diumenge, d’octubre 20, 2013

Mujeres valientes

He de reconocer que no he conocido hombres valientes, más allá de las películas y novelas.

Para ser justo debería contemplar la figura de mi padre, y no por padre ni por razones de sentimentalismo, que las hay, sino porque realmente la vida le ha puesto tantas piedras en el camino que el simple hecho de haber tirado para adelante se debe considerar una verdadera muestra de valentía. Sin embargo, fuera de este ejemplo, que tan de cerca me toca, puedo afirmar casi con rotundidad que los únicos hombres valientes que he conocido en la vida han sido fruto de la imaginación de novelistas. Osados sí, unos cuantos, descerebrados también, bastantes, pero valientes, no.

Por fortuna, sí he tenido la dicha de encontrar mujeres valientes, muchas en mi vida. Mujeres que a lo largo de los años han sido ejemplo y demostración de una valentía interna, de una fuerza de convicción y un valor del que carecemos la mayoría. Mujeres que han sido mis maestras, a las que he admirado durante periodos de mi historia y de las que todavía presumo cuando miro en mis recuerdos. La valentía, por si a estas alturas te estás preguntando en qué consiste, bajo mi punto de vista se trata de la combinación entre convicción y voluntad para actuar en pos de lo que uno cree que lo hará feliz. Es decir, tirar para adelante sin importar demasiado el entorno y ser capaces de cambiar de vida, aún bajo la luz concentrada y ardiente de la lupa del qué dirán, tras el objetivo de la felicidad vital.

Mujeres que en un momento, o durante todo el recorrido, decidieron tomar las riendas y superar situaciones que las hubieran llevado al pozo en el que se pudren infinidad de congéneres. Mujeres que han superado enfermedades haciendo gala de una valentía de proporciones épicas, como una amiga que he tenido la fortuna de ver apenas unas semanas atrás, otras capaces de obligar a abrir un avión tras varias horas en la pista para que sus hijos pudieran salir, o capaces de pactar con el director de una escuela una forma de pago de las mensualidades de sus hijos para que estos estudiaran, aún a sabiendas de que no había ni con qué pagar los tres platos de comida, u otras, que fueron capaces de estudiar a contra corriente para salir del lodo en el que sus entornos estaban dispuestos a sumirlas, arrancando horas del sueño y del engaño para conseguirlo; mujeres que tras sufrir un aborto con paliza incluida, se levantaron y siguieron adelante con la única luz de su sonrisa como faro, o que decidieron dejar sus trabajos anodinos para seguir sus sueños: viajar por el mundo sin más apoyo que su voluntad, o cruzar un mar con una maleta del tamaño de un neceser para comenzar una nueva vida que aportara más al espíritu que la confortable de su entorno conocido.

Mujeres que han sido mis ejemplos, y con las que siempre me he llevado bien. No recuerdo ningún momento en mi vida en que no tuviera mi mejor amiga. Apenas he tenido amigos, más allá de dos o tres, pero siempre he estado rodeado de mujeres, de amigas íntimas con las que compartir, con las que hablar y escuchar, y aprender de sus hechos. Molas perfectas que me han pulido en estos años. La segunda vez que me escape de casa, con apenas doce o trece años, fue para ir a buscar a una amiga que tenía problemas en su casa y estar con ella, y decirle que si quería marchar, yo podía llevarla lejos. No en vano cabalgaba entonces una súper bicicleta capaz de cualquier hazaña. También recuerdo el rostro de mi padre cuando volví a casa…, a esa segunda vez se sucedieron otras más, ya en edad adulta, y siempre fue la misma cara la que me recogió. Sin una pregunta, sin un reproche, solo me abrió la puerta y me señaló donde estaba mi habitación, como siempre.

Decía que siempre he estado rodeado de mujeres, y quizá esa sea la base de mi gran fortuna. Algunas de ellas pasaron de amigas a un estado más íntimo, pero no ha sido algo habitual. Mujeres inteligentes, de esas que te miran y, antes de que digas amén, su cerebro ha hecho todos los cálculos de posibilidades, o de las que te dejan hablar para ver si eres digno de confianza u otro patán más. Una constante que se ha repetido el tiempo que mi memoria abarca.

Amigas que vinieron a buscar consuelo tras un aborto, apenas con dieciocho años, y que se quedaron en mi casa bajo el paraguas de la comprensión y la coartada perfecta. O mujeres, como mi gran maestra, que decidió llevarse a sus hijos con muy pronta edad a cambio de renunciar a los bienes y estabilidad que le profería un marido al que no amaba, y con los que vivió saltando de casa en casa, comprando y vendiendo la vivienda en que se alojaban para así, con las plusvalías, vivir. Diferentes opciones, algunas de ellas con las que no comulgo, pero que requieren de un gran valor para realizarlas y asumir las consecuencias.

