divendres, de gener 16, 2015

Nuevo proyecto, nueva novela.

Este año 2015 verá la luz la que será mi tercera novela, sin duda la más compleja que he escrito hasta ahora y la que más tiempo, investigación y documentación ha requerido para su confección. Una historia de una fuerza tan enorme que temo que mis letras no lleguen a estar a la altura, si bien esto será algo que deberéis juzgar vosotros, lectores, los únicos que realmente importáis en toda esta aventura que supone el crear historias.

Se va acercando el final de la etapa de escritura y con él, el inicio de lo que será la vida de la obra y de sus personajes. Una serie de personas extraordinarias que se mudarán de mí para formar parte de todos vosotros, y a los que estoy seguro de que cogeréis tanto cariño como yo duelo cuando esto ocurra.

Os dejo el primer capítulo, pendiente de la obligada revisión profesional, el cual espero que os guste y atrape. 



Barcelona, Año del Señor de 1519.

El olor del puerto de la ciudad más importante del Mediterráneo lo devolvió a casa. Ese olor nauseabundo de orines, sudor, cereales agriados, vino, pescado, aceite, sangre y madera putrefacta que lo obligó a vomitar por la borda de la nao antes de que los marineros amarraran los traveses.
Ya había desembarcado todo el pasaje, soldados en su mayoría, hombres del Almirante que regresaban con las bolsas cargadas de oro: la mejor forma de reclutar una nueva cuerda de colonos dispuestos a cruzar un mar infame en busca de fortuna. Con ellos habían bajado a tierra algunos “indios”, como los llamaban, atados por los tobillos a una cadena de grilletes y lacerados por los latigazos regalados en el embarque. Solo ocho habían resistido la navegación de los más de cincuenta que capturaron en las playas de la Isabela, y por Dios que para los supervivientes hubiese sido mejor perecer en la travesía.
El capitán le gritó que bajara, que dejara de una maldita vez su nave antes de que tuviera que prenderle fuego. El hombre, envuelto en una túnica deshilachada con la que se había limpiado los restos de vómito, se agarró a la barandilla de estribor y comenzó a descender por una escala fijada para que él y otros tres desgraciados más abandonaran la Graciosa. Sintió su cuerpo desgarrarse mientras se descolgaba hacia tierra firme. Nadie se acercó, nadie mostró misericordia alguna por aquellos cuatro deshechos. Los primeros desaparecieron por los callejones del Born acuciados por los gritos y los escupitajos de los marinos y de la tropa que guardaba el puerto. Sabía que los pocos días de vida que les quedaban a aquellos bastardos los gastarían tras alguna prostituta que se los aliviara. Al bajar el último peldaño de la escala de cuerda escuchó a dos soldados comentar que el recién emperador, Carlos I, sería recibido en una semana en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra. Hubiera querido acercarse, conversar con ellos, pero lo miraron asqueados y lo amenazaron con golpearlo si no desaparecía de inmediato. El hombre sabía que sólo los restos de sus hábitos lo mantenían con vida. Dios, dame tiempo, suplicó.
Muchos culos de indias se debe haber comido, y las carcajadas lo siguieron hasta que los perdió de vista. A medida que recorría las calles aledañas al puerto, las vistas fueron rescatando de su memoria imágenes de otra época, de otra vida que casi no recordaba haber vivido.
Hacía veintiséis años que había salido de ese mismo lugar, un cuarto de siglo que había cambiado su vida y la de toda la gente que había amado. Veintiséis años que habían secado su piel y su alma. Veintiséis años acumulados en la joroba soberbia que avergonzaba su hábito de frayle. Caminó pegado a las paredes de las casas con la cara escondida y la mirada baja, oculto bajo su capucha jerónima. Faltaban pocos días para Semana Santa y el calor, sin ser tan intenso como el de su Quisqueya amada, lo hacía sudar bajo la túnica apergaminada. Al pasar frente a una taberna sintió como le lanzaron un líquido caliente y apestoso que caló sus vestiduras y se pegó a la mugre acumulada tras más de cuarenta días de navegación, pero no levantó la cara, no les mostró sus encías negras, sus dientes podridos en lo que había sido una boca capaz de dar misa, la primera del nuevo mundo, ni se atrevió a deshacerse de la túnica mugrienta para no mostrar sus brazos morados, infestados de pústulas pestilentes. No era necesario. La capucha, sus pelos raídos y la sangre que brotaba de su cuero cabelludo eran suficientes para despertar la repugnancia de todo cristiano con el que se topara: escorbuto.
