dimarts, de maig 20, 2014

La frustración de Indiana Jones


La frustración tiene dientes de plata y muerde en lo más hondo de uno, en ese lugar al que no llegamos con remedios caseros ni podemos curar aplicando cataplasmas de la abuela. No existe una Viagra para el sentimiento de fracaso que produce, ni otra cura más allá de la aceptación jodida o la consecución de un nuevo reto.

Algunos creyentes de ciertas ramas del hinduismo se sientan a ver correr la vida sobre sus talones, aquello del “sitting in the dock of the bay” pero con cítaras, convencidos de que todo está escrito y de que el único camino para alcanzar la felicidad es el de dejarnos llevar liberados de deseos, anhelos y esperanzas. Lo cierto es que es una postura cómoda, pero que he de reconocer que no va conmigo. Soy más de aquello de “por sus actos los conoceréis” que de “hagas lo que hagas, pasará lo que tenga que pasar”. Acción, acción y más acción para avanzar, para crecer, para desarrollar…, un concepto que implica en sí mismo la contracara del terror indómito al dejar fluir, al dejarse llevar, al pánico del vacío.

Hoy me ha mordido con fuerza esa dentadura de plata y me lo he preguntado por enésima vez, qué hacer frente al precipicio, justo a punto de dar el paso de Indiana Jones antes de alcanzar el Grial, cuando el terror atenaza el movimiento.

He mirado abajo y me he detenido en la línea del miedo, al borde, hasta percibir de nuevo el lejano y conocido titilar de monedas que se revuelven inquietas en un caldero al final de un arco iris de color marrón, y la duda me ha asaltado, ¿he de regresar a por el caldero confiando en que cuando lo tenga, el camino marrón habrá valido la pena y caminaré por una vereda de flores perfumadas, o salto al vacío?

He de reconocer que la esperanza de que la caída no sea tal es menor a la de que el arco iris no esté hecho de lo que parece, pero también he recordado la lección de los hinduistas, aquella en la que la esperanza es la base de la frustración, y me he preguntado, ¿podría vivir sin frustración?

diumenge, de maig 11, 2014

No había dejado de llover

Ilustración de Andrés Edery
Me pidieron que hablara de ti en menos de veinticinco líneas, maestro. Imposible.

Pero si pudiera diría que nuestra relación comenzó sin que tú lo supieras con “El ahogado más hermoso del mundo”, recitado con el acento andaluz de un viejo profesor de literatura que hizo flotar tus palabras entre nuestras entendederas aún vírgenes. Nos dejó tu cuento a medias con el trabajo hereje de terminarlo a nuestra manera, y lo hice, te lo prometo, lo mejor que supe. Primero perlando una porquería de relato de bromas absurdas para que todos rieran con mis burdas ocurrencias, pero después en serio, con toda la pasión que un adolescente podía poner en sus letras, y salió un cuento extraño, comenzado por ti, por el más grande, y acabado por un saco de acné el día que supe que sería escritor.

Nuestra relación continuó desde entonces con mi desespero de náufrago por beber en tus relatos, con épocas de fría distancia y momentos en los que mi única compañía fueron tus demonios. Sentí tu vida escuchando el acordeón de Francisco el Hombre en una playa de Margarita, cuando ya habías vivido lo suficiente como para contarla, y remonté el río Magdalena hasta que encontré el amor en una hija de sus riberas, pariente lejana de aquella Remedios levitante. Lloré, como tú, cuando el coronel murió junto al castaño y odié al circo desde entonces. Aprendí que los cadáveres pueden ser hermosos, y que la mejor forma de vencer a un enemigo es sentarse en una butaca de remordimiento y esperar a que pase su cuerpo frío en una mortaja húmeda.

Me enseñaste que la planta del amor es la berenjena, que la virginidad es una venda negra que se lleva con sufrimiento y orgullo, y que el amor nada tiene que ver con el gozo repetido. Tus letras eternas han sido siempre mi Fermina Daza y el resto, nombres en cuadernos que se irán como se fueron los amores en los tiempos del cólera.

