divendres, de setembre 28, 2012

La congoja del gato

Hola,

Hoy quiero compartir una entrada en el blog personal de Blanca Miosi, aprovechando que mi último artículo versaba sobre su éxito en Amazon.

Es una reflexión propia de la madurez y la aceptación valiente de uno mismo, por eso creo que vale la pena acercarse hasta los sentimientos que Blanca ha querido compartir.

Espero que os despierten tanto como a mí.



Así fui y así seré


El mundo a través de mi niñez

Hay quienes retienen en la memoria recuerdos del mundo desde los dos o tres años; yo solo tengo pequeños fragmentos desde los cuatro, tal vez un poco menos, ¿pero quién podría saberlo? A esa edad no sabía contar, ni leer, ni escribir… así que apelo a mi sexto sentido.  Mamá fue la figura sobresaliente desde mi infancia, la percibí como la que tomaba las riendas de lo que sería de mí. Papá es una figura secundaria. Aún ahora lo traigo a colación solo cuando es estrictamente necesario, pues estuvo presente en mi vida pocas veces, tal vez en momentos cruciales.  Pero mi vida estuvo llena de momentos cruciales aunque entonces me parecieran cotidianos.

Nunca sabremos los secretos de los padres.  Sobre todo los de nuestras madres. La idea me vino hace tiempo, mientras escribía El manuscrito 1 El secreto, en donde digo: La conocía demasiado como para creer que sufría por la pérdida; creo que cada cual conoce la parte oscura de su madre y…Pero no es así. Hay partes que nunca quisiéramos conocer y preferimos dejarnos llevar por la imagen idílica que nos hemos querido formar de ellas.

Hace poco leí la sinopsis de una novela escrita por María José Moreno, Bajo los tilos. Trata de los secretos que empezó a descubrir la hija después de la muerte de su madre en un accidente aéreo.  Hizo que replanteara la situación que me ha perseguido durante todos estos años. Mi madre forjó mi personalidad a costa de ausencias más que de presencias. De lanzarme al mundo desde muy temprana edad aunque siguiera aferrada y el cordón umbilical que nos había unido estuviera hacía mucho tiempo desgarrado. No fue una madre como cualquier otra, tal vez haya muchas así, no lo sé, pero fue ella la que me tocó a mí y es ella quien marcó mi destino.

A los seis años ya había pasado por el vendaval de la separación de mis padres, tres cambios de casa, con sus respectivos cambios de escuela y el saber que en adelante mamá era el sustento único de nuestras vidas. Mi hermano, yo y ella. Una mujer de veintiún años. Es la cuenta que llevo porque siempre me dijo que yo había sido concebida cuando ella tenía catorce.  De esos primeros seis años tengo recuerdos oscuros. Tengo cinco hermanos de parte de padre, de los cuales guardo recuerdos amables solo de una. Hoy en día tengo muchos hermanos más también de parte de padre de una posterior unión, pero nunca pude retener sus nombres y creo que tampoco sus rostros.  Son como sombras lejanas que alguna vez cruzaron en mi camino. Me han reencontrado ahora, en un mundo en el que es difícil esconderse, y apenas ahora sé que me querían, estimaban, extrañaban o deseaban acercarse a mí. Yo sigo conservando mi línea, tal como mamá siempre dijo: Si quieren que te busquen.  Ellos saben dónde encontrarnos.  Y nunca lo hicieron. Mi padre nos olvidó como se hace con la ropa usada que ya no se necesita y yo me olvidé de él.

Esa parte de mi infancia la recuerdo como mi primera experiencia xenofóbica. En esos días no sabía precisarla, pero vivir al lado de japoneses cuando se es producto de un cruce racial es complicado.  Y sucedía cada vez que por razones económicas tenía que ir a vivir con mi padre, que fueron dos veces durante mis años tempranos. Aunque no fui acostumbrada a recibir mimos, con ellos era la indiferencia absoluta la que me chocó al principio.  Después me acostumbré y la adopté como la mejor manera de enfrentar la vida. O lo llevaría en la sangre, pues mi madre nunca lo entendió. Ella era pasional: de la furia pasaba al llanto con una facilidad asombrosa. Así me fui formando entre dos mundos: el que aprendí al lado de mi padre me enseñó a resistir el que vivía al lado de mi madre. Creo que ha perdurado a lo largo de mi existencia, y es ahora en esta etapa de madurez cuando puedo darme el lujo de exteriorizar mis sentimientos, pero ya no está mamá, ni papá, ni el hombre que me acompañó casi toda mi vida, Henry. Tal vez con él sí tuve algún atisbo de humanidad, pero no puedo dejar de recordar que siempre me decía: “Blanquita, eres como los gatos. Nunca se sabe si extrañas algo”.  Y esa frialdad que me enseñó mi familia japonesa es la que predominó al escribir La búsqueda.

Horas de enterarme de cosas que para otros con solo leerlas resultan conmovedoras, para mí era material de escritura. Y Henry en cierta forma se parecía a mí porque una parte de su infancia transcurrió tratando de ocultar sus emociones para no sufrir, ni extrañar, ni añorar, ni desear. Igual que yo.

Viví en incontables casas, estudié en diez colegios porque me cambiaban a mitad de año, pues debía ir caminando a mi lugar de estudios. Casas de personas desconocidas, madrinas y tías postizas que nunca más volví a ver. Pero cada nuevo sitio era todo un descubrimiento, y en las noches tejía mi propia vida. La adornaba como a mí me gustaba, y vivía en mi verdadero mundo. Conocí mansiones, hogares humildes y también orfanatos. Al final mi madre siempre llegaba a llevarme con ella y se asombraba de que no la recibiera con los brazos abiertos como hacían otras niñas. ¿Pero por qué iba a hacerlo? Si hubiera permanecido un mes más hubiera sido exactamente igual.  Un trozo más de tiempo, solo eso, porque después volveríamos a separarnos. Y así como Henry decía que yo parecía un gato, mi madre siempre preguntaba: “Por qué eres así, Blanca?”

Creo que por hoy es suficiente. No sé si a alguien le interesará leer esto, pero es uno de esos días en los que deseo intimar y al no tener a mi lado a nadie, he decidido empezar a escribir algunas de mis reminiscencias. Tal vez me ayuden a conocerme un poco, porque lo cierto es que cuando veo mi rostro en el espejo veo a una desconocida.

B. Miosi