dissabte, de maig 18, 2013

Pronto hará treinta años...

Hace aproximadamente treinta años que comencé a correr, y no hablo de escapar, ni en sentido figurado, sino de trotar, de lo que los hispanoparlantes llaman footing y que jamás he oído a un anglosajón definirlo con esa palabra. 

Todo comenzó como la mayor parte de las cosas de mi vida, forzado. Estudiaba yo por aquel entonces en los Salesianos de Terrassa, en plena efervescencia adolescente y bajo la disciplina de los padres misioneros. Una de las normas de aquel centro era que los expulsados de clase debían bajar al patio y hacer deporte. Debo hacer un paréntesis y explicar cómo era aquel colegio antes de seguir. La totalidad del complejo educativo ocupaba una manzana en la que se levantaban, pegados a los extremos, tres grandes edificios de aulas en forma de U, y en cuyo centro quedaba un gran espacio dedicado a las canchas de basketball, handball y voleyball, además de un campo de fútbol reglamentario en el que jugaba el glorioso Dosa (Domingo Savio). Bien, decía que cuando te expulsaban de clase el castigo era enviarte al campo de fútbol y hacerte dar vueltas corriendo a su alrededor. Como el susodicho campo quedaba justo en medio de la U, todas las clases tenían vista directa al terreno de juego, o de castigo, como quieran llamarlo. 

Pasé dos grandes años de estudiante en aquel centro educativo, dos años en los que fui expulsado de numerosas clases individuales y de dos asignaturas completas por curso, lo que arrojó un balance de entrenamiento poderoso. Además de esto, por aquellos años tenía una novia que me absorbía todo el tiempo libre del que dispusiera, lo que me obligaba muchas veces a regresar a casa corriendo tras haber perdido el último autobús, ¡y vivía a siete kilómetros de mi casa! Así pues, es fácil imaginar a un adolescente hormonado hasta las cejas, con una novia que lo hacía a regresar corriendo a casa, día sí, día también, con el gusto dulzón y reciente de sus babas y la sangre mal repartida, y un colegio de curas en el que pasaba de tres a cinco horas semanales (mínimo) dando vueltas a un campo de fútbol bajo el ojo atento de todos los profesores que dieran clases en ese momento. Mézclenlo todo y tendrán un atleta, inconsciente, pero atleta. 

Tanto así que con la edad de quince años me convencieron para que participara en una carrera popular que se celebra anualmente en mi pueblo, Viladecavalls. Una carrera durísima que sube hasta un castillo en lo alto de una montaña para bajar después cruzando todas las urbanizaciones de chalets de fin de semana del pueblo. Bien, ese glorioso año de mi decimoquinto aniversario fui el tercer clasificado en mi categoría. Aún tengo la copa en casa.

Al año siguiente no corrí, no recuerdo porqué, pero con diecisiete volví a hacerlo. Por desgracia entonces ya no iba a los curas y había sustituido todo aquel entreno por otro diferente, clases, alcohol, tabaco, trabajo y vagancia física. Una combinación poco adecuada para la práctica de cualquier deporte, así que sufrí a esa tierna edad una de las derrotas más humillantes de mi vida, por no decir la que más. Apenas en el kilómetro cuatro tuve que abandonar, subirme en el coche escoba con todos los otros derrotados de la carrera, y sentir en primera persona la humillación de hacer los ocho kilómetros restantes dentro de una furgoneta recogedora que iba barriendo, desde la cola, a tipos igual de mal preparados que yo, y escuchar, amén de inventar, todas las excusas posibles que apaciguaran la sensación de fracaso que se había sentado con nosotros en el interior de aquel maldito coche escoba. No volví a correr hasta que tuve veintinueve años.

