian Jornet a Carme Forcadell y los miles de voluntarios de la ANC, desde el rey de la rumba, el gran Peret, a Xavier Robert de Ventós, o de Xavier Sala i Martín a Miquel Calçada. Gracias también al President de la Generalitat y al Parlament.

Sé que somos pesados, que al resto del mundo no le importa demasiado lo que estamos viviendo, pero para nosotros, querido lector, para los catalanes, este es un momento que recordaremos por siempre y que marcará nuestro futuro próximo, por eso te pido que no nos lo tengas demasiado en cuenta si somos persistentes en lo mismo. Si todo sale bien, en pocos meses dejaremos de hablar de esto y animaremos, con una Estrella Damm o una Moritz bien fría, a nuestra selección como cualquier otro habitante normal del planeta.


divendres, d’agost 29, 2014

La gorra

Tenía que ser una de esas que solo tienen los que viven en Boston, o los que tienen familiares allí y reciben cuartos para poder comprarlas en la capital. De esas no hay en las pulgas, ni en las tiendas de variedades de Mata Mosquito, aunque quizá si le diera los cuartos a la Flaca podría conseguirle una. Ella dice que las compra en Internet, pero todos saben que las saca de las habitaciones de los gringos mientras se gana unos pesos extras. Es una de esas altas con la “B” de los medias rojas de Boston en la frente y una chapa de plástico sobre la visera, de las que pone “Official” en un escudo bordado en el lateral. Café solo había visto una igual en una carrera de Friusa al shop-and-drink de la avenida en un dominicano que dijo trabajar en el aeropuerto de Boston, y que además aseguraba que la firma estampada con un marcador sobre la “B” era del mismísimo Big Papi Ortiz. 

Pero esa mañana, apenas la vio con el rabillo del ojo, detuvo de un frenazo la motocicleta con la que se ganaba la vida, esquivó los restos de un accidente reciente, y se echó al arcén de la autovía del Coral.

Todos conocían a Café, camareros, bartenders, cajeras, estiguarts, camaristas, aibés, jardineros, guachimanes, representantes, vendedores, recepcionistas, todos los que hubieran trabajado o trabajaran en la zona hotelera sabían que su moto era la más segura de todo Bávaro, la única que nunca había tenido un golpe. Una Cg125 comprada a un prestamista por dieciocho mil pesos con un motor mejor que nuevo, el de una ciento veinticinco pero con cilindro y cigüeñal de una Cg200 que se calibraba en tres, y con la que jamás había quemado las piernas a ninguno de sus pasajeros. Además le había quitado las luces, los retrovisores, la pata de apoyo y los guardalodos para aprovechar al máximo la potencia de su motor. La dejó deslizar hasta el suelo, apoyándola sobre el manillar con cuidado de que no se botara la gasolina al inclinarla, y se desmontó. Caminó por el margen de la autovía la distancia que lo separaba de su visión con la mandíbula apretada y las manos sudorosas. ¿Y si se había equivocado, y si aquello que había visto de refilón no era lo que el corazón le decía que era? Sintió la rugosidad de la gravilla de la carretera en la yema de sus dedos al deslizar el pie fuera de la chancleta mientras cogía impulso para pasar la zanja que separaba el asfalto de la vegetación, y saltó. Allí estaba, una gorra de los Red Sox de Boston colgando de la rama de una mata de mangle. Por un segundo quiso gritar que sí, que era él quien la había visto, como siempre, el más rápido, el más tíguere cuando se trataba de ver lo que los demás apenas intuían. Por eso nunca volvía a casa sin sus trescientos pesos mientras el resto de motoconchos gastaban gasolina arriba y abajo. Él era diferente, él solo movía el motor cuando sabía que iba a captar a un pasajero, como ahora, ¿cuánta gente habría pasado por allí, aún con lo temprano de la hora, sin verla?, se lo preguntó mientras deslizaba sus dedos callosos sobre la visera de la gorra. Tocó con la yema de su índice la "B" de los Medias Rojas cosida en el centro de la gorra, y sintió un escalofrío. Resiguió la letra roja ribeteada en blanco perfecto una y otra vez, arriba y abajo. Acarició las costuras hasta el tapón que coronaba la tela azul marino en su parte superior, y le dio un par de vueltas. Lo más impresionante era la visera, ancha, de más de cinco pulgadas, dura, con una placa de plástico que la hacía brillar y sobre la que lucía orgulloso el escudo de la MLB Official, un logotipo que había visto miles de veces pintado en las casetas de las bancas, pero que nunca había tenido tan cerca. Recorrió con una uña plomiza y larga el contorno del bateador blanco sobre fondo rojo y azul, los colores de la bandera de Dominicana, se dijo, esos gringos son el diablo, y la volvió a hacer girar para después cubrirla haciendo cuna con las palmas de sus manos. ¡No lo podía creer! Una sonrisa intensa destapó el contraste entre su piel negra y la dentadura que castañeaba solo con pensar la cara que pondrían en la parada cuando lo vieran llegar. Le dio un par de vueltas más para asegurase de que era real, ajustó la tira de plástico trasera y se calzó la gorra como si hubiera sido fabricada para cubrir sus rizos negros del sol, el polvo y la lluvia que lo asolaban a diario.

