divendres, de novembre 18, 2016

Albert Salvadó: Si yo volviese a nacer...

Este año, con motivo del 70º aniversario de trabajo en favor de los niños, UNICEF ha invitado a escritores de todo el mundo a escribir una historia breve sobre el tema: “Mis deseos para cada niño”. Más de 200 autores han respondido a esa petición y han dado forma a su visión de un mundo en el que todo los niños gocen del derecho a sobrevivir y salir adelante, de aprender y de crecer sanos y a salvo del peligro, y tengo el orgullo de ser amigo de uno de ellos, del escritor andorrano Albert Salvadó, cuyo escrito ha sido escogido por el editor del proyecto para formar parte de esta magnífica iniciativa. 


Albert Salvadó:
Si yo volviese a nacer...
...Si yo volviera a nacer, os agradecería que tengáis presente que soy algo más que una simple pieza que hay que moldear para ajustarla al gran engranaje de la sociedad.
...Si yo volviese a nacer, os rogaría que no me atiborréis de conocimientos, sino que me eduquéis en la observación, en la atención y en el sentimiento, porque nací para crear.
...Si yo volviera a nacer, os recordaría que soy yo quien ha decidido venir, y no vosotros quienes habéis ido a buscarme.
...Si yo volviese a nacer, os pediría que afloréis lo mejor que hay en mí, y no sembréis la rabia, la tristeza y el infortunio que son el fiel reflejo de vuestras frustraciones.
...Si yo volviera a nacer, os diría que he venido para vivir en plena libertad, y no como un ser mecánico que sigue ciegamente consignas políticas, dogmas religiosos o leyes de mercado.
...Si yo volviese a nacer, os exigiría que no me trasladéis vuestra infelicidad, sino que os la quedéis para vosotros porque no habéis entendido qué habéis venido a hacer.
...Sin embargo, como no volveré a nacer, todo esto me lo aplico a mí mismo, porque he creado una falsa imagen que me impide ver que había venido para vivir en libertad pero la olvidé en algún rincón del camino.

Selección del editor

Estimat amic, moltes felicitats. Ens omples d'orgull de saber-nos amics teus.

diumenge, d’octubre 30, 2016

Anacaona y Caonabó, una historia maravillosa

"Anacaona y Caonabo", Enrique Royo 
Si todo va bien, como parece que así es, en pocos meses saldrá a la luz mi última novela. 

Aquellos amigos con los que compartimos redes sociales es muy probable que ya sepáis, más o menos, de qué trata esta historia, pero la realidad es que apenas he compartido algunos retazos, frases sueltas, fotos con más o menos acierto y pistas vagas. Y si bien es cierto que tuve la necesidad de decir, recién finalizada la novela, que era la más dura que jamás había escrito y probablemente la más dura que jamás escribiré, también es cierto que no he hablado apenas de ella porque en esta novela se ha conjurado el maldito milagro de que un cobarde como yo escriba la historia de uno de los hombres más valientes que han poblado la isla que me acoge desde hace diez años, y eso, mis queridos amigos, acojona al más pintado.

La historia nació un día por casualidad mientras me bañaba con la familia en las aguas de playa Rincón e intenté imaginar qué habrían sentido los primeros europeos al llegar a la isla que hoy ocupa República Dominicana, cómo se habrían quedado al ver la belleza sobrenatural de nuestros paisajes, la hermosura de las costas, la fuerza de los colores, los olores, las formas tan infinitamente diferentes a las de Europa. Pensé entonces que si nosotros, los viajeros actuales, ya sufríamos un espasmo en los sentidos al acaparar tanta belleza de golpe, aun siendo conocedores del lugar por fotos y referencias, cómo hubo de ser para aquellos hombres que en los albores del siglo XVI se acercaron a unas tierras vírgenes, ricas y plenas como éstas. No pude dejar de imaginar la visión de estar hollando el propio Edén para aquellos aventureros allende los mares.

Pero también pensé inmediatamente qué habrían sentido los habitantes de este paraíso al ver llegar a aquellos tipos barbudos, gritones, rudos y vestidos de maneras tan ridículas como poco apropiadas para el clima tropical. Qué pensarían al ver llegar sus barcos, sus animales, sus armas, sus maneras bruscas de hacerse con todo, y de la misma forma que imaginé que esto pudiera ser el Edén para los recién llegados, pensé también que para los infelices habitantes de estas tierras de aguas turquesas y verdes intensos, la llegada de los europeos hubo de ser lo más parecido a una invasión alienígena en nuestros días.

Poco a poco el gusanito de la curiosidad se fue instalando en mi imaginario, comencé a leer, a investigar, a buscar hasta que me di de bruces con varias realidades que me abdujeron sin remedio. Una de ellas fue la casualidad de que una amiga me hablara, sin saber ella lo que ya se cocía en mi cabeza, de fray Raimón Paner, un ermitaño del monasterio de la Murtra, Barcelona, que vino con Cristóbal Colón en su segundo viaje y que fue el primer antropólogo, por decirlo de alguna forma, que convivió y estudió a los taínos. Después, fruto de una investigación más seria, me crucé con unos personajes de una fuerza brutal, con unas historias que me dejaron en vela varias noches, con unas vidas que se vieron truncadas, con una historia de amor que se rompió en la noche de los tiempos por la violencia y la necesidad de supervivencia. Conocí a Anacaona, la última princesa del Caribe, y cuyo nombre significa literalmente Flor de Oro, y al que fue su esposo, Caonabó, el guerrero cuyo nombre significa el Señor de la Casa del Oro, y a quien Alonso de Ojeda “engañó” haciéndole poner unos grilletes como si fueran un gran regalo.

Siguieron entonces las preguntas, las dudas sobre si la historia pudo ser cómo nos la han contado o no, y pensé que no era posible que una sociedad capaz de hacer las más extraordinarias piezas de artesanía se volviera loca al ver espejitos como si fueran imbéciles. No creí que un hombre, un guerrero como Caonabó, capaz de vencer a tribus caribes, de enfrentarse a los conquistadores, de una fuerza descomunal que hacía temblar a sus enemigos con la sola mención de su nombre, se pusiera unos grilletes y encima lo considerara un regalo. Si ni siquiera un niño se pondría unos grilletes metálicos con una cadena unida a cuatro argollas para atar sus muñecas y tobillos, cómo lo iba a hacer un guerrero, y más aún si ese “regalo” venía de las manos de alguien con quien pocas semanas atrás había combatido en la toma de la fortaleza de Santo Tomás.

Y creo que fue en ese momento cuando a fuerza de preguntarme, de imaginar, de querer saber qué pasó en realidad, las voces comenzaron a hablarme, a no dejarme dormir, a colarse en cada descanso, a explicarme sus vidas, sus historias, la verdad de lo que ocurrió, su verdad. Una historia que no me dejó vivir hasta que la plasmé en la que ha de ser, si todo va bien, mi tercera novela, la más dura que jamás he escrito y probablemente la más dura que jamás escribiré, y que se fue dejando un vacío mayúsculo en mi alma y un temblor de vértigo en mi corazón.

Apenas media decena de amigos han leído el manuscrito, y entre ellas mi compañera, la verdadera dueña de la casa del oro, y sus palabras no pudieron ser más alentadoras. También ella se vio cautivada, no por mi capacidad narrativa, sino por la inmensa historia que he tenido el honor de contar y que hoy ha llegado en forma de obra de arte de la mano del artista Enrique Royo. Muchas gracias a mis lectores, y en especial a mi amada Luz por tan inmenso regalo que me ha llegado al alma.

diumenge, d’octubre 23, 2016

Gente Rara

Libretería es una página dedicada a autores, libros y cosas de esas en la que tengo la infinita fortuna de participar, y en la que hoy se publica un texto que preparé hace unos días para la sección "A mi manera", un espacio creado por Pedro Araque para que los escritores podamos explicar lo que más nos plazca abusando de su hospitalidad. Transcribo aquí el texto del artículo, pero si queréis leerlo en la versión original cargada en Libreteria.com podéis pulsar en el enlace: https://libreteria.com/A-mi-manera-Gente-rara/


No acostumbro a hablar casi nunca en los vuelos. No me gusta hablar de mis cosas, y en las conversaciones triviales nunca me he manejado bien. Me atasco, no tengo capacidad de demostrar interés por lo que no me lo genera y paso un mal rato poniendo caras de imbécil en los largos e incómodos silencios que se generan con mi falta de atención. No soy, con toda sinceridad y por decirlo de una forma políticamente correcta, un buen compañero de viaje. Tras muchos años de volar y transitar por diferentes aeropuertos he desarrollado una técnica infalible que me permite observar todo lo que pasa a mi alrededor, en muchos los casos incluso inventar historias sobre los transeúntes o imaginar aventuras desenfrenadas con ellos sin que nadie se me acerque, y que no es otra que llevar siempre unos auriculares en mis oídos aun cuando en la mayoría de los casos estén desconectados.

Así, hace unos meses, realicé un vuelo de Panamá a Chile en uno de esos aviones terribles en los que la configuración obliga, cuando el vuelo va lleno, a compartir una fila de dos asientos con otra persona. Si tienes la suerte de que te toque en medio, en una fila de cuatro asientos, y además en uno de los dos extremos, puedes eludir bastante bien la conversación porque si tu compañero no ve demasiado interés en ti siempre puede girar la cabeza en dirección opuesta y taladrar con sus muchos e interesantes pensamientos a la pobre alma cándida que no ponga la misma cara de perro que un servidor. Pero si te toca en una fila con dos asientos y encima en un vuelo de más de ocho horas, ¡ay amigo!, las posibilidades de salir indemne se reducen de forma peligrosísima.