Apenas unos años antes de esa edad quedé de nuevo soltero y pensé que una buena forma de volver al mercado pasaba por aparentar algo más de musculatura, así que me apunté a un gimnasio con la ridícula idea de salir hecho un mini Hércules que con sólo tensar el bíceps hiciera caer a las chicas a mis pies. Al cabo de dos o tres sesiones de pesas (comprendí entonces porqué las llamaban así), el instructor del gimnasio me dijo que yo tenía más cuerpo de corredor de fondo que de culturista. Una forma brillante de decirme que era un “ñíquis” y que no perdiera más mi tiempo alzando hierros baldíos, sin embargo sus palabras evocaron aquel logro de adolescencia, aquella sensación de ganador que tuve bajando del castillo a todo lo que mis jóvenes y entrenadas piernas daban de sí. Una potencia que recordaba estallar en cada zancada mientras dejaba atrás a docenas de participantes. Una euforia que no había sentido en los, hasta  entonces, tres últimos lustros de mi vida. Me compré unas zapatillas, unas Mizuno ligeras, y comencé a sustituir las pesas por la cinta.

Poco a poco fui atreviéndome a salir a la calle, aún a riesgo de ser adelantado por las abuelitas que salían del bingo, pero con constancia fui mejorando distancias y tiempos hasta que, el año que cumplía los treinta, me sentí preparado para emular la hazaña “quinceañeril”. No solo lo hice, sino que mi tiempo fue bastante correcto, y ya no dejé de correr.

Cambié de gimnasio y encontré pareja, si bien ambas cosas no guardaron relación. Y para ser justos debería decir que inicié una nueva vida, porque en aquel gimnasio un día se me acercó un tipo con unas melenas impresentables que me preguntó si podía correr conmigo. Lo repasé, supongo que emitiría algún tipo de gruñido que le hiciera creer que sí, y salimos a correr. Desde entonces es el mejor amigo que he tenido jamás. 

Decía que, además de mi gran amigo, también encontré pareja y al poco tiempo ya compartíamos un apartamento en las afueras de la ciudad. Desde aquel apartamento podía bajar al cauce de una riera seca en la que entrenaba cuando llegaba el buen tiempo. Un día, sin más, mi compañera se apuntó a correr conmigo y comenzó a entrenar riera arriba, riera abajo. Ella también quería correr la carrera de Viladecavalls, y acepté, por supuesto. Después supe, tras leer su diario en un descuido, y sólo aquella vez, lo juro, que en realidad decidió salir a correr conmigo para estar cerca de mí, temerosa de que si le dedicaba más tiempo a entrenar que a ella, la dejara de querer. Hicimos la carrera del castillo juntos, en un tiempo pésimo pero con una sensación extraordinaria. La tarde que leí su diario creo que fue la única vez en mi vida que sentí, sin fisuras, que me amaba.

La vida siguió y con ella mis carreras, siempre acompañado de mi amigo, si bien no de mi pareja, pues un día decidimos que ya habíamos corrido mucho juntos y que nos iría mejor si cada uno entrenaba por su lado. Fueron tiempos difíciles, muy, muy difíciles, pero en los que las carreras de las tardes con mi amigo fueron un extraordinario salvavidas al que agarrarme en aquellos momentos de zozobra y mar rizada. Unas tardes en que casi lo reventé entrenando porque yo era incapaz de sentir dolor físico. Descubrí entonces que cuando se te ha roto el corazón, el resto de dolores equivalen a la picada de un mosquito.

Por fortuna creo que nací con una flor en el ojo que nunca ve el sol (o casi nunca) y la vida me sonrió de nuevo con la que ahora es mi compañera, madre de mis hijos, y la mejor muleta que cojo alguno pudiera soñar en su vida. Cambié entonces de dieta, me hice vegetariano, escribí mi primera novela, y viaje por medio mundo, pero no dejé de correr. Hasta que un día...

