divendres, de juny 26, 2015

Jordi Díez y su obra en La web del escritor social

Hace unos días, el escritor Rubén Espino, en su página LA WEB DEL ESCRITOR SOCIAL, hizo una reseña sobre la novela La virgen del Sol que me avergonzó y sorprendió más incluso de lo que le agradezco sus palabras. Como me pareció una reseña sincera y muy bien estructurada (perdón por la vanidad mal fingida) sobre mi persona y mi obra, no puedo dejar de compartirla.

Rubén, infinitas gracias, eskerrik asko Taldekide.

COMENTARIOS PREVIOS

Razón tienen quienes defienden, y me incluyo, que muchas de las obras de escritores/as independientes en nada desmerecen la calidad de las que nos llegan a través de autores/as consagrados/as en el mundo editorial y comercial tradicional. La mayoría de quienes defienden lo anterior, también son lo suficientemente realistas y objetivos como para reconocer que entre el grano también se cuela mucha paja, y que el filtro de la literatura independiente es evidentemente menor que el estrecho embudo editorial. Desde mi última reseña en esta sección, cuatro libros de autores independientes han caído entre mis manos, y unas cuantas novedades de autores top ventas del mercado editorial, que no lo son por casualidad, sino porque escriben bien, y transmiten mejor. La consecuencia lógica de lo expuesto en el párrafo anterior es que la expectativa de acierto en el primero de los casos baja considerablemente, algo que no me retrae ni me frustra, sino que me tomo como una auténtica aventura literaria.

Digamos que comerme un Ferrero Rocher, incluso dos, hasta tres, puede ser un buen regalo para el paladar, pero si mi selección de repostería se restringe siempre a esos milagrosos bombones que convierten a los mortales en aristócratas, el tedio y la monotonía acabarán por empalagarme. Prefiero, siguiendo la metáfora, ese otro surtido más asequible y variado, que deparará seguro alguna que otra decepción, pero que me genera la expectativa de encontrar una auténtica delicia, y puede que incluso el licor de lo prohibido en su interior. Pues bien, antes de que la metáfora me lleve a algún callejón del que no sepa salir, diré que descubrir la obra de Jordi Diez ha sido como encontrar el bombón que llevaba tiempo esperando para ocupar un nuevo espacio en mi ya no tan joven web literaria. Para que entendáis de una manera más visual y prosaica lo que me ocurrió con este escritor y su primera novela, imaginadme recostado en mi cama, con mi Papper White entre las manos, mi mujer a mi lado haciendo lo propio (Ella con el suyo claro, que lo de compartir si hay suerte viene después), y en una de esas yo levanto la cabeza y le digo:

-Joder Estibaliz, este tío escribe muy bien.
-¿Quién es?
-Jordi Díez.
-No le conozco, ¿es independiente?
-Sí.
-¿Y por qué no habría de escribir bien? ¿No eres tú defensor de los independientes?
-Sí claro, es solo que arrastro alguna que otra decepción.
-Yo también -me dice ella con una novela de Zafón entre manos, autor que parece no entusiasmarle demasiado, y que para mí es elección segura, razón por la cual se lo recomendé.

Cabe añadir para ser fieles a la verdad, que el encasillamiento de Jordi Díez como escritor independiente no es del todo correcto, al menos no desde sus inicios. Su primera novela, la que hoy reseñamos en este artículo, fue publicada con éxito a través de una Editorial, mientras que con su segunda novela, de la que también daremos alguna pincelada, el autor acabó tomando el camino de la publicación independiente, un camino que, tras la experiencia vivida, Jordi Díez defiende como su clara opción de futuro.