El frayle continuó caminando, dejó atrás el puerto de Barcelona y se dirigió al interior. Debía cruzar toda la ciudad antes de llegar a la montaña donde todo había comenzado y donde debía finalizar, si es que Nuestro Señor le daba las fuerzas suficientes. Se agarró con las dos manos temblorosas el estuche de madera que colgaba en su pecho. Sentía la cabuya segándole el cuello, el único dolor que era capaz de soportar con alegría después de que todos los demás le hubieran quemado el corazón y la fe mucho tiempo atrás.
La gente de la ciudad se apartaba para dejarlo pasar y las madres corrían a proteger a sus hijos de la enfermedad del monje. Las sandalias, destrozadas por miles de pasos, se despegaron de sus pies llagados y lo hicieron caer en varias ocasiones. En todas tuvo que levantarse solo. Al pasar frente a una fuente intentó acercarse para beber agua y adecentarse un poco, pero apenas tuvo tiempo siquiera de ver su rostro podrido en el agua cuando fue ahuyentado a pedradas por los vecinos. Recordaba aquellas calles, no ya su nombre, pero sí como fueron veintiséis años atrás, cuando los barceloneses se apiñaron en ellas para despedirlos como héroes. Ahora era un apestado en su propia tierra. El monje sonrió, como mis hermanos, pensó, y ese dolor compartido lo ayudó a llegar a los lindes de la ciudad.
Dios, concédeme un poco más de tiempo, susurró. Levantó con esfuerzo su cabeza pegada a los hombros, encorvada por la joroba que había brotado grotesca de la parte superior de su espalda fruto de su vergüenza, y lo vio, el monasterio de San Jerónimo de la Murtra. Ahora solo tenía que encontrar el camino. Recordaba la fecha, abril del año de mil cuatrocientos noventa y tres. Los caminos engalanados, el monasterio adornado, todos los nobles catalanes acogidos en sus aposentos, y los reyes de Aragón y Castilla certificando el fin de la guerra contra los moros, el inicio de una nueva época. Allí había comenzado y, si nuestro Señor se lo permitía, allí finalizaría su penitencia.
Un grupo de soldados al pie de la loma le indicó el principio del camino. Vestían el mismo uniforme que la pareja que lo había ahuyentado del puerto, el uniforme de la guardia imperial. Desde aquel lejano mil cuatrocientos noventa y tres el monasterio no había recibido una visita tan importante como la que estaba a punto de llegar, y el ejército llevaba varias semanas limpiando los caminos de asaltantes para salvaguardar la seguridad del hombre más importante del mundo.
Dio un rodeo tras unas rocas para evitar a los soldados y comenzó el camino de ascenso al monasterio. El sol había secado sus hábitos, pero sentía resbalar por sus piernas doloridas el sudor y los orines que le habían arrojado al pasar frente a la taberna. Volvió a tocar el estuche, todavía estaba en su lugar, y eso le dio fuerzas para emprender los últimos metros de ascensión hasta lo que había sido por una buena parte de su vida la única casa que tuviera. Le pareció percibir el aroma de las flores blancas de Murtra y se relajó. Mientras intentaba colocar un pie frente al otro en cada paso que sabía que serían los postreros, vio un grupo de novicios que recogían sus aparejos y daban por finalizada la jornada de trabajo en las viñas del monasterio. Se acercó a ellos con sus últimas fuerzas y se dejó caer.
Cuando despertó lo hizo en una de las celdas del monasterio. Recordó sus olores y supo que lo había conseguido. Apenas abrió los ojos, vio un monje que lo velaba sentado en una silla de madera a los pies de su cama e intentó llamarlo.
- Hermano, estáis muy enfermo, debéis descansar.
- Prior…
- No habléis, os lo ruego.
- Mi estuche… –dijo el hombre, y se volvió a sumir en un sueño profundo, denso y cargado de pesadillas.
Cuando despertó era de noche. El mismo monje dormitaba encorvado sobre su panza en la silla. No tenía apenas fuerzas y sentía los labios resecos. El dolor de su boca, que el sueño le había hecho casi olvidar, lo golpeó de nuevo. Vio un pequeño canti de barro a los pies de su cama y alargó su mano para cogerlo. Estaba desnudo, limpio, habían vendado sus brazos, lo que le evitó la desagradable visión de sí mismo, y bebió. No podía cerrar la boca y el agua le corrió por el pecho mojando sus piernas y la cama. El jerónimo se despertó.
- ¿Cómo os encontráis, hermano? – preguntó, y encendió una pequeña lámpara de aceite que tenía bajo la silla.
- Molt bé (muy bien) – su voz, ya casi olvidada, lo asustó.
- Sois catalán. Debéis disculparme, no comprendo vuestra lengua, pero la mayoría de los hermanos sí. Esperad – el monje levantó su tremenda humanidad de la silla y desapareció de la celda con la linterna, sumiéndola en una nueva oscuridad.
