dimecres, d’agost 23, 2017

No dejen de leerla

No dejen de leerla, por Manuel Navarro

Esta opinión es de: Anacaona: La última princesa del Caribe

"He terminado de leer 'Anacaona' con pena de acabarla, y, antes de intentar escribir un comentario sobre ella, pido disculpas si no consigo estar a la altura de la obra. Quizás sea la mejor novela que he leído desde hace tiempo. Mis felicitaciones más efusivas al autor.

Se trata de una novela de ficción histórica que recrea, desde dos puntos de vista (el de los indígenas, mediante un narrador omnisciente de lenguaje actual, y el de los conquistadores, a través de los escritos de Fray Ramón Paner de prosa similar a la lengua de la época), una parte de la historia del descubrimiento de América por Cristobal Colón.

Comienza la narración describiendo el origen de la princesa Anacaona, con un lenguaje claro, fluido, correcto, rico, y la vida apacible de los indígenas, haciendo hincapié en sus costumbres, sus juegos, su organización territorial… en un lugar paradisíaco como la isla La Española. Continúa la narración con la llegada de los castellanos bajo el mando de Cristóbal Colón y los cambios que ello supuso en la vida de los indios, las luchas entre estos, dirigidos por Caonabó, y los invasores, con secuencias trepidantes, para terminar con el sometimiento del pueblo taíno.

Con magníficas descripciones, una prosa exquisita, exuberante como la vegetación que describe, un extenso vocabulario de términos taínos, del que pueden encontrar un glosario al final del libro, un buen trabajo de documentación y una historia interesante y creíble que transmite sentimientos y hace recapacitar sobre cómo debieron ocurrir los hechos en los años del descubrimiento de América, Jordi Diez nos transporta al paraíso y al infierno, y nos mantiene pegados a las páginas de una obra bien estructurada y magníficamente escrita.

Destacable la fuerza de los personajes, en especial los protagonistas principales, la princesa Anacoana y el indio Caonabó, y también de los secundarios, tanto aborígenes como castellanos, de esta maravillosa historia que deja poso.

No dejen de leerla. Les gustará."


dilluns, d’agost 21, 2017

Albert Salvadó: Anacaona es literatura, y de la buena.


El señor Albert Salvadó es uno de los mejores escritores que conozco. Fue el revitalizador de la novela histórica en castellano y catalán, ha ganado varios premios literarios en su vasta carrera, tiene en su haber una de las mejores trilogías históricas de la literatura moderna, la historia de Jaume I el Conqueridor, por eso, que una figura de su relevancia hable así de Anacaona, la útlima princesa del Caribe, me llena de una emoción tan intensa que no puedo más que compartirla con todos vosotros. Muchas gracias, Albert, de tot cor, moltes gràcies.

Albert Salvadó
La buena literatura divierte, informa, transmite sentimientos y, además, ayuda a formar el espíritu. Por esa razón, cuando una buena obra literaria cae en nuestras manos, vale la pena mecerse en sus hojas, como si fuese la copa de un gran árbol que se balancea al son de la música que compone una ligera brisa.
Anacaona es literatura, y de la buena. Ésta es una obra obra que hay que leer despacio y perderse entre el análisis de los infinitos detalles que posee.
El ritmo es ágil, como corresponde a una historia plagada de hechos y más hechos y sazonada con sentimientos y reflexiones. La historia te atrapa desde un primer momento, intuyes que hay mucho más de lo que se muestra, pero no hay que caer en la tentación de echar a correr y devorar las palabras que contiene.
Hace tiempo, en una entrevista y a preguntas de un periodista, dije que el gran drama de un historiador es tener que morderse la lengua porque debe ceñirse a los documentos y a los hechos, mientras que el autor de narración histórica posee la inmensa libertad de llenar los corazones de sus personajes con sentimientos e inundar sus mentes con pensamientos. Y he aquí que estamos en presencia de un claro ejemplo de ello.
Hay un gran acierto en la utilización de dos narradores, de dos voces distintas. Una en tercera persona y otra en primera persona, que dan al conjunto un realismo innegable. Máxime, cuando se dejan caer expresiones que recuerdan el lenguaje de otros días, lejanos días, pero no en demasía para no perder al lector. Y esa doble voz nos permite pasar de un bando al otro, del mundo del invasor al universo indígena de una forma suave y sin perder el hilo ni por un instante..
Jordi Díez Rojas indudablemente consigue el objetivo de entretenernos con sus descripciones llenas de colores que van desde los más vivos y propios de un paisaje sin igual, comparable con el Edén, hasta los más oscuros, perversos y agazapados que corresponden al alma humana en sus más bajos instintos.
Jordi de una forma senzilla y llana consigue informarnos de unos hechos acaecidos en los primeros tiempos de la conquista del continente americano, de cómo era la vida en aquellas tierras y de lo que aconteció con sus habitantes que habitaban un lugar maravilloso.
Jordi transmite sentimientos, por supuesto que lo hace, y lo hace con trazo magistral, dibujando escenas que te llegan al alma y sin obviar la dureza de situaciones que te dejan con un sabor amargo en los labios. La realidad es la realidad y de todo hay en la viña del Señor.
Y Jordi ayuda a formar nuestro espíritu al unir a los sentimientos reflexiones que te llevan más allá de las simples palabras. Una notable reflexión sobre el papel del invasor, del ser que deja de ser humano porque olvida que los demás también son humanos y arremete contra todos y contra todo creyendo que el mundo es suyo.
Evidentmente, un análisis de una obra que va dirigida al público no debe desvelar el misterio y yo no lo haré. Quien desee conocer la historia, que la lea despacio y que la disfrute, porque Anacaona fue escrito desde el corazón. De eso no tengo la menor duda.
Una obra completa, bien estructurada y mejor escrita que consigue todos los atributos que la convierten en literatura. He seguido la trayectoria de Jordi con quien, dicho sea de paso, me une una sincera amistad. He intentado dejar a un lado ese detalle y centrarme en la obra, porque creo, también con mucha sinceridad, que merece todos los honores.