Caminó hasta el motor, lo levantó, le dio un par de patadas al arranque y salió con su gorra en la cabeza y la moto a una rueda en un caballito espectacular. 

Apenas abandonó la autovía, entró por la calle de CEPM, unos quinientos metros más abajo, en dirección a las habitaciones de alquiler frente a la bomba de gas. Miró la hora en su teléfono celular, un aifon cinco que le había conseguido la Flaca por mil quinientos pesos, las ocho y cuarto. Escondió la moto en el camino y dejó que el resto de moto-taxis pasara a recoger a los trabajadores que bajaban de sus habitaciones. Los escuchó pelear como cada mañana, chocar las ruedas de sus motores para ser los primeros en captar a los pasajeros, los vio salir por la misma calle en la que se ocultaba y esperó. Nueve menos cuarto. Arrancó entonces y entró en los alojamientos cuando ya no quedaba nadie. Los últimos trabajadores, los que iban tarde, pagaban casi el doble y solo estaba él para cobrar por esa media hora robada al sueño. Más de un día se había ido en blanco esperando rezagados que no llegaron, pero esos días eran los menos y el resto los compensaba de sobras. Se acomodó bien la gorra y esperó unos instantes. Escuchó la cerradura de una de las puertas y movió la moto hacia la dirección de la que provenía el sonido. Los alojamientos consistían apenas en tres edificios de habitaciones encarados en forma de u a una plaza central que hacía las veces de centro social, parqueo para vehículos y puesto de vendedores ambulantes. Tres edificios preñados de unas treinta habitaciones cada uno con algunas dobles a las que llamaban de luxe. De una de ellas la vio bajar. Era una morena impresionante, pantalones apretados como una goma, el ombligo despejado y unas tetas marcadas por una camiseta de tirantes que cualquier hombre mataría por tener en su espalda. El pelo bueno, las uñas largas y unas gafas de sol que le cubrían la mitad del rostro. Arrastraba una maleta pequeña en la que seguramente había de llevar su uniforme, se va de libre o la han cancelado, pensó Café, que se giró la gorra para encarar la visera a la chica al tiempo que hacía lo propio con la moto.

La vista de ella se cerró en el escudo de los Red Sox y la de él en el escote. Uvero Alto, le dijo, la carrera más larga y cara que podía hacer, le sonrió, acomodó la maleta entre el manillar y el faro ciego, y la ayudó a subir. Apenas al primer acelerón sintió aquellas dos tetas inmensas pegadas a su espalda y supo que ese era su día.

Volvió tras dejar a la chica en el cruce de Uvero Alto y por el camino hizo un par de carreras más. No recordaba haber llevado tanto dinero encima antes de las diez de la mañana en su vida. Llegó al centro neurálgico de Bávaro, el cruce de Friusa, y entró con su motocicleta en la gasolinera entre las notas de “Farolito”, de Juan Luis Guerra, que tronaban por los altavoces del car-wash frente a la bomba. Vio las caras de asombro de los otros motoristas al ver su gorra y no pudo acallar una sonrisa mientras sacaba del bolsillo un billete de mil pesos y mandaba llenar el depósito de gasolina. Fueron muy aplaudidos también los vasos de cerveza a los que convidó y los pasos que se echaron para desentumecer la caja de bolas aprovechando los acordes de las bachatas del lavadero de coches. Un lavadero que apenas remitiera el sol se convertiría en la mayor discoteca de la zona.