CONOCIENDO AL AUTOR


Nos cuenta su biografía que Jordi Díez es escritor, profesional del turismo, aficionado a la fotografía, y un enamorado de los mil y un rincones de América Latina, rincones especiales como los que le inspiraron e incitaron a escribir su primera novela, La virgen del Sol, mi última lectura y la protagonista de este artículo. Jordi nació en Terrassa, Catalunya, hace 45 años, pero fueron su espíritu inquieto y sus ganas de conocer nuevos horizontes los que le obligaron, 37 años después, a abandonar su país y alejarse del Camp Nou, para arribar al continente americano. Ahora, en otro rincón caribeño de la República Dominicana, Punta Cana, compagina la dedicación a su familia, con su trabajo como directivo en una empresa del sector turístico, y con la que espera que pueda llegar a ser también su profesión, la escritura.

Reconozco que cuando descargué su primera novela en mi libro electrónico lo hice sin tener la más remota idea ni de quién era Jordi Díez, en la acepción más personal del verbo ser, ni de cómo escribía. A lo segundo ya le he puesto remedio, y lo primero lo he intentado resolver de la mejor manera en que uno puede hacerlo sin tomar un avión que cruce el atlántico, a través de los artículos, entrevistas y vídeos accesibles en internet. Todo ello a mi me ha hablado, primero que nada, de una persona apasionada por la creación literaria, un paranoico leve como él diría, capaz de visualizar historias donde otros solo ven rutina, donde otros solo ven ruinas. Y si me permitís remarcar un solo aspecto más de su personalidad, porque es una cualidad para mí muy importante, no porque pretenda sicoanalizar a nuestro invitado, diré que he descubierto a una persona con un agudo e inteligente sentido del humor, resaltado aún más si cabe por su personal acento catalán.

Comenta Jordi Díez que en su vida, desde muy niño, siempre han estado presentes los libros, pero que ha acabado siendo la literatura latinoamericana la que le ha marcado en mayor medida en su evolución como lector y escritor. Sin dejar de acordarse de autores como Vargas Llosa, Rulfo, Isabel Allende o el gran Cortázar, no puede evitar señalar por encima de todos a Gabriel García Márquez y su obra maestra Cien Años de Soledad, de la que dice llevar siempre un ejemplar encima.

No voy a reproducir todo lo que Jordi Díez ha dicho en sus entrevistas e intervenciones porque sería no solo poco original sino probablemente plagio, y porque os voy a adjuntar a continuación los enlaces a algunas de ellas. Sí quiero reflejar aquí algunas de sus opiniones, que enlazadas creo pueden resultaros muy interesantes. Asegura Jordi que solo puede escribir quien tiene algo que contar más allá de lo banal, quien es capaz de superar la soledad, la frustración, y el enfrentamiento personal que esta actividad a menudo conlleva, quien distingue la magia en lo cotidiano, y opina además que un escritor sin lectores es como una tarta sin comensales, como una canción sin auditorio, como “ser así de bonito y no tener novia”.

En fin, a Jordi Díez por suerte, no le hacen falta novias, ni le falta quien le lea, nada de extrañar diría, a poco que se le conozca, a poco que se le lea.

ENLACES DE INTERÉS


Página web y blogs del autor

14 de agosto de 2012 - Entrevista a Jordi Díez en el blog “El Color De Las Palabras”

24 de noviembre de 2013 - Intervención de Jordi Díez en el “Miami Book Fair International”

LA VIRGEN DEL SOL


Esta obra se publicó en el año 2007 a través de Ediciones B, se encuadra en el género de novela histórica, y está ambientada en el período de mayor expansión del imperio inca, unos 100 años antes de la llegada de los conquistadores. Cree el propio autor que, siendo su primera novela, se percibe en sus letras cierta ingenuidad, aunque bien sabido es que la insatisfacción bebe del perfeccionismo, y que, salvo que se tenga un ego desmedido, o se haya tenido la infinita suerte de nacer en Bilbao, no es aconsejable que un autor critique su propia obra.