Esto me ocurrió en el vuelo al que hacía referencia. Un señor de edad comprendida entre los cincuenta y muchos y los sesenta y pocos se sentó a mi lado. Yo en la ventana, otro error, y él en el pasillo, circunstancia que solventé apenas mi castigado culo tocó la ajada tela de la tapicería de Copa Airlines desplegando un libro sobre mis piernas y asegurándome los auriculares en los oídos, pues por experiencia sabía que aquel hombre, sin más distracción que mirar a su alrededor, aprovecharía la mínima rendija para preguntarme cualquier estupidez que diera paso a una conversación. La táctica funcionó hasta el primer almuerzo a bordo cuando, y aprovechando mi atención a las preguntas de la azafata, el hombre aprovechó para meter baza y atacar.

—¿Es usted chileno? —me preguntó.

Con la mejor de mis sonrisas negué e hice ver que me sumía en mi lectura de nuevo, pero el hombre no se dejó amedrentar y cuando me ayudó a pasar la bandeja de comida vegetariana, previamente masticada y regurgitada por todo el staff de la compañía de catering, que me tendía la azafata, se vio con fuerzas para explicarme que él sí era chileno y que vivía en New York. Sin tiempo entonces ni para respirar, me hizo la confidencia inmediata de que estaba extremadamente agradecido a la hospitalidad estadounidense y que gracias a ellos, y a la infinita oportunidad que le habían dado, había podido sacar a su familia adelante con un carrito de salchichas frente a Central Park.

Me explicó la dureza de verse apartado de su tierra, de sus orígenes, de su familia, de sus amigos, lo terrible de la adaptación, la dificultad de encontrar un lugar en el que sentirse cómodo en tierra extraña, de hacer amigos, y yo le hice saber que también era inmigrante, un catalán en lares caribeños por cerca de una década, así que entendía muy bien lo que me estaba explicando. “No siempre has de ser un gilipollas estúpido con la gente”, pensé, y seguimos conversando al ritmo cansino de abrir y cerrar bandejas de comida asquerosa. Me reconoció el señor que a pesar de estar muy agradecido, de haber conseguido que sus hijos estudiaran, de haber podido enviar dinero a la familia en Santiago, de haber salido adelante, e incluso a pesar de haber conseguido un seguro médico excepcional, no había logrado adaptarse nunca a la vida de los Estados Unidos, y que por eso había intentado por todos los medios mantener sus raíces, sus costumbres chilenas, su idioma, sus comidas, sus tiempos, “viviendo a mi manera en la gran manzana”, remató. Aplaudí su decisión y supuse que estaba feliz por viajar a Santiago a ver su familia. Me hizo saber que sí, pero me confesó que la intención oculta de ese viaje era comprar una casa en Santiago para poderse retirar cuando dejara el carrito de HotDog, ¡el sueño de cualquier inmigrante!, reconocí. Lo felicité, claro, y me vi reflejado en su alegría por la inminencia del regreso a casa tras muchos años de vida en el extranjero.

—Pero ocurre una cosa que me haced dudar, sabe usted —me dijo. —Algo que hace que Santiago ya no sea como antes.
—Caramba —le respondí con no demasiado fingido interés — ¿y qué es eso que ocurre en Santiago?
—Se ha llenado de gente extraña.
—¿Extraña? —dije desconcertado.
—Sí. Gente rara, de color —susurró a mi oído tensando el cinturón de seguridad que lo mantenía atado a la silla.
—¿De qué color? —pregunté.
—¡Negros!
—¿Y qué tienen de extraño los negros? —inquirí.
—¡Hombre, cómo me pregunta eso! No se adaptan, no comprenden las costumbres chilenas, no comprenden que ya no están en su país y quieren cambiar el nuestro. No se adaptan, no entienden, y a pesar de haberlos acogido sólo quieren hacer las cosas a su manera.

Con un rictus de rabia inmensa por haber cedido al buenismo de las costumbres y haber sucumbido a la charla con aquel impresentable, le expliqué que yo tenía tres hijos, uno blanco, uno negro y otro muy negro, y que preferiría que no volviera a dirigirme la palabra nunca más, incluso si alguna vez cometía el infinito error de comprarle un refresco en su maldito puesto de salchichas asquerosas en New York. Se deshizo entonces en mil disculpas que por fortuna ya no llegué a escuchar, pues me puse mis auriculares, subí el volumen del reproductor al máximo y lo mandé, a mi manera, a la mierda.

diumenge, d’octubre 09, 2016

El puto amo de la novela de aventuras


Ya lo dijo el gran Guardiola, ex entrenador del Fútbol Club Barcelona, “el puto amo”, y si bien no se refería al autor barcelonés, no encuentro otra definición mejor para él, porque Fernando Gamboa es, hoy por hoy, el puto amo de la novela de aventuras.

Con su primera obra,  La última cripta, y a pesar de las características que acompañan a casi toda obra primeriza de un autor, ya me enamoró, pero con Ciudad Negra me ha acabado de conquistar completamente. 

Si pongo la máquina de la memoria en modo de rebobinar no encuentro una novela de aventuras que me lo haya hecho pasar tan bien como ésta en años. No sé ni qué decir de ella, porque lo único que me sale es pum, pim, clas, y subió, y se cayó, y entonces se escapó con un paracaídas que había convertido en dirigible, y ella le dio un beso, y pam, y pom, y un tiro, y ufff,…! Pulsa aquí para seguir leyendo 

dimarts, de setembre 27, 2016

Entre la certeza de la guerra y la incertidumbre de la paz

Credit Mauricio Duenas Castaneda/European Pressphoto Agency
Dice el artículo de New York Times, del que proviene esta imagen, que “A días del plebiscito, Colombia se debate entre la certeza de la guerra y la incertidumbre de la paz”, y en ese debate yo sólo puedo apostar por la incertidumbre de la paz, con todo lo malo que eso conlleve, orgullo tragado, rendición, desconfianza, …, porque creo que una mala paz se puede corregir en el tiempo y siempre será mejor que la certeza de la guerra. 

Lo que ocurre en Colombia estos días es un milagro, pues lo normal es que pase al revés, que a la gente la metan en las guerras los dirigentes malnacidos que sólo miran por sus intereses sin preguntar, y que en esas batallas egocéntricas por cuotas de poder arrastren a cientos de miles de vidas de inocentes, porque no nos engañemos, en las guerras siempre mueren los mismos, los inocentes.

Sin embargo ahora, en Colombia, ocurre lo contrario, a esos cientos de miles de inocentes les van a preguntar si desean seguir siendo carne de cañón o prefieren pasar por el cedazo del perdón, de la rendición, de la bajada de pantalones, de cómo quieran llamarlo, pero por primera vez en toda mi vida, y ya van casi cinco décadas (menos de lo que estos hijoeputas llevan dándose plomo), asisto atónito a una consulta popular para decidir si se explora una vía de paz, imperfecta, por supuesto, o una guerra, y me sorprende que haya quien tenga dudas. Entiendo que hubieran querido más, más compromiso de los asesinos, más castigo, más de todo, pero ese listón nunca estará a una altura que contente a todos, es sencillamente imposible porque cuando mueren personas se genera tanto odio en un lado como en el otro.

Veo a amigos colombianos que se debaten entre el orgullo del que sabe que tiene razón o la visión de un mundo mejor para las generaciones venideras, y dudan porque son muchos años de sangre acumulada.

Hace ahora trece años que mi vida se vio envuelta con la de una colombiana con quien he aprendido a vivir, y desde entonces mi entorno familiar se ha llenado de colombianos, mis hijos, mi familia, amigos, decenas de viajes a tan maravillo país que hacen que sienta este momento con orgullo casi como si fuera mío.

Recuerdo la primera vez que viaje a Colombia, como mis amigos me advertían de que era un país peligroso, de que tuviera mucho cuidado, las miles de bromas, que aún hoy se repiten, sobre si a mi regreso de esos viajes puedo traer una bolsita de coca que nos saque a todos de la miseria, bromas que los colombianos resisten en cada conversación. Películas de Hollywood donde los malo-malísimos son colombianos, escenas de Bogotá como si fuera el mismísimo infierno, el peso y la vergüenza de pedir visado para cada maldito país del mundo como si fueran criminales, y de ser los últimos en salir de la zona aduanal tras soportar mil y un registros en cada puto aeropuerto en el que aterrizan. Pequeños daños colaterales de este conflicto que los colombianos llevan con resignación como un vestido más. 

Colombia es un país como cualquier otro, con gentes buenas y malas, muy buenas y muy malas, y regulares, la gran mayoría, pero tiene algo que muchos otros países han perdido, y son las buenas maneras. Es difícil encontrar colombianos maleducados, es difícil encontrar colombianos sin preparación académica, es difícil encontrar colombianos que no respeten el orden de las familias. Ahora todas estas personas, las que han vivido el conflicto por la televisión, las que les han quitado sus tierras, las que han visto como se llevaban a sus hijos secuestrados al monte, las que han visto como la policía metía en sacos a sus familiares para cobrar la cuota que el anterior gobierno ofrecía por cabeza de terrorista, las que opinan sin haber probado nunca unas botas de goma (como yo) han de decidir si desean seguir con eso o ver a los terroristas campando por las calles como ciudadanos de pro. No es una elección fácil, no, pero es una elección y creo firmemente que los pueblos tienen derecho a decidir su futuro en las urnas, no con las armas, ni bajo la fuerza de los poderosos.