A la tercera bachata ya no le quedaba un peso, pero estaba contento porque la recaudación le había dado justo hasta la hora en que el autobús de personal descargaba las dependientas de las tiendas de los hoteles Barceló que cubrían el turno de tarde. ¿Y esa gorra?, le sonrió una de las chicas mientras cabalgaba la parte de atrás de la Cg125 y se apretaba contra Café para dar espacio a otras dos compañeras. Era una de las tres supervisoras que casi siempre llevaba hasta el hotel. No era muy bonita y ya hacía tiempo que había dejado atrás sus mejores años, pero olía a perfume y cuartos, y alguna vez, si tenía suerte de recogerla a la salida de su turno, echaban uno rápido por el importe del concho antes de devolverla a la parada del bus. Bajó a toda velocidad por la autovía hasta la salida del hotel y enfiló hacia la barrera de la entrada de personal. La chica se apretó al bajar y le cogió la yuca, a las diez en el mismo lugar, le dijo. Agarró los trescientos pesos que le extendió con una sonrisa, y salió, feliz, de vuelta al centro de Bávaro. 

A Café le habían contado que unos años atrás allí solo había monte y culebra hasta que una empresa española se instaló al borde de la primera carretera y comenzaron a edificar a su alrededor. Después pusieron la primera gasolinera y el lugar cobró la vida que lo había llevado a convertirse en el centro neurálgico de Bávaro. Luego vinieron los arrabales a su alrededor, el Hoyo, Mata Mosquito, apartamentos, negocios, plazas, cueros, la Punta, el Car-Wash e incluso un supermercado, y con ellos la inmigración de haitianos y dominicanos de todas las zonas del país. Él era de los pocos dominicanos que todavía hacían ese trabajo, venido del Ceibo, de padre y madre dominicanos, y no como la mayoría de haitianos que se habían hecho con el negocio del concho. 

Se ajustó la gorra, dio un par de vueltas frente a los otros motoconchos que dormitaban el medio día acomodados sobre los asientos de sus motores, y entró en el pica-pollo chino. Se compró dos piezas y un refresco rojo. Incluso el dependiente chino, que jamás levantaba la cabeza mientras llenaba bandejas de plástico con trozos de pollo y papas o arroz, lo miró a los ojos y le sonrió con sus ojos grasientos clavados en la gorra. Se sentó después en una de las sillas desencuadradas del local y tuvo que espantar a un grupo de niños que andaban tramando hacerse con la gorra mientras él mordisqueaba los trozos fritos del pollo al ritmo cansino y enganchoso del ventilador del techo. El refresco llenó el espacio que el pollo no había cubierto y decidió ir a acostarse debajo de unas matas de camino a la iglesia cristiana, que le decían de las aguas, a echar una siesta. Puso los pies sobre la parrilla trasera, el culo en el asiento, la espalda en el depósito y la cabeza, cubierta con la gorra, sobre el manillar. El calor era infinito incluso al cobijo de aquellas matas.

Despertó sudado, se echó mano a la gorra y se sintió aliviado. ¡Aún estaba allí! Quitó el palo con que había aguantado la moto, le dio una patada al arranque y salió. Doscientos pesos en el bolsillo, descansado y la supervisora esperando por él. Aquella gorra, coño, no había dejado de traerle buena suerte.

Hizo un par de viajes de los hoteles Bahía a los alojamientos, y otros más con trabajadores de los Palladium que bajaban hasta la parada de la guagua. A medida que el sol se retiraba, las notas de las bocinas del car-wash se hacían las dueñas del espacio y los cueros comenzaban a salir. Llevó a dos de ellas hasta el prostíbulo de las Conejitas y aceptó una fundita de arroz con pollo y que le enseñaran las tetas como pago. Lo recordaría mientras se cogía a la supervisora, pensó al tiempo que se acomodaba la visera en la parte trasera de la cabeza para que no le restara luminosidad. 