Pero me engañaste, cuentista. Me hiciste creer que lloverían flores amarillas por una semana, que las ollas se llenarían de cenizas y que el propio Melquíades sería quien pregonara tu muerte anunciada desde sus calderos alquímicos y sus manuscritos babilónicos, y no lo hiciste. No era martes, ni once, ni octubre, maestro, y aún así te marchaste, sin esperar siquiera a que parara de llover.


Texto locutado por la gran escritora Blanca Miosi, a quien agradezco su extraordinaria sensibilidad.

dimarts, de maig 06, 2014

En la plenitud

Un compañero de trabajo me dijo hoy, sin anestesia, que me encontraba en la plenitud de mi carrera profesional. Un comentario hecho con todo el cariño, supongo, y que venía a decir que me veía bien, que las personas que apostaron por mí para dirigir la compañía se sentían satisfechas con mi trabajo y que yo trasmitía el mismo nivel de satisfacción. Eso que llaman hoy un win and win, y que toda la vida se llamó bueno para ambas partes. Por supuesto he correspondido al comentario con una sonrisa, un apretón de manos y una frase de sincera y amable gratitud, pero a medida que me dirigía hacia el párking a recoger mi coche, sus palabras han comenzado a rebotar en la corteza cerebral como una pelota de goma en una pista de squash.

¿Qué significa estar en la plenitud profesional, que no hay más camino ascendente, que a partir de ahora he de comenzar a comprender que lo próximo será la decrepitud profesional, el declive o el mantenimiento, pero no la ascensión?, la verdad, no tengo ni idea. De la misma forma que jamás me planteé estar en la plenitud de nada, ahora tampoco tengo la capacidad de anticipar qué vendrá a continuación. Recuerdo cuando era niño que veía gráficas de aptitudes de infinitas materias según las edades, y recuerdo una en concreto en la que aparecía una serie de hombres de perfil, comenzando con un macho adolescente en la parte izquierda de la gráfica y acabando por un anciano al final, a la derecha, alienados al estilo de la evolución de Darwin, y en la que se mostraba a los hombres con su pene erecto en las diferentes edades de la vida. En la mía actual el ángulo apenas debería estar sobre los 45/50º, lejos, muy, muy lejos de los 90º de los que disfruté en algún momento.

Y sin embargo no es así, por lo menos no siempre. La generación a la que pertenezco ha barrido todas las metas y pulverizado todas las fronteras achacables a la edad. Nosotros dejamos de ser niños cuando deberíamos ser adolescentes, abandonamos la adolescencia con edad de jóvenes, fuimos jóvenes hasta bien entrada la edad adulta, y ahora, cuando se supone que deberíamos comenzar la madurez, apenas somos padres de familia con niños pequeños. Así pues, ¿qué significa que he alcanzado la plenitud?

Hace unos años, casi diez, alguien me dijo que ya había alcanzado la plenitud. Quizá no fueran exactamente ésas sus palabras conociendo al personaje, pero vino a decir (con mucho menos cariño) que mi recorrido en la empresa familiar en la que había trabajo por veinte años se había agotado. Y tenía razón. Dejé mi plenitud de entonces y me marché a un nuevo país, a trabajar en algo totalmente diferente cobrando menos de la mitad de lo que ganaba para comenzar de nuevo desde abajo, bien lejos de la plenitud ya alcanzada. Hoy, las palabras de mi compañero me han retrocedido a ese instante de mi vida en el que sentí que iba a morir asfixiado en mi propia plenitud.

Ahora no me siento así, pero he de reconocer que se acerca el momento de comenzar en otro lugar, como otra persona, con la gran ventaja de que esta vez sé en qué quiero alcanzar esa manida plenitud, y quizá, si tengo el talento necesario y la capacidad de trabajo suficiente, habrá alguien que me diga en unos años que he alcanzado mi plenitud como escritor. 

Otra cosa, amigos, es la plenitud vital, pero de ésa no puedo hablar porque apenas estoy en el inicio del camino...