Llevábamos tiempo en que se nos calentaba el ánimo con la ilusión de comenzar una nueva vida fuera de los límites conocidos desde mi nacimiento, una vida que supusiera abandonar por completo la comodidad inmensa que teníamos, marcharos a otro país, a otro continente, dejarlo todo y comenzar de cero. Tomamos la decisión, probé suerte optando a un trabajo para la República Dominicana, y salió. Recuerdo que se lo dije a mis allegados, a mi padre, a mi hermana, a algún que otro amigo, pero no me atrevía a decírselo a mi compañero de carreras. Una tarde como tantas, sobre las ocho de la noche, y apenas a unos días para nuestra marcha, remontábamos la cuesta del polígono industrial en la que vaciábamos la bilis acumulada durante el día, y se lo dije. Él se paró dejándome correr por unos metros en solitario, hasta que lo vi y me detuve. Sus palabras aún resuenan en las paredes de mi memoria, ¿cómo va a volar un avión con un solo motor?, esa fue su frase. Mi amigo, mi hermano, la persona que había vivido los años más intensos de mi vida, aquel con el que había realizado viajes inolvidables, se quedaba sin compañero. Entonces supe que él también me quería, como yo a él.

Volvimos los dos al trote, con lágrimas en los ojos diluidas en nuestro sudor de hombres duros, hasta el gimnasio. Nos duchamos y nos fuimos a casa. Ya hace siete años de esto y raro es el día en que no hablamos más de una hora por teléfono.

Por qué he contado todo este rollo infumable, te estarás preguntando, y la respuesta es múltiple, pero sencilla. Primero porque tenía ganas de explicarlo, segundo porque he vuelto a correr después de abandonar las carreras por muchos meses, y tercero, porque el próximo año hará treinta que corrí por primera vez la Cursa Popular de Viladecavalls. Aquella que sube a un castillo arriba de la montaña para bajar entre los chalets de fin de semana de las afueras del pueblo. 

Pero sobre todo porque ayer, mientras corría en solitario dando la vuelta al recinto protegido por un muro y hombres armados en el que vivimos, pensé en todo esto, pensé en todas las cosas que me ha traído el correr, las sensaciones que vivido mientras ponía al límite mi cuerpo, los veintiún kilómetros de la media maratón de Sitges en la que alcancé el máximo de mi resistencia física, la euforia de aquella carrera de adolescente, la fortuna infinita de haber corrido con mi amigo en lugares como Donosti y haber compartido con él cientos de horas de pensamientos íntimos, profundos y banales, poder sentir la fuerza de la voluntad en forma de kilómetros recorridos, el haber domado una paciencia ínfima hasta convertirla en minúscula, miles de pasos martilleando el yunque del pensamiento propio para darle una forma menos grotesca, aprender que tras el kilómetro cinco viene el seis y no el veinte, y saber que en la vida, como en una carrera, lo importante no siempre es ganar, sino llegar habiendo disfrutado del paisaje y con el orgullo infinito de haberlo hecho a lomos del esfuerzo propio.

Cecilio, prepárate porque siento que vienen cambios, pero sea como sea, ¡el año que viene volvemos a subir al castillo del Rístol!

divendres, de maig 10, 2013

¿Obediencia?


Reconozco que nunca he sabido obedecer, como nunca he sabido mandar. 

No vine de serie con el gen de la obediencia activado. De niño, de muy pequeño, me cuenta mi padre que jamás aceptaba como explicación a un mandato el famoso “porqué sí, porqué te lo digo yo”, y que si no razonaban conmigo explicándome con palabras entendibles el motivo de la orden, sencillamente no la acataba.

Este sentimiento me ha acompañado toda la vida, de estudiante fui expulsado de una o dos asignaturas por año en los seis últimos de mi formación académica (¡que recuerde!) , y siempre por no acatar normas basadas en “esto se hace así porque lo digo yo”, o peor aún, “esto se hace así porque siempre se ha hecho así”.

Mi paso por el glorioso ejército español de tierra, en su división de artillería (ojalá exploten) tampoco fue un mar calmo, acabando como el soldado con más días de arresto de toda mi promoción. 
- ¡Córtese el pelo!
- ¿Por qué?
- ¡Porque yo se lo ordeno! - sonrisa irónica y cuatro días de arresto más que añadir a mi expediente. Ironías de la vida, ahora pagaría para que me arrestara alguien por llevar el pelo largo…

Por qué hago esta pequeña auto-reivindicación, quizá te preguntes si es que has llegado hasta aquí, bien, hay una frase del imaginario español que resume la idea que me gustaría plasmar, “a la vejez, viruelas”, y es que ahora, ya de viejo, resulta que he de volver a vivir un episodio de estos, con la carga de dificultad que entraña el hacerlo tardío.