Dio un par de viajes más por la zona, de la bomba a la parada de autobuses, y de la parada a la oficina de Orange en la plaza. El puñadito de arroz blanco le había sentado bien. Ya hacía un rato que había anochecido cuando miró la hora en el celular, casi las nueve, y decidió ir marchando a buscar el resto de la cena. Pasó de nuevo por Friusa y saludó a los motoconchos que esperaban carrera, recibió alguna oferta por la gorra, más de relajo que de verdad, y vio la envidia pintada en la cara de todos ellos, a los que dejó boquiabiertos con un nuevo caballito mientras enfilaba a buscar la autovía. Giró a la izquierda, se saltó el semáforo en rojo de incorporación a la autovía, aceleró y en pocos segundos toda la potencia de su Cg125 pasada a doscientos rugió por el arcén. El aire le golpeaba la cara y el pecho, y hacía presión contra la visera de la gorra, apretada al máximo a la cabeza por la tira ajustable de plástico. Adelantó a una guagua de personal y a una patana por la derecha, subiendo y bajando del arcén, y cruzó la autovía del carril de la derecha a la izquierda y viceversa en un par de giros que lo hicieron sentir el tíguere más afortunado del mundo. Escuchó el claxon de una yipeta que le recriminaba la maniobra suicida del adelantamiento y le contestó con la mano izquierda levantada en forma de burla. Siguió hasta la curva del Cocotal a todo lo que daba su moto cuando un golpe de aire le sacó la gorra de la cabeza y la hizo volar al medio de la autovía. Café apretó los frenos con fuerza y giró el torso para ver dónde caía la gorra antes de que se la tragara la oscuridad. El todoterreno que acababa de adelantar unos metros atrás lo esquivó como pudo y Café se echó a la derecha, hacia el arcén, mientras derrapaba y seguía con la cabeza vuelta y la vista en el vuelo caprichoso de la gorra. Ni siquiera vio que la moto patinaba, ni sintió el dolor del asfalto mientras se comía su piel. Comenzó a dar vueltas sobre su cuerpo y escuchó el gruñir de frenos a su alrededor. El mundo giraba mientras él intentaba por todos los medios fijar su posición en el vuelo de la gorra. En una de las vueltas la vio al haz de luz de un vehículo descontrolado volando hacia el borde de la carretera. Siguió rodando sin saber dónde estaba él, ni la moto, ni el mundo, pero seguro de saber hacia dónde tenía que haber ido la gorra mientras sus huesos crujían y su cuerpo perdía velocidad en cada embestida. Por fin quedó inerte, el cuerpo en el arcén, roto y atravesado, y la cabeza en la carretera con el ángulo preciso para intuir por dónde debía haber volado la gorra.

La tengo, pensó en el preciso instante en que su cabeza estallaba bajo de las ruedas del autobús al que había adelantado unos segundos antes y mientras la gorra, ajena como la pluma huérfana de un ave abatida, caía sin vida en la más absoluta oscuridad sobre una rama de mangle en el margen de la nueva autovía del Coral.

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Y como siempre en la vida, la realidad supera con mucho a la ficción...



dijous, d’agost 14, 2014

Cuando todavía hacían el "Un, dos, tres..."

Tenía apenas doce años recién cumplidos cuando sentí su gusto por primera vez.

Andaba entonces acercándose la fiesta de final de curso, el primero en ese nuevo colegio al que mis padres me habían apuntado tras sugerirles en los dos centros anteriores que cambiarme de escuela era una buena idea. El primer curso de lo que llamaban segundo ciclo, y que correspondía a los cursos de sexto, séptimo y octavo para niños de once a catorce años, los tres últimos antes de dejar la educación básica obligatoria y tener que escoger entre cursar estudios técnicos, bachillerato o andar a trabajar a un taller.

En aquella época, principios de los ochenta, había un programa en la televisión nacional (la única que existía) que se llamaba “Un, dos, tres… responda otra vez” y que consistía en un concurso dividido en tres partes, una primera en la que tres parejas superaban una prueba de preguntas y respuestas, una segunda, la eliminatoria, a la que acudían las dos parejas ganadoras de la primera fase y en la que competían en una prueba de habilidad, y la tercera, la subasta, a la que pasaba la pareja ganadora de la eliminatoria. Era en esta tercera parte donde los concursantes vivían su momento de gloria y se convertían, junto a los diferentes personajes, humoristas, bailarines, azafatas,…, en las estrellas del programa. El juego consistía en que cada invitado que aparecía realizaba un pequeño show y dejaba a los concursantes un objeto con un sobre en el que había una pista, engañosa por supuesto, del regalo que esperan conseguir al final. Los concursantes se juntaban así continuamente con tres objetos de los que debían ir eliminando uno hasta quedarse con el definitivo que contendría su premio final. 

