diumenge, de desembre 30, 2012

Un día magnífico, sin duda.


Hoy ha sido uno de esos días que podemos llamar “felices”, un domingo en familia, con los niños en un entorno precioso en el que hemos gozado de la compañía de la naturaleza, del mar, de un paseo en catamarán, de un almuerzo de lujo en el mejor restaurante del mundo, a pie de playa en la Isla Saona, quizá uno de los lugares más hermosos que hay, y de regreso, a toda máquina en una lancha que debía capitanear el mismísimo Moisés por la forma en que abría el mar, a treinta nudos sobre los tonos turquesas del mar Caribe.

Un día magnífico, sin duda.

Sin embargo, entre salto y salto propiciado por los 220 CV de cada uno de los dos motores de la lancha, he sentido el estreñimiento de las cinchas de la mochila vital cargada en mi espalda, esa presión de las vidas no vividas y que de tanto en tanto, sin avisar, me asalta. El peso de las vidas que dejé para llegar a la actual y su correspondiente "qué hubiera pasado si..."

Quizá una de las mejores cosas de ser escritor, o la causa de, es que uno puede vivir tantas vidas como desee, propias o inventadas. Historias que nacen, crecen, se reproducen y mueren víctimas del Cucal de la pereza la mayor parte de las veces, o que alcanzan la salida en otras, como ésta. 

Quisiera aclarar, estimado lector, que no me siento una persona melancólica, ni sucumbida por el peso de la vida, al contrario, creo que la mía no ha estado mal, no está mal de hecho. He tenido tiempo para hacer cosas de las que me siento feliz, he recorrido media Europa a lomos de una motocicleta, he viajado todo lo que he podido, aunque menos de lo que me gustaría, tengo amigos en casi todos los continentes, un hijo de cada color y más de veinte ahijados en diferentes lugares del mundo, y una vida atípica quizá, pero grandiosa; y sin embargo a veces me pesa el peso que me quité, como a aquellos pacientes a los que les amputan un miembro y lo siguen sintiendo vivo, con sus picores y sus sensaciones, y no lo comprendo.

Las decisiones, las palabras dichas y las que no debería haber pronunciado jamás, las que nunca pronuncié y que sí debería haber dicho, los halagos y los reproches, ambos siempre sinceros aunque muchos equivocados, los pasos dados, las pausas, la gente desterrada, los amigos perdidos, los nuevos encontrados, las oportunidades desperdiciadas y las atrapadas al vuelo, los clavos ardientes, las casas que habité, las mujeres a las que besé y las que deseé haber besado sin éxito, la carne que comí, el alcohol que tomé, los kilómetros que corrí, los hijos que no tuve; las vidas que viví y las que decidí no vivir son las que me han traído hasta el momento preciso en que escribo estas letras, y por eso no cambiaría ni una sola coma de mi novela, ni siquiera entrecomillaría las partes más negras de mi biografía (que no son muchas, por fortuna, pero que quizá sean más negras de lo que me atrevo a reconocer), y aún siendo consciente de todo esto flota sobre mi aura la pregunta maligna de qué habría sido de mi vida si en aquel momento…

¿Por qué no puedo dejar de imaginarme a veces en las otras pieles que habité? No hay pesadumbre, sólo curiosidad. 

Deberíamos tener la oportunidad de vivir en paralelo tantas vidas como deseáramos, de manera simultánea, y quizá esa sería la respuesta al desasosiego que produce nuestra vida lineal. Como un escalador que pudiera subir diferentes montañas al mismo tiempo y gozar de todas las vistas a la vez para decidir con cuáles de ellas se queda, quizá con todas... Pero resulta que no podemos hacerlo porque la única forma de gozar de las vistas de una cima es descendiéndola, almacenar en la memoria tantas sensaciones como se pueda, subir a otra y comparar entonces. ¡Eso es hacerse trampas al solitario!, y sin embargo la vida, mi vida, es una sucesión continua de cimas en diferentes momentos imposibles de compaginar, de comparar y de vivir al mismo tiempo. ¡Qué gran trampa!

