dimecres, de juliol 23, 2014

Teatro de pena

Escenario:
Bar Cafeína Coffee House en Ciudad las Canas, Cap Cana, residencial de lujo de Punta Cana, en República Dominicana.

Personajes:
Jordi, representante comercial que es invitado a un desayuno de Trabajo.
Felipe, la persona que invita a Jordi al desayuno, dominicano, de mediana edad, activo, persona influyente y conocida en el país.
Dos desconocidos de origen extranjero, europeos a primera vista.

Situación:
23 de julio de 2014, 09:00 am.
Día soleado, radiante.
Jordi y Felipe, invitado el primero por el segundo, se dan cita en el bar Cafeína para tratar un asunto de trabajo mientras desayunan. Ambos llegan en sus vehículos particulares, se encuentran en el párking y entran juntos al bar.
Los dos desconocidos están desayunando en la única mesa ocupada del local.

- Acto 1 -

Felipe  :                     - Hola Jordi. Buenos días, gracias por venir

Jordi:                         - Gracias a ti Felipe. Hacía días que no nos veíamos..., te veo bien

Abren la puerta del bar y entran

Felipe  :                     - Pasa, por favor.

2 Desconocidos:       - Buenos días Felipe, dichosos los ojos que te ven.

Felipe  :                     - Buenos días – sonríe –, estaba ocupado en la capital. Os presento a Jordi, un amigo catalán.

Desconocido 1:      - ¡Español! – con voz de mando.

Jordi:                         - Catalán – con media sonrisa mientras tiende la mano para saludarlo.

Desconocido 1:      - ¡Independentista! – con voz de mando más fuerte, al tiempo que aprieta la mano.

Se hace un silencio incómodo en el local.

Jordi:                            - Catalán – sin sonrisa, mirando a los ojos del desconocido, para después dirigirse a la mesa donde ya lo espera Martín.

Desconocido 1:      - ¡Felipe, te imaginas encontrarte a un dominicano en Boston, que le preguntes de dónde es y te diga “dominicano, del Seibo” – a gritos de punta a punta del bar.

Felipe  :                     - Pero muchacho, que cada uno sea de donde quiera, ¿no?

Desconocidos 1 y 2 murmuran algo lejos del alcance auditivo de Jordi y Felipe.

Desconocido 2:      - Apunta lo que debemos – dirigiéndose a una de las camareras en voz alta.

Los dos desconocidos se levantan del bar y se marchan ofendidos.

Fin del primer acto.


diumenge, de juliol 06, 2014

Blanca Miosi y su Mundo: Buenos autores independientes: Jordi Díez

Del Blog de Blanca Miosi, un magnífico regalo que agradezco a la prolífica autora súper ventas, además de apreciada amiga. Muchas gracias, Blanca, por tu generosidad.

Buenos autores independientes: Jordi Díez

Jordi es un viajero empedernido,
gusta del turismo de aventura.
Conocí la literatura de Jordi Díez al leer su novela “El péndulo de Dios”. Empecé el libro con mucha curiosidad porque conocía al autor desde hacía un par de años y cuando todavía no habíamos entablado amistad visitaba su página Mis ÚltimasLecturas, en las que escribe con mucha propiedad su opinión de las novelas que va leyendo.

Un comentarista que se muestra escéptico ante la obra de un famoso merece todo mi respeto porque demuestra que no se deja arrastrar por modas o circunstancias externas a la hora de dar su opinión. No pude leer entonces “La virgen del Sol” porque no la encontraba en mi país, y no existía versión digital; había sido publicada por Ediciones B y la novela tuvo bastante éxito, llegó a vender más de treinta mil ejemplares, que en papel ya es mucho decir.

Así que apenas tuve oportunidad de leer a Jordi lo hice y así fue como empecé con “El péndulo de Dios”, que lanzó como escritor independiente en Amazon en versión digital.

