dijous, de maig 19, 2016

Libreteria: El péndulo de Dios

Los amigos de Libreteria han tenido la amabilidad de colgar un post dedicado a mi novela El péndulo de Dios. Desde aquí les doy las gracias por haberse tomado el tiempo y la molestia de escribir estas palabras. 



Jordi Díez: 'El Péndulo de Dios'

Abordé con escepticismo lo que creí, en un principio, otro relato más sobre las reliquias de Jesús, pero enseguida me atrapó y descubrí una novela trepidante que va más allá de todo eso. No hay ni santos griales ni descendientes de María Magdalena. O sí, porque ¿quién es Mariam, además de una esenia bendecida por Yeixú (Jesús) y seguidora de Yuhana (San Juan)? En cualquier caso, a mi juicio, el auténtico leitmotivde esta aventura con personajes históricos tan interesantes como Plinio, El Viejo, es el equilibrio universal entre la Luz y la Oscuridad y el debate interno de los contrarios: El Péndulo de Dios. Otra cosa. Hay quien critica la forma con la que resuelve Jordi Díez esta novela. A mi, particularmente, me dio en qué pensar. Sobre todo porque me cuesta creer en un mundo desesperanzado. 

Os dejo un fragmento con el que el autor relata la matanza que las legiones romanas hicieron sobre el pacífico e indefenso pueblo esenio:



"El terror había barrido la sabiduría y la paz de Secacah, dejando en su lugar un amasijo de cuerpos mutilados, una balsa de sangre en la que flotaban vísceras y miembros seccionados por la acción brutal de una espada. Eso era lo que habían hecho con los hombres, así que me temblaron las piernas solo de imaginar qué harían con nosotras. Abandoné mi cueva y corrí a refugiarme con el resto de las mujeres, que gritaban enloquecidas ante la amenaza cada vez más cercana de los quitim. Tuve la serenidad de tirar al vacío las escaleras de acceso a la cueva mayor, pero no sirvió de nada. Aquellos seres trepaban como bestias poseídas por una fuerza maligna que los hacía invencibles y terroríficos. Algunas mujeres prefirieron despeñarse por los acantilados antes de caer en sus manos. Los vimos alcanzar la primera cueva y entrar con las espadas en alto. Escuchamos el ruido húmedo de sus armas contra la carne de nuestras hermanas, pero no tuvimos más tiempo para ver el horrible espectáculo. También llegaron a nuestra cueva. Sus cuerpos manchados por la sangre de sus víctimas, los ojos sanguinolientos y sus piernas descubiertas, fuertes como las de un caballo. Empuñaban lanzas y espadas cortas que mataban en tajos precisos contra el cuello o las piernas. Algunos se entretenían violando cadáveres, mientras el resto continuaba con la matanza. Corrimos al fondo de la cueva, pero esos hijos del Diablo nos siguieron, entraron con nosotras y con los pocos niños que quedaban. Nos encajonaron entre la pared del fondo y sus espadas. Primero mataron a los niños, se los pasaban hasta que uno le clavaba la espada y lo levantaba en el aire para comprobar la resistencia de su cuerpo. El olor a orines se unió al terror, la sangre y los gritos".

dimecres, de maig 18, 2016

El extranjero, Albert Camus


He sufrido mucho con esta novela porque me costó entrar en ella, y no porque las letras del premio Nobel sean complejas, o aburridas, nada de eso, pero me ocurrió algo extraño, algo tan surrealista que afectó a mi relación con la historia y que por ese motivo me veo obligado a contar. 

diumenge, de maig 15, 2016

Ojalá supiera escribir

Hoy he visto, por primera vez, el programa de TVE "Libros con uasabi", dirigido y presentando por el polémico (por no llamarlo de otra forma) Fernando Sánchez Dragó.