Hoy Colombia puede dar un ejemplo brutal al mundo y dejar de ser los parias de los aeropuertos internacionales para convertirse en el país que votó por el perdón en lugar de la venganza. Hoy Colombia puede dejar de un plumazo toda la basura acumulada en décadas bañadas de sangre y ser el puntero mundial de la paz, cambiar el fusil, las botas de goma y la hoja de coca por una paloma y su ramita de olivo, que por jodida y vieja que esté la puta paloma, siempre será la mejor de las alternativas.

dimarts, d’agost 30, 2016

Un dinosaurio entre guepardos

He tenido la fortuna en estos días de realizar un par de vuelos intercontinentales y he podido ver algunos comportamientos que, no por ser de lo más habituales, no me han dejado de llamar la atención. También he tenido la oportunidad de charlar con personas de la industria editorial y sus palabras me han dado pie a compartir con vosotros esta reflexión personal.

Como decía, hablando con agentes, editores, y personas de la industria, la mayoría coincidía en que una de las causas de la crisis actual de su negocio es la caída masiva de lectores, algo con lo que casi todo el mundo está de acuerdo, pero también existe una serie de causas internas provocadas por ellos mismos por el afán de vender y por vender cualquier cosa a cualquier precio.

Realmente no sé si se lee más o menos que antes, pero es fácil recordar que hace apenas unos años, con sólo dar una vuelta por los pasillos de un avión, las salas de espera de los aeropuertos, los transportes públicos o las toallas estiradas en las playas, uno veía a muchas personas leyendo. La mayoría, como yo, con ediciones económicas de bolsillo, pero dedicando parte de nuestro tiempo a sumergirse en un libro. Ahora, ese feo vicio ha sido sustituido por la tecnología, redes sociales, mensajería instantánea, música, podcast, vídeos, etc., que ofrecen entretenimiento inmediato de corta duración, ideal para estos espacios pero nefasto para la industria del libro. Es decir, nos encontramos con una sociedad que cada vez dispone de menos tiempo libre, y que además ese tiempo libre está cargado de urgencias contra las que la lectura no puede competir. 

Esto va creando una gran variedad de situaciones, algunas absurdas como la compra y recompra entre empresas editoriales para ver quién es más grande en un mercado polarizado y cada vez más pequeño. Como aquellos terratenientes a los que el río se les come la tierra y en lugar de pensar en poner una piscifactoría o cambiar de cultivo, se dedican a comprar la tierra de los vecinos para poder decir que siguen siendo los más importantes del valle… Son muchos los directivos y editores que no han tenido más remedio que claudicar y quedarse o acabar abandonando estas empresas editoriales mastodónticas para tirar adelante sus propias ideas, de ahí una parte de la proliferación de pequeñas editoriales y agencias dedicadas a temas muy particulares, casi todas con la esperanza de ser los descubridores del próximo éxito de Canción de Fuego y Hielo. Mimbres de una industria que han comprendido que el único destino para un dinosaurio en época de guepardos es la extinción.

Me confesaban que hasta hace unos años un gran éxito era vender tres o cuatro millones de ejemplares de un libro, mientras que ahora, si llegan a un millón es algo totalmente inusitado.

Otra solución de la industria es el precio. Sabedores de que un libro dura en cartelera apenas un par de semanas, lo que vienen haciendo muchos directivos de estas grandes editoriales para mantener sus estatus es capturar autores reconocidos de antes de la crisis, como si fueran pokemons, y vender sus libros, sin importar la calidad de los mismos, a precios desorbitados de forma que con las primeras tiradas cubran las expectativas de lo que sería una edición completa.

El ego de algunos escritores, que no han comprendido nada del cambio que está sufriendo su negocio, y el inmovilismo extremo de los libreros, son dos patas más de este ciempiés maldito. Sindicatos, o asociaciones de libreros que amenazan a las editoriales con retirar sus libros de los escaparates si estas editoriales deciden compartir la distribución con otros canales, como la venta electrónica, por ejemplo, y cuyas actitudes me recuerdan a esos niños que si no les dejaban jugar de delanteros en el colegio se llevaban la pelota o la chutaban hasta colarla en algún tejado vecino para que no jugara nadie.

La piratería, además, se ha cebado en la falta de escrúpulos de los usuarios y la ignorancia profunda de los legisladores, haciendo más daño todavía en unas tierras yermas ya agitadas por el terremoto del cambio.

Otra de las curiosidades de este momento absurdo, y que puede acabar con una de las industrias más importantes desde que Gutenberg inventara la imprenta allá por el siglo XV, es que por primera vez en la historia parece haber más escritores que lectores. Me decía una reconocida agente literaria que le llegan miles de manuscritos, muchos de ellos además de escritores que reconocen no haber leído un libro en su vida, y muchos de ellos también que no tienen idea de escribir, pero que aprovechan su presencia mediática para vender libros que ni siquiera han escrito, o que han escrito con el cu.. Y sin embargo la industria les hace caso y los publica sabedores de que la primera tirada, a precios bien altos, cubrirá los gastos de la edición y todavía les dejará algo. Por fortuna en muchos casos estos éxitos frugales sirven de bálsamo para que otros menos rentables, o no rentables, podamos publicar, pero también es cierto que no son pocos los directivos acojonados que se aferran a un nombre conocido y firman cualquier cosa para mantener su estatus y cubrir una hoja de Excel con las ventas de algo que se parece a un libro porque tiene páginas. Directivos, objetivos y burocracia, más nódulos cancerígenos en un cuerpo débil. 

La industria editorial está agitada. La sombra de Amazon y su amenaza de incurrir donde está, todavía, el pastel más grande del mercado, la distribución e impresión física de libros, se cierne sobre los libreros y los editores y los hace correr como pollos descabezados en un ataque zombie. 

Me decían que otro de los grandes problemas con que se están encontrando es que no saben cómo decir a un autor bueno, consagrado, de éxito, que su nueva novela es una porquería, y que valorando el riesgo de perder esas firmas consagradas prefieren seguir publicando basuras con nombres de escritores mediáticos o consagrados. Otro mal más que añadir al pobre perro ya plagado de pulgas.

Ahora bien, aún con todos estos males y reconociendo la ineptitud de algunas editoriales, libreros, escritores y toda la amalgama de autores que participan (o participamos) en la industria, el mayor mal que los asola es que se lee poco y se compra menos, algo que, o combatimos cambiando nuestros hábitos, nuestra exigencia y obligamos a que haya una línea de la que no se permita bajar, o acabaremos leyendo folletos publicitarios encuadernados con tapa dura… Eso sí, con portadas de tipas y tipos de torsos perfectos y curvas suntuosas como las de una gráfica de Excel. 

dilluns, d’agost 08, 2016

Segunda temporada de La hora amazónica

Queridos amigos,

Comparto con vosotros el primer programa de la segunda temporada de La hora amazónica, presentado por la escritora Blanca Miosi, donde charlamos durante un rato muy agradable sobre libros, autores, e incluso sobre el próximo presidente de los Estados Unidos, ¡el hombre naranja!. Espero que os agrade.


La hora amazónica es un programa presentado por la escritora Blanca Miosi y dirigido por Freddy Piedrahíta para Radio Voces Unidas desde la Bahía de San Francisco. Os esperamos todos los viernes a las 20:00 horas en horario UTC/GMT.

dimecres, de juliol 06, 2016

Jordi Díez: 'La Virgen del Sol'

Hoy es uno de esos días en que te despiertas con una sonrisa sin saber muy bien porqué, hasta que abres tu computadora y te encuentras con un artículo como éste, de la mano de Pedro Araque en su blog La Libretería, al que agradezco profundamente sus palabras. De hecho, son tan halagadoras que no he podido resistir la tentación de bañarme en ellas.



Con 'La Virgen del Sol' Jordi Díez ha terminado de conquistarme. Literariamente, claro. Su punto más místico que religioso, más pegado a la filosofía y las creencias que a los ritos, me pone. Literariamente, por supuesto. 'La Virgen del Sol está ambientada en los desconocidos tiempos del incanato y más concretamente en los de la construcción de la mágica Cuzco que, en este relato, coinciden con los de la edificación del misterioso Templo del Sol del Machu Picchu. Licencias de autor que justifica en el epílogo.

Mientras cuenta una historia que seduce y emociona, aporta con facilidad grandes dosis de conocimiento e historia. Construye sobre los cimientos de un lenguaje que te transporta al momento, al lugar y a sus gentes. Tras su lectura te costará resistir la tentación de correr inmediatamente hacia los lugares, que no a los tiempos, de los que ha hablado. En 'La Virgen del Sol', Jordi es más Jordi que en El Péndulo de Dios... Pedazo de escritor. Este es un pasaje literal de esta novela:


"Vestía una túnica blanca sacrílega, de uso restringido a las vírgenes del Sol, que saltaba a la vista no era de su talla. Uno de los tirantes que debían cubrirle los hombros resbalaba por su brazo derecho, dejando a la vista dos pequeños granos de maíz rosado. La correa que le ceñía la cintura creaba tal pliegue de ropa que hubiese bastado para confeccionar un vestido a su medida. Los pies, desaparecidos. A un movimiento de su mano, un soldado descubrió el rostro de la niña, oculto tras una reluciente melena negra". 