No me defraudó. Y no porque "El péndulo de Dos" sea un género que me fascina, justamente por ese motivo tenía miedo de que la novela fuese una más de las tantas escritas acerca de temas tan repetitivos como asuntos relacionados con la iglesia, los templarios, las sociedades secretas, una secuela que dejó Dan Brown y que me gusta, ¡siempre y cuando sea escrita por él! Las copias me parecen odiosas y faltas de imaginación, aunque las editoriales y los escritores se aferren a las modas en su afán de que se les pegue aunque sea un poco del éxito de quien las inició.

Desde las primeras líneas supe que la novela me engancharía. Con frases cortas, precisas, bien construidas, la impecable manera de describir la acción, y la caracterización de los personajes en medio de una trama que nada tenía que envidiar a la de las novelas de los escritores famosos, fui entrando en ese mundo creado por Jordi, conociendo los secretos, develando junto con Cécil los enigmas que iban apareciendo y que yo como lectora descubría a la par que la novela avanzaba hasta llegar al final sobrecogedor.

Entonces apenas salió “La virgen del Sol” en edición digital la compré. No podía dejar pasar a un escritor de esta categoría. Ésta, su primera novela fue toda una revelación para mí. Escrita en otro ritmo, por una pluma reflexiva, inquietante, que me iba adentrando en la mente de un hombre que empezó con una tarea y en el devenir de la novela la fue transformado en otra, centrándose en su yo interior, en sus preguntas y necesidades, una tarea más trascendente desde todo punto de vista, Jordi terminó de conquistarme como lectora. Supe que a partir de allí leería todo lo que él publicase.

He leído sus cuentos “El reloj” y “Guaneró”, ambos impresionantes como todo lo que escribe. Un autor que sabe moverse en diferentes registros, y que es justamente lo que a mí me gusta. No me gusta encasillarme al escribir ni tampoco al leer.

Actualmente su novela  “El péndulo de Dios” está publicada también en inglés con el título “The Pendulum of God”.

Es para mí un placer tener el día de hoy en mi blog a Jordí Díez, quien al lado de otros escritores independientes (aunque Jordi en este momento tiene sus dos novelas bajo un sello editorial importante, publica por su cuenta en Amazon), forman un grupo selecto de autores que de ninguna manera deben pasar por debajo de la mesa.

Tengo a Jordi Díez al lado de Heberto Gamero, José Luis Palma, Rafael R. Costa de quienes hablé en posts pasados y entre otros autores de los que iré hablando más adelante.

Espero que esta pequeña semblanza capture la atención del público que busca buena lectura de escritores independientes.

¡Hasta la próxima, amigos!
Blanca Miosi

Blog personal de Jordi Díez: Aquí
Página WEB Aquí

dimarts, de juliol 01, 2014

Ludópatas con suerte

La falsa blancura de la pantalla del ordenador portátil es la única luz de la habitación. Hace unas horas que la electricidad nos ha abandonado en un acto de solidaridad tecnológica. El sudor, envalentonado desde entonces por la falla eléctrica que alimenta la artificialidad del ambiente, se ha hecho con mi cuerpo como una amante caníbal. Lo siento brotar en los brazos, la cabeza, el cuello, rodar en forma de gotas transgresoras por mi espalda, por la prominencia de mi barriga nueva hasta estrellarse en las baldosas del suelo de piedra porosa que adorna toda la casa.

Una casa de ricos, una de esas que se ven en las películas con jardín, piscina, jacuzzi y parking para dos coches. Cada habitación tiene su baño, y los ventanales que rodean la propiedad traslucen un paisaje hermoso, artificial y consonante con la vida que aquí se tiene, la falsa belleza de un campo de golf. Una gota recorre orgullosa e inmune mi pecho, la siento atravesar el vello que lo cubre y sé, por la postura en la que estoy sentado, que cuando cubra la curva de la felicidad se estrellará sin remedio en el suelo de esta casa de mentira.

Una casa tan falsa como todo lo demás, como la vida propia, como los amigos, como la sonrisa que te saluda al llegar al trabajo. Aquí lo único de verdad son los billetes que entran y salen de los bolsillos a la misma velocidad que las gripes de los sistemas inmunológicos. Una vez un amigo definió este lugar como “carente de alma”, pero se olvidó de advertir que esa carencia se contagia, se expande entre los corazones, los envilece, los pone a prueba y los recubre de una materia pesada mediante las artimañas de una alquimia equivocada que transforma el oro en plomo contraviniendo la búsqueda universal. Aquí la piedra Esmeralda se habría escrito con faltas de ortografía.

