dijous, de setembre 05, 2013

¿Quién se ocupará de nosotros cuando hayamos muerto?

Hay un grupo barcelonino, Facto de la Fe y las flores azules, que tiene una canción extraordinaria, "Muertos", y cuyo estribillo, cantado con voces corales de sirenas, viene a ser este: "estaremos muertos toda la eternidad".

Y es verdad.

No hay vida eterna, no hay resurrección, no hay mano derecha ni izquierda de nadie, no hay reencarnación, no hay nada. Solo vacío, el perro de los egipcios.

Y entonces, ¿qué pasará con nuestras vidas, quién cuidará de ellas? ¿Quién amará a los que amamos? ¿Quién nos amará a nosotros?

Hace años escuché una entrevista a un periodista, colaborador habitual de la Cadena Ser y de quién no recuerdo el nombre, que promocionaba un libro desmitificando la muerte y se reía de frases tipo "hay que vivir cada día como si fuera el último", "así no se puede, es agotador", decía, y otras reflexiones por el estilo que comparto. Creo que el libro se titulaba "La muerte es una mierda", podría comprobarlo en santo Google pero prefiero que se mantenga con este título, errado o no, en mi memoria porque es verdad, morirse es una mierda.

Pero tranquilo, lector, no sufras porque no tengo intenciones de filosofar sobre la muerte, ni de hacerme las mismas preguntas que centenares de millones de personas se han hecho antes que yo, sin encontrar respuesta además. No, no se trata de eso, aunque sí quisiera reflexionar un poco en voz alta.

Mi naturaleza es de preguntarme continuamente ¿y por qué no?, una insatisfacción congénita con la que no sé si nací o me he encargado de cultivar a lo largo de los años, pero que me obliga a estar inquieto y remueve, con la tenacidad del tiempo, todas mis convicciones. Esta inquietud, que para otras personas como Carmen Grau sería pasividad, me ha inoculado en diferentes momentos de mi vida el virus de esa pregunta bendita, ¿y por qué no?. Momentos en los que inexcusablemente se han producido cambios de entorno, de vida, de compañía, de convicciones, de moral, de lugar, de pensamiento, de intenciones, de fe, de futuro...

Y me preguntaba, hace apenas un par de días, qué hubiera pasado si no hubiera sufrido la mordedura de la duda, qué sería de mi vida si no hubiera querido ver siempre qué hay más allá de donde estoy parado. Creo, con toda sinceridad, que me habría muerto, que ya sería una de esas personas que mueren con treinta y pocos años y las entierran con setenta. Pero también creo que ha de haber un límite, no se puede ir siempre hasta la siguiente esquina a ver qué se esconde en esa intersección, pensar que se ha encontrado el sitio y al cabo de cuatro días sentir de nuevo la necesidad de levantar el campamento. Ha de haber un lugar en el que uno se sienta cómodo, que diga aquí, este es mi sitio. ¿O no?

Y sigo con las preguntas, ¿el resto de la gente, no siente esa llamada de la curiosidad? Tengo amigos, familiares, conocidos, que viven igual que hace veinte, treinta o cuarenta años, en la misma casa, en la misma ciudad, con la misma gente, con los mismos gustos, los mismos hábitos, los mismos vicios, ¿cómo lo hacen?, ¿es posible que hayan muerto y no se hayan dado cuenta, que sean en realidad espíritus errantes que caminan entre nosotros con la apariencia de los vivos, porque su materia orgánica sigue funcionando, pero que en realidad sus sueños hayan muerto muchos años atrás, y con ellos sus propias vidas?

¿Cómo puede una persona vivir siempre siendo la misma? No se aburre de la monotonía de su presencia... Es muy probable que pase como en la canción del hombre merengue, don Kinito Méndez, y que el loco sea yo.

Siento un profundo desasosiego en mi interior por la infinidad de cosas que podría haber hecho en la vida y que no me he atrevido por cobarde, por pereza, por falsas convicciones, por imbécil, por tantos motivos como oportunidades perdidas. Una tristeza que no deja de crecer a medida que pasa el tiempo y la pista se hace más corta, la meta más cercana, las fuerzas menores, y el peso de la mochila, con todo lo no hecho, me aplasta contra el suelo.

Leí hace unos meses un cartel de esos que circulan por Facebook, esta vez sin faltas de ortografía, por fortuna, que decía algo como que de lo único que nos arrepentiremos antes de morir será de lo que no hayamos hecho, y la rotundidad de la afirmación resuena cada noche en mi conciencia cuando me acuesto. 