Dicen que la vida te va dando la misma medicina una y otra vez hasta que aprendes.  No lo creo.

En estos últimos tiempos estoy viviendo un episodio muy curioso y que despierta todo mi interés personal, algo que normalmente estudiaría en un personaje de novela, en un amigo, o en un tercero, pero que se me hace muy atractivo porque el escogido para el estudio soy yo mismo.  Como todos sabemos, la vida de adulto obliga a muchas cosas, y una de ellas es la obediencia dimanante del salario, con la que jamás he tenido ningún tipo de problema. Incluso “el porqué lo digo yo” está aceptado en esta modalidad de obediencia. Lo que no había vivido hasta ahora, y que inicia esta reflexión, es la variante “¿Y por qué lo hiciste así?”

Ojo, ni siquiera “por qué lo haces así”, sino “hiciste”, en segunda persona del pasado. Sin remedio.

Desde hace un tiempo relativamente corto he sido abatido por la duda continua, por la desconfianza y por la pregunta antes expuesta, “¿por qué lo hiciste así?”, algo que no me había ocurrido jamás. Desde que tenía diecisiete años dirijo equipos de humanos, no sé por qué, pero es lo que me ha ido pasando en la vida. Llegar a un grupo, de lo que sea, y a poco que me implique en él, siempre he acabado teniendo responsabilidades en ese grupo…, por fortuna esto ha sido la base de mi crecimiento profesional y algo de lo que me siento bastante orgulloso. Durante mis casi treinta años de carrera las he visto de todos los colores, he tenido grandes aciertos, muchos, muchos, muchos errores, alguna cagada (con perdón) importante, enfrentamientos con los propietarios, con compañeros, con personal de otras empresas, amistades con algunos de ellos, y siempre, o casi siempre, un gran respeto por todos los actores, pero nunca tuve que rendirme a alguien cuya única aportación es la de la duda continua. Y se me hace extraño, tanto como para que haya decidido estudiar el comportamiento de reacción a esta situación.

Hace ya muchos años que mi padre pasó de “mandatario” a consejero, y casi desde ese mismo momento comprendí que la vida sólo se la ha de dirigir uno mismo. Es evidente que es imposible hacerlo al 100%, porque nuestro entorno también obliga a muchas concesiones, no es lo mismo tomar decisiones siendo soltero, por ejemplo, que casado con familia numerosa, o con dinero o sin dinero, pero aún dentro de estas infinitas variaciones sí creo que cada uno de nosotros ha de saber llevar su propia correa.

No sé muy bien porqué he decidido escribir este post, quizá con la esperanza de que a medida que fuera redactando surgiera alguna súper idea que diera luz a la situación, pero esta niebla de la duda impuesta y del golpe de maza en la mesa no se va a disipar con un post, ni con un millón de ellos. 

Dicen que la vida te muestra el camino si sabes leer las señales. Sí lo creo.

Hace algunos meses que comencé a sentir la picazón de la nostalgia con fuerza, sentimiento que se une al cosquilleo de saber un cambio cercano al que he ido rehuyendo por razones prosaicas, muy válidas por otra parte, pero cada vez más huecas de argumentos.

Voy a seguir estirando el artificio experimental un poco más, a ver cómo se defiende mi cerebro en esta extraña y absurda situación, pero es bien cierto que, como Juliette Binoche en Chocolat, hace días que siento el viento del norte golpeando con fuerza contra las ventanas de mi habitación, y no me veo preguntándole por qué lo hace así.

divendres, de maig 03, 2013

JORDI DÍEZ: EL EXPLORADOR SONRIENTE - Entrevista para El hombre de MImbre, Ediciones 42

JORDI DÍEZ: EL EXPLORADOR SONRIENTE.