"Si Rascar Capac había creído que la noticia del Inca iba a ser la mayor sorpresa del día, sin duda andaba bien errado. Tantas señales en un solo día no podían ser fruto de la casualidad. Inti lo estaba mirando a los ojos, reconoció en aquellas dos luces toda la fuerza de Mama Ocllo, la hija del Dios Creador Viracocha, la primera mujer en habitar la Tierra, la esposa de Manco Capac. A punto estuvo de postrarse a los pies de aquella niña, pero consiguió mantener la compostura necesaria para mostrarle, con un giro de cabeza, el camino que debía seguir tras él".

dimecres, de juny 08, 2016

El fallo, Antonis Samarakis

Magistral, una novela en la que no pasa nada, en la que la acción se sitúa en la mayor de las normalidades, en la que los protagonistas, el espacio, el entorno, e incluso los diálogos son lo más cotidianos y anodinos que uno pueda imaginar, y en la que en realidad ocurre todo. La vida ante la mirada del lector que, cuando acaba la novela, ha de frotarse los ojos para salir del espejismo en que el señor Samarakis lo ha sumido sin darse cuenta.



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dimecres, de juny 01, 2016

La yipeta

La vio bastante más gorda de lo que la recordaba. El frío y los años la habían estropeado más aún de lo que su propia mente recordaba y bastante más de lo que las fotografías de su Facebook mostraban, tendré que comprar más pomada, pensó mientras le daba un abrazo de bienvenida. El calor, las horas de vuelo, la espera de las maletas y las burlas veladas de todo el personal del aeropuerto la habían puesto de mal humor. Mario la miró y supo que esa noche iba a tener que fajarse.

La primera noche era muy importante, y por eso siempre intentaba llevarlas a cenar a un buen restaurante. Una buena cena, opípara y generosa, así como una buena cantidad de cerveza Presidente, eran armas que podían ahorrarle un par de horas de trabajo, así como una buena cantidad de pastillas y cremas. Mario le pasó el brazo por encima, le dio cien pesos a un mozo para que llevara las maletas hasta su todo terreno, y la tanteó. La canadiense no parecía con muchas ganas de cenar, a pesar de que eran cerca de las cinco y esas gringas comen a las seis, pero Mario instó a no apurarla. Al final quizá zafara con un par de besos y un trabajo rápido. 

Llegaron al hotel que Anne-Marie había reservado vía agencia de viajes desde Toronto en la zona que llamaban El Cortecito, “here was where we met”, le dijo agarrándose a la musculatura de su brazo como si la vida le dependiera de ello. Mario sonrió y miró a su alrededor. Vio los ojos de las recepcionistas fijas en sus brazos, sus hombros, en el cerquillo con el que ribeteaba su peinado, las gafas de sol colgando del cuello y la cadena de oro reluciente sobre una camiseta de tirantes Dolce Gabbana que la misma gringa le había regalado. Tenía todas las prendas marcadas para no cometer errores de principiante. “Yes, my darling”, respondió entre las miradas envidiosas de los bellboy y del resto de dominicanos que poblaban el lobby del hotel.

Allí era un señor, un cliente, y no un moreno más de esos que cargaban las maletas en los carritos para llevarlos a la habitación, por eso lo miraban con recatada envidia, él era la prueba fehaciente de que con esfuerzo, unos buenos brazos, y cero escrúpulos, se podía salir de la puta miseria en la que vivían.

Se sentó en el mullido cojín del trenecito que los llevó hasta la villa 4308, “as our first time”, le recordó la vieja, mientras ocupaba tres cuartas partes del asiento con sus nalgas. 

El mozo abrió la puerta y dejó las maletas, cien pesos más de propina, y desapareció escaleras abajo. Mario miró a su alrededor, la misma puta habitación, pensó, y aún no había deshecho ese pensamiento de su memoria cuando dos brazos flácidos del tamaño de un hombre lo agarraron y lo empujaron hasta la cama. Como pudo, se zafó de Anne-Marie, que parecía que no iba a acusar las horas de vuelo, y se escabulló al baño de la habitación. Sacó de su bolsillo una Pepa Negra y se la tomó. Calculó que tardaría unos quince minutos en hacerle efecto, así que tragó un buen chorro de agua del grifo y salió.

Anne-Marie se había desvestido y mostraba sus carnes blancas y fofas embutidas en un sensual y monstruoso modelo de lencería que le habría costado una fortuna. Mario la agarró y la sobó todo lo que pudo sin deshacer una sola puntada de la blonda antes de sugerirle que se diera un baño refrescante, así hará efecto la pepa, pensó.

Cuando salieron de la habitación para cenar, la gringa mostraba claros síntomas de cansancio que le valieron las miradas de aprobación de los camareros mientras esperaban en la fila del buffete libre.

Aun le costó un buen rato de trabajo más que se durmiera…

Por la mañana se deshizo en excusas y salió, dejándola sola en la habitación hasta la hora de almorzar. Cuando regresó al cuarto, Anne-Marie lo abrazó entre sollozos de loca hasta que consiguió saber dónde había estado. Mario le explicó que su madre estaba enferma, y que había ido al hospital, pero que al carecer de un seguro médico en condiciones, no la habían atendido y ahora tendría que salir todos los días, y alguna noche, recalcó, para atender a su santa madre. La gringa se secó los mocos y las lágrimas y se levantó, sacó una cartera de piel de una de sus bolsas y entregó un fajo de billetes de cien dólares a Mario, que ya la esperaba de pie con la mano extendida. Guardó la pasta, e hizo el amago de llevarla en brazos hasta la cama, pero se limitó a abrazarla y darle pequeños achuchones en círculos, como si arrastrara una gran botella de gas, hasta el colchón sobre el que gastó todas las Pepas Negras que llevaba consigo.

Por la mañana le aseguró que saldría únicamente a arreglar el tema del hospital de su madre, y que regresaría al medio día. Para cuando llegó, Anne-Marie se había vestido, almorzaron en el buffete del hotel y salieron de compras. Le rescató unos dos mil dólares americanos en regalos, zapatillas, pantalones, joyas, gafas, un teléfono último modelo que sólo utilizaría para conectarse con ella, “no excuses now”, le hizo saber, camisas, un par de gorras y una cartera de piel para que guardara las propinas.

Mario sentía el estómago dolorido por el exceso de estimulantes, y cada vez que iba al baño tenía que buscar una excusa para salir de la habitación y cagar en los baños públicos del hotel a riesgo de matar a la vieja. En un par de veces, volviendo de los baños, enganchó a una dependienta que le hizo pasar el mal gusto de boca en los probadores de la tienda. Por lo menos con ella se ahorraba un par de pastillas… También sentía mareos y vértigo, pero era lo normal después de una semana de tomar Pepas Negras, La pela y embadurnarse la punta de la polla con crema de tigre.  

Cada vez se le hacía más cuesta arriba entrar en aquella maldita habitación decorada con tonos pastel, cuadros con vistas de mar cuadriculadas, muebles oscuros y esquinas brillantes. Odiaba el color de la piedra coralina que adornaba los baños, el óxido que se hacía en la parte inferior de los grifos y le asqueaba pisar aquella bañera en la que se habrían bañado, antes que él, docenas de miles de personas. No podía evitar pensar en todas ellas, y entonces lo único que lo calmaba era crear una crisis ante Anne-Marie que se saldaba con un paquete de cuartos que dejaba deslizar en su cartera nueva. Por fin, al cabo de nueve días y ocho noches, la ayudó a empacar todo su equipaje después de asegurarse que entre esos enseres no quedaban más que los veinte dólares que necesitaría para pagar las tasas aeroportuarias de salida. 

Subieron en el mismo carrito que los había llevado el día de la llegada, “is our destiny”, dijo la vieja mientras el bellboy saboreaba su propina y relajaba con Mario por la semana vivida.

Hicieron check-out y la metió en un taxi envuelta en quejas porque Anne-Marie pensaba que la acompañaría, como enamorados en Casablanca, hasta el aeropuerto. Se aseguró con el taxista de que la dejara en la terminal correspondiente a Air Canadá y se marchó.

Apenas había alcanzado el parking del hotel para subirse en su yipeta cuando su nuevo iPhone escupió una bachata. Mario miró la pantalla y respondió, “mon amour, oui, demain je serai à l'aéroport pour toi. Mais oui, bien sûr je t'aime juste a toi, Roussie”, pulsó sobre el botón rojo de fin de llamada y se echó el teléfono al bolsillo. Después abrió la cartera y contó, casi cinco mil dólares americanos si descontaba lo que había gastado en pastillas, condones y alcohol. Con los otros cinco que pensaba conseguir de la francesa daría justo lo que le faltaba para comprarse la yipeta del año que el dealer de San Francisco le había prometido guardar para él, y sólo para él.

dijous, de maig 19, 2016

Libreteria: El péndulo de Dios

Los amigos de Libreteria han tenido la amabilidad de colgar un post dedicado a mi novela El péndulo de Dios. Desde aquí les doy las gracias por haberse tomado el tiempo y la molestia de escribir estas palabras. 



Jordi Díez: 'El Péndulo de Dios'

Abordé con escepticismo lo que creí, en un principio, otro relato más sobre las reliquias de Jesús, pero enseguida me atrapó y descubrí una novela trepidante que va más allá de todo eso. No hay ni santos griales ni descendientes de María Magdalena. O sí, porque ¿quién es Mariam, además de una esenia bendecida por Yeixú (Jesús) y seguidora de Yuhana (San Juan)? En cualquier caso, a mi juicio, el auténtico leitmotivde esta aventura con personajes históricos tan interesantes como Plinio, El Viejo, es el equilibrio universal entre la Luz y la Oscuridad y el debate interno de los contrarios: El Péndulo de Dios. Otra cosa. Hay quien critica la forma con la que resuelve Jordi Díez esta novela. A mi, particularmente, me dio en qué pensar. Sobre todo porque me cuesta creer en un mundo desesperanzado. 