Este concurso fue muy famoso en España, tanto así que estuvo en antena desde el año 1972 hasta bien entrado el año 1994. Durante estos años hubieron pausas en su programación, así como un fracasado intento por revivirlo en 2004, y los diferentes presentadores que se encargaban de él, inmediatamente se envolvían en la fama tras apenas presentar el primer programa de la temporada. 

Decía que corrían los jóvenes ochenta cuando una tal Mayra Gómez Kemp arrancó con el concurso que se había congelado en 1978 causando un gran revuelo en la España pre-mundial. Un reto enorme para una presentadora cubana hasta entonces desconocida, y que hizo olvidar a Kiko Ledgard, la súper estrella de la televisión en blanco y negro de aquella España de los últimos años del franquismo.

Con ese escenario de fondo irrumpí una tarde en la sala de profesores de mi colegio para asegurarles que la única opción triunfadora para la fiesta de final de curso era organizar un gran concurso del “Un, dos, tres… responda otra vez”. La sala, envuelta en humo de cigarrillo, se silenció y las miradas de aquellos hombres y mujeres con melena, pantalones de pata de elefante y desconocedores de la cera depilatoria, se centraron en el rostro del niño problemático sobre el que casi todos ellos habían estampado sus huellas palmares. La primera reacción fue de rabia por la invasión del sancta sanctórum del profesorado, después, desconcierto por mi propuesta, y al final, tras escuchar mis argumentos, demoledores como casi siempre que lo hago en mi favor, acabó todo en un velado “decidle que sí o no nos va a dejar en paz”, así que salí de aquella nublada sala con la aprobación para comenzar a preparar el concurso.

Tenía, a partir de aquel momento, muchísimo trabajo por delante. Debía hacer una selección de los que participarían en el concurso, empezando por los concursantes, que decidí que serían una pareja de cada curso, una de sexto, una de séptimo y una de octavo; también necesitaba crear las preguntas, la prueba de habilidad, y sobre todo, la subasta, ese continuo aparecer de personajes que habrían de poner a prueba a la pareja ganadora de las dos fases iniciales. Pero necesitaba, antes de nada, encontrar el tema sobre el que giraría todo el concurso, y al final, tras mucho pensar, escogí el castillo del conde Drácula. Todo estaría relacionado con el rumano más famoso, el escenario sería el salón de su castillo, los bailes los harían niñas de las clases de secundaria disfrazadas de vampiresas y todo, regalos, actores, pruebas, incluso la música, tendría ese regusto de colmillos sangrientos. 

Así fui pasando por todas las clases que deberían implicarse, niños de mi propio curso y de los superiores. También hablé con los profesores de manualidades para que comenzaran un mural que habría de abarcar el espacio de dos porterías de fútbol sala, y que serían el soporte para colocarlo en medio del patio de juegos. Les di un esbozo que había hecho aprovechando el tedio de las clases de matemáticas, pedí permiso para comprar pintura, etiquetas, adhesivos, etc., y yo mismo supervisé cada uno de los dibujos que conformaban el mueble del que imaginé habría de ser el castillo del conde. 

Después tocó buscar a los concursantes, para lo que hice un sistema de selección que ahora no recuerdo, monté las preguntas, preparé la prueba eliminatoria, y apunté en un cuaderno de tareas toda la escaleta del espectáculo. Quedaban únicamente dos temas pendientes, encontrar a la persona que haría de presentadora del concurso y montar todo el show de la subasta final. Lo primero fue fácil, Susana Amo, una niña de séptimo por la que suspiraba desde que la conocí un año atrás. La mejor oportunidad de hacerme pasar por un niño mayor, de deslumbrarla con mis dotes de líder, de permanecer junto a ella el máximo tiempo posible, ahora estudiando las preguntas, ahora haciendo un simulacro, ahora revisando que el mural siguiera como estaba previsto…, una táctica infalible. Costosa y trabajosa, pero infalible.