Como no podía ser de otra manera, porque en caso contrario esta reseña no habría visto la luz, a un servidor la novela le ha gustado mucho, y os la recomiendo con la tranquilidad de no ir a defraudar a nadie que disfrute del género y de la narrativa de calidad, con mayor o menor dosis de ingenuidad, dícese frescura. Si mi solo criterio no os ofrece todas las garantías que buscáis a la hora de seleccionar vuestra próxima lectura, podéis reparar en los más de 40.000 ejemplares que en pocos meses se vendieron en el Estado Español y América Latina, o en el hecho de que una Editorial de peso como Ediciones B apostara por la primera novela de un escritor entonces aún novel.

La novela nos transporta al Imperio del Sol, a las tierras del Inca, y nos sumerge a cada página en la espiritualidad de una cultura milenaria, a la vez que desconocida para muchos de nosotros y nosotras. En una pequeña y remota aldea del imperio, un sacerdote señala a Nemrac como la elegida, una Hija del Sol. La niña, junto a sus padres Nuba y Airún, emprende un camino jalonado de fatalidad, superación y crecimiento espiritual, hacia el Templo del Inticancha, donde su destino le espera. Todo ello sucede en tiempos de conflicto y expansión del Imperio inca. El emperador Yupanqui Pachacutec y su hijo Tupac Yupanqui tratan de sortear la profecía que vaticina la desaparición de su pueblo, y las violentas consecuencias del divino mandato exigirán a Nuba, a Nemrac y a todo el Pueblo del Sol superar sus límites humanos y terrenales. Entre los personajes protagonistas quiero destacar a Nuba, por ser el que con más arraigo y nitidez se ha fijado en mi memoria lectora, y entre los personajes secundarios me quedo con la luz de Xasca, una de esas personas a la que todos querríamos conocer en los momentos difíciles de nuestra vida. Solo me queda dar mi más sincera enhorabuena a Jordi Díez por la obra aquí reseñada, que se convierte además en la mejor carta de presentación de sus nuevos trabajos literarios.

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OTRAS OBRAS DEL AUTOR

No habiendo leído ningún otro trabajo de este autor, no voy a extenderme ni voy a restarle protagonismo a la obra en esta ocasión reseñada, pero sí creo apropiado dar al menos alguna pincelada del resto de su obra publicada o en fase de producción. El día que Jordi Díez visitó la tumba del rey Pere en el monasterio cisterciense de Santes Creus comenzó a fraguarse su segunda novela, El péndulo de Dios. Dice su autor que se trata de “una novela ágil, de prosa más rápida que la de su primer trabajo, con una temática que intenta ser adictiva y cuyo único fin es que el lector disfrute leyéndola”. Un thriller de los que a él le gusta leer, reconoce el autor. Docenas de miles de descargas en Amazon fueron las responsables de que en 2012 la editorial Ediciones B volviera a interesarse y publicar la obra de Jordi Díez. En la actualidad la novela está siendo traducida a varias lenguas, y su sinopsis desvela lo siguiente:

¿Por qué no existe ninguna prueba física de la existencia de Jesús? Durante siglos, una comunidad nacida de los esenios ha intentado mantener en secreto la única prueba de la vida real de Jesús... hasta ahora. Cècil, un auditor de proyectos humanitarios en el tercer mundo, se ve envuelto en un asunto de tráfico de antigüedades que lo llevará tras los pasos de Azul Benjelali, un antiguo amor experta en lenguas antiguas, y que está a punto de descubrir el secreto que ha permanecido en silencio por miles de años. Con la ayuda de Mars, una misteriosa colombiana, Cècil comienza una carrera contra reloj que lo llevará de una clave a otra tras los pasos de los esenios, los romanos, los templarios, los almogàvers, las tropas borbónicas y los nazis, y que nos mantendrá en vilo desde la primera página en un rompecabezas que deberán resolver si no desean que el secreto caiga en las manos equivocadas que lo han perseguido durante siglos. La eterna lucha del hombre por dominar su tiempo, la ambición y la generosidad, la esperanza y el miedo, las dos caras humanas enfrentadas por el poder a lo largo de dos mil años.