Os dejo un fragmento con el que el autor relata la matanza que las legiones romanas hicieron sobre el pacífico e indefenso pueblo esenio:



"El terror había barrido la sabiduría y la paz de Secacah, dejando en su lugar un amasijo de cuerpos mutilados, una balsa de sangre en la que flotaban vísceras y miembros seccionados por la acción brutal de una espada. Eso era lo que habían hecho con los hombres, así que me temblaron las piernas solo de imaginar qué harían con nosotras. Abandoné mi cueva y corrí a refugiarme con el resto de las mujeres, que gritaban enloquecidas ante la amenaza cada vez más cercana de los quitim. Tuve la serenidad de tirar al vacío las escaleras de acceso a la cueva mayor, pero no sirvió de nada. Aquellos seres trepaban como bestias poseídas por una fuerza maligna que los hacía invencibles y terroríficos. Algunas mujeres prefirieron despeñarse por los acantilados antes de caer en sus manos. Los vimos alcanzar la primera cueva y entrar con las espadas en alto. Escuchamos el ruido húmedo de sus armas contra la carne de nuestras hermanas, pero no tuvimos más tiempo para ver el horrible espectáculo. También llegaron a nuestra cueva. Sus cuerpos manchados por la sangre de sus víctimas, los ojos sanguinolientos y sus piernas descubiertas, fuertes como las de un caballo. Empuñaban lanzas y espadas cortas que mataban en tajos precisos contra el cuello o las piernas. Algunos se entretenían violando cadáveres, mientras el resto continuaba con la matanza. Corrimos al fondo de la cueva, pero esos hijos del Diablo nos siguieron, entraron con nosotras y con los pocos niños que quedaban. Nos encajonaron entre la pared del fondo y sus espadas. Primero mataron a los niños, se los pasaban hasta que uno le clavaba la espada y lo levantaba en el aire para comprobar la resistencia de su cuerpo. El olor a orines se unió al terror, la sangre y los gritos".

dimecres, de maig 18, 2016

El extranjero, Albert Camus


He sufrido mucho con esta novela porque me costó entrar en ella, y no porque las letras del premio Nobel sean complejas, o aburridas, nada de eso, pero me ocurrió algo extraño, algo tan surrealista que afectó a mi relación con la historia y que por ese motivo me veo obligado a contar. 

diumenge, de maig 15, 2016

Ojalá supiera escribir

Hoy he visto, por primera vez, el programa de TVE "Libros con uasabi", dirigido y presentando por el polémico (por no llamarlo de otra forma) Fernando Sánchez Dragó.

Más allá de las simpatías, o no, hacia el señor Sánchez Dragó, os recomiendo escuchar los primeros tres minutos de este vídeo, y más concretamente del 2 al 3, pues el escritor hace una crítica a la autoedición, y a los escritores que la practican, un tanto despiadada. Dice cosas como que:
"Con la uniformización de los formatos, el mundo digital hace que la información sea la misma para todo el mundo, se tira, escribe de la documentación por Internet y no de las experiencias personales. Y más adelante los libros cada vez se parecen más entre sí. Ha disminuido la auto crítica, el mundo digital se carga los intermediarios y si tú tienes seguidores en Twitter, ya no necesitas que alguien te diga si eres bueno o no.".
¿Estáis de acuerdo? Con toda sinceridad, yo no siento que sea tanto así mi caso, pues mis problemas son más de no saber escribir que no de no tener vivencias para hacerlo. A mí personalmente me gustaría saber escribir para contar todo lo que he visto, lo que me ha pasado, las gentes que he tenido la fortuna de conocer y las muchas vidas que he tenido la inmensa suerte de vivir. Me gustaría poder contar cómo he amado, cómo me han amado, qué experimenté la primera vez que dormí en un cajero automático o en un hotel de lujo en una isla del Caribe. Me gustaría saber explicar la excitación de la primera cita, del primer polvo furtivo, la primera vez que escuché de sus labios mi nombre, el recuerdo de los cuerpos con los que has compartido, de las noches de juegos con una botella de ron, del cansancio, de los pasos en el camino, nombrar las fotos que tiré y las que intenté hacer, los ríos que he cruzado y los paisajes que he visto. Me gustaría saber escribir de todo eso. Me gustaría tener la habilidad para explicar cómo sabían los primeros gnocchi que me comí en Génova, la felicidad con quién los compartí, la poesía que se desarrolló en mis sentidos la primera vez que escuche la palabra arepa y la sorpresa de la camarera que nos las sirvió en Ciudad Bolívar, el ardor de la vergüenza y el picante cuando confundí un montoncito de wasabi por una cucharada de guacamole, o la felicidad del caldo casero que tengo la infinita dicha de gozar. Quisiera saber contar la excitación de ver Machu Pichu, bañarse en las frías aguas del lago Ness, haber dormido al borde del Gran Cañón, cargar agua en la Guajira, o de ver la Vía Láctea desde la isla del Sol, en el lago Titicaca. Quisiera saber explicar qué se siente al perseguir un cordero por Escocia, la pequeñez de saberse en medio de un desierto, o trasmitir la camaradería que se da en un viaje en coche por Laponia. Ojalá supiera contar cómo se desestructura una persona al perderlo todo y cómo se crece en la recomposición de la vida. Sería dichoso de poder explicar el amor que se siente a los hijos, a los amigos, a los maestros, a la compañera de la vida, y no sé. Como no sé explicar el miedo, el vértigo, el riesgo y la pasión.

Pero sí he de reconocer que estoy muy de acuerdo con eso de que cada vez todo lo que se escribe se parece más y de que los escritores tiran de documentación en lugar de tirar de vivencias personales. 

¡Qué pena la mía de no saber escribir!

dijous, de maig 05, 2016

10 formas de morir en República Dominicana (al volante)



  1. Los semáforos. Que tú tengas la luz verde no significa para nada que el resto de vehículos la tengan en rojo, ni tampoco que esos otros vehículos, aun teniendo su semáforo realmente en rojo como debería ser, se paren. Lo más probable es que tras aparecer la luz verde debas esperar unos segundos a que vaya pasando el grupo de daltónicos al volante que no distinguen entre rojo, amarillo y verde, aunque son capaces de diferenciar una cerveza Presidente normal de una light a cinco o seis millas de distancia.
    Siempre hay, por supuesto, el riesgo añadido de que el vehículo que tienes detrás intente pasarte por los laterales, el arcén, o por encima tuyo si esa espera es más larga de lo que él cree que debía haber sido.
     
  2. Intentar circular por tu carril. Es imposible, literalmente imposible, ir por tu carril a una velocidad constante. Esta práctica tan habitual en cualquier otro país del mundo, aquí supone un riesgo infinito. Según el extenso código de circulación dominicano, que debe tener unas diez o doce páginas tamaño cuartilla, no existe la obligación de conducir por el carril de la derecha a no ser en vías de cuatro carriles, de las cuales no hay una sola en todo el país, por lo que en cualquier vía de uno o dos carriles, los vehículos (entiéndase por vehículo cualquier cosa que ruede o tenga patas) andan a la velocidad que desean por el carril que les viene en gana, incluyendo en esa denominación de carril el arcén y el espacio que se genera entre carriles.
     
  3. Stop (Pare) y Ceda el paso. No existen. El paso lo cede el que tiene el vehículo más liviano. Si llegas a un stop y el vehículo que viene cruzando es más pequeño que el tuyo, ¡tira!, si por el contrario es más grande, ¡frena!
    Esta regla tan sencilla se puede aplicar al resto de puntos.
     
  4. Carriles de giro obligatorio. Si tienes intención de seguir recto, estás en una intersección con varios carriles, y un vehículo se detiene justo a tu lado, en uno de esos carriles laterales con flechas a derecha o izquierda que lo obligan a girar, ¡no te fíes, es una trampa!
    En realidad ese cabrón/a te está desafiando. Él, o ella, cree que está en NASCAR o en el Gran Premio de Dubai, observando la luz roja del semáforo para salir a toda velocidad e incorporarse a tu carril en el poco espacio que quedará cuando se estreche la carretera. ¡Y lo hará, no tengas duda, subiendo por encima del bordillo, de una moto, o de ti mismo!
     
  5. Buses de color amarillo (sin contar PRI). Si ves un bus amarillo de transporte escolar que viene tras de ti, no pienses, échate al arcén, para el coche, cierra los ojos y reza si eres creyente, o llama a tu corredor de seguros para que active el plan de vida si eres una persona más práctica, porque no creo que...
     
  6. Camiones. Cualquier cosa con caja y motor es un camión. Dependiendo de la capacidad de carga se catalogan de camión a patana, una acepción dominicana que significa “bestia cargada tres o cuatro veces por encima de su capacidad, sin frenos, con ruedas recauchutadas, piezas de diferentes motores y conductor familia de Jenson Button”. Ellos son los que tienen más claro el concepto matemático de la línea recta, pues para ir de un punto a otro lo aplican a la perfección, haya lo que haya en el medio.
     
