dimarts, de juny 19, 2018

Entrevista Revista Contarte

Jordi Díez: “La ventaja de ser escritor es que mientras escribes una historia consigues formar parte de ella





Por Andrea Viveca Sanz
En un apasionante recorrido a través del tiempo, Jordi Díez se introduce en la vida de los pueblos que formaron parte del pasado y los escucha.

Su oído atento convierte en letras lo que aquella gente le susurra a través de documentos o evidencias. Un latido silencioso de quienes han transitado otros tiempos, lo convoca para narrar sus historias. Es justamente por eso que se detiene en lo cotidiano, en las vivencias invisibles de esa humanidad olvidada y les da vida.

Sus palabras definen imágenes que se convierten en fotos de esas voces perdidas en otras épocas, rescatan la historia y la recrean.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor catalán comparte con nosotros su aventura al pasado.


—A modo de presentación ¿Qué relato elegirías para un viaje al pasado en el que fueras el protagonista?
—Hace unos años tuve la fortuna de visitar el museo egipcio del Cairo, y una de las áreas que más me sorprendió fue la zona dedicada a las esculturas de escribas, estatuas de señores vestidos apenas con un delantal, una pluma en la mano y una tabla de escriba sobre sus piernas cruzadas. Ese es el viaje que me hubiera gustado hacer, el de un señor pequeñito, imperceptible, con gafas, sentado en una esquina de la historia tomando nota de todo lo que cree ver y mezclándolo con lo que se inventa. Allí, acurrucado junto a Marco Polo en su viaje al este, Alejandro Magno en sus conquistas, sentado en una silla de cualquier calle de una urbe egipcia bajo el mandato de Akhenaton, mirando por la ventana del taller de Leonardo, detrás de Charles Duke en el lanzamiento del Apolo XI, escribir sobre el amor en el siglo XIX, describir las caras de la gente mientras escuchaban por primera vez La flauta mágica, o ver el desfile de autoridades en el entierro de Newton,… lo cierto es que acostumbro a soñar con estas cosas, a pensar en ellas cuando viajo y quizá una de las grandes ventajas de ser escritor es que mientras escribes una historia de éstas, consigues formar parte de ella.


—¿En qué momento comenzó tu aventura en el mundo de las letras?
—No recuerdo mi vida sin un libro. Desde que apenas tengo memoria de mi niñez siempre he estado con algo que leer en las manos. Cuentos, comics (que entonces se llamaban tebeos), libros ilustrados, de todo. Es algo que no puedo dejar de agradecer a mis padres y abuelos, porque no había fiesta de cumpleaños, reyes o celebración en la que no me cayeran un buen número de lecturas. Con la escritura me atreví más tarde, ya bien entrado en los treinta. A raíz de un momento muy convulso de mi vida y un viaje a Perú, me atreví con la que fue mi primera novela “seria”: La virgen del Sol. Con anterioridad había escrito cuentos, historias para engatusar a alguna novia, esas cosas, pero en el trabajo que supone escribir una novela, el tedio de su corrección, las horas de documentación, en la escritura y soledad que este trabajo necesita no me había metido de lleno hasta bien entrado en la edad adulta.


—¿Cuáles son las grandes temáticas que despiertan tu imaginación para escribir?
—Sin duda lo cotidiano de la gente. No puedo dejar de preguntarme cómo vivían nuestros antepasados, cómo resolvían sus conflictos emocionales, qué los animaba a levantarse cada día. Para mí la vida es de una complejidad infinita, no comprendo nada de ella, y como también me fascina la historia o, mejor dicho, las historias dentro de la historia, no dejo de preguntarme si esta misma situación de desconcierto la vivieron nuestros ancestros. ¿Era más feliz un cantinero en la Roma imperial que el camarero de un McDonalds? Es cierto que todo se ha escrito ya, de hecho, cuando se pusieron a ello los griegos clásicos ya nos dejaron sin temática al resto de la población humana, pero aun reconociendo esto, cada persona es una historia y me gusta imaginarlas. Cuando alguna me llama la atención más de la cuenta, intento escribirla.


