Recuerdos compartidos

¿Qué hacemos con los recuerdos compartidos con alguien a quien no queremos recordar? Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de una separación un tanto traumática que está viviendo una amiga. 

La de ella es una de esas separaciones feas, con reclamaciones absurdas y todos los reproches del mundo. De esas con actitudes desafiantes, chulescas, violentas en las formas, revanchistas, y que acaban con una vida compartida de golpe, pero que no contentas con eso, además la trituran, la incineran y la entierran bajo una tonelada de mierda que han decidido echar encima.

Y por eso hace unos días que me asalta la pregunta de qué hacer con todos los recuerdos compartidos cuando una relación acaba mal.

En mi vida he pasado alguna vez por esto, como todo el mundo, y si bien no fui un ejemplo y cometí errores que hoy me atrevo a pensar que no volvería a repetir, no recuerdo haber sido violento o querer aprovecharme de las circunstancias de la otra parte, porque una cosa es el final y otra dinamitar todo lo vivido. Y aún así no salió bien, porque estas cosas nunca (o casi nunca) salen bien. Recuerdo sí malos momentos, mentiras, falsas expectativas basadas en lo pasado y no en lo que había de venir, recuerdo un vacío infinito, una tristeza brutal elevada a la enésima potencia el día que toca firmar ante notario el final de todo, la prueba definitiva de que la vida como la conocíamos hasta ese día acababa para siempre. Recuerdo el apoyo de la gente, la paciencia generosa de los propios aguantando una y otra y otra vez la misma historia, los mismos comentarios, el bucle sin fin que supone hablar de una separación. Recuerdo llamadas de madrugada, reproches, llantos, acercamientos al entorno de la pareja en busca de cualquier información sobre su estado, vigilias en el coche ante la puerta de la casa cocido en el caldo de la tristeza, la rabia, la curiosidad y la necesidad, pero no recuerdo haber sido violento más allá de algunas palabras que me podría haber metido en ese agujerito de mi cuerpo que nunca (o casi nunca) ve el sol.

Pero recuerdo sobre todo los muchos años que se han necesitado para rehacer esos momentos, esos dolores clavados en el alma que no se curan con una firma ante notario, ni con otro clavo, no…, porque deshacer una vida requiere de mucho más, requiere de tiempo, requiere de la comprensión interna de que ese paso no se da por gusto sino por necesidad, y requiere de entender que sólo tras la desestructuración puede haber creación. Requiere también de mucho perdón, empezando por uno mismo. Una extraordinaria amiga, viendo cómo me castigaba por la situación en su momento, me preguntó qué haría si un amigo mío se separara y hubiera metido la pata, o pensara que la había metido. Me preguntó si cada cinco minutos yo iría a su casa a gritarle desde la puerta lo burro que había sido, lo mala persona en que se había convertido, el monstruo espantoso que había dinamitado una vida perfecta. Me preguntó si tendría la desvergüenza de hacerle eso a un amigo y evidentemente le contesté que no, pero entonces me preguntó “por qué te lo haces tú”, y me pilló. De ahí comencé a perdonar, a  perdonarme, pues no se puede caminar con una mochila cargada de culpa.

Y al tiempo que fui sanando partes rotas en mí mismo, con tiempo y paciencia de los míos, fui recuperando algunos recuerdos de esos que yo también había vivido independientemente de haberlo hecho acompañado. Recuerdos que no sólo pertenecían a una vida en pareja, sino a mi propia vida. Viajes, risas, amigos, escenarios, comidas, conciertos, partidos del Barça y de la Penya, emociones que me pertenecían, que me pertenecen, porque yo decidí vivirlas de aquella forma y que no merecen caer en el vacío de la separación, en el hoyo inmenso que deja la partida de la persona amada, ya convertida en una extraña, o incluso en un enemigo. Es difícil comprender, casi imposible de aceptar, cuando uno está metido hasta el cuello en el lodo infecto de la separación, que la persona que ahora tienes en frente tirando toda la basura sobre ti, al tiempo que tú haces lo mismo con mayor o menor acierto e intensidad, fue la compañía de tus mejores recuerdos…, pero es así, y muy probablemente ésa sea una de las partes más complejas de aceptar en una ruptura, saber cuándo trasmutaron esos momentos en un infierno. A veces hay respuesta, pero la mayoría de ocasiones no la tiene, sencillamente se acaba y ya.

No me refiero, por supuesto, a rupturas trágicas con malos tratos, violencia, y esas barbaridades neardentales, pues ahí quien debe ocuparse son las autoridades y la justicia. Hablo de cuando no se ha cruzado esa línea que nos separa del averno legal y quizá, y sólo quizá, el hecho de poder guardar los recuerdos vividos en una vitrina preferencial de nuestra mente debería ser suficiente para no hacer daño al otro, para no apestar ese campo con el estiércol de la venganza y actuar como personas civilizadas. 

Como decía Plinio el Viejo, no hay un solo libro, por malo que fuera, del que no rescatar una buena frase, y pienso que en la vida ocurre un poco igual, no debería existir una relación, por malo que fuera el final, que no merezca una sutura cauterizada tras la que contener la hemorragia de los recuerdos para que no hayan sido en vano.. 



Comentaris

Blanca Miosi ha dit…
Prefiero las separaciones sin tragedia. No sé si tenga yo una naturaleza demasiado flemática, pero todas las separaciones en mi vida han sido calmadas desde mi lado, al menos.
No logro comprender por qué la gente desea alargar el sufrimiento, el odio, la desdicha, convirtiendo los recuerdos en herencia antinatural para sus hijos o para la misma persona,. Creo que en eso tiene mucho que ver el ejemplo familiar, el ambiente en que creció y el carácter.
De todas las relaciones guardamos momentos agradables. Son las que deberíamos conservar, los malos ratos solo nos deben servir para aprender.

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