  7. Motocicletas. En República Dominicana se conocen como motores o pazolas, la diferencia entre ambos es que en un motor caben entre 4 y 6 personas con una nevera, y en una pazola solo la mitad. El concepto de conducción recta, por un carril, o incluso, en la misma dirección de la marcha, son conceptos incomprensibles para este colectivo. Ellos creen que mirando al frente, o haciendo ver que no te ven, se hacen invisibles, pero si tienes la desgracia de chocar con uno, inmediatamente se materializa de manera mística y misteriosa un millar de ellos a tu alrededor con la sana intención de hacer carpaccio con tus órganos.
     
  8. Celulares / móviles. Antes, cuando un vehículo hacía eses por la carretera, lo achacabas a una posible conducción en estado de embriaguez, pero ahora, el 50 % de los casos se deben a que en realidad su conductor, la mayoría de veces conductora, está chateando por el móvil, o gritando por él ignorando la tecnología del micrófono amplificador.
    Pero ojo, porque el otro 50 % restante aún es más peligroso, pues además de usar el teléfono en los mismos términos descritos, van borrachos.
     
  9. Rotonda, esa gran desconocida. En la mayor parte del planeta tierra, quien circula dentro de una rotonda tiene preferencia de paso. En Dominicana, por supuesto, no. Aquí tiene derecho de paso el que tiene un vehículo más grande, o una pistola.
    Lo más probable es que si vas a entrar a una rotonda, el coche que viene detrás de ti acelere para entrar contigo, por lo que si en el último momento decides respetar la norma de tráfico y frenas, tendrás un acompañante entrando por el maletero de tu coche.
    Otro riesgo infinito es circular dentro de la rotonda, pues las líneas pintadas en el suelo que delimitan los carriles son opcionales, lo que significa que cualquiera puede pasar del centro de la rotonda al exterior, o viceversa, sin motivo. Esta práctica, que podríamos llamar killcrossing, está muy extendida y la ejercitan con maestría caballos, motocicletas, vehículos en general y camiones.
     
  10. Todo lo que tiene ruedas o patas puede circular. Es habitual encontrarte en la vía caballos, triciclos, cosas que parecen camiones o buses pero que no lo son, o coches que en otro siglo lo fueron, y todos ellos comparten un par de características que los identifican como colectivo, no tienen luces, ni de día ni de noche, y pueden explotar en plena vía en cualquier momento.



dissabte, d’abril 30, 2016

La soledad de los números primos.



La lectura de La soledad de los números primos te hiela el corazón como si te fueras adentrando en una nube de niebla helada que te aísla cada vez más del resto del mundo. Pero no es una soledad ficticia, o una soledad que afecte sólo a los personajes de la historia, especiales por lo acaecido en su niñez, sino que es una soledad común, real, compartida por todos los miembros de la novela, por los protagonistas, por sus familias, por los amigos, por el entorno que crean estos dos seres apartados por sus historias, y que acaban sumiendo en esa soledad helada al propio lector.

diumenge, de març 27, 2016

¿Los libros que se publican ahora son una birria?, por Xavi Ayén

El polémico discurso de Eduardo Mendoza en Puerto Rico lanza a la palestra el debate sobre la calidad de las publicaciones actuales
26/03/2016 02:50 | Actualizado a 26/03/2016 15:39 LA VANGUARDIA
Todavía resuenan los ecos de la frase que, la semana pasada, pronunció el escritor barcelonés Eduardo Mendoza en el Congreso de la Lengua Española celebrado en Puerto Rico. Recordémosla: “A mí me da lo mismo que la gente lea o no lea, y si no lo han hecho hasta ahora, no van a empezar porque yo se lo recomiende. Además, la mayoría de libros que nos rodean no sirven para nada. Son una birria”. ¿Tiene razón Mendoza? ¿Los libros son una birria? ¿Qué ha querido decir el autor de La ciudad de los prodigios?

Ilustración de Oriol Malet
Ilustración de Oriol Malet

El crítico y escritor J.A. Masoliver Ródenas recuerda que “Mendoza ya anunció en 1998 que la novela se había acabado, provocando un gran revuelo, ahora sigue en esas ideas... Yo le tengo el máximo respeto, porque él hace una literatura con talento aunque cada vez con más concesiones. La novela está tan bien o tan mal como en cualquier otro momento. Cuando alguien hace una declaración semejante habría que preguntarle: ¿cuántas novelas lee usted al año? Es un poco ofensivo para mucha gente que está escribiendo. No sé si se refiere a las nuevas generaciones o a escritores maduros como Vila-Matas, Fernández Cubas, Pisón... no inferiores a los de la generación de Mendoza. Si hablamos de los mayores, varios siguen escribiendo, como Marsé. También sale gente de las nuevas generaciones: Sara Mesa, Samanta Schweblin… En poesía sí detecto un bajón, pero no en la novela, que está tan dinámica como siempre, o quizá más. Quizá no haya genios, es verdad, pero sí un estado medio del género superior al anterior. No tiene sentido decir eso”.

En cambio, Javier Aparicio Maydeu, crítico, ensayista y profesor en la Universitat Pompeu Fabra, ve razonable la observación mendociana: “En mi libro La imaginación en la jaula ya hablo de esta problemática. La gran empresa editorial lo que quiere es que la imaginación se ajuste a las líneas de lo que ella dicta. Milan Kundera decía que la novela moderna había llegado a ser un instrumento de conocimiento, pero la novela de hoy mayoritariamente ya ha dejado de serlo, es sólo un instrumento de entretenimiento. Hay autores que la utilizan todavía para que crezcamos como individuos o ciudadanos, aunque eso ya no es la rama dominante. Hay una uniformización de los formatos. Hay un efecto secundario, que es la banalidad. El mundo digital hace que la información sea la misma para todo el mundo, se tira de la documentación por internet y no de las experiencias personales. Eso lo defendería ante un juzgado.

Nos tendríamos que preguntar, cuando leemos: ¿están perfilados los personajes como si le fuera la vida al autor o son arquetipos? Nacen las obras no como catarsis, sino para captar unos nichos de mercado. Antes había muchos autores de folletín, pero no estamos en estos momentos en el punto más álgido de la novela como vía de introspección personal, porque están hechas con experiencias virtuales y están muy pendientes del mercado, es decir, de las tendencias y las ventas. Muchos de los autores ya no se pueden llamar autores, sino creadores de contenidos. También hay escritores de primer nivel que hacen una novela buenísima y luego se copian a sí mismos, porque les dicen que tiren por ahí, que repitan el modelo. ¿Está de moda la novela negra? ¡Pues venga! Y los libros cada vez se parecen más... Ha disminuido la autocrítica, el mundo digital se carga a los intermediarios y si tú tienes seguidores en Twitter, ya no necesitas que alguien te diga si eres bueno o no. Si manda el marketing, y en la calle la gente no sabe quiénes son Apolo y Dafne, no los puedes utilizar en la trama porque la gente no lo pilla, y vas rebajando y rebajando, y cuando todos rebajan a la vez todo se uniformiza. Pasa aquí, y en las grandes agencias de Londres y Nueva York: uno quiere ser como Crichton, otro como E.L. James… y a lo diferente le cuesta sacar la patita. Y hay una connivencia con las series de televisión, muchos diálogos son calcos o reescrituras de series importantes, no proceden del cacumen del autodenominado escritor. Es como un juego de espejos”.

El crítico Julià Guillamon confiesa: “Me hace gracia la boutade de Mendoza. Como crítico tengo que leer muchas novelas. Novelas más o menos bien escritas, de las cuales se puede hablar bien, y que se pueden recomendar con más o menos entusiasmo. Pero a veces, a medio leer, pienso: ¿a quién le puede interesar esto? Si no me la tuviera que leer como crítico, ¿la leería? Y la conclusión es parecida a lo que dice Mendoza. Pero también podría llegar a la conclusión opuesta: el público está tan disperso, hay tantas cosas por hacer, que es difícil que la gente se enganche a una novela por interesante que sea. Siempre hay alguna cosa que se interpone y que produce una gratificación más inmediata que leer. Por otra parte, el mundo del libro es, cada vez más, un mundo de productores más que de consumidores. Gente que quiere escribir, gente que quiere editar, pero con muy poca demanda. No me imagino una situación parecida, por ejemplo, en el mundo del embutido. Dos o tres fabricantes industriales de ­fuets, un montón de pequeños talleres artesanales... ¡y gente que no come fuet!”

Hay otros factores, derivados de la crisis económica. Javier Calvo, autor del ensayo El fantasma en el libro, detecta una tendencia “hacia la desprofesionalización de la traducción”, lo que redunda en un descenso de la calidad de los textos. “Las tarifas que cobran los traductores españoles han sufrido varios descensos, y en estos momentos son una tercera parte de lo que cobra un traductor en otros países” como EE.UU., Alemania o Francia. Las asociaciones del sector denuncian más de 300 casos de incumplimiento de contrato al año por parte de los editores. El año pasado, la ACE Traductores criticó la bajada de tarifas decretada por el grupo Penguin Random House, diciendo que “una política de bajas remuneraciones solamente puede redundar en un empeoramiento del producto que llega a las manos del lector. El profesional que cobra menos es un profesional que tiene que trabajar más horas para mantenerse, y eso sólo conduce a un descenso de la calidad, al que los traductores nos negamos por razones éticas, profesionales y culturales”. A veces se da la paradoja de que los textos de pequeñas editoriales están más cuidados que los de las grandes. Los correctores literarios sufren parecidos recortes.