¿Cómo saber qué paisaje es el más hermoso que podrás alcanzar en tu vida si no sigues acumulando vistas?, pero ¿y si después de haber visto todo comprendes que el mejor lugar para haberse quedado era el primero, cómo cambiarlo? No se puede, y es aterrador.

Quizá debería haberme dedicado simplemente a contemplar los mil tonos de azul y verde de las aguas caribeñas, comprender lo muy afortunado que soy y gozar del instante, cual alumno aventajado de Eckhart Tolle, pero si yo fuera así todavía estaría sentado en la plaza de mi pueblo creyendo que Montserrat es la montaña más bella del mundo y que el Mediterráneo es el mejor mar del planeta. 

¿Y si acaso lo fueran, los cambiaría por el inolvidable día de hoy? ¡Jamás! 


dimarts, de desembre 25, 2012

El veneno de la nostalgia

¿Qué harías si de repente, tras mucho tiempo sin sufrir su mordedura, te ataca la nostalgia? ¿Cómo vacunarse contra el deseo de volver a la tierra propia, al calor de los amigos, a los colores conocidos, los olores, los sonidos familiares, la temperatura de la placenta en la que has crecido? ¿Existe cura contra eso? No estoy seguro...

Quizá una solución podría ser recordar los motivos por los que me marché hace más de un lustro: ganas de aventura, superación, demostración de que podía hacer algo más en la vida, dinero, y tiempo para escribir, entre otros. Sí, podría valer, pero resulta que la aventura ya se ha agotado, la superación va por otros derroteros, la auto demostración de valía está más que cumplida, del dinero prefiero no comentar, y tiempo para escribir es lo que más echo de menos…, así pues, ¿qué?

También podría recordar por qué no me quedé, monotonía de la vista, agotamiento de tiempos, corsé de normas infinitas,… Ves, nada de esto ha cambiado.

Esta semana previa a la Navidad la hemos pasado en casa, en la nuestra, en la de la familia y en la de los amigos. Hemos tenido la fortuna de poder compartir dos días magníficos con Nati y Guillermo, una de las mejores cosas que nos han pasado en estos seis años en el Caribe, entre otras muchas. Una pareja que son ejemplo de vida, felices, tranquilos, cultos, hábiles, buena gente, escarmentados de la vida pero no lo suficiente como para no seguir soñando, con un pasado exquisito, pero con un futuro y unas posibilidades envidiables, y que tuvieron la osadía de acogernos en su casa con todo lo que una invitación así conlleva. Muy agradecidos por su hospitalidad, y lo mejor de todo es que la próxima será en nuestra casa, je je je. 

En esta semana también viví una jornada que no olvidaré jamás, la primera vez que firmaba libros en una librería de verdad. Estaba tan asustado que no me atrevía a entrar e incluso llegué un par de minutos tarde. Pero fue una jornada inolvidable. Emocionante, eufórica, humilde, atemorizante, de reencuentro con amigos a los que no veía desde hacía seis o siete años, pero también una jornada en la que comprendí, por unos minutos, como se siente un escritor y de qué se alimenta su ego. Firmar libros para gente que te considera escritor es algo grande. 

