diumenge, de març 23, 2014

¿Y yo?

Anoche fui al cine a ver una película de época, 12 años de esclavitud. Una película ambientada en la primera mitad del siglo XIX que trata sobre el drama humano que supuso la esclavitud para los negros en el sur de los Estados Unidos. 

Un hombre negro y libre, que vive en la próspera New York, es secuestrado y llevado al sur donde sobrevive doce años como esclavo. Una buena película, la verdad, pero nada que no me esperara mientras compraba la entrada en la taquilla de la entrada. Drama, latigazos, tristeza, violaciones, violencia, sumisión, locura, horror en definitiva cargado en buena parte sobre las espaldas de los negros que tuvieron la desgracia de vivir en esos días.

Sin embargo, y a medida que avanzaba la película, comencé a tener un sentimiento de angustia que todavía me dura hoy, y que no es otro que el preguntarme qué habría hecho yo de haber pertenecido al bando dominante. Una pregunta que me he hecho en numerosas ocasiones ambientándola en otras épocas, ¿qué hubiera sido yo en la Alemania nazi, en la España franquista, en la Sud África del apartheid, o en tantas y tantas situaciones históricas como edad tiene la raza humana? ¿Qué hubiéramos hecho cada uno de nosotros de pertenecer a la casta privilegiada?

Es muy sencillo criticar épocas anteriores desde la comodidad de nuestras vidas actuales, pero nuestra moralidad contemporánea, ¿aguantaría la presión de la época? Quiero pensar que sí, que yo habría sido un defensor a ultranza de los derechos humanos en cualquier situación, pero todos sabemos que eso no se aguanta por ningún sitio. ¿No habríamos, la gran mayoría de nosotros, actuado exactamente igual a como lo hicieron aquellos a los que detestamos?

En la película de Steve McQueen aparece una escena que la podrían haber rodado hoy mismo, una en que los negros cortan caña de azúcar a machete mientras son vigilados desde un carro por dos capataces blancos. Para los que estéis leyendo este artículo desde fuera de República Dominicana es posible que no comprendáis demasiado bien lo que quiero decir, pero todos los que hemos cruzado un batey con nuestros vehículos de lujo importados, sabemos exactamente que en algunos lugares del mundo no han pasado los ciento setenta años que nos separan del drama de la película. Es cierto, claro, que ahora no se dan cincuenta latigazos al desgraciado que no cumpla, sencillamente se le pagan tres dólares por cada tonelada de caña que recoja a golpe de cuchillo. 

Los negros de la película no pueden huir porque pertenecen a sus dueños, están marcados, y cualquiera que los encuentre tiene la obligación de devolverlos a sus propietarios cumpliendo con el deber de un buen ciudadano. Los desgraciados de hoy no huyen porque con el dinero que ganan no tendrían ni para llegar al batey de al lado para morirse de hambre. La diferencia, eso sí, es que los buenos ciudadanos de hoy no los devolvemos a sus plantaciones para que los fustiguen, pues con ignorarlos desde el aire acondicionado de nuestros vehículos es suficiente. 

Pensaba, mientras veía la película, que el terror comparte las extrañas propiedades de la energía, ni se crea ni se destruye, sencillamente cambia de forma. Hoy, en la mayoría de lugares del mundo, es más liviano y sutil, pero sigue estando ahí, al acecho, esperando el mínimo despiste para apoderarse de lo que le pertenece. Creo que el ser humano no es malo, pero sí social y adaptable. Lo primero que hacen con el protagonista de la película, un músico violinista, un hombre culto, en cuanto lo capturan es algo muy estudiado, desposeerlo de todo aquello que lo hace persona. Su ropa, su dignidad, su comodidad, su idioma, su nombre, sus conocimientos, y entonces se convierte él solo en una bestia de carga. Lo mismo que a nosotros si nos desposeyeran de nuestra barrera social, ¿o no?.

Hace apenas un par de días, en el centro neurálgico de Bávaro, un lugar caótico llamado cruce de Friusa, había un adolescente tirado en la acera, a pleno sol de la mañana, totalmente deshidratado, con la cara hinchada y pústulas en sus labios que reventaban al calor. Por su lado pasaban docenas de personas, motocicletas, coches, camiones cargados de personal, policías, autobuses de turistas, ..., y nadie se paró ni siquiera a ver si el muchacho estaba muerto para recogerlo. Sin embargo, una persona lo vio desde la temperatura climatizada de su coche de lujo, dio la vuelta y regresó. Se acercó con cuidado y lo movió. Lo único que cobró vida fueron las moscas que se alimentaban de la pus que brotaba de sus pústulas. Sin hacer caso a lo que le decían, le tomó el pulso, débil, casi inexistente, y lo movió de nuevo. “Déjalo, qué vaina tienes tú con él”, le gritaban otras personas mucho más sensatas, pero ella, lejos de obedecer, siguió agitando al muchacho hasta que abrió los ojos. No sabía dónde estaba, qué día era, ni qué hacía allí, sólo que su casa estaba en un lugar llamado Pueblo Bávaro, a unos veinte kilómetros de donde se cocía para deleite de moscas y transeúntes, y que no recordaba cómo había acabado en esa penosa situación. La persona lo levantó, le dio agua fresca de su coche con aire acondicionado y lo llevó hasta un colmado, una especie de pequeña tienda donde le compró zumos y un desayuno. Aún con el muchacho reviviendo, la gente la advertía de que lo dejara estar, de que no se metiera en líos. Pero esta persona los ignoró y se quedó con el chico, de apenas quince o dieciséis años, hasta que lo vio más repuesto. Le lavó la cara y le dio cuatro chavos para que cogiera un taxi-moto que lo llevara a su casa. Por un momento pensé que también lo traería a la nuestra..., lo que, si bien he de reconocer que no me hubiera importado, prefiero que no haya sucedido.

Y pensé anoche, en las horas de insomnio post película, que esta gente son el hálito que mantiene a la sociedad vida, gentes que sean de la época que sean, nacen con ese don de vida hacia los demás, esa desobeciencia humanitaria que mantiene la esperanza. Personas que estoy seguro de que no hubieran estado del lado del apartheid, ni de los franquistas, los nazis, los dueños de plantaciones esclavistas o los extranjeros ricos en zonas pobres.

Y sin embargo, el terror se apodera de mí porque sé que no sé de qué lado hubiera estado yo…