divendres, de desembre 26, 2014

Por la boca muere el pez

Tengo la fea costumbre de hablar de más. Ya mi padre me decía, cuando yo era niño, que contara siempre hasta diez antes de hablar y que por la boca moría el pez, dos consejos que apenas he podido realizar a lo largo de mi vida.

Tengo lo que se llama, en términos médico-científicos, “incontinencia verborreica”, una enfermedad no contagiosa que hace que opine de más, compare de más, piense de más, y sobre todo, hable de más cuando nadie me lo pide.

Los ejemplos que recuerdo son múltiples, algunos para enmarcar como aquella vez que acompañé a un amigo a comprar hachís para unas vacaciones y nos metimos en uno de los peores barrios de Sabadell en busca del tugurio del camello, un apartamento en una cuarta planta sin ascensor de un edificio con las escaleras tan estrechas que ni siquiera podían pasar dos personas a la vez. Llegamos al párquing del lugar, un espacio sucio, lleno de grafitis, de tipos tirados por la calle, sentados en los escalones de los bares, olor a orines y miradas nerviosas, y recuerdo que le dije a mi amigo que nos diéramos prisa porque al bajar de casa del camello no encontraríamos de mi coche ni las ruedas, no sin antes añadir que jamás en la vida, “aunque me pagaran dinero”, viviría en un lugar como aquél. Ay, amigo, al cabo de unos años me divorcié quedando en una situación económica tan precaria que el único lugar al que tuve acceso para iniciar una nueva vida fue al apartamento que había justo debajo de la casa del camello…

Otra vez, de más pequeño, con unos doce o trece años, recuerdo que salía de la escuela los martes y los jueves para ir a judo, y algunas de las veces acompañaba a un profesor de literatura que se llamaba Jordi, como yo, si bien todos lo llamábamos “el barbas”, porque me dejaba entrar en su casa y quedarme un rato entre sus miles de cómics y libros, algo que me fascinaba por encima de mis posibilidades. Una vez le dio por cambiar la ruta y entramos en un comercio, concretamente en una escuela de inglés, y se puso a hablar con la recepcionista. A la salida le dije que no había visto una mujer más fea en mi vida, además de añadir un par de bromas sobre los atributos de la chica. Quizá hoy me hubiera dado cuenta, pero entonces no supe verlo hasta que me dijo, con voz entre trémula y áspera, que aquella era su esposa.

Tengo más, una vez mi padre trajo a cenar a casa a unos amigos de su trabajo, una pareja bien curiosa, él, con unas gafas enormes que le conferían un aspecto de rompetechos siempre perdido, y ella, flaca hasta la doblez de los miembros, que casi no hablaban pero no paraban de fumar caliqueños, unos cigarros puros caseros que se lían de hojas de tabaco repugnantes y que huelen a mil demonios. Durante la cena la chica me preguntó por mis estudios y me dijo que ella tenía no recuerdo cuántas carreras universitarias. Yo le dije que estudiaba administración de empresas en la academia Ramar y entonces me preguntó por uno de los profesores de la misma. Justo el tipo que me había expulsado de todas sus clases apenas unos días antes. Por supuesto le dije que era un tal y un cual, y patatín patatán ante el estupor de mis padres. Resultó que el tal profesor era el padre de la fumadora compulsiva de caliqueños con no sé cuántas carreras universitarias…

Son muchos los ejemplos que podría poner, pero hoy he comenzado este post porque sabía, en el mismo momento que lo dije, que aquella vez había vuelto a hablar de más, y así ha sido.

Hace ahora un año tuve la inmensa fortuna de ser invitado a la Feria Internacional del Libro de Miami y participar en unas charlas de autores hispanos independientes. En esa charla hablé de nuestro compromiso y responsabilidad por hacerlo bien, por publicar bien, por corregir y editar lo mejor que supiéramos, y puse como ejemplo a la grandísima escritora Antonia Corrales y su obra “En un rincón del alma”, súper ventas en español con miles de ejemplares vendidos y cientos de comentarios de lectores entusiasmados (y a quien pido mil disculpas por la desafortunada mención), pero que al intentar el acceso al mercado anglosajón con su obra había sufrido una mala traducción y los lectores la habían destrozado. Después de esto me puse de ejemplo diciendo algo así como que yo daría la traducción a una agencia profesional, etc etc. Bla, bla, bla con la boca llena…

Es cierto que lo hice, encargué mi traducción a profesionales y pagué una cantidad importante por tener mis letras en inglés. Sin embargo en la traducción faltó un capítulo, un capítulo completo desapareció en el camino que separa la versión española de la versión inglesa. Reseñas como que el libro tenía fallos graves de edición, que necesitaba una revisión, que la historia era buena pero que habían lagunas en la trama, me llevaron a descatalogar The pendulum of God y darlo a revisar a otra profesional, quien advirtió la falla.

Hoy mismo he vuelto a poner la novela en venta, pero no puedo evitar decirme a mí mismo en ocasiones como esta aquello tan famoso del “¿Por qué no te callas?” 

dimecres, de desembre 24, 2014

Son estos unos días complicados...

Son estos unos días complicados..., unos de esos días en que por fuerza parece que la humanidad completa deba pasarlo bien bajo pena de deshumanización, como en esos mensajes absurdos que a veces se aparecen en los muros feisbuquianos advirtiendo de que si no los compartes con equis personas, las siete plagas de Egipto caerán sobre tu cabeza. Pues en estos días parece que a aquellas personas a quienes no les agradan las multitudes, los excesos, las celebraciones, el gasto desmesurado, o que simplemente se sienten incómodas ante el bullicio y la felicitación, deban padecer las siete plagas famosas y alguna más de regalo.

