dissabte, de març 31, 2018

Un día oscuro

Cada nueva esquina es como un aviso de lo que nos espera al final del camino. Poco a poco el asfalto de la calzada se va tornando una pista de tierra que transcurre entre casas desiguales y mal acabadas. Algunas lucen letreros pintados a mano por algún manitas local, herrería, colmado, farmacia, banca, y algunos negocios más que en la impresión del momento no alcanzo a recordar. Pienso que si no fuera por las circunstancias, habría podido hacer un par de fotos buenas para mi archivo de carteles curiosos. La pantalla del GPS hace rato que ha dejado de marcar la zona por la que nos movemos y apenas un punto rojo dentro de una mancha marrón nos indica que estamos prestos a llegar. 

La cantidad inusual de gente frente a una vivienda nos avisa que hemos alcanzado el destino.

La casa, de blocks en bruto, sin pintar, apenas cerrada de aguas por unas láminas de zinc y la vegetación que se la va comiendo, está abierta. Gente con semblantes serios entra y sale sin parar y nos hacen señas apenas nos reconocen. Paso de largo unos metros  y aparco frente al siguiente grupo de casas, lo que en algún futuro paralelo será una nueva manzana. A pocos metros de allí en una casa, seguramente de uno de los potentados del barrio, están construyendo un segundo nivel sobre unos bajos decorados con columnas y un gran portón metálico pintado en negro. Ese también es el color que predomina en las vestiduras de la gente y en su color de piel.

A medida que avanzamos los poco menos de treinta metros que nos separan del gentío, los conocidos se nos acercan y en pocos segundos nos introducen en la casa. Dos columnas estériles frente a la puerta nos dan paso. El interior se mantiene en una densa y aromática oscuridad protegido por trapos a modo de cortinas que tapan todas las aberturas peleando contra la luz que profana el momento. Esquivamos la mayor de ellas y accedemos a una sala que en los sueños del propietario de la casa debía de haber sido el comedor y el salón. Unas cuantas sillas de plástico rodean la caja, también aguantada sobre dos columnas de sillas de plástico puestas unas dentro de las otras para ofrecer la rigidez necesaria. A la derecha, un grupo de mujeres llora en gemidos que tan pronto se agudizan como caen en lamentos inaudibles. El padre, al vernos acude a saludarnos y nos dirige a la cabecera de la caja. Llora, se queja de la suerte que le ha tocado vivir, nos relata cuánto quería a su hijo y las ganas que tenía de que lo fuera a visitar. Un par lo seguimos de más cerca y otros aguantan unos pasos atrás intentando mantener el pie firme entre tanta desolación. Yo lo llevo cogido por el hombro a pesar de que es veinte centímetros más alto que yo y siento la carnes del viejo electricista blandas, hundidas, envejecidas… Lo suelto para que pueda pasar entre la caja y las personas que ocupan las sillas más cercanas al difunto. Reconozco un par de caras y me acerco a dar el pésame. Los ojos hundidos, enrojecidos por horas de llanto, me reconocen también y me saludan. El padre ha abierto la tapa del ataúd, que dividida en dos permite levantar sólo la parte que cubre el tronco superior del muchacho, de su muchacho como no deja de repetir en un mantra de sufrimiento. No miro, dejo que pasen otros y me dirijo hacia la puerta. 

