divendres, de febrer 25, 2011

"Somos una sociedad anestesiada a base de subsidios"


"Somos una sociedad anestesiada a base de subsidios"

Con perlas como estas:

La sociedad está cloroformizada, es drogodependiente: vive de ayudas, subvenciones, soportes del Estado, servicios que acaban reclamando como derechos fundamentales. Y a la Administración ya le va bien una sociedad anestesiada a base de subsidios y entretenimiento, no sea que salgan a la calle

Son la generación de las tarjetas de crédito sofocadas, de yeseros cobrando como ingenieros de la NASA. Gente que pensó que sus negocios no requerían esfuerzo, que tuvieron en sus manos la opción de mejorar su entorno y sólo mejoraron su trono.

La memoria perdida

Hola,

Hace unos días recibí un correo un tanto inverosímil, no tanto por la singularidad del mismo, sino por la sorpresa del momento.

Una antigua compañera de colegio me había localizado y me invitaba, muy amablemente, a un encuentro de antiguos alumnos que se celebrará en un par de meses. Como veis, algo habitual en las películas norteamericanas, pero que nunca pensé que se hiciera también allende, y menos que yo fuera uno de esos invitados. La cuestión es que la compañera que me escribe hace veintiocho años que no la he vuelto a ver, ni a ella, ni a ninguno de los demás.

Después de este primer correo nos hemos cruzado algún otro, ya que no tuve más remedio que confesarle que no recordaba a nadie de aquellos días. Mi excompañera, a quien he puesto ahora cara y cuerpo de niña de trece años, me envió algunas fotografías a modo de recordatorio, entre las que está ella misma.

He de reconocer que, a fuerza de mirar una y otra vez la imagen, creo reconocer algún rostro, pero soy incapaz de corresponder esos rostros con los nombres que me ha traído la memoria. Nombres con apellido enganchado, en perfecta simbiosis, como supongo repasaban cada día en la lista de clase los profesores de entonces. De ellos sí recuerdo a alguno...

Esto me ha hecho pensar desde entonces en dos cuestiones principales, primera, ¿qué impulsa a alguien, o a algunos, a querer rememorar un pasado de cinco lustros atrás?, y segunda, ¿porqué he olvidado toda esa parte de mi vida?

Para la primera no tengo respuesta. Supongo que algunos de ellos habrán mantenido el contacto, irían a la misma escuela superior, o a la universidad, quizá trabajen juntos, o incluso quizá algunos se hayan casado entre ellos, pero no entiendo muy bien el interés por saber de los demás. Claro que ese es mi problema, no puedo tener interés por algo que no consigo recordar. ¿Por qué?



Recuerdo la escuela, algunas de las travesuras cometidas por mi persona, como meter fuego a una papelera gigante donde se vaciaban las de todas las clases, tirar una silla desde la tercera planta, otras no me atrevo ni a recordar; me acuerdo también un niño con el que peleaba siempre, y que no he sabido ubicar en la fotografía, a alguna novia de la que recuerdo el nombre pero no a ella, partidos de fútbol en que yo siempre jugaba con el equipo B, el patio en un local adyacente, la entrada de un cine, cosas así, pero muy borrosas aún a pesar de haber intentado rescatarlas del fondo.

Sin embargo para mí no es una cosa excepcional no recordar nada de la gente, y tener frescos los recuerdos de las sensaciones. La sensación de peligro constante por la travesura diaria, la excitación de la pelea con el matón de turno, que me esperaba a la salida para intercambiar algunos puñetazos, la alegría de haber jugado a fútbol con "los buenos" y haber hecho un buen partido, la emoción por un beso robado de la novia en el giro de un pasillo, o mientras regresábamos del patio, la felicidad de llevar a mi perra, Tina, tirando de mi bicicleta (la que me compraron a cambio de no ir de viaje de fin de curso) por los campos de trigo de la entonces Viladecavalls, ahora comidos por promociones salvajes de viviendas unifamiliares, la satisfacción al contestar siempre bien las preguntas de los profesores, o la perplejidad porque las mismas preguntas otros niños no las comprendieran. Esas, y muchas otras más, las recuerdo como si las estuviera viviendo en este preciso instante.