El debate, sin embargo, no es nuevo. Ya en el siglo XIX se hablaba de cómo bajaba la calidad de los libros. La editorial Fórcola acaba de publicar Los enemigos de los libros de William Blades (1824-1890), en el que junto a elementos destructores como la polilla, el fuego, la humedad o los perversos encuadernadores de la época, el prologuista Andrés Trapiello echa de menos “al que para mí es el principal enemigo de los libros: el autor” ya que “si los autores fueran mejores de lo que son, y se respetaran un poco más a sí mismos no escribiendo más que libros buenos, probablemente se les tendría en mejor consideración y la gente no llevaría sus obras a los establos”, como hacían los contemporáneos de Blades.

dissabte, de març 05, 2016

Albert Salvadó a l'Ara i aquí, RTVA

Hem compartit el darrer Cafè de la setmana amb l'escriptor Albert Salvadó. Ho fem a pocs dies de l'aparició de "El ball de la vida" (Meteora), que signa juntament amb l'Anna Tohà, i de rebre un guardó a la seva trajectòria literària al Festival Internacional de Novel·la Negra en Català, que se celebrarà el mes d'abril a l'Espluga del Francolí.

diumenge, de febrer 14, 2016

Una historia de amor para el día de San Valentín

Hoy os voy a contar una historia de amor, una de San Valentín pero un tanto especial, quizá algo más alejada del azúcar glasé con el que espolvorean las historias de amor en la televisión y las películas americanas de lo que os gustaría.

La historia de amor que os voy a contar tiene varios protagonistas, entre ellos, y como no podía ser de otra forma, la pareja central de enamorados. Ella tiene trece años y él, porque es una historia de amor heterosexual, debe rondar entre los catorce y los quince.

La historia se desarrolla en un lugar muy especial de República Dominicana, el Cibao. Para los que no conozcan con detalle la geografía dominicana, el Cibao no corresponde a ningún límite geográfico administrativo al uso, es decir, no es una provincia o algo parecido, sino que es un extenso territorio rural de lo que llaman “en desarrollo”, o lo que vendría a ser lo mismo, todo el interior subdesarrollado del país, por desgracia la mitad de la extensión total del mismo. 

Tenemos pues a nuestros dos protagonistas, Candelina, negra, esbelta, y con una sonrisa que le ilumina la cara, a pesar de no tener apenas motivos para arrancarse con ella, y a Andresito, negro, esbelto, fibroso y devorado por un cocktáil de hormonas que le arrancan suspiros y erecciones de amor cada vez que ve a Candelina camino a la iglesia, a la vuelta del colegio, recogiendo tubérculos en el conuco familiar, o cuidando a los cuatro hermanos menores que carga su madre de distintos padres. 

Candelina y Andresito se conocen desde hace años, todos a juzgar por la juventud de ambos, pues han sido vecinos de batey desde bien niños. Han jugado juntos a esconderse durante años, han corrido, se han bañado, han ido a la escuela, a la iglesia y a trabajar juntos desde que tienen memoria de existir, y ahora, como no podía ser de otra forma, el desarrollo de ambos los ha golpeado con la flecha torcida del amor en la miseria. Sin embargo, y aún a pesar de los muchos impedimentos, Candelina hace por ver a Andresito como sea, cuando va a sacar agua de la bomba, cuando se retrasa con el saco de yuca que carga en la cabeza, o cuando está cavando en el huertecito, incluso cuando regresa de su jornada de escuela, tres horas al día incluyendo un almuerzo social que facilita el gobierno y la hora de recreo, hace por verlo. Y se encuentran en las esquinas de las casas de zinc y caña, entre las alambradas, escondidos tras las toneladas de basura que alienta la miseria. Donde sea ellos dos se ven, se miran, se tocan con deseos furtivos y nuevos, e incluso se besan o se descubren cuando pueden. Todo vale para fumigar el exceso de hormonas que los revientan por dentro.

La madre de Candelina, que ya ha perdido en el tiempo a tres o cuatro hijos porque alcanzaron la edad suficiente para salir al mundo, diez u once años, y se fueron a ganarse la vida por su cuenta, todavía mantiene en su chamizo a cinco más contando con la propia Candelina, de los cuales solo tres de ellos son hijos del hombre con el que comparte su mierda de vida, un negro flaco y fuerte como un látigo que se gana la vida picando caña al precio de tres dólares americanos, poco más de dos euros y medio, por cada tonelada de caña de azúcar que corta a machete, pela y tritura tras largos días de trabajo. Un salario que no da para mucho, más bien no da para nada, ni siquiera para elevarlos a la categoría social de miserables. La madre de Candelina, como el resto del poblado en el que viven, pertenece a una iglesia evangélica regentada por un pastor que dicta las normas morales de la pequeña comunidad al ser el único capaz de leer, o hacer ver que lee, con una cierta fluidez los textos sagrados. El padrastro, el negro duro como las cuerdas de un látigo, también acude a la iglesia algunos domingos obligado por la madre de Candelina, aunque bien preferiría quedarse en casa y tomar destilados caseros hasta ver al mundo desaparecer en brumas etílicas frente a sus ojos.

Candelina, que debería estar cursando último curso de la educación básica, apenas está en quinto grado, demasiado para lo que la vida le depara, y demasiado para lo que cuesta a la familia que vaya a clases. Bueno, en realidad no les cuesta nada, pero mientras está en clase no produce, no ara, no cava, no limpia, y no cuida a sus hermanos. Y quizá por eso, porque con el salario del padrastro no llegan, la madre de Candelina sale a trabajar seis días por semana a una ciudad cercana de la que la mayoría de los días no puede regresar a dormir a la barraca porque no tiene para el pasaje, por lo que Candelina y los cuatro pequeños se hacinan junto al hombre de la casa en la única cama que hay en el tugurio. Ella es quien prepara la comida para todos, algo hervido, algo de arroz, algo de algo, y lo sirve apenas sale el sol para que el hombre se vaya a picar caña con la sensación de haber ingerido algo. Los niños, con fortuna, aprovecharán  el desayuno social del colegio, y si son más listos que otros niños, quizá hasta les caigan dos cartoncitos de leche de la más barata que haya podido comprar el gobierno.

Pero quizá debería volver a la historia de amor, pues no en vano hoy es San Valentín, catorce de febrero de dos mil dieciséis, el día del amor y la amistad.

Retomaremos la historia de amor en el viernes doce, antes de ayer, cuando la joven Candelina, de trece años, esperaba a que su madre volviera de su trabajo y vio, a lo lejos, a Andresito. Se encontraron a la sombra de un techo de zinc y se dieron la mano, se miraron a los ojos y se besaron aprovechando las últimas horas de sol de la tarde. Quizá hubo algo más, no lo sé, por desgracia yo no estaba allí pues quien sí estuvo fue el padrastro de Candelina, que sorprendió a los dos jóvenes en su demostración de amor sin estar casados, como manda el pastor que ha de hacerse, y actúo como cualquier padre que se precie en la comunidad. Agarró a la niña y la tiró con fuerza contra la pared, al joven le atizó un golpe en la cara y lo mandó con su familia, después cogió un palo de madera que encontró por el suelo, una rama quizá a juzgar por las marcas que he visto, y la golpeó hasta dejarla medio inconsciente. La empuñó por el pelo y la llevó arrastrando por el medio del poblado para que todo el mundo supiera que él es un hombre de honor y que nadie tiene el derecho de acercarse a su hijastra. La siguió golpeando hasta que llegó a la cabaña, y allí hubiera acabado con ella si la niña no hubiera aprovechado un descuido para escaparse y esconderse en casa de una vecina.

La vecina, alarmada por el estado de la joven, llamó a un familiar de Candelina y le explicó lo ocurrido. Consiguió la buena señora, la única de toda la comunidad que no pisa la evangélica iglesia, que esa noche no fueran a por ella con la amenaza de llamar a la policía y acusar al maltratador, que se abstuvo de continuar con su actuación de macho alfa y esperó a que llegara la madre de la niña. Ella nos ayudará, pensaron la vecina y la propia Candelina al verla aparecer por el camino polvoriento que da a la barraca de la agnóstica señora. Le abrieron la puerta y la madre, la más cristiana de todo ese batey de mierda, agarró a la niña con la sana intención de rematar lo que no había acabado con éxito su concubino. Como pudieron, entre la vecina y Candelina, la sacaron de la casa y llamaron de nuevo a ese familiar salvador, quien se subió en su coche y se presentó en tres horas en la casa para llevarse a la niña sin que nadie lo supiera.

Hoy, día de San Valentín, nos hemos enterado de que la historia de amor que había deparado el destino de la ignorancia se ha visto truncada cuando nos han llamado para amenazarnos si no devolvíamos a la niña, pues las dos familias, la de Andresito y la de Candelina, ya habían convenido que ambos se casarían de manera inmediata para reponer el daño al honor que ambos habían causado a sus familias. Él, con la ayuda de los suyos, había de comprar un fogón (que ya tenía apalabrado) y construir con desechos cuatro paredes y un techo en el que echar arena, restos de caña y una tela para hacer una cama en la que consumarían un matrimonio feliz que de buen seguro les auguraría muchos hijos a los que colmarían con toda clase de piojos, mierda, hambre, ignorancia y miseria como la que recibieron ellos.

En verdad, y como soy un prosaico carente del más mínimo romanticismo, no me duele haber truncado una historia de amor tan linda, porque Candelina, tras haberle examinado todas las marcas de amor de su padrastro y comprobar que no tiene daños internos importantes ni roturas óseas, duerme plácidamente en una cama con colchón y sábanas limpias por primera vez en toda su vida en la habitación justo al lado de donde escribo el final (espero) de esta bonita historia de amor.

dimecres, de febrer 10, 2016

La hora amazónica

Hoy charlamos de libros con la escritora super ventas Blanca Miosi. Espero que os agrade.