Y a qué viene toda esta disertación, quizá te preguntes si has llegado hasta aquí, y la respuesta es muy sencilla: quiero explicar la historia de una de estas mujeres valientes.

La sociedad siempre ha sido una carga, para todos, hombres, mujeres y niños, sin excepción. Pero tengo la sensación de que para las mujeres es una carga mayor por lo que se les supone que han de ser sus comportamientos, pues desde niñas la presión que reciben en general es superior a la de los hombres. Hoy parece que todo es happy, buen rollo, libertad, etcétera, etcétera, aunque lo dudo, la verdad, pero hace veinticinco años puedo asegurar que no era tanto así. Y menos en algunas familias. Mi amiga es de una de esas familias.

Tendríamos cerca de veinte y pocos años (yo alguno más) y lo normal entonces era que una chica hubiera tenido el mismo novio desde los “diecilargos”, noviazgo consentido con algún pequeño viaje de por medio, fines de semana combinados entre los lugares de veraneo de los padres y alguna escapada, compra y amueblamiento del “nidito de amor”, boda por todo lo grande, y vida desgraciada hasta el final de los días. Como todos, vamos…

Mi amiga estaba en esa situación. Antes de casarse recuerdo breves conversaciones en las que insinuaba su temor, momentos de lucidez que fueron dando paso a acercamientos más íntimos en los que su privilegiado cerebro ya le advertía de lo que iba a venir después del fasto banquete. Sin embargo hizo lo que "debía", se casó, el novio un buen tipo, y nos invitó a mi compañera de entonces y a mí a la ceremonia. Fue una boda divertida, ella de blanco, of course, y el novio de chaqué. La familia, presa de la euforia, feliz por tener a una de las hijas colocadas, ¡la primera!, con trabajo, un buen novio y el pisito amueblado hasta en las esquinas del techo. Recuerdo que unos cuantos decidieron hacer la broma típica, esa tan graciosa que consiste en destrozar la casa de los novios, y metieron globos en la cama, cambiaron las cosas de sitio, gracias al alcohol del banquete la cosa se fue animando hasta que a alguien se le ocurrió que sería divertido mojar el colchón, o descolgar una puerta, o por qué no, meter todo lo que cupiera en el congelador de la nevera, donde acabaron un teléfono inalámbrico, el reproductor de vídeo, y yo qué sé cuántas cosas más, para solaz y alborozo de los novios cuando llegaron. Bromas típicas de mentes avispadas.

Lo bueno vino después, en la convivencia post fastos. Un desastre, como muy bien sabía mi amiga. Aguantó unos meses hasta que se presentó en casa de sus padres armada con una maletilla en la que había metido cuatro cosas para sobrevivir a los siguientes días. Hasta aquí lo normal en la vida de cualquiera…, y quizá, hasta cierto punto, también lo sea lo que vino después. Sus padres, muy ofendidos por la actitud de su hija, la conminaron a regresar a casa, “con su marido”, que para eso se había casado, y si no ahí estaban ellos como ejemplo vivo de lo que había de ser un matrimonio, aguantar y tragar hasta la muerte. S, que así se llama mi amiga, regresó a casa, pero nunca llegó.

Se fue a vivir a otra población y se alojó en una pensión, la que podía pagar con su sueldo, pues la manutención e intendencia diaria recaían en el don, y la hipoteca en ella. Cosas de la composición familiar. Vivió en esa pensión el tiempo suficiente para comprender qué vida quería vivir. Al cabo de poco se mudó a un apartamento barato cerca de su trabajo, y a los meses conoció a un chico en las antípodas de su marido. Comenzaron a tontear y vieron que ambos tenían una idea de la vida parecida. Se marcharon a un pueblo recóndito del interior de Catalunya, se hicieron una casa de madera (la primera que vi nunca) y se mudaron. Ayer la vi en FB después de haberle perdido la pista tiempo ha, en una foto en la que está radiante, con dos pequeños abrigados hasta los dientes, hermosa y joven, mucho más joven y bonita con sus cuarenta que el día que la vi vestida de blanco, con veintipocos, y una sombra larga que aguantaba la cola de su vestido.

diumenge, d’octubre 13, 2013

Tras esa ventana...

La felicidad no existe.

Como un niño que hiciera pompas de jabón en el parque de una gran ciudad, nuestros recuerdos de felicidad explotan en el mismo instante en que topan con la realidad punzante. Pequeñas supernovas que detonan silenciosas en el sentir, y pasan a formar parte de un álbum interno al que tan solo podemos asomarnos de vez en cuando para recordar la calidez de sus explosiones.