Afuera, las paredes parecen engullir almas, los edificios se subdividen en cavernas habitadas por cientos de personas que sudan, como yo, en espacios claustrofóbicos e indignos, no como yo. Demasiadas veces el color de la piel marca la frontera entre un aparato de aire acondicionado y un colchón mugriento. Y a nadie parece importarle. A mí ya tampoco.

Me desprendo del pantalón, empapado, para poder seguir escribiendo y la oscuridad ciega iguala mi vida a la de esos colchones acartonados por el exceso de sudor. Una vida que no he de temer porque me separa una valla, un muro custodiado por soldados de una empresa de seguridad que apenas perciben un salario de mierda por jornadas infinitas de horas de guardia en las que han de proteger un espacio tan falso como todo lo demás, como sus uniformes, como los chalecos antibalas que lucen y que no son más que piezas de tela gruesa a las que traspasa incluso su propio sudor.

Hace tiempo que descubrí que el oro era en realidad plomo cromado, y reconozco sin vergüenza que en algún momento me engañó su falso brillo, pero ahora soy incapaz de fijar la vista en nada que no sea las grietas que delatan al dorado artificial, y sin embargo lo necesito, vivo de cromar plomo en un lugar que carece de alma a pesar de que las engulle como una gran depredadora.

He visto hombres pensar que venían a comerse este lugar y salir destripados, sin corazón, sin cerebro, sin sentimientos, sin dinero, sin piel, sin huesos, sin entrañas, sin aire, sin aurea. Sin nada. Secos y vacíos como el odre de un tuareg tras semanas de caminata. He visto corazones luminosos palidecer ante la gravedad del gran agujero negro que es este lugar, y cuya necesidad de devorar todo lo que brilla es infinita. Un agujero negro sin luz, sin alma y sin salida.

Como el jugador que apuesta convencido de que en la siguiente mano ganará, nosotros jugamos con nuestra vida pensando que podemos conservarla, que un poco más, que un año más, que un sueldo más nos hará bien, nos hará libres, que no se nos notará el costo, y que la siguiente partida será la última, hasta que no nos queda ni siquiera la vergüenza mínima para mantener una mano delante y otra detrás cuando salgamos erguidos intentando parecer dignos. El agujero devora a todo el que se le acerca. Deberían cerrarlo como Chernóbil, como Fukushima, cubrirlo con toneladas de cemento y plomo. O quizá no.

Un mosquito zumba convencido a mi alrededor. Lo siento, sé que en cualquier momento clavará su maldita aguja en mi piel, y me rasco y los dedos se llenan de sudor, resbalan por la piel húmeda, por el cansancio apestoso que me recorre de la coronilla a la rabadilla. Los seco contra el suelo y sigo escribiendo un galimatías absurdo, carente de sentido y sentimientos, dos de las cosas que tenía y que el gran agujero se ha tragado. Mis escritos son vacuos, mi sonrisa la de la máscara del drama, mi paciencia un átomo y mi alma una perdida enamorada del hoyo negro.

De repente, como todo aquí, a un inesperado chasquido se suma el rugir de las tripas de algunos motores cercanos y una luz nueva me viola sin piedad. Las pupilas se achican como los sentimientos y el brillo del latón recupera su esplendor. Todo ha vuelto a la normalidad. Las señales luminosas de los equipos de aire acondicionado titilan con ilusión renovada y un chorro de aire frío se mezcla con la claridad de la casa. Si escucho con atención puedo distinguir las voces apagadas de los programas de televisión de mis vecinos, el ruido externo que copula con la claridad y el frío artificial, y sé que todo está bien, que aún podré jugar una partida más, que conseguiré el último negocio, el definitivo, el que nos sacará de aquí como lo que somos, ludópatas con suerte.