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Paralelamente Jordi Díez también ha colaborado con algunos cuentos como El Reloj (2012) o ¡Guaneró! (2013) en la revista “El hombre de Mimbre”. Y por último debemos hacer mención a su actual proyecto literario, una nueva obra aún sin título cuya idea y argumento se gestaron en la playa del Rincón, en el norte de la República Dominicana, en una de las playas más hermosas del mundo, según confiesa su autor. Jordi Díez nos desvela que un guerrero, un héroe injustamente olvidado, cuando no parodiado, de la resistencia anticolonial, será el protagonista de su ambiciosa y emocionante nueva novela.

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dissabte, de juny 06, 2015

La felicidad del pirata


Habíamos quedado a las ocho de la mañana en la playa de Bibijagua, una de las pocas playas públicas que quedan en la zona turística de Bávaro, y desde donde navegaríamos a bordo de un catamarán hasta la zona norte del país, hasta la hermosa bahía de Samaná. El catamarán, de 42 pies de eslora (unos 14 metros), necesitaba algunas reparaciones menores que se corregirían en el astillero de la empresa en Samaná, a unas sesenta y cinco millas marinas, apenas 120 kilómetros, y que calculamos que haríamos en unas seis horas de travesía.

El mar, magnífico, plano como un plato, con olas fuera del arrecife de apenas tres o cuatro pies, estaba perfecto para navegar, y el cielo, seminublado, auguraba una travesía descansada del sol acuciante con que cada día se castiga esta tierra, así que apenas subimos todo lo necesario al barco, bebidas, refrescos, agua, cervezas y vino, pan, embutidos, nachos, salsa de tomate, y cosas otras de barcos que quizá no fueran tan necesarias, como sogas y similares, partimos con viento de estribor.

El primer tramo consistió en sacar el barco a golpe de motor de la barrera de arrecife que protege una buena parte de las playas de Bávaro, preciosas, majestuosas, saturadas, prostituidas, casi desaparecidas, explotadas y violadas por los mismos que pagan mi salario mes tras mes, y que las llenan (llenamos) de turistas procedentes de todo el mundo en una orgía de lenguas, nacionalidades, texturas y colores de pelo, de piel, de ojos, acentos y costumbres que se unen bajo una única bandera: sol, cerveza, relax y sexo. Cuando lo pienso, es realmente triste que un lugar con una riqueza cultural y natural tan amplia se simplifique en estas cuatro cosas a las que quizá deberíamos añadir la música, pero la verdad es que para un catalán que ha visto desde su nacimiento sombreros mexicanos, toros y flamencas inundando las tiendas de souvenirs de Barcelona, a veces la inmundicia turística pasa desapercibida…

Decía que el primer tramo consistió en bordear la costa de Bávaro hasta abandonar el arrecife, más o menos a la altura de Macao, y adentrarnos en mar abierto sin perder jamás de vista la costa, ni la cobertura del teléfono móvil, lo que si bien por una parte le resta algo de emoción al viaje, garantiza que podamos subir las fotos al FB o Instagram.  

Una de las cosas que más ilusión me hacía antes de embarcar, además de la propia travesía, era compartir de nuevo unas horas con Enzo, nuestro capitán, un tipo extraordinario. Enzo, de edad indefinida (no sé si tiene ciento cincuenta años, cien o cincuenta), es un niño pequeño, un híbrido entre Peter Pan y Anne Bonny, preñado con el entusiasmo de Marco Polo y la responsabilidad (en tierra) de Charlie Sheen. Un personaje del que me siento feliz de conocer. 