Vivamos pues, no como si cada día hubiera de ser el último, pero sí conscientes de que es uno más que hemos podido aprovechar o desperdiciar. Flexibilicemos las líneas de lo posible, de lo correcto, del pensamiento, soltemos un par de puntos el corsé y miremos de respirar algo más profundo, quitemos trascendencia a las tonterías de la vida. Viajemos, comamos lo que se nos ofrezca apetecible, salgamos del círculo imaginario en el que creemos sentirnos cómodos y dejemos que la lluvia nos moje, que el viento nos zarandee, que los ladrones nos roben, que la gripe nos ataque por habernos mojado en un lugar desconocido, y no por estar frente a un ordenador con el aire acondicionado en marcha. E incluso, sin escribir con la textura cursi-barata de libro de autoayuda, mordamos la manzana prohibida del saber, porque de una cosa sí estoy seguro, nadie se ocupará de nosotros cuando estemos muertos.

5 comentaris:

Gigi en Gigilandia ha dit...

Diantreeeeeeee!!!

Qué chulo lo que ha escrito, me ha encantado y sinceramente me identifico. Le robaré un párrafo y perdón por el abuso.

Ingrid (Vicsabelle) ha dit...

Hey Jordi, cuantas verdades, cuanta razón!! Muchas de esas preguntas que te haces, también me las hago cuando observo que muchos que conozco desde niña no han cambiado ni de grado. Siguen estáticos como los muros coloniales. Contra parte está, lo mucho que aveces "andamos" y que esos mismos seres estáticos te miran extrañados y te dicen eres rara(o), nunca te quedas en un sitio ¿No te da miedo volar tanto? Es cierto que mientras tenemos juventud no pensamos en la muerte (me encanta leer "Cuando éramos niños de M. Benedetti) Solo en un punto de nuestra vida empezamos a preocuparnos por lo que hicimos o dejamos de hacer, por nuestros temores y proezas para alcanzar lo que soñamos y despues qué... dejaremos de existir y con esa ausencia se irá todo lo que somos... Pero tenemos que vivir hasta que el Grande diga que ya está bueno.
Abrazos

Carmen Grau ha dit...

Ei, Jordi, gràcies per la menció! M'ha agradat molt el que has escrit!

Es muy bonito y estoy de acuerdo con todo. Yo sí procuro vivir la vida como si cada día fuera el último, pero por mucho que lo intento siempre me queda algo para mañana, y de momento, por suerte, el mañana siempre ha llegado, ¡aunque ya sé que algún día no lo hará, ja, ja! Pero si fuéramos inmortales, sería muy aburrido, no tendríamos metas por alcanzar ni entusiasmo, ¿para qué?, con toda la vida en nuestras manos el tiempo no existiría. Por otro lado, y ya que me mencionas, te diré que yo soy movidita porque soy así y tengo que aceptarme. No siempre estoy orgullosa de ello, a veces pienso que ojalá encontrara un lugar y dijera aquí me quedo, pero no, simplemente hay gente inquieta y otra que no. Últimamente he pensado que lo mío es impaciencia, porque como tú dices, cada vez estamos más cerca de la muerte y del día en que nadie se ocupará de nosotros. Mientras tanto, hay que seguir viviendo, pero descansar también es parte de vivir.

Blanca Miosi ha dit...

Hola Jordi,
Ante lo que has planteado no sé que pueda decir, excepto que no me importa seguir viviendo. Seguir viviendo así nomás, normalita, caminando por las calles como una más, comiendo lo que se me antoja sin preocuparme si engordaré, levantándome cada mañana sin pensar que pasé una noche más y que día a día voy envejeciendo, porque, ¿a quién rayos le importa?
Sin embargo no puedo decir que todo me es indiferente, no, señor. Disfruto leyendo los cortos mensajes que suelo cruzar con mis amigos, los carteles mal escritos, mis novelas que suben y bajan de las listas como si fuesen yoyos, y especialmente de las historias que voy creando, historias que nunca viví sino a través de las teclas de mi ordenador. ¡Pero vaya que las vivo! Así que la vida me la llevo como viene y ni espero a la muerte ni pienso mucho en ella, que venga cuando le dé la gana, y tampoco me mortifica saber que hay más allá, todo lo sabré a su debido momento.
Creo que lo mejor es vivir y dejar vivir a los demás como quieran, sin pedir que tengan metas, que cada uno sabrá qué hacer con su vida. Al final todos estaremos muertos.

Anònim ha dit...

Per uns minuts m'has fet traslladar al 2005 o 2006 quan vaig sentir-te per primera vegada un parell de frases que dius aqui. Em va impactar molt el primer dia que em vas parlar d'un jubilitat de banc molt proper a tu en aquests termes, però em va ajudar a coneixe't i a coneixe'm. Des d'aquell dia la motxilla i el estar mort els tinc molt presents i això em fa sentir més realista i més viu.

Com sempre grans reflexions.