En la vida siempre he sido muy afortunado, algo que no me canso de reconocer y agradecer, y en ese saco de fortuna se cuentan los amigos. Acudieron esa tarde mi maestro de yoga, Josep, la persona que me enseñó cómo acallar una mente hiperactiva que no me deja vivir a veces, con su pareja y su hijo, vino Marc, el amigo que inspiró la figura de Cècil Abidal, protagonista de El péndulo de Dios, vinieron mis antiguos compañeros, y amigos, del equipo de fútbol con los que compartimos muchas alegrías y más de una decepción, incluso fuera de la pista, mi ahijado, al que tampoco veía desde que era un mocoso y que ya es tan alto como yo, por no reconocer que lo es un poco más, vino también mi querido TT con su familia, qué gran tipo, y Julia, que me trajo tres CD’s del músico Diego Ojeda, y que os recomiendo encarecidamente, Antonio, armado con su nuevo look motero, y Dani, un hombre bueno del que he aprendido casi todo lo que sé de diseño y trucos fotográficos, ¡gracias Dani! Vinieron Mise y César, una pareja a la que admiro y quiero, ella, Mise, seguramente la persona más inteligente que he conocido en toda mi vida y a la que le tengo un cariño infinito, y César, el catalán impasible, parafraseando al señor Greene; se acercó una parte de la familia Abellán, Oriol, Guillem, Vanesa, el pequeño Leo, y Pere, y también de la rama de los Ventura, tres generaciones reunidas esa tarde, Toni, Mireria y su pequeña. Mi agente Sandra, de la agencia Sandra Bruna, con su esposo Jaume, a quien les agradezco muchísimo que se tomaran la molestia de acudir a un acto tan humilde cuando ellos juegan habitualmente en las Ligas Mayores, a nuestra otra amada familia, la de Sant Feliu, que vino en pleno con los niños recién sacados del entreno, y como no, a Xesca, mi gran maestra, y a Àngels, de La Llar del Llibre, que hicieron posible esa jornada. Seguro que me dejo a alguien,  pero es fruto de la edad, no de la ilusión de nuestro encuentro. Mil disculpas desde aquí por mi torpeza. 


No puedo cerrar el recuerdo de esa magnífica tarde sin agradecer a los lectores anónimos que se acercaron hasta la librería para comprar un libro a un tipo desconocido que les decía que la novela les iba a gustar. Espero no haber mentido demasiado.

Han sido unos días en los que el arraigo me mordió con tanta fuerza que todavía me duele. Mis amigos, mi familia, la poquita que me queda, nuestra casa, nuestro espacio. Conducir sin esquivar, comer en más de un plato, hablar catalán, abrigarnos, comer aceitunas y pescadito frito, pasear entre gente vestida, poder escoger en qué cafetería íbamos a tomar un café, o entrar en librerías cargadas de volúmenes de los que jamás he oído hablar. Caminar por una calle con aceras, luces y comercios. Ha sido una semana extraordinaria.

Estar con Cecilio y María José..., y planificar las próximas aventuras.


Pero una semana coja, porque la otra mitad de nuestra vida necesita visado malditos para poder seguirnos y esta vez la burocracia nos pasó por encima, como casi siempre en la vida. 

¿Existe cura contra esto? Estoy seguro que no.

dimarts, de desembre 11, 2012

Lágrimas de cemento, sonrisa de titanio


Es un post difícil el que voy a escribir hoy. 

Hace apenas unas horas me he hecho una pregunta que continúa sin respuesta, una pregunta que voy a trasladar a los que leáis este artículo y que, ya os aviso con antelación, creo que también os va a quedar flotando cual tarea de Windows sin resolver.

La pregunta en cuestión es: ¿Por qué sonríe la gente que no tiene nada?

Os pondré en situación. Hace unos meses leí un excelente artículo en la revista/periódico local, Bávaro News, firmado por la redacción, en el cual presentaban a una persona que captó mi atención desde el primer segundo, María de Villa Esperanza, a quien el magnífico hacer dominicano ya le ha comido el “de” y la ha apellidado con el nombre del lugar en que vive y trabaja. María es una persona que dejó todo lo que tenía, o sea nada, y se dedicó a levantar una escuela para niños que no tienen opción de ser escolarizados por muchos motivos. En República Dominicana estos motivos son infinitos, por lo que no los detallaré. Después de muchos sinsabores, esfuerzos, baldíos unos y fructíferos otros, ha conseguido crear una escuela con un patio, dos baños y tres mini aulas donde se dan clases ininterrumpidas de siete y media de la mañana hasta las ocho o nueve de la tarde, variando el alumnado de niños que apenas comen sólido con adultos de todas las edades en sus horas más tardías.