Jordi Díez, genio y figura hasta la sepultura.
Jordi Díez, autor de La virgen del sol y El péndulo de Dios, nos habla de su relación con Latinoamérica y de su primera aventura como escritor. Conoceremos un poco mejor los pilares artísticos y personales que han dado forma a la atractiva personalidad de este tarrasense de padre catalán y madre andaluza. Por último, nos adelantará algo de su próximo trabajo, una novela especialmente ambiciosa en la que regresa a las brumas del continente americano, y ahonda en esa verdad que permanece oculta bajo la historia escrita. ¿Quieren descubrir América? Viajen con Jordi Díez. No se arrepentirán.


HM: Jordi, tengo entendido que tu primera experiencia con las letras no fue totalmente satisfactoria, al menos no todo lo satisfactoria que espera un niño de cuatro años.

JD: ¿Cómo has sabido esto?, ¡me has sacado una gran sonrisa con esta pregunta! 

En efecto, mis padres, siendo yo muy niño, me apuntaron a una guardería en la que “obligaban” a todos los niños a aprender a leer y escribir con la temprana edad de tres o cuatro años. Yo tuve la inmensa fortuna de ser uno de esos niños, por lo que todos los recuerdos de mi vida van vinculados a la lectura. El problema es que ya desde niño nunca acepté demasiado bien la jerarquía y aquel centro educativo era de la vieja escuela, jajaja, por lo que pasé más horas castigado que en las aulas, algo que se ha repetido de manera continua durante toda mi formación.

Sin embargo es algo que agradezco muchísimo, porque mientras los otros niños aprendían a pegar gomets de colores o a pintar sin salirse de las líneas de un círculo, yo leía los cuentos que me compraban mis abuelos con la puntualidad de un reloj.


HM: ¿Recuerdas con cuál de aquellos libros comenzaste a disfrutar como lector?

JD: Las primeras lecturas que recuerdo son de muy niño, libros de cuentos ilustrados que leía a la luz de una lámpara de flexo que mi padre compró de segunda mano. Recuerdo todavía uno en especial, cuarenta años después, “Pere sense por” (Pedro sin miedo), en el que un niño que jamás tenía miedo se adentraba en castillos, casas abandonadas y bosques encantados, y que se enfrentaba en una de las ilustraciones a la sombra de un gran lobo que me atemorizó por años.
Siguieron los TBO de la época, cuentos de Disney, Tintin, y las primeras lecturas ilustradas de Julio Verne, Los Cinco, Phantomete, Peter Pan. Fueron años de grandes descubrimientos.

Por aquel entonces, no tendría yo más de cinco o seis años, abrieron el primer Hipermercado de la zona al que mis padres, como el resto de la clase trabajadora, acudían los sábados para renovar las despensas familiares. Solían dejarme en la sección de libros por un par de horas, mientras ellos recorrían los pasillos del centro comercial armados con un carro de compras y una lista. Recuerdo cómo rogaba porque se retrasaran todo lo posible y me dejaran más tiempo a solas, en mi propio mundo, con aquellos libros. 

También acuden a mi memoria las horas perdidas que pasé en las salas de espera de dentistas, pediatras, oftalmólogos y cualquier otro especialista al que suele acudir un niño, siempre parapetado tras un buen libro.

Mis abuelos contribuyeron de forma muy activa en esta pasión por las letras, ya que sus regalos consistían en tebeos o libros ilustrados que devoraba con fruición. Años después comprendí el motivo por el que adoraban a mi abuelo en la librería del barrio: ¡era el mejor cliente!




HM: La Virgen del Sol es tu primera novela publicada, y ha tenido una gran cogida tanto en España como en buena parte de Latinoamérica. ¿Cómo viviste este importante paso en tu carrera? ¿Podrías enumerar algunos de los demonios personales que, estoy convencido, lograste exorcizar con este primer y merecido éxito?

JD: La Virgen del Sol fue en efecto mi primera novela acabada y publicada, y sin duda la más íntima que jamás escribiré, o eso creo en estos momentos. Su acogida me sorprendió porque Ediciones B realizó tres ediciones consecutivas en las que se vendieron más de cuarenta mil ejemplares. Algo impensable para un autor novel que debutaba con una novela histórica sobre un tema del que apenas se ha escrito casi nada, y sin promoción alguna.