Más allá de las simpatías, o no, hacia el señor Sánchez Dragó, os recomiendo escuchar los primeros tres minutos de este vídeo, y más concretamente del 2 al 3, pues el escritor hace una crítica a la autoedición, y a los escritores que la practican, un tanto despiadada. Dice cosas como que:
"Con la uniformización de los formatos, el mundo digital hace que la información sea la misma para todo el mundo, se tira, escribe de la documentación por Internet y no de las experiencias personales. Y más adelante los libros cada vez se parecen más entre sí. Ha disminuido la auto crítica, el mundo digital se carga los intermediarios y si tú tienes seguidores en Twitter, ya no necesitas que alguien te diga si eres bueno o no.".
¿Estáis de acuerdo? Con toda sinceridad, yo no siento que sea tanto así mi caso, pues mis problemas son más de no saber escribir que no de no tener vivencias para hacerlo. A mí personalmente me gustaría saber escribir para contar todo lo que he visto, lo que me ha pasado, las gentes que he tenido la fortuna de conocer y las muchas vidas que he tenido la inmensa suerte de vivir. Me gustaría poder contar cómo he amado, cómo me han amado, qué experimenté la primera vez que dormí en un cajero automático o en un hotel de lujo en una isla del Caribe. Me gustaría saber explicar la excitación de la primera cita, del primer polvo furtivo, la primera vez que escuché de sus labios mi nombre, el recuerdo de los cuerpos con los que has compartido, de las noches de juegos con una botella de ron, del cansancio, de los pasos en el camino, nombrar las fotos que tiré y las que intenté hacer, los ríos que he cruzado y los paisajes que he visto. Me gustaría saber escribir de todo eso. Me gustaría tener la habilidad para explicar cómo sabían los primeros gnocchi que me comí en Génova, la felicidad con quién los compartí, la poesía que se desarrolló en mis sentidos la primera vez que escuche la palabra arepa y la sorpresa de la camarera que nos las sirvió en Ciudad Bolívar, el ardor de la vergüenza y el picante cuando confundí un montoncito de wasabi por una cucharada de guacamole, o la felicidad del caldo casero que tengo la infinita dicha de gozar. Quisiera saber contar la excitación de ver Machu Pichu, bañarse en las frías aguas del lago Ness, haber dormido al borde del Gran Cañón, cargar agua en la Guajira, o de ver la Vía Láctea desde la isla del Sol, en el lago Titicaca. Quisiera saber explicar qué se siente al perseguir un cordero por Escocia, la pequeñez de saberse en medio de un desierto, o trasmitir la camaradería que se da en un viaje en coche por Laponia. Ojalá supiera contar cómo se desestructura una persona al perderlo todo y cómo se crece en la recomposición de la vida. Sería dichoso de poder explicar el amor que se siente a los hijos, a los amigos, a los maestros, a la compañera de la vida, y no sé. Como no sé explicar el miedo, el vértigo, el riesgo y la pasión.

Pero sí he de reconocer que estoy muy de acuerdo con eso de que cada vez todo lo que se escribe se parece más y de que los escritores tiran de documentación en lugar de tirar de vivencias personales. 

¡Qué pena la mía de no saber escribir!

dijous, de maig 05, 2016

10 formas de morir en República Dominicana (al volante)



  1. Los semáforos. Que tú tengas la luz verde no significa para nada que el resto de vehículos la tengan en rojo, ni tampoco que esos otros vehículos, aun teniendo su semáforo realmente en rojo como debería ser, se paren. Lo más probable es que tras aparecer la luz verde debas esperar unos segundos a que vaya pasando el grupo de daltónicos al volante que no distinguen entre rojo, amarillo y verde, aunque son capaces de diferenciar una cerveza Presidente normal de una light a cinco o seis millas de distancia.
    Siempre hay, por supuesto, el riesgo añadido de que el vehículo que tienes detrás intente pasarte por los laterales, el arcén, o por encima tuyo si esa espera es más larga de lo que él cree que debía haber sido.
     
  2. Intentar circular por tu carril. Es imposible, literalmente imposible, ir por tu carril a una velocidad constante. Esta práctica tan habitual en cualquier otro país del mundo, aquí supone un riesgo infinito. Según el extenso código de circulación dominicano, que debe tener unas diez o doce páginas tamaño cuartilla, no existe la obligación de conducir por el carril de la derecha a no ser en vías de cuatro carriles, de las cuales no hay una sola en todo el país, por lo que en cualquier vía de uno o dos carriles, los vehículos (entiéndase por vehículo cualquier cosa que ruede o tenga patas) andan a la velocidad que desean por el carril que les viene en gana, incluyendo en esa denominación de carril el arcén y el espacio que se genera entre carriles.
     