Llevé la revista abierta por el artículo de María Villa Esperanza varios días en el salpicadero del coche hasta que al final un día me decidí a buscarla. Cerré la oficina y, con la excusa de que me iba a visitar las obras de una nueva autopista, me adentré en las calles de la Villa Esperanza, o Villa Plaibú, como también la llaman porque la mayoría de las chabolas están hechas de “plaibú”, o cinc. A pocos cientos de metros de uno de los residenciales más espectaculares del mundo me perdí entre callejones creados por el amontonamiento de chabolas, gente, niños, animales y todo tipo de artilugios, hasta que llegué a la “escuelita”. Aparqué el coche y bajé. No hizo falta preguntar por doña María, pues una señora de edad con la cara gris “portland”, arrodillada, que cargaba cemento con sus manos y lo echaba sobre la mezcla con que estaban cubriendo el patio de esa escuela, se levantó y vino a ver qué quería. Le expliqué brevemente mis modestísimas intenciones y de sus ojos grises comenzaron a brotar lágrimas de cemento. Al cabo de un rato, unas manos dignas de obrero de la construcción, o de la minería, pasaron el dorso sucio por la cara, secaron los surcos que el agua había dejado en su rostro, y seguimos hablando. 

Desde entonces nos hemos visto algunas veces más, aunque casi siempre la comunicación con ella es por medios que me ayudan a esquivar el contacto personal. Hoy he ido a verla y me ha mostrado, orgullosa, el patio acabado con el suelo de cemento que estaba colocando durante nuestro primer encuentro, me ha enseñado las tres aulas (entonces cerradas por las obras del patio), apenas de seis u ocho metros cuadrados, llenas de hombres y mujeres que aprendían a sumar y restar en dos de ellas, y a escribir en la tercera. Una canasta de básquet en medio del patio y cientos de guirnaldas adornando el espacio, algunas confeccionadas con basura y otras recicladas de la misma fuente. Estaba feliz, no dejaba de repetirme lo hermoso que estaba quedando, lo contentos que quedarían los niños cuando lo vieran iluminado con unas luces que no sé de dónde ha sacado. Bonito, ¿verdad?, decía sin parar de imaginar una realidad que sólo existía en su mente, la imaginación del visionario que hace ver bonito lo que está hecho de miseria y necesidad, pero también de entrega, amor y generosidad.

Hoy hemos conversado un poco más, aprovechando que era tarde, y me ha contado algunos episodios de su vida, que ha tenido tres hijos, dos niñas y un niño, de los cuales sólo conserva con vida una de las niñas, que además tiene una grave deficiencia en el oído y en el habla, lo que la convierte, en esta sociedad, en una carga intensa. Que tres nietas, una de su hija fallecida y dos de “la muda”, como ella misma la llama, la propia muda y ella viven a un par de decenas de metros de su obra capital, en una chabola que cuando pasas por el frente lo que menos imaginas es que aquello está habitado. Que no tiene más ingresos que la caridad de sus vecinos, los cuales tampoco no andan muy sobrados de recursos.

Me ha hablado del único hijo varón y de como falleció trabajando ella de camarista, denominación profesional de las señoras que limpian las habitaciones de los hoteles de la zona, y cómo no pudo hacer nada porque en el bolsillo sólo tenía el equivalente a diez céntimos de euro. Y otras historias que ya no he podido asimilar quedándome anclado en la imagen de una madre con un niño pequeño muerto en sus brazos y sin poder hacer nada más que persignarse o llorar, o ambas cosas.

Sin embargo María ríe más en una hora de lo que yo, con una posición en todos, o casi todos, los aspectos de la vida a años luz de la suya, lo hago en una semana.

Gracias a su trabajo y a su constancia hoy son más de trescientos los niños que hacen turnos y acuden alguna vez por semana a la escuela, de los cuales muchos son fijos, claro. Pelea con las autoridades para que la escuela sea reconocida, y ella misma se ha apuntado a la universidad de Higüey, consciente como es de sus carencias docentes, para dar una educación de más calidad y tener, además de los profesores voluntarios que acuden por horas, un título sobre el que soportar la escuela. 

Sé que hay muchísimos ejemplos como el de María, y el ponerla de protagonista de este artículo no es por rendirle un pequeño homenaje (que lo merece en un medio de difusión mundial), sino para volver al principio de este post y repetir la pregunta que sé que me va a tener en vela otra noche más:

¿Por qué sonríe María, por qué es feliz?