dimarts, d’abril 26, 2011

El día que vimos más cosas

Dijo nuestro gran escritor Josep Pla, gran viajero y poco gastador, en su primer día de visita a New York "Me doy cuenta de que hoy es el día de mi vida que he visto más cosas", y tenía toda la razón del mundo.

Después de meses de trabajo y aislamiento forzado por la misma razón, decidimos de última hora marcharnos a pasar un fin de semana largo a New York, y, por primera vez en mi vida, pisar los Estados Unidos de América fuera de un aeropuerto.

La primera reflexión fue encontranos solos en una ciudad de más de diez millones de habitantes, porque ninguno de ellos era amigo nuestro, y a ellos es a quien echamos de menos. Es extraño llevar la cámara atada a la cintura y no compartir el ángulo de la foto con Cecilio, o poner a todas las mujeres alrededor de José.


Pero después de la primera sensación de soledad, decidimos pasarlo bien. De hecho habíamos ido para eso...


Así que hemos pasado cuatro días en New York extraordinarios. Cuatro días en una ciudad que ofrece tantas opciones como personas hay. El centro del capitalismo mundial, un lugar en el que puedes encontrar cualquier cosa que se te ocurra, un centro comercial a lo bestia en el que cada marca (de lo que sea) lucha por sobresalir de las demás. La versión de la selva que visitamos hace años en Perú, pero en versión cemento.


Paseamos por Central Park, todas las avenidas que pudimos, nos luxamos el cuello de mirar hacia arriba, entramos en más tiendas de las que puedo recordar, cogimos un taxi amarillo conducido por un hispano, no conseguimos hablar inglés con nadie porque todo el mundo habla español, gastamos mucho más de lo que pensábamos, comimos en el Bubba Gamp, compramos falsificaciones en China Town, visitamos el MOMA, vimos Mamma Mía, nos perdimos en el aeropuerto JFK, fuímos en SubWay, nos comimos un hot dog, paseamos por Tiffany's como si pudiésemos comprar algo de lo que allí se vende, y por instantes nos sentimos como si lleváramos toda la vida en Manhattan.


Celebré mi santo allí, viendo Mamma Mía. Por cierto, que espectáculo tan impresionante.

Los que me conocéis un poco sabéis de sobra que no soy muy pro americano, que no me gusta demasiado su modo de vida, ni la prepotencia con la que parecen caminar por el mundo, pero he de reconocer que nunca había visto una ciudad como New York. Es el paradigma de la individualidad, del reconocimiento de la riqueza material como éxito personal, y no sólo no se avergüenzan de tal cosa, sino que lo pregonan a los cuatro vientos en forma de frases impresas en placas doradas.


Rockefeller Center, el culto al dios pagano del Dólar. Por cierto, las dos iglesias más importantes de Manhattan, la catedral de San Patricio y la Trinidad, están frente a Rockefeller Center la primera y frente a Wall Street la segunda. Je, je, je, ¿serán socios, o se expían unos a otros los pecados?


Como no podía ser de otra forma, visitamos la estatua de la Libertad y dimos un paseo en barco desde el río Hudson al East river.


Y regresamos a casa, cansados, algo más pobres de bolsillo, pero mucho más ricos en experiencia y felices por haber tenido el valor de dejar a nuestro pequeño cuatro días en compañía de su amado tío Ooocaá (Óscar para los que no hablan Marçalés). Tampoco les ha ido mal...

dilluns, d’abril 18, 2011

El verdadero Fracaso Escolar, Xavier Sala-i-Martín

Desde hace unos meses me he aficionado al Twitter, una herramienta que me parece muy divertida. Desde mi teléfono móvil puedo seguir todo lo que "retuitea" Quim Monzó, las tonterías de Charlie Sheen, o los magníficos comentarios de Guti. Además de colgar alguna tontada propia acompañada de vez en cuando con una fotografía de lugar.

Me gusta el Twitter porque permite seguir a gente que te interesa de manera directa, sin intermediarios, sin prensa, sin radios, sin cortes intencionados en televisión y sin censura. Uno de los personajes que sigo es el economista Xavier Sala i Martín, con quien estoy casi al cien por cien de acuerdo en la mayoría de las cosas que le leo (a excepción de su opinión sobre la ley anti tabaco...) y que el domingo colgó un artículo extraordinario.

Tanto me gustó, y tan de acuerdo estoy, que lo transcribo literalmente:


¿Se imaginan que Rafa Nadal hubiera nacido en un país en el que su talento hubiera pasado desapercibido? O peor aun: ¿se imaginan que se hubiera descubierto su talento pero que en ese país no existieran ni los centros de alto rendimiento (CAR), ni los maestros, ni los médicos, ni las instalaciones, ni los mecanismos que le hubieran permitido desarrollarse hasta convertirse en el mejor jugador de tenis del mundo? ¿Y se imaginan si hubiera pasado lo mismo con Xavi, Iniesta, Pau Gasol o todos los campeones del mundo en las diversas disciplinas individuales o de equipos?