Yo soy una de esas personas.

No me siento cómodo en la felicitación, no me gusta que me regalen cosas obligadas, no me gusta que dirijan mis sentimientos ni mis estados de ánimo, no soporto las multitudes (trabajo tengo para soportarme a mí mismo…) y no comprendo que cientos de miles de personas al unísono celebren una serie de mentidas enlazadas por la historia y azucaradas por el celuloide hollywoodiense como si fueran una verdad universal tan o más profunda que la Sagrada Constitución Española.

No me gusta ver a la gente gastando lo que no tiene, o lo que le ha costado un esfuerzo enorme por conseguir por el simple hecho de que es tradición, ni me gusta que algunos comercios y negocios se hagan de oro curando el gen sentimentaloide de la masa. No me gustan los chantajes emocionales de los aguinaldos y las mordidas. No me gustan las películas de Santa Claus, no me gusta que el personaje usurpado de otras tradiciones vista de rojo por una campaña publicitaria, no me gusta decirle a mi hijo que tal o cual día aterrizará ese invento en un trineo tirado por renos, y que de ser verdad al mínimo contacto con la humedad y la calor del trópico perecerían como pollos a l’ast. No me gusta pasar nervios por si viene o no viene la tía Equis a casa, no me gusta que me fuercen a celebrar junto a familiares que no conozco, ni junto a las parejas de familiares que ni siquiera conozco, no me gusta sufrir por si se han comprado o no todos los regalos, o si estos estarán a la altura de las expectativas. 

No me gusta que la gente sienta que todo lo que no se haga entre esta noche y mañana no tiene valor. No me gusta que las ciudades parezcan locales de alterne durante un mes y la casa de una viuda el resto del año. No me gusta que se asocie la navidad al frío porque en un tercio del planeta lo hace, mientras que en las otras dos terceras partes hace una calor que no se puede soportar. Me parece absurdo que la gente se vista de Santa Claus en Chile, Colombia o Nueva Zelanda, en pleno verano. 

No me gusta, como no me gustan los carnavales, los cumpleaños, los “halloween’s”, y las noches de acción de gracias. No me gusta nada que se repita año tras año en las mismas fechas por el simple hecho de que la tierra ha dado una vuelta más. Lo considero absurdo, y mucho más que la gente se alegre de eso. No comprendo por qué los adultos no nos planteamos las cosas antes de celebrarlas, ni por qué perpetuamos en nuestros hijos las mismas ridiculeces como si se trataran de las leyes de la física universal. 

Lo sé,  soy uno de esos. Grinch, me llaman algunos compañeros de trabajo adoptando el nombre de otro invento de la misma calaña que el muñeco de la Coca-Cola con barbas y sombrero de ir a dormir, mientras se alegran a mis espaldas de que yo no celebre y cubra sus turnos. Y quizá tengan razón, pero quizá también deberían pensar por qué no se atreven a celebrar un día cualquiera, un día en que se sientan felices por sí mismos, porque les haya salido algo bien, y cojan a la familia y la lleven a cenar vestidos de gala, y se compren regalos para los hijos, para los amigos, para la pareja, sin necesidad de que un anuncio publicitario nos recuerde que ha llegado la hora en que todo el mundo que tiene corazón debe hacerlo para demostrar que tiene buen corazón.

No me gusta contestar mensajes tan azucarados que deberían venir con aplicaciones de insulina para los teléfonos móviles, tables y Pc’s.

Reconozco que mucha gente parece cambiar en estos días, que una especie de halo de buen rollo cubre la cocorota de algunos y los hace ser más amables, más compañeros, más alegres, pero también reconozco que no solamente es mentira, sino que es temporal e inducido.

En mi faceta más pública de escritor que se publicita en las redes sociales, abono perfecto para todo este fregado, tenía mis dudas de si hacer una especie de felicitación navideña con mis libros, mi cara sonriente y un gorrito de Santa, o bien hacer este escrito y añadir algo de limón al ceviche, y he decidido hacer lo que de verdad siento. 

Y si bien he de aceptar que mejor todo esto a nada, mejor que la gente se felicite y se acuerde de los demás en fechas marcadas a que no lo haga nunca, que las familias se reúnan por navidad en lugar de no reunirse nunca, lo cambiaría todo por un rato de silencio con un buen libro o en soledad, o con mi familia y mis amigos, de vacaciones, viajando, riendo porque sí, porque nos da la gana, porque somos libres.

Feliz Navidad para todos,
Con todo mi cariño,
El Grinch

dissabte, de desembre 06, 2014

Los libros más vendidos en la Feria del Libro de Miami

Los libros más vendidos en la Feria del Libro de Miami

Eriginal Books
El stand de Eriginal Books en la Feria del Libro de Miami ofreció una vasta selección de libros hispanos porque contó con la presencia de exitosos autores independientes.
Amplia selección de best sellers y novedades de autores hispanos en la Feria del Libro de Miami
Amplia selección de best sellers y novedades de autores hispanos en la Feria del Libro de Miami
Los libros más vendidos durante la Feria de la calle del libro (21 -23 noviembre) fueron:

1. EL PÉNDULO DE DIOS

2. MINIBIOGRAFÍAS ILEGALES SOBRE PINTORES MALDITOS

3. LA FILOSOFÍA DE LA GATA ANDARIEGA

4. TRIÁNGULOS MÁGICOS

5. IMAGINARIOS

6. MINIBIOGRAFÍAS ILEGALES SOBRE ESCRITORES MALDITOS

7. BEATRIZ DECIDIÓ NO CASARSE 

8. EL TÚNEL DEL ORO

9. EL HÁMSTER

10. HEY TAXI! CRÓNICAS DE UN TAXISTA EN MIAMI