Cuatro de abril

Hoy es cuatro de abril otra vez, por vigesimoquinta vez, es cuatro de abril. Hoy hace veinticinco años que aquel puto cáncer te venció, que nos derrotó, que nos dejó sin tu presencia.

A partir de mañana mi vida sin ti será mayor de lo que había vivido a tu lado. Nadie debería vivir sin su madre.

En pocos días además voy a tener la edad que tú tenías cuando se te llevaron, y soy tan joven, mama, tan joven que no puedo imaginar lo que supuso para ti dejar la vida en el mejor momento, cuando nosotros ya éramos mayores, cuando podías vivir con tu pareja, cuando teníais, después de un montón de años de andar contando hasta la última peseta, cuatro duros en el bolsillo para disfrutar. La muerte es una mierda, es la peor condena posible, el castigo definitivo, el desastre absoluto, pero la tuya era sobre todo inmerecida, nunca te escuché desear el mal a nadie, siempre defendiendo los motivos de los demás, siempre poniéndote en sus zapatos, siempre enseñándome a ser mejor persona.

Me es difícil recordarte bien, la imagen de tu cuerpo vencido por la enfermedad, tus ojos negros y grandes llenos de tanta tristeza, los meses, días, horas que te arrancaban la vida sin tu permiso están clavados en el fondo de mi corazón y de la memoria. Sólo el no pensamiento permite ir pasando la vida. El recuerdo desgarra porque ni siquiera estoy seguro de haber sido un buen hijo y haber estado a la altura.

Pienso muchas veces en la muerte porque desde que se te llevó forma parte de mi vida como una sombra que anda siempre dos pasos detrás de mí, sueño con ella, me aterroriza, la veo y sé que está ahí, pendiente, y cuando pienso que viene a por mí me da pavor y me acuerdo de ti, de todo lo que te has perdido. 

No has podido conocer a mi compañera, te hubiera encantado, es dulce y también vino de fuera, como tú. Ni a nuestro ahijados ni a nuestro hijo, tu nieto, que es muy especial. Te hubieras muerto de risa al verlo, es muy buen niño, es un trozo de pan y yo no sé cómo hacerlo muchas veces porque no puedo preguntarte.

Mañana hará veinticinco años y un día que no estás con nosotros, aunque en verdad te fueras mucho antes porque nadie debería vivir los últimos meses de su vida como tú lo hiciste. Te fallamos, y la culpa anda pegada al dolor, pero no sabía más, no sabía qué hacer, sólo quería tenerte con nosotros, un día más, un minuto más, y tú lo hiciste, como durante toda tu vida, te jodiste por los demás, nos diste hasta el último aliento. No hay forma humana de pagar eso.

Sabes, lo que más recuerdo incluso por encima de la imagen de tu muerte son aquellas sobremesas antes de que empezara a trabajar, cuando me levantaba tarde y me iba contigo a la cocina, a molestarte mientras hacías la comida y después veíamos Falcon Crest. Me acuerdo que podía hablar de todo contigo, como aquella vez que te dije que ya podía dejar embarazada a una chica y me miraste con cara de saberlo antes que yo. Luego me explicaste… Te pienso siempre al lado del papa, en el sofá, echada en sus brazos después de cenar, con los platos por recoger y los dos quintos sobre la mesa. Mi hermana a un lado y yo al otro, y la Tina, o el Black, en el suelo… 

La vida ha seguido para todos menos para ti, y no nos ha ido mal, porque sólo le va mal al que ya no está, y hoy hace veinticinco años que no te dejaron seguir. Nadie sabe cuánto daría uno por verte un segundo más, por sentirte, escucharte, darte un beso o sencillamente tener una imagen nítida en la memoria. Ayer le explicaba a mi compañera que con cincuenta años lucías un cuerpazo de película, bikini blanco, pamela ancha, gafas de sol, y venías a la cancha de fútbol del camping a verme jugar, o a vigilar que no me metiera en líos, siempre desde un lado, junto a la Merche, pero sin armar ruido, como viviste, como viniste al mundo y como te fuiste, discreta y radiante.

Me cuesta seguir escribiendo porque el nudo y las lágrimas cada vez son mayores. No sabía si escribir esto para mí, para nosotros, o hacerlo público, y sí lo voy a compartir con mis amigos y lectores, porque también escribo novelas, mama, aunque estoy convencido de que lo sabías, y quiero que todo el mundo sepa que desde hace veinticinco años nuestro mundo se oscureció y se hizo más denso, que desde entonces los silencios han sido mucho más profundos, que la muerte me asusta hasta el punto de ni siquiera poder hablar de ella aún habiendo transcurrido tanto tiempo, pero sobre todo quiero que todo el mundo sepa que fuiste la mejor madre que un niño pudiera tener.

Nos quedaron tantas cosas por decirnos, tantas cosas por hacer… que ahora flotan como un halo de mierda siempre a nuestro alrededor. Sé que nunca las escucharás porque los que no somos creyentes ni siquiera tenemos la puta esperanza de vernos en un paraíso de nubes de algodón, pero te prometo que yo sí voy a intentar decirlas.

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