¿Por qué soy incapaz de recordar que hay en mi despacho, en el que paso diez horas diarias, apenas cierro la puerta, y puedo revivir a placer lo que sentía con los primeros besos prohibidos de mi primera novia oficial, o la infinita felicidad de sentir a mi hijo reír en el asiento trasero de la bicicleta?

No lo sé.

Esa particularidad de mi memoria me ha permitido vivir muchas vidas diferentes. Ser muchas personas. Tener muchos círculos vitales diferentes, de los que he salido con total impunidad y de los que conservo siempre qué sentí, y muy pocas veces con quien lo hice.

Supongo que es una especie de egoísmo sensorial y de auto suficiencia que he tenido desde siempre, y que me permite vivir el presente sin apenas ataduras con el pasado. Por eso los peores momentos de mi vida han sido cuando las sensaciones que han perdurado eran malas, y no cuando las personas se han ido de mi lado, o nos hemos distanciado. Por ese motivo la culpa es mi peor recuerdo y el infinito saco de mi memoria, el mayor remedio.

Bueno, espero que la fiesta sea un éxito, que todos los que se reencuentren en ella sí se recuerden, que las anécdotas se abran camino en manteca espesa de los años, y que las esperanzas de un grupo de chavales con las rodillas sucias se hayan cumplido en un alto porcentaje.

Gracias Susana por haber revivido estas sensaciones casi treinta años después, muchas gracias.

Saludos,

(Por cierto, yo personalmente no aparezco en ninguna de estas fotografías, y no porque no me haya reconocido, sino porque pertenecen a un viaje que no hice)

dilluns, de febrer 14, 2011

Tierra de basura y flamboyanes

Hola,

Estoy seguro que este post dolerá a mis amigos dominicanos, que son muchos por fortuna.

Lamento profundamente mostrar estas cosas, pero sigo sin comprender cómo hay gente que todavía no comprende la belleza de este país.

El otro día, regresando de Samaná decidí acortar por la carretera de Mella. Para los que no conocen la geografía dominicana, os explico que habitualmente debo ir desde Punta Cana a Samaná, un recorrido de más de quinientos kilómetros, de los cuales te puedes ahorrar unos 30 si coges un "atajo", la carretera de Mella, que cruza una parte de país poco transitada por el turismo, por no decir nada transitada.

Es una carretera en relativo buen estado, con pocos hoyos, que cruza varias pequeñas poblaciones, y por la que van los camiones (patanas en buen dominicano) a toda velocidad, armadas con los mismos frenos que Ícaro cuando se le derritió la cera.

Pues bien, volviendo desde Samaná por la carretera de Mella me encontré con una visión doble, una que me recordó porque me gusta tanto vivir aquí, la fortuna que se siente al ser uno de los privilegiados de vivir en lo que la mayoría de la humanidad definiría como el paraíso, la belleza de la naturaleza, de los flamboyanes en flor (algo que no me cansaría de ver jamás y que echaré de menos cada día cuando me vaya de aquí), y otra la visión terrible de toneladas de basura esparcidas por los márgenes de la vía.

Basura a montones, en las cunetas, en los huecos, en los márgenes, en los pueblos, frente a las casas, tras las casas, en los árboles, ... arreu, como decimos en Catalunya.

¿No se dan cuenta del daño que hacen a su propia tierra?

¿Nadie puede explicar a esta población (que por suerte no son todos) que eso no se debe hacer?

¿No se pueden hacer campañas de concienciación ciudadana?

¿No se pueden habilitar vertederos públicos?