Lo más difícil fue encontrar voluntarios para que participaran en la subasta, debían ser niños que quisieran hacer algún chiste, bailar o recitar, y que debían estar escondidos, disfrazados, camuflados entre los miles de niños que yo imaginaba que habrían de presenciar el concurso. Fui por las clases de sexto, de séptimo y de octavo, de once a catorce años, y al final recluté un número inferior al que requería, pero suficiente para llevar a cabo la tarea.

Por fin, los días fueron avanzando, el mural, los objetos escogidos como regalos, las tarjetas con los textos (que entonces se hacían a máquina), los uniformes, todo había ido cogiendo forma hasta que un jueves de principios de junio todo estaba listo para que al día siguiente se montara el espectáculo en el patio del colegio.

Comenzó el viernes temprano, a las ocho de la mañana, con todos los voluntarios que me habían prometido que me ayudarían. Quizá en ese momento debería haberme dado cuenta. Los que acudimos puntuales movimos las porterías hasta situarlas frente a unas pequeñas gradas que recorrían el lateral más largo del patio, las pusimos de cara y pegamos el mural, una chulería. Después bajamos tres mesas con sus respectivas sillas para que se sentaran las tres parejas concursantes, situé un ataúd entre el público del que había de aparecer un conde Drácula, tapé algunos rincones con telas para que tras ellas se escondieran otros participantes sorpresa del montaje. Toda una preparación que tuve que hacer entre niños jugando a fútbol, los mayores que pasaban totalmente de mí, y los pequeños que hacían lo que les daba la gana jugando y chutando sus pelotas contra el mural…

El espectáculo estaba previsto para la tarde y ya a las doce el mural tenía más grietas que dibujos.

Sin embargo he de reconocer que comenzó bien, muchísimo público, los niños atentos, la hermosa presentadora con el guion aprendido a la perfección y los profesores alucinando de que realmente hubiera llevado a cabo algo así. La primera fase, la de las preguntas, fue un éxito. Recuerdo la gente aplaudiendo, los niños contestando al unísono con los concursantes…, Susana entramando una pregunta con otra, haciendo el papel que se esperaba, y yo, escondido tras una de las cortinas, mirando todo con el corazón en un puño. Quizá esa fase fue demasiado larga. Perdió una pareja y las otras dos comenzaron la eliminatoria. No consigo recordar cuál fue la prueba, supongo que explotar globos, o llevar un huevo de punta a punta en una cuchara sostenida con los dientes, no lo sé, no debió ser muy interesante porque no la recuerdo, pero como fuera, al final pasó una de las tres parejas a la gran subasta, a la parte final, al momento que definiría toda la magnitud del montaje que había inventado y puesto en práctica. Había hecho una colecta entre profesores, alumnos y padres y habíamos conseguido regalos grandes, el más grande de todos el que tenía el Drácula dentro de su ataúd hecho con listones de cajas de fruta, pintado de negro con una gran cruz roja en el centro, y en el que ya me había asegurado que descansaba el alumno disfrazado. Aún puedo verlo. Se puso una de las mesas en el centro y comenzó la subasta, a un lado de la mesa la pareja ganadora, y al otro mi linda Susana. Debíamos empezar con un baile de las niñas de sexto, pero apenas aparecieron dos de las diez o doce que se habían comprometido. Aun así una de las dos bailarinas acercó su sobre a la mesa y la presentadora leyó el enunciado hasta la famosa parte de “hasta aquí puedo leer”, el número siguiente ya no se produjo por deserción de los participantes, ni el tercero, ni el cuarto, ni ninguno más. Cuando comencé a ver qué ocurría vi a todos los que habían prometido ayudar jugando a fútbol en la parte trasera del patio pasándoselo en grande, uno iba disfrazado de Drácula. Los niños en las gradas comenzaron a silbar porque cada cosa que la presentadora anunciaba, sencillamente no se producía, cada nuevo número, cada chiste, cada personaje que tenía que acudir, no existía. 

Los profesores se fueron levantando de la grada y comenzaron a reunir a los alumnos de sus clases para cerrar la jornada. Susana miraba sorprendida frente a los dos concursantes, que también se dispersaron y desaparecieron. 