diumenge, d’agost 20, 2017

Lo nuestro

Hace años que dejé de explicarme y de excursarme por mi catalanidad. Hace años que dejé de sentirme acomplejado, o de intentar convencer a los otros de que yo era catalán porque sí, no para joder a nadie. Hace mucho tiempo que dejé de explicar a los demás que los catalanes hablamos catalán incluso con las personas que amamos porque no es una enfermedad contagiosa, no lo utilizamos contra los demás para joderlos. Hace años, desde que escuché al President Maragall decir que estaba harto de explicarse, yo también me cansé de hacerlo. 

Sé que mi caso no es ejemplo de nada, pero este hartazgo de la autojustificación continua ha acentuado el sentimiento de pertenencia y la necesidad de normalizar el ser catalán en un país que sencillamente no quiere entender, porque ese es el gran problema de una parte de España, que un porcentaje de la población no comprende que hay gente diferente, no mejor (que no lo soy, ni lo somos), no peor (que quizá en muchas cosas sí lo soy), sino ligeramente diferente. Estos días, y tras el abominable atentado en la capital de mi país, he visto cientos de tuits, de mensajes en los muros de Facebook y de comentarios en prensa de gente que insulta al President de la Generalitat por haber hablado en catalán, a la alcaldesa de Barcelona, al Major del Mossos, al Conseller d’Interior, a toda una serie de responsables de las administraciones catalanas que sencillamente han hablado en su idioma. ¿Cómo puede ofender esto a nadie, en qué cabeza cabe que hablar el idioma propio de uno se considere una afrenta al resto?

Es evidente que no toda España piensa así, por supuesto, y también se cae por su peso que es una minoría quien se expresa en estos modos, pero el silencio de una buena parte del resto ante la crítica feroz a todo lo que huela a catalán, en mi opinión, los hace cómplices. Hoy he visto que en el faro de Maspalomas han proyectado la senyera y que en el Ayuntamiento de Albacete ondeaba la bandera catalana a media asta (seguro que hay muchos más ejemplos en la gran España), pero a raíz de estas iniciativas no he podido dejar de preguntarme cómo es posible que ese gesto hermoso no haya sido oficiado, obligado o recomendado por el gobierno central del estado, colgando una bandera de Barcelona, o de Catalunya, por ejemplo, en todas las instituciones españolas. Eso habría sido una muestra de respeto y comprensión.

Creo que hay que tener una mentalidad muy pobre, provinciana me dijo una querida amiga madrileña que trabaja conmigo, para no entender que justamente en este momento no sólo no debería haber habido una sola crítica a nuestro idioma, sino que toda España debería haber hablado catalán, como se colgaron en su momento el “Je suis Charlie Hebdo” o tiñeron miles de perfiles de FB con la bandera francesa de fondo. 