Volvió al cabo de pocos minutos acompañado de dos monjes con signos evidentes de haber sido despertados con urgencia. No tenía clara que hora sería, pero calculó que entre las tres y las seis de la mañana, pues hasta las tres los monjes tenían la obligación de acudir a las lecturas y a las seis y media comenzaban de nuevo su jornada.
- Germà, ¿qui sóu? (hermano, quién sois) – le preguntó el más mayor de los dos nuevos hermanos.
- Haig de veure al prior (he de ver al prior) – ¿por qué había recuperado una lengua que hacía más de veintiséis años que no había utilizado? – És molt important (es muy importante).
- El prior está descansando, hermano, mañana le espera una jornada muy intensa.
- És important, l’haig de veure ja (es importante, he de verlo ya) – insitió.
- Debéis descansar, lleváis cuatro días en cama y no es aconsejable vuestro esfuerzo. En dos o tres días os encontraréis mejor y podréis ver al prior.
- ¡No! Ha de ser ara, ja no hi seré d’aquí dos o tres dies (¡No! Ha de ser ahora, ya no estaré aquí dentro de dos o tres días) – de manera instintiva se echó sus manos al pecho y recordó que ya no llevaba el estuche de madera – ¿On és el meu estoix? (dónde está mi estuche)
- Tranquilizaos, hermano. Vuestras pertenencias están a salvo, el prior sabe de vuestra llegada y es en sus manos que descansa vuestro estuche.
- ¿No és obert? (¿no se ha abierto?) – los tres monjes se miraron. No tenían ni idea si estaba abierto, pero sabían que sus pocas pertenencias, una figura pagana de madera atada al mismo cordel en el que ellos sólo portaban la cruz y un tubo del mismo material, estaban en manos del prior. La llegada del monje enfermo había revolucionado el monasterio casi tanto como la llegada inminente del emperador.
- Descansad, hermano, os lo rogamos por Nuestro Señor, mañana vos mismo tendréis ocasión de ver al prior Fray Pere Benejam.
- ¿Cuál es vuestro nombre, hermano? – preguntó uno de ellos. El monje los miró y su sonrisa repugnante los hizo retroceder unos pasos. Sintió como uno de sus dientes se desprendió al decir su nombre.
- Fray Ramon.
- Fray Ramon, ¿qué? - preguntaron.
- Paner - susurró con una voz apenas audible que se tragó las piedras centenarias del monasterio. - ¡No es posible! – gritó el mayor de ellos, y salió santiguándose en busca del prior. Fray Ramón había regresado.
Fray Ramón se recostó de nuevo en el catre y se tapó la cara con sus manos, después las colocó sobre el pecho, unidas por sus palmas, y comenzó un canto extraño en una lengua desconocida que los dos monjes no supieron a qué atribuir. Tardó lo que le pareció una eternidad en aparecer el viejo monje por la puerta de la celda, esta vez traía consigo varias linternas de aceite que cargaban unos novicios y que iluminaban los pasos del prior.
Fray Pere Benejam, prior del monasterio, abrió sus ojos enrojecidos por la falta de sueño al ver al monje encorvado por su joroba sobre el catre. A pesar de la mala enfermedad se abalanzó sobre él y lo abrazó. No en vano habían sido hermanos y testigos de la reunión más importante de la historia.
- Hermano Ramón – sollozó el prior –, os creíamos muerto, ¿pero qué os pasado, qué os han hecho?
- Necessito confesió, pare (necesito confesión, padre).
Los monjes se miraron entre ellos, y los novicios, que se habían quedado en la puerta de la celda, no pudieron evitar un murmullo de sorpresa. Luego todos los ojos se dirigieron al prior, que se incorporaba frente a Fray Ramón.
- No tinc temps, germà, si us plau, us ho prego, sé que no tornaré a veure surtir el sol. (no tengo tiempo, hermano, por favor, os lo ruego, se que no volveré a ver salir el sol)
- Salid – ordenó el prior.
Acercó la silla a la cabecera de la cama y pronunció las palabras previas a la confesión. Tenían cuatro horas antes de laudes.
- ¿Teniu el meu estoix? (¿tenéis mi estuche?) – el prior asintió – Bé, allà trobareu lo que heu de saber. Actueu com Déu us dicti. (Bien, allí encontraréis lo que habéis de saber. Actuad como Dios os dicte)
- Així faré (así haré) – le contestó el prior – Comenceu, germà (empezad, hermano).
- Pare, he pecat, sóc un assassí (Padre, he pecado, soy un asesino) – el prior Fray Pere Benejam lo miró con más curiosidad que reproche.
- ¿Cómo podéis decir eso, hermano Ramón?
- Pare sóc culpable d’haver destruït l’obra de Déu, d’haver profanat la seva gran creació, d’haver vessat la sang dels seus fills a l’Edèn dels nostres ancestres (Padre, soy culpable de haber destruido la obra de Dios, de haber profanado su gran creación, de haber vertido la sangre de sus hijos en el Edén de nuestros ancestros) – y Fray Ramón Paner comenzó la confesión por la que había cruzado medio mundo.