La mirada curiosa


Fotografía: Fernando Baños
Siempre he sentido una curiosidad innata, intensa e incontenible por los demás. No puedo evitar preguntarme cosas de la gente, intentar adivinar sus vidas, qué esconden tras los vestidos de la supervivencia diaria.

No puedo evitar pensar en qué hará tal o cual persona cuando está sola, cuando se acuesta, cuando interactúa con su familia, con su pareja, cuando se masturba, cuando está en el baño, ¿canta en la ducha?, ¿ve vídeos graciosos por Internet o está enganchado al porno?

Cuando entro en una reunión importante, rodeado de políticos o grandes directivos, siempre me los imagino en sus zonas de seguridad, cruzando la puerta de la última habitación que los protege, allí donde ya no son nada más que un cuerpo atado a una mente con los mismos miedos, o no, con los mismos anhelos, o no, y con las mismas necesidades, o no, que todos los demás. Hace muchos años leí en un baño, cuando la gente era libre de la dictadura de lo políticamente correcto y todavía escribía en las puertas de los baños, un poemilla que decía algo como “caga el rey, caga el papa y de cagar, nadie se escapa”, y esta coplilla escatológica es más cierta que la ley de la gravedad newtoniana. 

Reconozco mi voyeurismo, me encanta descubrir los secretos de los demás, y no me refiero a lo que tienen, a cómo viven, a sus gustos, religiones o preferencias sexuales, porque todo eso pertenece a la carcasa de la persona. Lo que me atrae es lo que se esconde detrás de todo disfraz, cómo es el fraile cuando se quita el hábito, cómo queda  la mona cuando ya no viste de seda, cómo son los secretos, ¿tristes o sórdidos? Desconfío de la gente que no habla de su pasado, que no lo incorpora como algo natural a sus conversaciones, desconfío de aquellas personas que en presencia de sus parejas no hablan de según qué, y que van variando el discurso de manera sustancial dependiendo del entorno en el que se encuentran.

Desconfío de los que aseguran haber sido o de los que afirman continuamente serlo, porque esa es la mayor prueba de que ni han sido ni son una puta mierda. Fachada, carcasa y la seda de la mona.

Me gusta compartir con la gente que te mira a los ojos y te dice “aquí está todo, búscalo”, me fascina observar a las personas en sus espacios íntimos, cuando interactúan en un aeropuerto, cómo comen, cómo tratan a sus hijos, la forma en que se abrazan a sus parejas cuando nadie los ve o cuando no les importa un pimiento que los vean. Huyo del escaparatismo, de los que se esconden  tras un cargo, un uniforme, una religión o una bandera. Me acojona el que se envuelve en dinero para que los demás se cieguen con su brillo. Me aterroriza el que siempre sonríe, el que habla en diminutivos, el que es amigo de todo el mundo, el que te pregunta por la familia con una sonrisa mientras su vista ya ha pasado de largo y busca otro objetivo. Quisiera verlos por un agujerito, ver cómo son las vedettes cuando se quitan las plumas, la cara del payaso sin maquillaje, saber cómo se comporta el jefe cuando cuelga el teléfono, ¿te insulta, sonríe, te ignora…?, observar desde un rincón de la cocina al indigente sentado en el apartamento social que le ha donado el ayuntamiento, ¿echa de menos la calle?, estas son cosas que llenan por horas mis pensamientos.

Lo curioso es que de tanto en tanto la vida me premia con sorpresas magníficas como una cena a la que me invitaron hace unos días y donde tuve la fortuna de conocer a alguien y verlo casi por el ojo de la mirilla. Una persona ejemplo de una vida, uno de esos motores cargados en la niñez con plutonio, incombustible, que creció a base de esfuerzo, que ha aceptado sus miserias, que se encumbra en ellas una vez comprendidas, que se ha arruinado y bañado en dinero, que ha tenido verdadero poder en sus manos y ha estado sometido a él, una vida de luces y sombras que muestra con mal disimulado orgullo. Un maestro de esos que a pesar de saber casi todo, todavía pregunta a los alumnos para seguir aprendiendo, esa gente me gusta, con ellos me siento cómodo aunque no tenga nada que aportarles. 

Y por eso a veces, cuando veo alguna de esas películas ridículas de Hollywood en las que un personaje se convierte en espíritu y ve todo lo que ocurre a su alrededor sin interactuar con el entorno, pienso que me encantaría que me pasara a mí, ser yo ese ectoplasma incorpóreo chafardero que todo lo sabe y que a nadie molesta…, aunque si lo pienso bien, creo que hay un problema insalvable, ¡los espíritus no pueden teclear (que se sepa)!

Comentaris

Blanca Miosi ha dit…
¡Me encantan tus reflexiones, Jordi!
Tal vez tu manera de ver la vida y a la gente se deba al innato deseo de averiguar más allá de lo que la gente suele mostrar, porque eres escritor. Y el que escribe (el buen escritor) sabe plasmar esas sutilezas tan difíciles de encontrar en la literatura light de hoy en día.

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