No hace mucho, los triunfos internacionales de los deportistas españoles eran escasos o nulos. Todavía recuerdo a los comentaristas de TV1 explicando que España no había conseguido medallas, pero había obtenido cuatro diplomas olímpicos, “que son casi como medallas…” Una manera burda de disfrazar las cosas cuando cosechas fracasos. Una manera que hoy ya no es necesaria porque hoy se consiguen numerosas medallas en una variedad de disciplinas. ¿Qué ha cambiado? ¿El talento innato? ¡No!: desde un punto de vista genético, los españoles de ahora son casi idénticos a los de entonces (digo casi porque la inmigración ha aportado savia distinta). Lo que ha cambiado es que ahora existe un sistema que identifica a los jóvenes de más talento y se han construido centros –ya sean CAR deportivos o Masías- donde los deportistas que más prometen tienen acceso a los mejores entrenadores, médicos especialistas, tecnologías superiores y becas. El éxito de esta política deportiva es innegable.


Al mismo tiempo que nuestros jóvenes deportistas triunfan en todo el mundo, nuestros jóvenes no deportistas se enfrentan a una situación trágica, con tasas de paro de hasta el 50%, salarios ínfimos, productividad bajo mínimos, precariedad laboral extrema y una manifiesta incapacidad de innovar, investigar o competir en el mercado laboral internacional. Claramente el sistema educativo no funciona para ellos y yo me pregunto: ¿Cuántos de estos jóvenes que hoy día están en el paro o tienen un trabajo precario con salario ridículo tenían el talento innato para ser un Rafa Nadal o un Xavi de las ciencias, las matemáticas, las artes, la economía, la medicina, la informática o la ingeniería? La verdad es que sólo en pensar en la respuesta me da escalofríos.


La comparación entre los éxitos deportivos y el fracaso educativo nos lleva a pensar en una posible solución: Imitando a lo que se ha hecho en el mundo del deporte, ¿por qué no se crean centros de alto rendimiento científico para los jóvenes de más talento? Esa es, precisamente, la idea que tuvo la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuando propuso la creación de un centro de excelencia al que acudirían los jóvenes con mejores notas. ¡Bravo, Presidenta! Esa es una de las cosas que se necesitan.


No hace falta decir que la guardia pretoriana del papanatismo progresista español no tardó en saltar a la yugular de la Presidenta con su tradicional letanía de simplezas populistas y acusaron a doña Esperanza de ser una clasista, de querer introducir un sistema de castas, de perpetuar las desigualdades sociales y toda la constelación de tonterías que repiten cacatuísticamente cada vez que alguien propone soluciones al problema de la educación en España. Curiosamente, toda esa gente que detesta la idea de los CAR educativos, acepta sin rechistar los CAR deportivos. ¿Por qué? Pues supongo que deber ser porque la educación de los jóvenes les importa un comino y lo único que importa es… ¡el deporte! Eso, o que su ideología igualitarista que prima la igualdad de resultados por encima de todo les impida ver que sólo se puede conseguir que los niños más lentos corran al mismo ritmo que los más rápidos si reduces la velocidad de todos y, por lo tanto, impides que los rápidos desarrollen todo su potencial.


Crear centros de alto rendimiento para matemáticas, ciencias o arte no significa que los jóvenes con menos talento sean dejados de la mano de Dios. No. A esos también hay que ayudarlos a conseguir todo su potencial. Lo que sí es verdad es que eso no se puede conseguir a base de impedir el progreso de los jóvenes con más talento.


Los críticos dicen que los CAR perpetuarían las diferencias sociales. Eso no es verdad porque los niños con más talento no son los más ricos: no lo es en el futbol y tampoco lo es en las ciencias o las artes. Si los CAR educativos se modelan a imagen de los deportivos, la entrada se regulará basándose en el talento del joven y no en el estatus social de los padres. De hecho, si lo piensan verán que es la situación actual la que perpetúa las diferencias sociales. Los niños pobres van a las escuelas públicas igualitarias donde no pueden desarrollar todo su potencial mientras que los niños ricos con talento pueden desarrollarlo estudiando en Estados Unidos. ¡El mundo al revés!


El problema de fondo es que el sistema educativo español persigue unos objetivos equivocados al buscar que todos los jóvenes completen los estudios y los mismos estudios. Ese objetivo debe ser cambiado por otro: permitir que todos los jóvenes desarrollen todo su potencial. Todos nuestros líderes hablan de “fracaso escolar” y con ello miden el número de jóvenes que no completa sus estudios. Nadie nunca piensa en los miles de Rafas Nadal o Xavis de la ciencia que tienen la mala suerte de haber nacido en un país que no ha sabido detectar su talento. O, lo que es peor, ha sabido detectarlo pero no ha hecho nada para desarrollarlo. Ese es el verdadero fracaso escolar.

Acceso al texto original en la página del profesor Sala i Martín