Ya estoy harto de leer en contra nuestra, de las bromitas, de sentirnos acomplejados por tener una doble cultura, de saber que apenas cuelgue estas líneas un porcentaje de gente dejará de seguirme en las redes, otro me insultará, otros me echarán en cara que escribo mis libros en castellanos para vender más (como si vendiera una mierda en ningún idioma), otros dirán que soy cansino, otros me llamarán cualquier barbaridad, como hacen día tras día, nazis, talibanes, chavistas, …, y no sé cuántas cosas más. Estoy harto de que en cada estadio donde compite un equipo catalán se cante el “puta Catalunya” sin que el resto del estadio se pronuncie en contra. Estoy harto de que el piloto que se cae sea catalán y el que gana sea español, harto de que cada vez que alguno de nosotros intenta explicarse en un foro, al cabo de tres o cuatro mensajes comiencen los insultos, harto de los chistes que destilan odio visceral, cansado de escuchar que para ser catalán no soy mala persona, o que aún siendo catalán soy simpático (que no lo soy) y no es por el tema de la independencia, esto ya pasaba antes. Los que tenemos una edad hemos escuchado el “niño, habla en cristiano”, “catalufo” o “qué te pasa en la boca” desde que tenemos uso de razón.

Como decía, no es esta arenga achacable a toda España, por supuesto que no. La mayor parte de los españoles además pasan olímpicamente de este asunto, los tiene cansados, les importa un pepino, por no ser chabacano y decir un huevo, y es normal que así sea, a mí también me traería al pairo si no fuera catalán, así como soy consciente del exacerbamiento para el provecho político del tema por ambas partes, aunque jamás había escuchado, hasta hace bien poco, soflamas o proclamas anti españolas en casa. Pero creo que más allá de las ideas políticas de cada uno, tanto los que entendemos que nos iría mejor como país independiente, aún con miles de dudas, como los que se sienten parte de otra realidad mayor, por fuerza harta la falta de respeto continua a nuestro idioma y a nuestra cultura. Cansados de que se entienda que hablar en catalán es faltar al respeto a los demás, de que hablar en catalán no es correcto en grandes ocasiones, que hablar en catalán cuando se gana un Roland Garros o cualquier otro premio importante es de mala educación, que cuando se gana un mundial de MotoGP o el Dakar y se saca la bandera catalana es un insulto al resto de España, y no lo es. A mí nunca se me ocurriría entrar en una tienda deportiva y pedir que retiraran toda la ropa de un equipo porque en su equipación lleva la Senyera, la bandera española o la de los Lanister, ni se me pasaría por la cabeza cuestionar a un padre porque le hable en un  idioma u otro a su hijo, y nosotros lo vivimos continuamente, esa es la maldita realidad.

Hace unas semanas compartí cena de trabajo con una amiga italiana, un compañero de Madrid y dos comensales más, uno mallorquín y una señora madrileña, y al finalizar la cena mi amiga me preguntó cómo aguantábamos todo eso, porque tras los primeros temas habituales de mesa, enseguida salió la bilis en cuanto manifesté que era, tras contenerme un buen rato a sus preguntas, catalán. También es igual de cierto que una de las personas con las que paso mayor tiempo, laboral y lúdico, y que poco a poco se va convirtiendo en un amigo de verdad, es de Alcobendas y un ejemplo de lo que debería ser una sociedad normal, como durante tanto tiempo ha sido (o es, hace mucho que no vivo allí) Catalunya. Toda mi familia por vía materna es cordobesa, y jamás han tenido un solo problema por ser de un lugar u otro, ni he oído a mi abuelo quejarse de que nadie le faltara por hablar con su acento de Monturque, al contrario, es ahora cuando mis tíos y primos bajan al pueblo que los importunan preguntándoles cómo pueden vivir en Catalunya, ¡el lugar en el que se ganan la vida!. Mi esposa en extranjera y mi hijo también, y nunca hemos tenido un solo incidente por hablar español en ningún lugar del mundo, y sin embargo he tenido que aguantar que una señora imbécil me preguntara por qué le hablaba a mi hijo en catalán “siendo tan pequeño”, como si esa mierda se contagiara y fuera a lastrar el crecimiento del menor. 