Las manos del padre me atrapan antes de llegar a la luz que se cuela por la puerta y me llevan hasta la madre que está al otro lado del ataúd. A ella es la primera vez, y seguramente la última, que la veo en la vida. Está sentada en una especie de sillón. Me agacho y la tomo de la mano. Sus dedos son fuertes, mucho más que los míos, y en esa sencilla comparación visual se ve quién ha disfrutado de una vida holgada y quién la ha tenido que pelear cada segundo para echarla adelante. Me pregunta que por qué dejamos que su hijo que fuera en motocicleta, y no sé qué decir. Me limito a contener las emociones y a explicarle que su hijo era muy querido, que hicieron un buen trabajo con él, pero ella me pregunta de nuevo que por qué dejamos que su hijo se fuera en moto, y una vez más me deja sin palabras. Aún de cuclillas no dejo de sostenerle la mano, aunque eso a ella le importa un carajo. Llora y masculla palabras de dolor que intento no escuchar mientras pienso si realmente podríamos haber evitado que su hijo se fuera en moto esa noche, creo que no, pero la duda se instala en mi cabeza clavada por los lamentos de la madre y de las otras señoras que la acompañan. En uno de los accesos de llanto calmado, me levanto y salgo. La luz del día me golpea con fuerza y me doy cuenta de que dentro faltaba el aire, el cuerpo sin vida del joven ha agotado la poca esperanza de una familia humilde junto con el oxígeno que quedaba en la casa. Respiro con fuerza y calmo la tensión. 

Al otro lado de la calle comienzo a reconocer caras amigas que se cobijan contra el muro del vecino del sol inclemente, y me acerco. Entre todos van haciendo una reconstrucción de la noche del accidente y convenimos en que nada pudimos hacer, a él le gustaban los motores, dicen sus compañeros, pero no sabía manejarlos, me aclaran. Varios relatan que en diferentes ocasiones quiso comprarles uno, o les pedía prestado los suyos, pero sabedores de la torpeza del muchacho se lo negaban con excusas.

Veo salir a su padre tambaleándose y acercándose hacia donde estamos refugiados del sol. Me agarra del brazo y me muestra un coche blanco aparcado a pocos metros de la puerta de su casa. Era para él, me dice, era para que se lo llevara a Bávaro. Me había prometido que vendría a verme y lo había arreglado para él, mira, le tapé las gomas, me dice señalando las ruedas delanteras. Mi muchacho iba a venir a verme y me lo han devuelto desbaratado. Lo oigo entrecortar las palabras y miro el coche, viejo y maltrecho como la mitad del parque del país, pero suficiente para que no se hubiera matado su hijo en ese maldito accidente de moto.

Habíamos sido compañeros de trabajo, como el hijo que se pudre en la caja sobre las sillas de plástico en la sala de una casa sin acabar. No me suelta y me sigue presentando gente que no sé quiénes son, mi jefe, anda diciendo, y el de mi muchacho. Ellos nos querían mucho, dice. Mi lugar lo van ocupando otras personas a las que el padre se agarra para explicarles que le han arrancado la mitad de su vida, que él quería a su hijo y que siempre lo llevaba para donde fuera. Con pasos lentos regreso al grupo de compañeros en el que me siento más seguro y lo miro, lo miro a él, a la puerta de la casa, a la calle polvorienta, a los vecinos que entran a consolar a la familia, a los niños que intentan romper el hechizo maldito en breves carreras que son suspendidas por sus mayores, veo una mesa de dominó y cuatro que juegan a la sombra de un árbol rodeados por un grupito de mirones. No escucho música, sólo las conversaciones apagadas de los diferentes grupos que rodeamos la casa, y el golpeteo de las fichas de dominó cada vez que alguno de los jugadores hace gala de una buena mano. 

Pienso en la estupidez humana, y pienso en mí. Pienso en la vida sesgada a los veinte y pocos años y mando un mensaje a mi mujer. Me devuelve una foto tranquilizadora desayunando con nuestros hijos. Escucho alguna broma, y veo alguna sonrisa, no frente a la puerta de la casa, pero sí entre los que se refugian a unos metros de allí. Un par de autobuses aparcados esperan a que llegue el coche fúnebre para llevar a toda la gente al entierro.

De pronto, de dentro de la casa emerge una canción entonad por las mujeres que habla de una lista. A mi mirada curiosa me explican que es una canción evangélica y pienso en la madre, me pregunto si también estará cantando. No lo creo.