Como aquella vez que cruzamos el paseo a lomos de nuestra motocicleta de gran cilindraje, tú con tus zapatillas blancas, abrazada a un pecho en el que no cabía nada más, o cuando te desnudaste después de una mañana en aquella cala de piedras y el sol te había marcado el contorno de tu bañador, o como cuando te traduje toda una canción de un grupo de moda y que decía, con sus gritos incomprensibles, todo lo que yo no me atrevía a decirte, o la vez que me senté junto al conductor de aquel autobús que me llevó por el valle sagrado de los Incas, aquel caramelo que me regalaste con el café, o el orgullo de explicarte nuestra historia mientras caminábamos de la mano por el Fosar de les Moreres, cuando te vi llorar por primera vez ante la foto de nuestro hijo, o tu cuerpo desnudo dentro de la ducha, jadeante y provocador después de hacer el amor. La fuerza del final de una carrera, o la explosión de gloria tras haber marcado un gol, tu rostro, perfecto, dulce, apoyado contra la almohada, y tus ojos entornados, ensoñando la Toscana que se abre frente al foco de nuestra moto y el Grand Canyon bajo nuestros pies. Un susurro con voz de niño a media noche, un pensamiento lúcido, el agua de la cascada más alta del mundo cayendo sobre mi espalda, o la tarde en que nos dijeron que habían enviado la novela a cinco grandes editoriales. La satisfacción de la rebeldía con el aplauso ajeno, y las fresas que compartíamos en el parque. Santa Marta y Venecia, de la mano por aquel callejón junto a la pizzería, o el paseo por los cementerios de Oarkney Island.

Burbujas que explotan con solo nombrarlas, mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, que cantara el poeta. Momentos tan breves en el tiempo como eternos en el recuerdo. Satisfacciones que se graban en la tarjeta de memoria de nuestra vida, postales que congelaron para siempre ese instante único, preciso y perfecto antes de que se disolviera en el río ingente de insustancialidad de que está hecha la vida.

Pobre del que no tenga una ventana a la que asomarse para ver estos recuerdos antes de que el fogonazo de su explosión, o la estela que dejaron al pasar, se los hubieran tragado.

Una ventana que abro y a la que me asomo a contemplar mis momentos de felicidad, todos ellos alineados, grabados con similar fuerza del cincel, pero desordenados y erráticos, pululantes por ese mundo que mantengo a salvo tras los postigos cerrados con llave, y cuya única cerradura solo sé abrir yo. Una ventana que se abre a veces para inundar los grises con colores, como cuando una corriente de aire arrasa un despacho ordenado y obliga a horas de trabajo rutinario hasta disponer de nuevo cada cosa en su sitio, pero sabiendo que el viento se queda fuera, gritando, ululando con violencia contra los postigos hasta que se calma, quizá porque desaparece o quizá porque sencillamente ha decidido ir a soplar a otro lado. A veces la abro en la mañana, al despertar, y veo un mundo incompleto al que le faltan muchas escenas, un desorden que necesitaría ser guionado, pero que en realidad se siente cómodo en su anarquía, y tengo ganas de seguir almacenando momentos, pequeñas verdades arrancadas de la amalgama de mentira en que retozamos. A veces también comprendo que la mayoría de esos momentos tienen un denominador común, y que no es otro que la libertad. Ni el dinero, ni la época, ni la edad, ni el lugar, tan solo la compañía en muchos casos y la libertad de haberlos vivido en la mayoría de ellos.

Otras veces atisbo un segundo antes de acostarme, y sé que he de cuidar la fragilidad de ese ecosistema porque cada ejemplar es único en su especie, raro y precioso por peculiar y extinto. Comprendo que no he de abrir demasiado porque corro el riesgo de que se escapen algunos de ellos, o de que mi simple mirada los destruya con solo rozarlos. Aunque el mayor peligro no es su destrucción, sino la mía, una realidad que me obliga a asegurarme para no precipitarme al vacío en una caída sin fin, pues nada de lo que se percibe tras los abanicos de la ventana es real, y la vida, pesada y densa como el material atómico, atravesaría los recuerdos destruyéndolos a su paso, traspasándolos en una caída infinita sin repisas a las que agarrarse, y de la que sería incapaz de reponerme. Como un parásito perfecto que vive y posee un cuerpo sin llegar a matarlo, sabedor de que el abuso sería la destrucción de ambos, ese mundo vive en mi interior. Cantos de sirenas que me llevarían a destrozar el casco de la misma nave que utilizo para cultivar y transportar su alimento

Quizá una de las grandes ventajas del universo que se acurruca bajo el alféizar de mi ventana es que no es infinito, su solsticio de invierno, que ha de coincidir con el mío, está marcado por el aliento del perro que aborda más allá del último recuerdo, pero a pesar de su finitud, el espacio que atesora es inmenso, más que mi propia vida, y permea con otros mundos como si las paredes que lo acogen hubieran de ser porosas y elásticas, acomodándose a los espacios que descansan, más o menos ahítos, bajo las repisas de las ventanas de las otras vidas.