Apenas llegando a la altura de Nisibón le pedí que me dejara pilotar el catamarán, y Enzo, tras las burlas obligadas al grumete, me entregó el timón. Siéntelo, siente como vive en tus manos, me decía, siente como has de dominar el barco antes de que comience a virar, y yo, torpe como un armadillo con el cubo de Rubik, me esforzaba por sentirlo. No era la primera vez que pilotaba un barco, ni siquiera un catamarán de esas dimensiones, pero sí era la primera vez que lo hacía junto a Enzo, junto a una persona que se vio atrapada con su velero en el canal de Suez en plena guerra de los seis días, arropado por las bombas que volaban desde ambas orillas y que pasaban por encima de las embarcaciones que esperaban para cruzar al otro lado del canal. Iba a Madagascar, “solo a ver Madagascar”, me explicó cuando le pregunté qué hacía por allá y argumentó con el mejor motivo del mundo para moverse, pero allí, sentado en la cubierta de su velero, mientras observaba las trazadoras de las baterías egipcias e israelíes, decidió dar media vuelta, regresar al Mediterráneo y marchar a Brasil a tiempo de llegar a los carnavales. 

Enzo se colocó a mi lado justo cuando comenzó a soplar una ligera brisa sureste-oeste que levantó en el mar unas pequeñas olas de seis o siete pies, entonces se puso como un loco, como un niño al que le regalan una pelota, como Messi cuando recibe una asistencia de Xavi que lo deja en franca ventaja, como un escultor ante una veta perfecta, ¡surfea las olas!, me repetía, ¡siente como entran por la popa y te llevan a babor, siente como ganamos dos nudos al caer!, y yo, que me entraba la ola por detrás moviendo todo el catamarán, ni sentía que ganábamos velocidad, ni nada más que el barco se mecía al ritmo de las olas como en cualquier otro momento de la travesía. Aguanté un rato más al timón y se lo devolví, y ay, amigo, ¡cómo se puso Enzo! Agarró la circunferencia metálica radiada y comenzó a levantar el catamarán y a dejarlo surfear sobre las olas como si fuéramos una tabla en una playa de Hawái o de Cabarete, levantaba la popa a las olas que lamían los maranes desde atrás hasta que la espuma se deshacía en la parte delantera del barco, y mientras Enzo gritaba y me guiñaba un ojo cómplice, vivo, ardiente y virgen como el de un niño.

Fueron unas horas maravillosas en las que ni siquiera su cuerpo arrugado y envejecido pudo contener al infante que llevaba dentro, al explorador, al astronauta, al navegante, al aventurero con un cuchillo atado a la cintura y cicatrices suficientes como para competir con las arrugas que lo visten. Me sentí feliz y miserable al mismo tiempo, abrumado por la felicidad ajena, estúpido al comprender, una vez más, que esos momentos de felicidad sólo dependen de nosotros, de nuestra capacidad de asombrarnos, de nuestras ganas de disfrutar las sensaciones más sencillas y que es nuestra obligación ir a cazarlos en nuestro tiempo por todo el planeta. Leía ayer en el blog de una amiga muy querida que el amor no existe, sino solo las muestras de amor, y creo que lo mismo podemos aplicar a la felicidad: la felicidad no existe, solo los momentos felices. 

Llegamos en la tarde, entramos por el canal que queda entre los cayos y la costa, y bordeamos el más famoso, el Cayo Levantado, hasta la bahía de Samaná, una de las diez bahías más hermosas del mundo, dicen…



¡Grazie mile, Capitano!

dimecres, de juny 03, 2015

Un senyor de Terrassa



El fútbol es algo extraño, un juego absurdo en el que veintitantos tipos corren detrás de un balón con la finalidad de meterlo dentro de una red. Un deporte, dicen, pero que sin embargo está conectado a las emociones más primitivas sin pasar por el mínimo filtro del cerebro y que hace que, viendo imágenes como estas, yo personalmente me emocione.

Solo me hubiera gustado ver a mi vecino vistiendo la camiseta de la selección catalana liderando una fase de clasificación para un mundial, y disputándolo, como cualquier otro país normal, pero eso se lo dejaremos a Messi.

Gràcies, Xavi, per haver-te fet gran i ric fent-nos sentir a nosaltres que en formàvem part. Gràcies per haver fet d'una feina una vida de passió.