Al cabo de un buen rato llega un coche destartalado a juego con todo, con las casas, con la gente, con los carteles, con la calle, con la vida, con el país, conmigo, y se para frente a la vivienda. Unas letras mal pegadas indican que es el coche fúnebre. En algún momento fue de color azul y tuvo luces. Todos se miran entre ellos. El chófer del vehículo baja tras haber escrito algo en su móvil y un grupo de hombres, capitaneados por el padre, entra en la casa. En pocos segundos meten la caja en el maletero y la mueven hasta ajustarla para que el portón trasero del coche pueda mal cerrarse. Sacan un par de coronas de dentro de la casa y las atan al techo.

La gente comienza a subir a los autobuses y me cuentan que las mujeres, las viudas y las madres, no acuden al cementerio. Cuando el vehículo que se lleva los restos del chaval arranca, lo hacen tras él los dos autobuses y algunos coches particulares. Espero unos segundos y subimos al nuestro. Una nube de polvo marca su recorrido mientras yo escribo la dirección de mi casa en el GPS del teléfono. Con un poco de paciencia, unas calles más allá aparecerá el punto que nos devolverá a Bávaro.

DEP.

diumenge, de març 11, 2018

Viernes de radionovelas

Cuando era niño nos tocaba clase de gimnasia los viernes. Sin embargo, como mi colegio era un edificio en el centro de la ciudad sin patio ni zona deportiva, todos los viernes en la tarde íbamos a ejercitar nuestros jóvenes cuerpos a las pistas municipales. Me encantaban esos viernes porque tras finalizar la jornada de clases en la mañana, en lugar de volver a casa me iba a comer a casa de mi abuela. Recuerdo que llegaba cerca de la una del mediodía después de haber corrido por todas las calles del centro de la ciudad empujándonos con los otros niños, robando golosinas de las tiendas, pidiendo adhesivos en cada comercio y haciendo lo que mejor saben hacer los niños, ser niños.

La llegada a casa de mi abuela, ya por aquel entonces viuda de mi amado yayo Santos, consistía en un apretón intenso y extenso chorreado de besos y un plato infinito de mis menús favoritos. Comía solo, con mi abuela sentada a mi lado ejerciendo de cheff, maitre, jefe de sala y camarera en el restaurante más lujoso en el que he comido jamás. Pero si había algo que me enloquecía de aquellos viernes en la tarde era la banda sonora. De fondo, mi abuela tenía siempre una radio encendida en la que escuchábamos un consultorio amoroso, un concurso de saber general y una radionovela. No había viernes que llegara puntual a la maldita clase de gimnasia. Alargaba las sobremesas pegado a aquella radio hasta que quedaban apenas unos minutos para que un profesor viejo vestido con un chándal, más viejo aún, pasara lista a las puertas de las pistas de atletismo. Salía corriendo carretera de Rellinars arriba hasta la avenida Abad Marcet como alma que llevaba el diablo, sabedor de que tendría castigo, pero feliz porque había escuchado el final del capítulo de la novela.

Siempre me han fascinado aquellas novelas radiadas en que los oyentes éramos espectadores y proyectábamos las imágenes en una pantalla de infinito por infinito con sonido dolby infinito y tecnología de imaginación al poder de alta definición. Las voces de aquellos actores que narraban las peripecias de los protagonistas de las historias envueltos en efectos de sonido nos transportaban a sus realidades. Yo las escuchaba entonces con los morros sucios de tomate y los ojos amorosos de mi abuela a un par de palmos de mi rostro. 

Hoy me he acordado de esas tardes y de mi amada yaya Rosa porque tengo la infinita fortuna de que mi novela El péndulo de Dios ha sido “radionovelada” por la gente de Sonolibro y mis letras han entrado a formar parte de ese universo de emociones que entran por los oídos y se replican en cada célula de nuestro cuerpo.

Yaya, ya no las hacen por la radio, pero allá donde estés busca un reproductor mp3 porque van a dar la novela.

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