Y todos los miércoles, a las 19:00 horas GMT en directo La hora amazónica con un único hilo conductor, el amor por las letras y el gusto de pasar un buen rato entre amigos.

dilluns, de gener 18, 2016

La familia

Quizá sea la ausencia de ella después de tantos años de vivir apartados, quizá sea la inexorable realidad que acompaña a la paternidad, o quizá solo sea añoranza, no lo sé, pero tras unos días de disfrutar de mi familia, me doy cuenta de lo mucho que los necesitamos, que los necesito.

Educamos a los hijos, yo el primero, para que hablen tres o cuatro idiomas, para que sean independientes, para que no necesiten de más compañía que la propia, los consideramos triunfadores si consiguen un buen empleo en el extranjero, “mi hijo trabaja en Londres, o New York, o donde sea”, se nos infla el pecho de pensar que algunos somos esos hijos de los que nuestros padres presumen con orgullo, y la vida nos va bien, de verdad, porque el extranjero tiene eso, da igual cómo te vaya, que siempre te va bien. Y tu familia mientras te envía alguna foto por Whatsapp de tus sobrinos, o del hijo de una prima, de la boda de un sobrino, la noticia del fallecimiento de una abuela, o de una tía, el divorcio de un primo, de una hermana, la graduación de los más niños, el esfuerzo de sus padres para que sean triunfadores y se vayan a vivir al extranjero. 

¿Y qué triunfo es si no ves a tu padre envejecer?

Nunca he sido demasiado “familiero”, la verdad. Ya de muy joven me marché a vivir con mi pareja de entonces y nunca más volví (salvo un par de veces en las que quedé totalmente arruinado y mi padre me acogió temporalmente), y sin embargo, la convivencia de varias semanas con mi familia más cercana después de años de no hacerlo, me ha tambaleado todos los esquemas.

¿Qué triunfo es en el que no escuchas las historias que te ha de explicar tu padre?

La vida, además, me emparejó con una persona que todavía tiene la cuerda más larga que yo y que incluso cuando nos conocimos ya hacía muchos años que rodaba fuera de su círculo familiar más íntimo. Dos personas que encontramos la felicidad absoluta a bordo de un coche viajando sin más rumbo que la intuición, con nuestros hijos en el asiento trasero, y todo por descubrir a nuestro frente. ¡No aguantaríamos en un sitio fijo sin salir de viaje más de tres meses!, pero ambos echamos de menos a nuestras familias respectivas. Nos consuela el haber construido una propia, nuestro propio círculo de la confianza, como aquel en el que se esforzaba por entrar Gaylor Fucker, pero me aterra pensar en el momento en que de ese círculo comenzarán a salir miembros para convertirse en triunfadores, a salir para seguir el modelo de vida que nosotros mismos les hemos hecho entender que es el camino correcto. 

¿Qué triunfo es el que no puedes gritar un gol del Barça con tu padre?

Por años me ha sorprendido la pasividad de amigos, de familiares, de conocidos que no se han movido en lustros de los mismos asientos en los que los dejé una década y media atrás, vidas que parecía que se hubieran momificado en el mismo momento en que los dejé, y que ahora me pregunto si realmente no han sido ellos los que han decidido envejecer junto a los suyos, y esa actitud que tomé por un tiempo como una muestra de debilidad, no sea en realidad una opción más real, más sana.

Estoy convencido que no, y que el modelo de vida que he escogido, que hemos escogido en nuestro círculo más íntimo, es el correcto en un mundo cambiante como el que nos ha tocado vivir, pero joder, cuánto echo de menos a mi familia...

dissabte, d’octubre 17, 2015

El misterioso señor del bigote que no ganó el Planeta

Corría el año de 2007, allá por las fechas de octubre, como ahora, cuando un grupo de diez escritores optaban al Premio Planeta tras quedar finalistas con sus novelas "Nelly R, la amante del general", de Duque Orsini; "A ciegas", de Tiresias; "Sol de misterio", de Máximo; "Gio y las palmeras", de Julia Brideshead Ponti; "Una oveja para Trebopala", de S.B. Francisco; "Siete estrellas verdes", de Natalia Hamilton; "El final del ave fénix", de Malube Bazcuez; "Enarmonía", de Ruggiero di Pinto (todos pseudónimos);"El cráneo de Balboa", de Rafael R. Costa, y "La colina de la bruma", de Antonio López Alonso. No puedo ni imaginar los nervios de cualquiera de ellos, diez escritores en busca del galardón que les pagara de un golpe la hipoteca y los catapultara a la élite de los escritores en lengua española en una sola mano de póquer. ¿Os imagináis ante la posibilidad de embolsaros 600.000 Euros (850.000 US$ de entonces)?, ¡uf!, yo lo pienso y me tiemblan las rodillas.

Ese año ganó Juan Millás con su novela “El mundo” presentada bajo seudónimo de ”Gio y las palmeras”. Segundo finalista quedó Boris Izaguirre con “Villa Diamante” y cuyo seudónimo ni lo sé, ni me interesa.

Tampoco tengo interés en saber quiénes eran los otros siete autores, y digo siete porque del décimo sí he descubierto el misterio de su gran secreto. A saber, dicen que es un tipo con bigote, fumador y portador de sombrero, y que ya estaba tan acostumbrado a llegar a la final en este tipo de eventos que ni siquiera se sorprendió cuando no lo invitaron a la cena de gala que se celebró en Barcelona el 15 de octubre en el Palau de Congressos de Catalunya. Supongo que no le haría demasiada gracia haber sido ignorado así, la verdad, pero ese mismo año ya había sido finalista de otro premio de los grandes, el Premio Planeta-Casas de América, así que ni se inmutó cuando vio el ganador por la televisión y el finalista por una nota del circo.

El tipo del sombrero del que estoy hablando ni siquiera tiene página en Wikipedia, a pesar de que su palmarés literario es de caída de mandíbula:
1985, Precio Club de Escritores Onubenses, por “Cirea”
1989, Premio José María Morón de la Cuenca Minera, por “El coleccionista”
1991, Premio Internacional Pablo Neruda, por “Poemas Atlánticos”
1995, Premio Ciudad de Petrer (Alicante), por “Libro de Isabeel”
2004, Premio Literario Kutxa Ciudad de Irún, por “El caracol de Byron
2005, Premio Novela Onuba, por “El niño que quiso llamarse Paul Newman”
2007, finalista del Premio Planeta-Casas de América, por “El judío aberrante”
2007, finalista del premio Planeta, por “El cráneo de Balboa”
2015, finalista del Concurso Literario de autores independientes Amazon, por “La novelista fingida
Y esto por nombrar solo las obras premiadas, porque su nómina aún es bastante mayor.

Quizá algunos penséis que hablo del escritor onubense Rafael Rodríguez, o como él prefiere que lo conozcamos, Rafael R. Costa, pero estaríais muy equivocados porque como decía al principio del artículo, he descubierto el gran secreto de este autor, y que no es otro que Rafael es en realidad el seudónimo de una gran escritora.

Hace días que me pregunto cómo una novelista de la talla de la que se esconde bajo el seudónimo y los bigotes de Rafael puede ser tan buena y no ser el abanderado, o la abanderada, de una gran editorial, ¿qué mecanismos son los que activan el éxito y la fama? Me pregunto cómo es posible que escritores con mucho menos bagaje ocupen incluso las sillas de la Real Academia de la Lengua, y personajes con el currículum de premios que he comentado ni siquiera tengan un contrato editorial digno. Pues no lo sé, la verdad… Parece ser que bajo los bigotes de la escritora se esconden algunas malas pulgas que de tanto en tanto muerden, también es posible que bajo esos mismos bigotes literarios no se esconda una lengua de terciopelo capaz de lustrar los más altos zapatos, ni lamer según que hortalizas, pero como yo no creo en las grandes conspiraciones mundiales, me inclino más a pensar que quizá en los momentos claves de su vida literaria, por equis motivos, no ha sabido, no ha podido, o no ha querido meter la patita para que no se le cerrara la puerta ante los morros. 

Pero estad tranquilos, pues sé que en realidad los que habéis llegado hasta estas alturas del artículo no lo habéis hecho para leer mis diatribas sobre el éxito y la justicia poético-literaria, sino que estáis esperando que aclare quien se esconde realmente tras el puro, las gafas de sol, el sombrero y las chaquetas con las que siempre se presenta el seudónimo de Rafael R. Costa. No sufráis, os lo diré enseguida, si bien apenas con que os hayáis acercado a su obra más reciente coincidiréis plenamente conmigo en la revelación que voy a hacer, así como estoy convencido de que también coincidiréis en que la potencia de la obra de esta autora con seudónimo masculino es extraordinaria y que su futuro, bien sea con su nombre verdadero u otro, es altamente prometedor tan pronto como desactive el botón de invisibilidad con que el doctor Q. la equipó de serie.

Así que, y tras haber agotado toda la palabrería previa al acto, la autora real, con carnet de identidad y partida de nacimiento en Huelva, que se esconde tras el seudónimo de Rafael R. Costa no es otra que Alice Bruma Costa, más conocida como Alicia la Bigotes entre sus amigas de instituto cuando emborronaba libretas con poemas de adolescente y soñaba con llegar a ser una gran escritora merecedora del Planeta.