Lo que comenzó con la idea peregrina de un diario de viaje, del primero que hice a Perú, comenzó a tomar la forma de un relato que creció hasta convertirse en novela.

Ese fue un momento crucial en mi vida, ya que en los meses previos a la escritura de la novela viví lo que ha sido, hasta ahora, mi peor momento vital. Sumido en ese laberinto encontré una salida acercándome a prácticas de yoga y meditación. Conocí entonces a un grupo de gente variopinta de la que comprendí que se podía vivir la vida de tantas maneras como personas somos, sin que un único camino fuera el que conducía a la felicidad, como siempre había creído, así que comencé a viajar y a escribir por primera vez en serio sobre temas con más carga de profundidad de los que había tratado hasta entonces. En las páginas de La virgen del Sol están enterrados muchos de los cadáveres que había guardado en mi armario, y que aireé en forma de personajes para que me dejaran dormir de nuevo.

También están plasmados algunos de los descubrimientos que hice en mis meditaciones e interiorizaciones, una práctica que adopté desde entonces y que me ayudó a calmar la hiperactividad de mi mente y a conocerme como adulto.

Pero La virgen del Sol no es sólo fruto del fango de mi vida, es sobre todo una novela tan cuidada y documentada como mi capacidad intelectual me permitió desarrollar. Fruto de cuatro viajes, dos de ellos en solitario, en los que conviví con chamanes indígenas, realicé sus ritos, viajé a sus lugares sagrados, y viví algunas de las mayores experiencias místicas de mi vida, pero también fruto de la documentación obtenida en los museos del Cusco y Lima, y otros más pequeños de provincias, tras escritos, restos, momias, y todo lo que pudiera aportar un mayor conocimiento sobre el terreno del mayor imperio que jamás tuviera América.




HM: Sudamérica tiene reservado un lugar muy especial en tu corazón. Tu mujer y tus tres hijos son latinoamericanos y además trabajas en una importante empresa turística que opera en República Dominicana, sin embargo, leyendo tu relato "Guaneró" (El Hombre De Mimbre N4), uno no puede evitar preguntarse si dentro de Jordi Díez aún queda algo de aquel antiguo explorador español que veía el continente americano desde cierta distancia, casi como un jardín misterioso perteneciente a otro mundo. ¿Qué hay de cierto en esta apreciación?

JD: Os voy a contar una pequeña anécdota sobre Latinoamérica. Mi primer viaje fue a Perú, y cuando llegué al aeropuerto internacional de Lima sentí que volvía a casa. Ese sentimiento lo sigo teniendo hoy en día. Para los catalanes, que muchas veces nos creemos el ombligo del mundo, o para los españoles que creen que por haber nacido en un país con un pasado centenario, de luces y sombras con trazas de imperio, poseen todos los derechos del mundo, Latinoamérica debería ser una visita obligada. La vida en Latinoamérica, o en gran parte de ella, es tan sencilla como que el que tiene mucho vive como un maharajá, el que tiene sobrevive, el que tiene poco malvive, y el que no tiene, se muere a las primeras de cambio. Aquí los derechos sociales como la sanidad, la educación, etc., se pasan por el forro. Por supuesto es una generalización injusta como todas, pero en muchos lugares del continente es así.

Esta vida un tanto anárquica, no exenta de riesgo, pero en la que cada uno se marca un poco el camino a seguir sin que haya un papá estado que indique hasta las horas de cariño a dedicar a las mascotas, me fascina y me hace sentir vivo. Por supuesto deploro la diferencia social y la pobreza que inunda muchos de sus millones de kilómetros cuadrados y es evidente que deberían aprender a mejorar en eso, pero ese sentimiento de vivir el día a día con intensidad porque nadie sabe qué va a pasar mañana, fue una gran lección para mí.

Qué mi mujer y mis hijos fueran latinoamericanos, además de países diferentes, sólo fue una casualidad de la vida de la que me alegro cada día más.