—Contanos cómo es el espacio físico en el que tus palabras toman vida para convertirse en historias.
—Por las vicisitudes de nuestra propia vida nos hemos mudado de casa doce veces en estos últimos diez años, así que mi espacio ha ido cambiando continuamente. Por fortuna, o no, en estos momentos parece que esta parte se ha estabilizado y mi querida compañera me ha regalado un lugar maravilloso, un despacho de unos diez metros cuadrados en el que vivo rodeado de libros y recuerdos, y desde cuyas paredes me observan los ojos de Audrey Hepburn, la figura imponente de Caonabó y Anacaona y me muestran burlones sus cuartos traseros Rocinante y el Rucio con sus majestades Don Quijote y Sancho Panza a lomo, en busca siempre de una nueva aventura. Una ventana al jardín delantero de la casa me distrae cuando la pantalla se me hace muy pequeña, o demasiado grande, y sobre la mesa, junto al ratón y el teclado, una botella de dos litros de agua compite en altura con la computadora, de la que cuelgan dibujos hechos por nuestro hijo, y con la cantidad de material que uso para documentarme. Hojas impresas, libros, notas, papeles y papeles que se apilan a la izquierda del teclado bajo una lámpara de flexo anudada al extremo del escritorio, y en el techo un ventilador que remueve el aire caliente del Caribe.


—¿De qué manera surgen tus personajes?
—Antes de meterme en este mundo de la escritura, recuerdo que a veces escuchaba a los autores decir aquello de “mis personajes cobran vida”, o “mis personajes me hablan y me buscan”, y yo, mientras oía semejantes afirmaciones, pensaba que los autores eran tipos con un ego y una tontería que no cabía ni en una edición millonaria de sus novelas. Si el personaje lo creas tú, ¿cómo va a cobrar vida? Lo del ego debo reconocer que se ajusta a algunos que conozco, pero eso de la vida propia de los personajes es una realidad absoluta. Los personajes no surgen, te llaman. Es como en esas películas en las que sólo el protagonista es capaz de ver algo mientras los demás lo tratan de loco, algo así ocurre con los personajes y los autores, o con algunos de nosotros por lo menos. Después, a medida que estos personajes se perfilan en las letras, ellos mismos te explican cómo son y qué quieren hacer. La inteligencia del autor creo que se basa justamente en entender esos diálogos y trasmitirlos al papel. También creo que estos síntomas deben estar perfectamente tipificados en los manuales de medicina moderna bajo algún nombre derivado del griego o el latín.


—¿Cómo fue el proceso creativo de “La virgen del sol”?
—A principios de siglo realicé un viaje al Perú incaico acompañado de un grupo de personas maravillosas, unas gentes de una libertad de espíritu y de vida como yo jamás había disfrutado. Un grupo de amigos que decidíamos, entre otras cosas, la ruta del día mediante la oscilación de un péndulo de cuarzo sobre un mapa de la zona, de hecho, fue un viaje tan maravilloso que, en el valle del Urubamba, camino a Machu Pichu, comprendí por primera vez el significado de una epifanía. Además, coincidió con un momento turbulento de mi vida y decidí que debía dejar por escrito todo lo sentido durante el viaje. Poco a poco, lo que pretendía ser un cuaderno para el recuerdo propio fue mutando a una historia con personajes que se convirtió en una novela tras muchas, muchas, muchas horas de escritura y un par de viajes más al Perú, en los que me pude documentar in situ de las historias que habrían de vivir los buenos de Nuba y Nemrac y los incas Pachacutec y Tupac Yupanqui.


La Virgen del Sol es una novela sencilla que esconde muchos secretos y que no son pocos los lectores que me escriben para decirme que en cada relectura de la misma descubren una nueva enseñanza. Es una novela mágica que se gestó en un momento único de mi vida.

—¿Qué nos podés contar de “El péndulo de Dios”?
—Esta novela es del todo diferente a La virgen del Sol. Es un entretenimiento, una aventura para pasarlo bien, un thriller alejado de la reflexión personal, aunque también haya de eso en sus páginas. Es mi novela Best Seller, con un par de cientos de miles de ejemplares vendidos. Es la única traducida a varios idiomas y fue el libro más vendido en español por meses tras publicarlo en la plataforma Amazon. Es una historia que habla del miedo a la muerte, de hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para conseguir la tan ansiada inmortalidad, una aventura que arranca en los primeros años de nuestra era y que acaba en nuestros días. Es una novela que deja mucho trabajo al lector, pues no viene masticada, y que lo obliga a trazar ciertos pasajes de la trama a través de las pistas y las historias de la novela como ocurre con los protagonistas de la misma.
Hace unos meses se publicó en italiano y un grupo de lectura, tras escogerla como libro del mes, me hizo saber que la fuerza de la trama recae en los personajes femeninos de la historia, siendo por contra el protagonista un tipo que pasa sin pena ni gloria. Me gustó porque me vi reflejado inmediatamente en Cècil, el protagonista de la misma.
También hace apenas unas semanas que se ha publicado en versión de audiolibro dramatizado, y la sensación que uno tiene al escucharla es que va a entrar en una gran aventura.


