divendres, de juliol 28, 2006

El amor en los humanos

Uno de los principios universales es el del Ritmo, dice más o menos, y perdón por la simplificación de una cosa tan sumamente importante, que toda energía en el universo en una dirección genera otra de igual magnitud en contra. Como el movimiento de un péndulo, que oscila con la misma fuerza en una dirección como viene de la otra.

Esto significa que, por ejemplo, si una persona tiende a ilusionarse o a alegrarse mucho ante una situación, con la misma intensidad se decepcionará o entristecerá con la contraria. Otro ejemplo que explica este principio es que si una persona tiene mucho, mucho, mucho dinero para comprar cualquier tipo de manjar, con toda seguridad no tendrá el mismo hambre que pueda tener un pobre en el momento de enfrentarse a la pitanza.

Este es un principio universal, recogido por Hermes ya unos miles de años antes de que el contador de nuestra era se pusiese a cero, y si lo creemos a pies juntillas como una verdad universal, nos facilita mucho la opción de vida de ser positivos y optimistas, porque si cada barbaridad o desgracia de las que se emperran en mostrarnos cada día desde todos los medios de comunicación tiene su misma intensidad en la otra dirección, todavía tenemos esperanzas.

Busquemos pues el flujo de generosidad, de hermandad, de conocimiento, de paz, de igualdad, de Amor en definitiva, que está generando el odio del pueblo que a si mismo se llama el escogido de Dios.

No se desprendan de mis palabras gotas de ironía, ni fina ni gruesa, más de bien de fe y esperanza reales en encontrar ese flujo de Amor que nos ha de golpear con más fuerza de lo que la luz lo hizo al inventor de la misoginía en la Iglesia Católica. Yo estoy convencido que es así, estoy convencido que millones de personas abonan cada día ese chorro de amor, que hacen que cada día la vida de sus allegados sea más humana, más feliz, más plácida y amorosa.

Muchas veces me preguntan, a mí, al ignorante, qué podemos hacer ante una situación de ese calibre, ante desgracias de esa magnitud, y yo creo que aplicar el principio del ritmo, amar a nuestro círculo de acción para que ese amor desplace del universo la misma cantidad de odio.

Y tened por seguro que es cierto, porque la inmensa mayoría de la gente lo aplica, pero aún debemos ser más contundentes y sinceros en su puesta en práctica. Sólo con millones de gotas de Amor venceremos a las riadas de ignominía, odio y desesperación.

Viva Hermes.

Jordi.

dijous, de juliol 27, 2006

La ironía fina

Todavía estoy emocionado, perplejo, sonriente y, porqué no decirlo, feliz, despúes de haber leído un libro que me ha parecido brillante.

Se trata de una novela histórica, y si bien debo reconocer que me ha recordado un poco a la saga del Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte, se diferencia en un lance definitivo, cambia la mala leche y la amargura propia de la raza madrileña-española, y que carateriza casi toda la historia de este país, por una ironía sutil e inteligente.

La novela que os recomiendo es "Ladrones de Tinta", de Alfonso Mateo-Sagasta, Ediciones B.

En un breve, brevísimo resumen, os diré que se trata de las tribulacione de un tipo encargado de buscar al escritor que se esconde tras el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda y que se ha atrevido, ni más ni menos, a escribir y publicar la segunda parte del Quijote. El hecho tan sólo de moverse en el Madrid del siglo XVII, entre escritores como Tirso de Molina, Lope de Vega, Quevedo, ... o figuras históricas como el duque de Osuna, y un largo etcétera, ya merece la pena leerlo, pero lo mejor para mí es el motivo de esta reflexión, la ironía inteligente con que el protagonista resuelve y analiza las situaciones que le asaltan.

Esto me lleva a plantear una cuestión que me gustaría comentar con vosotros. ¿Por qué no somos capaces de resolver todos los asuntos en duelos de ironía?

Me explico, imaginemos un incidente cualquiera, un accidente de tráfico en el que no se dilucide con claridad cuál de los implicados tiene razón, pues ante un tribunal de irónicos, los afectados relatarían el accidente cargando de sal fina la acción, y el que mejor, más brillante, y sobre todo, más divertida, explicase lo acontecido, sería el beneficiado del litigio.

Sí, ya sé. Ya sé lo que estáis pensando, este sistema beneficiaría a los más inteligentes, quiénes formarían el tribunal, etcétera, pero intentémos saltar por un momento estas dificultades e imaginemos que de verdad lo ponemos en marcha.

La ONU debería cambiar su nombre por la ONI, Organización Naciones Irónicas, y allí se decidirían en debates trabajados, "meninjeados" (con perdón), los conflictos internacionales. Nada de invadir a nadie, ni matar en bombardeos inhumanos a las naciones vecinas. Una representación de cada nación dirimiría sus diferencias sacando las faltas del vecino al estilo de "las doce tribus de narices era", por ejemplo. ¿Os lo podéis imaginar? Un mundo decidiendo desde la ironía en lugar de desde la ira.

No estaría mal, verdad.

Y todo televisado, retrasmitido en directo por sagaces presentadores que desgranarían las ironías para el vulgo, que extasiado de tanto pensar, acabaría lanzando escaleras abajo sus aparatos de televisión. ¿Para qué verlos, si los puedo escuchar, o incluso leer? dirían las masas enloquecidas en peregrinación a las bibliotécas para adquirir mayor capacidad de ironizar.

Ah, y por supuesto la ironía soez, la de mal gusto, aquella que atente contra el buen entendimiento de la gente, restaría enteros ante el tribunal, hasta el punto de poder castigar con prisión incondicional la ira, la envidia, o simplemente el mal gusto del ataque ofensivo.

Quizá me he pasado, pero no me desagradaría, y eso que yo tendría mucho a perder.

Saludos,

Jordi.