No es este un alegato al victimismo, real o no, que se nos ha achacado por años, ni un intento por explicarme, porque como decía, hace mucho tiempo que dejé de predicar lo que nadie quiere oír. Hace mucho que me di cuenta de lo cansinos que somos los catalanes con “lo nuestro”, de verdad, tan cansinos que incluso molesta que hablemos de lo nuestro entre nosotros en nuestro idioma. Es evidente que son muchas las opiniones, tantas como personas somos, pero en estos días y tras el brutal atentado en Barcelona y Cambrils, no podía imaginar que la televisión pública española evitaría sacar al President de la Generalitat en los actos oficiales, o que los medios de comunicación vincularían la brutalidad a la opción legítima de querer ser un país normal donde podamos hablar en el idioma que nos salga de las narices y que el que se ofenda se vaya a otra parte, y mucho menos que nadie se ofendería porque los catalanes hablaran en catalán en Catalunya. Claro que esa estupidez congénita también forma parte de lo nuestro, pues era de cajón que iba a repetirse lo mismo que tras el accidente aéreo donde murieron un buen número de catalanes y el gobierno español, el de todos dicen, ni siquiera permitió poner una placa conmemorativa en el idioma de esas víctimas…

divendres, d’agost 18, 2017

Taínos, un pueblo para no olvidar

Taínos, un pueblo para no olvidar, por Cristina Suárez

Esta opinión es de: Anacaona: La última princesa del Caribe

"Anacaona, Caonabó... Dos nombres propios que representan la historia de un pueblo, los Taínos, los hombres buenos, que habitaban Ahíti, un paraíso lleno de lugares inimaginables, ríos, cascadas, aguas de un mar transparente o el Edén a lo ojos de Fray Ramón Paner. Ellos son el alma de esta historia, de esta realidad que sucedió hace ya unos cuantos siglos, cuando a Cristóbal Colón se le ocurrió la idea de encontrar un camino alternativo para llegar a las Indias y halló la magia de un pueblo que habitaba unas tierras enormemente bellas, unas tierras que los castellanos decidieron hacer suyas, unas tierras cuyos habitantes tuvieron que sufrir la masacre de su pueblo a manos de los que se hacían llamar cristianos.

Conocía parte de esta historia y, cuando pienso en ello, me estremezco al sentir el dolor de unos seres humanos que tuvieron que claudicar ante la superioridad de los conquistadores cuyos actos llevaron a la desolación de los que hasta entonces habitaban esa isla maravillosa que ahora es la República Dominicana. Los relatos de Fray Paner, que son la base de la novela de Jordi Díez, muestran la dureza que aconteció en esos años, la crueldad de los castellanos, su desprecio hacia la vida de los hombres, mujeres, ancianos y niños que asesinaron. Unas personas buenas, que no conocían la mentira ni el odio, que vivían en paz en su Paraíso, respetando sus costumbres, su pasado, sus ancestros y que veían en Caonabó y, más tarde en Anacaona, a aquellos que podrían librarles de tanto horror.

Es una novela para no olvidar, llena de sentimientos y de amor si conseguimos abstraernos de lo que aconteció y pensamos en Anacaona y en su amado Caonabó bañándose en su laguna o recostados en su hamaca, sintiendo la brisa del atardecer. Muy bella su historia y muy triste la que tuvieron que vivir. Siempre que hay alguien que quiere lo que no le pertenece, el dolor está asegurado. Es algo que ha pasado y es algo que sigue pasando en distintas partes del mundo.

Tengo que dar las gracias al autor por escribir esta novela y por permitirnos conocer la vida de la última princesa de Ahíti. Enhorabuena por sus letras y por transmitir tan bien las sensaciones que se esconden entre las páginas de su libro."


Cristina Suárez: Taínos, un pueblo para no olvidar

Taínos, un pueblo para no olvidar
Anacaona, Caonabó... Dos nombres propios que representan la historia de un pueblo, los Taínos, los hombres buenos, que habitaban Ahíti, un paraíso lleno de lugares inimaginables, ríos, cascadas, aguas de un mar transparente o el Edén a lo ojos de Fray Ramón Paner. Ellos son el alma de esta historia, de esta realidad que sucedió hace ya unos cuantos siglos, cuando a Cristóbal Colón se le ocurrió la idea de encontrar un camino alternativo para... Mostrar más

dimarts, d’agost 08, 2017

Libreteria: Caonabó vs Colón: el choque de dos culturas

Jordi Díez: ‘Anacaona’


Anacaona es una novela rica en emociones, sabores profundos, olores intensos, colores vivos…, llena de vida y vitalidad, la de la desconocida y prácticamente desaparecida cultura taína que ocupó el Mar Caribe.

Pero también de matices grises y negros...