  3. Stop (Pare) y Ceda el paso. No existen. El paso lo cede el que tiene el vehículo más liviano. Si llegas a un stop y el vehículo que viene cruzando es más pequeño que el tuyo, ¡tira!, si por el contrario es más grande, ¡frena!
    Esta regla tan sencilla se puede aplicar al resto de puntos.
     
  4. Carriles de giro obligatorio. Si tienes intención de seguir recto, estás en una intersección con varios carriles, y un vehículo se detiene justo a tu lado, en uno de esos carriles laterales con flechas a derecha o izquierda que lo obligan a girar, ¡no te fíes, es una trampa!
    En realidad ese cabrón/a te está desafiando. Él, o ella, cree que está en NASCAR o en el Gran Premio de Dubai, observando la luz roja del semáforo para salir a toda velocidad e incorporarse a tu carril en el poco espacio que quedará cuando se estreche la carretera. ¡Y lo hará, no tengas duda, subiendo por encima del bordillo, de una moto, o de ti mismo!
     
  5. Buses de color amarillo (sin contar PRI). Si ves un bus amarillo de transporte escolar que viene tras de ti, no pienses, échate al arcén, para el coche, cierra los ojos y reza si eres creyente, o llama a tu corredor de seguros para que active el plan de vida si eres una persona más práctica, porque no creo que...
     
  6. Camiones. Cualquier cosa con caja y motor es un camión. Dependiendo de la capacidad de carga se catalogan de camión a patana, una acepción dominicana que significa “bestia cargada tres o cuatro veces por encima de su capacidad, sin frenos, con ruedas recauchutadas, piezas de diferentes motores y conductor familia de Jenson Button”. Ellos son los que tienen más claro el concepto matemático de la línea recta, pues para ir de un punto a otro lo aplican a la perfección, haya lo que haya en el medio.
     
  7. Motocicletas. En República Dominicana se conocen como motores o pazolas, la diferencia entre ambos es que en un motor caben entre 4 y 6 personas con una nevera, y en una pazola solo la mitad. El concepto de conducción recta, por un carril, o incluso, en la misma dirección de la marcha, son conceptos incomprensibles para este colectivo. Ellos creen que mirando al frente, o haciendo ver que no te ven, se hacen invisibles, pero si tienes la desgracia de chocar con uno, inmediatamente se materializa de manera mística y misteriosa un millar de ellos a tu alrededor con la sana intención de hacer carpaccio con tus órganos.
     
  8. Celulares / móviles. Antes, cuando un vehículo hacía eses por la carretera, lo achacabas a una posible conducción en estado de embriaguez, pero ahora, el 50 % de los casos se deben a que en realidad su conductor, la mayoría de veces conductora, está chateando por el móvil, o gritando por él ignorando la tecnología del micrófono amplificador.
    Pero ojo, porque el otro 50 % restante aún es más peligroso, pues además de usar el teléfono en los mismos términos descritos, van borrachos.
     
  9. Rotonda, esa gran desconocida. En la mayor parte del planeta tierra, quien circula dentro de una rotonda tiene preferencia de paso. En Dominicana, por supuesto, no. Aquí tiene derecho de paso el que tiene un vehículo más grande, o una pistola.
    Lo más probable es que si vas a entrar a una rotonda, el coche que viene detrás de ti acelere para entrar contigo, por lo que si en el último momento decides respetar la norma de tráfico y frenas, tendrás un acompañante entrando por el maletero de tu coche.
    Otro riesgo infinito es circular dentro de la rotonda, pues las líneas pintadas en el suelo que delimitan los carriles son opcionales, lo que significa que cualquiera puede pasar del centro de la rotonda al exterior, o viceversa, sin motivo. Esta práctica, que podríamos llamar killcrossing, está muy extendida y la ejercitan con maestría caballos, motocicletas, vehículos en general y camiones.
     
  10. Todo lo que tiene ruedas o patas puede circular. Es habitual encontrarte en la vía caballos, triciclos, cosas que parecen camiones o buses pero que no lo son, o coches que en otro siglo lo fueron, y todos ellos comparten un par de características que los identifican como colectivo, no tienen luces, ni de día ni de noche, y pueden explotar en plena vía en cualquier momento.