Tardé un buen rato en salir del escondite en el que todo el mundo me veía, porque si bien la cortina tapaba el ángulo de visión desde las gradas, con bajar de ellas mi cuerpo era perfectamente visible, así como mi vergüenza. Uno de los niños de octavo le pegó dos pelotazos al mural y lo destrozó por completo. Los niños más pequeños se subieron al ataúd y partieron la tapa. Los regalos, amontonados en la secretaría, se pudrieron allí o se los repartieron entre los profesores, y yo, que no sabía hacer nada más, solo juraba que jamás lo volvería a intentar mientras no podía controlar los espasmos del llanto. Mi profesora, cuando casi no quedaba nadie, o yo ya no era capaz de ver a nadie, se acercó y me dijo que hasta entonces nadie había hecho un “Un, dos, tres… responda otra vez” mejor que ése, que debía sentirme orgulloso y que lo único que había fallado es que era demasiado joven, una forma elegante de decir “qué coño te pensabas”.

No sé si sus intentos de ánimo fueron ciertos o no, la verdad es que a mí me pareció que había fracasado. Esa fue la primera vez que probé el sabor del fracaso, el gusto seco y ácido que deja en el paladar, los espasmos nerviosos que provoca en el habla, la mirada caída y la rabia corriendo por cada célula de mi cuerpo. La mandíbula prieta, los labios blancos y las manos frías. Lo reconozco ahora igual que entonces, si bien he aprendido a ponerme tras una cortina sin ángulos muertos. Ese gusto a hierro sanguíneo que inunda los sentidos, pólvora a punto de estallar que se moja y se diluye en la depresión post fracaso mientras la mandíbula se suelta y el sueño no vuelve por días. Un desconsuelo incontenible que atenaza los sentidos, el corazón, la razón, que contamina como el uranio radioactivo y mata como el veneno para roedores molestos.

Un matarratas del que he tomado bastantes cucharadas en la vida...

dimecres, de juliol 23, 2014

Teatro de pena

Escenario:
Bar Cafeína Coffee House en Ciudad las Canas, Cap Cana, residencial de lujo de Punta Cana, en República Dominicana.

Personajes:
Jordi, representante comercial que es invitado a un desayuno de Trabajo.
Felipe, la persona que invita a Jordi al desayuno, dominicano, de mediana edad, activo, persona influyente y conocida en el país.
Dos desconocidos de origen extranjero, europeos a primera vista.

Situación:
23 de julio de 2014, 09:00 am.
Día soleado, radiante.
Jordi y Felipe, invitado el primero por el segundo, se dan cita en el bar Cafeína para tratar un asunto de trabajo mientras desayunan. Ambos llegan en sus vehículos particulares, se encuentran en el párking y entran juntos al bar.
Los dos desconocidos están desayunando en la única mesa ocupada del local.

- Acto 1 -

Felipe  :                     - Hola Jordi. Buenos días, gracias por venir

Jordi:                         - Gracias a ti Felipe. Hacía días que no nos veíamos..., te veo bien

Abren la puerta del bar y entran

Felipe  :                     - Pasa, por favor.

2 Desconocidos:       - Buenos días Felipe, dichosos los ojos que te ven.

Felipe  :                     - Buenos días – sonríe –, estaba ocupado en la capital. Os presento a Jordi, un amigo catalán.

Desconocido 1:      - ¡Español! – con voz de mando.

Jordi:                         - Catalán – con media sonrisa mientras tiende la mano para saludarlo.

Desconocido 1:      - ¡Independentista! – con voz de mando más fuerte, al tiempo que aprieta la mano.

Se hace un silencio incómodo en el local.

Jordi:                            - Catalán – sin sonrisa, mirando a los ojos del desconocido, para después dirigirse a la mesa donde ya lo espera Martín.

Desconocido 1:      - ¡Felipe, te imaginas encontrarte a un dominicano en Boston, que le preguntes de dónde es y te diga “dominicano, del Seibo” – a gritos de punta a punta del bar.

Felipe  :                     - Pero muchacho, que cada uno sea de donde quiera, ¿no?

Desconocidos 1 y 2 murmuran algo lejos del alcance auditivo de Jordi y Felipe.

Desconocido 2:      - Apunta lo que debemos – dirigiéndose a una de las camareras en voz alta.

Los dos desconocidos se levantan del bar y se marchan ofendidos.

Fin del primer acto.