diumenge, de març 11, 2018

Viernes de radionovelas

Cuando era niño nos tocaba clase de gimnasia los viernes. Sin embargo, como mi colegio era un edificio en el centro de la ciudad sin patio ni zona deportiva, todos los viernes en la tarde íbamos a ejercitar nuestros jóvenes cuerpos a las pistas municipales. Me encantaban esos viernes porque tras finalizar la jornada de clases en la mañana, en lugar de volver a casa me iba a comer a casa de mi abuela. Recuerdo que llegaba cerca de la una del mediodía después de haber corrido por todas las calles del centro de la ciudad empujándonos con los otros niños, robando golosinas de las tiendas, pidiendo adhesivos en cada comercio y haciendo lo que mejor saben hacer los niños, ser niños.

La llegada a casa de mi abuela, ya por aquel entonces viuda de mi amado yayo Santos, consistía en un apretón intenso y extenso chorreado de besos y un plato infinito de mis menús favoritos. Comía solo, con mi abuela sentada a mi lado ejerciendo de cheff, maitre, jefe de sala y camarera en el restaurante más lujoso en el que he comido jamás. Pero si había algo que me enloquecía de aquellos viernes en la tarde era la banda sonora. De fondo, mi abuela tenía siempre una radio encendida en la que escuchábamos un consultorio amoroso, un concurso de saber general y una radionovela. No había viernes que llegara puntual a la maldita clase de gimnasia. Alargaba las sobremesas pegado a aquella radio hasta que quedaban apenas unos minutos para que un profesor viejo vestido con un chándal, más viejo aún, pasara lista a las puertas de las pistas de atletismo. Salía corriendo carretera de Rellinars arriba hasta la avenida Abad Marcet como alma que llevaba el diablo, sabedor de que tendría castigo, pero feliz porque había escuchado el final del capítulo de la novela.

Siempre me han fascinado aquellas novelas radiadas en que los oyentes éramos espectadores y proyectábamos las imágenes en una pantalla de infinito por infinito con sonido dolby infinito y tecnología de imaginación al poder de alta definición. Las voces de aquellos actores que narraban las peripecias de los protagonistas de las historias envueltos en efectos de sonido nos transportaban a sus realidades. Yo las escuchaba entonces con los morros sucios de tomate y los ojos amorosos de mi abuela a un par de palmos de mi rostro. 

Hoy me he acordado de esas tardes y de mi amada yaya Rosa porque tengo la infinita fortuna de que mi novela El péndulo de Dios ha sido “radionovelada” por la gente de Sonolibro y mis letras han entrado a formar parte de ese universo de emociones que entran por los oídos y se replican en cada célula de nuestro cuerpo.

Yaya, ya no las hacen por la radio, pero allá donde estés busca un reproductor mp3 porque van a dar la novela.

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