El relato “Guaneró”, aparecido en El hombre de Mimbre N4, es fruto de la nueva novela que estoy escribiendo y en la que algunos de los protagonistas son los mismos personajes del cuento, bueno, en realidad sólo aquellos que sobrevivieron a esa noche…
¡Guaneró!


HM: Eso convierte este cuento en una especie de prólogo o aperitivo de tu nuevo libro. En él pueden verse rasgos de La Virgen del Sol, pero también de tu segunda novela, El péndulo de Dios, mucho más cercana al thriller de misterio. Esto puede darnos una idea aproximada de lo que nos aguardará entre sus páginas. Si tuvieses que describir el argumento de este nuevo libro con una palabra, ¿cuál sería?

JD: Pasión. Sin duda esa es la palabra que me gustaría que definiera la novela que estoy escribiendo en estos momentos.

Pasión por los indígenas que poblaban América y que se encontraron con un pueblo que los arrasó. No es un llamado inflamatorio a hacer justicia, ni una revolución anti imperialista, ni soy de los que van con un lirio en la mano y haciendo el signo de la paz con la otra. En aquel momento histórico pasó lo que había de pasar, que el fuerte dominó al débil como ha pasado desde el inicio de la evolución, y como pasará hasta que sólo quede “el fuerte”. 

Pero sí siento que falta una parte por explicar. El vencedor escribió la historia y se permitió el lujo de hacerlo como quiso, de humillar y ridiculizar al vencido, lo habitual, pero siento que quinientos años más tarde deberíamos ver ese proceso con los ojos de la curiosidad, exentos de patrioterismos baratos, y pensar que aquella gente que fue arrasada por el conquistador también tenían cosas interesantes que explicar. Intento imaginarlas y darles vida.



HM: ¿Y qué palabra resumiría lo que su escritura significa para ti a nivel personal?


JD: Curiosidad.

No puedo dejar de imaginar qué piensa la gente que me rodea, qué hace cuando nadie los ve, qué pasó en el lugar donde vivo antes de que yo viniera, quién caminó por la misma calle que yo, cómo eran los tenderos que vivían en Babilonia, qué sentían los incas al llegar a la cima de una montaña, cómo se defendían de un huracán los indígenas del mar Caribe, quién construyó una silla antigua, porqué pusieron una columna diferente en el interior de una iglesia, cosas así que me brotan espontáneas en la cabeza y que inmediatamente generan pequeñas historias.

Creo que a esto lo llaman paranoia…, pero es lo que inspiró el thriller El péndulo de Dios.




HM: Una última pregunta, para mí, quizá, la más importante de todas. Los que te conocemos no podemos pasar por alto tu magnífico sentido del humor. ¿Qué haces para conservarlo intacto? Mucha gente querría conocer tu secreto, sobre todo en estos tiempos tan complicados.

JD: He de reconocer que tengo un sentido del humor un tanto retorcido. En realidad soy una persona bastante ácida con el entorno y extremadamente crítica con todo. Mis amigos me dicen que soy el eterno inconformista, y ante tanta inconformidad utilizo el humor como desengrasante. Soy de los que piensa, en cuanto hay dos o tres personas que están de acuerdo conmigo, que seguramente estoy equivocado y comienzo a mutar el ideal. Así que utilizo el humor como mecanismo de encaje cuando algo no funciona: que el jefe grita, humor, que perdemos al fútbol contra el eterno rival, humor, que ganamos la copa de Europa, humor, que conseguimos un pequeño triunfo, humor, que las cosas están más jodidas que nunca, humor, y ese saber reírse de todo, por supuesto empezando por uno mismo, crea un traje protector al estilo de Damart Termolactyl que te mantiene a salvo de la injerencia externa.

Me gustaría despedirme agradeciendo esta entrevista, y dando un pie de foto a la infinita osadía, herejía y pecado capital de poner mi cara en la famosa imagen de Audrey Hepburn, en palabras de la propia estrella: "Yo no tomo mi vida en serio, pero tomo lo que puedo hacer en mi vida en serio", ese es el truco.