—¿Cuál es el hilo conductor de “Anacaona”?
—Anacaona es mi última novela, Anacaona, la última princesa del Caribe, y es sin duda alguna la que más trabajo me ha costado escribir. En ella se narra el desembarco de los primeros conquistadores en la isla de la Hispaniola, los actuales Haití y República Dominicana, sin embargo creo honestamente que no es una novela más sobre el descubrimiento, sino que es la historia que no se había contado hasta ahora, o que por lo menos yo no he sabido encontrar, y que no es otra que la visión de la conquista no sólo por parte de los invasores, sino también desde los ojos de los taínos, los aborígenes que vivían antes de la llegada de los colonizadores. Todos hemos leído y escuchado las historias de que los españoles engañaron a los indios con cristalitos y espejuelos a cambio de oro, de las hazañas de la conquista y del valor, que sin duda lo tuvieron, de aquellos locos que se embarcaron en tres cascarones para cruzar el océano Atlántico, y sin embargo nadie sabe ni siquiera cómo se llamaban los padres o los hijos de los mandatarios que encontraron en la isla, más allá de cuatro nombres concretos y de lo que los historiadores han podido rescatar de algunos restos arqueológicos. Nada o muy poco se sabe de aquellos hombres y mujeres a los que finiquitaron como pueblo, como cultura, como seres humanos.

Anacaona fue una de esas personas, la hermana de uno de los jefes territoriales y posterior sucesora tras la muerte de su hermano. Una mujer que dicen fue la Semiramis del Caribe, que fue esposa de otro cacique, Caonabó, el más beligerante con los conquistadores, que aprendió español, así como a leer y escribir, que fue objeto de deseo de los conquistadores por su belleza y que al final de su vida acabó siendo la cabecilla de la una gran rebelión en contra de ellos. Una vida de película que he intentado desgranar en esta novela.
Como decía, es la novela que más me ha costado escribir y la que más me emociona al hablar de ella, quizá por la cercanía temporal con la historia, y que he podido documentar y narrar en primera persona desde todos los escenarios descritos en la novela.

—¿Ya estás pensando en el escenario para una próxima historia?
—La verdad es que en estos momentos tengo tres novelas empezadas, las tres muy diferentes entre sí, pero con las que no consigo enganchar con la pasión que requiere la escritura… y si el propio autor no siente esa pasión, difícilmente podrá trasmitirla al lector, así que tengo muchos escenarios, muchos pensamientos, pero en los que en ninguno de ellos me siento cómodo aún. Ahora es cuestión de avanzar despacio, de transitar atento hasta que las voces de los protagonistas me llamen y no me quede otra opción que escribir sobre ellos para que me dejen tranquilo.


—¿Cuál sería la fotografía de un sueño por cumplir?
—Cualquiera que me hagan dentro de cien años y aún me queden dientes para sonreír.


Nació en Terrassa, Cataluña, fotógrafo y viajero aficionado, ha recorrido numerosos entornos de medio mundo y América Latina hasta establecerse en la zona caribeña de República Dominicana, un lugar hermoso y acogedor en el que combina su trabajo en el sector turístico con la escritura.

Jordi Díez

Su primera novela, La virgen del Sol (Ediciones B, 2007), ambientada en la expansión del imperio Inca precolombino, y documentado a golpe de viaje, se convirtió en un bestseller internacional cosechando excelentes críticas por parte de la prensa especializada y los lectores.
Su segunda novela, El péndulo de Dios, un thriller trepidante y adictivo, alcanzó docenas de miles de descargas en Amazon.com y permaneció por más de un año entre los libros más descargados en lengua española de la plataforma. En 2012, la editorial española Ediciones B, la publicó bajo su sello B de Books. En la actualidad la novela está siendo traducida a varias lenguas.
La que es su última novela, Anacaona, la última princesa del Caribe, narra la conquista de la isla de la Hispaniola desde el punto de vista de los taínos, los aborígenes que vivían en ella, y que debieron enfrentar a un invasor terrible y muy superior tecnológicamente armados tan solo con su valor. Una historia de una de una fuerza vital tan brutal que encogerá los corazones de sus lectores.
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