Cuando era niño en algunas carreteras de Catalunya también habían vertederos ilegales, pero al cabo de pocos años todo eso desapareció, y la clave fue la conciencia de la gente. A través de campañas de educación, bien acompañadas por sanciones importantes, todos fuimos comprendiendo que lo poco que nos quedaba, o lo cuidábamos, o lo perdíamos. De todas formas, un juego de niños en comparación con lo que veo aquí.

Entonces, ¿porqué aquí, que es el pur(t)o paraíso, lo están cubriendo de mierda?

Ojalá este post sea un anacronismo en poco tiempo...

Por cierto, las dos fotografías están tomadas con menos de 10 minutos de diferencia con mi teléfono móvil.


dimecres, de febrer 09, 2011

La última Esenia, Jordi Díez

Hola,

Antes de nada debo pedir disculpas a los que de tanto en tanto se pasan por este blog, ya que hoy voy a hablar de mí y pediros un favor.

Como algunos de vosotros quizá sepais, además de leer menos de lo que me gustaría, también escribo (peor de lo que me gustaría). Hace un par de años publiqué mi primera novela, La Virgen del Sol, de la que me siento muy orgulloso porque además de que tuvo una cierta acogida, la editorial decidió publicar también en Latinoamérica, y eso es algo que nunca podré dejar de agradecerles.

Hace unos meses finalicé mi segunda novela, pero esta vez no he tenido tanta fortuna como con la Virgen del Sol, ya que de momento no he conseguido que se publique.

Ando en conversaciones con un par de editoriales con las que confío que pueda llegar a buen fin, pero sino la publicaré como libro digital, ya veremos.

Lo que os quería anunciar es que he colgado en mi web los tres primeros capítulos, para someterlos a vuestra opinión, y ver que os parecen.

La última Esenia, Jordi Díez

La novela se titula, como véis y de momento, La Última Esenia, y es un trhiler histórico para el que me he documentado lo mejor que he podido y en el que he intentado huir de los tópicos del género.

Por favor, si alguno/a de vosotros/as se atreve a descargar estos tres primeros capítulos y es tan amable de comentármelos, le estaré muy agradecido.

Saludos,

dilluns, de febrer 07, 2011

La desesperación vs la estupidez

Hola,

Anoche viví una de las situaciones más extrañas y deprimentes de mi vida en República Dominicana.

Anoche, mientras cenaba tranquilamente en casa, me avisaron del aeropuerto que una pasajera había sido detenida, supuestamente por portar sustancias prohíbidas. Esto, por desgracia, se está convirtiendo en una rutina y rara es la semana que no detienen a algún turista por creer que el personal de seguridad del aeropuerto y las personas que aguantan, por un sueldo de pena, sus gracias en los hoteles son la misma cosa.

Tanto es así que ya ni siquiera nos avisan de urgencia cuando un pasajero es detenido por este motivo. Sin embargo anoche la persona detenida andaba acompañada de un menor, de un menor de 2 años, y esto cambia totalmente la ecuación.

El primer impulso fue ir al aeropuerto para hacernos cargo del menor, conocedor de la precariedad de medios de algunas instituciones del país, que por mucha voluntad que tengan sus miembros, los medios son restringidos cuando no inexistentes. Por supuesto el magistrado que estaba al frente del caso nos prohibió llevarnos al menor, y pasó a formar parte del rodillo burocrático del sistema.

Hoy, después de catorce horas, no sé dónde está el menor ni en que estado se encuentra.

Esta circunstancia, si bien la viví como un espectador, me conmocionó hasta el punto de intentar comprender qué puede haber pasado por la cabeza del adulto para embarcarse en algo tan peligroso acompañado por su hijo menor. Y no lo sé.

Acostumbro a no juzgar nunca, y a tener una empatía congénita siempre con la parte contraria, pero en este caso no puedo dejar de culpar al adulto. La pregunta que me hago desde anoche es porqué. ¿Porqué alguien se mete en algo tan turbio acompañado únicamente de un bebé? Desesperación, quizá sí, pero para los mil o dos mil euros que se hubiese sacado haciendo de mula (como mucho), bien podría haber hecho cualquier otra cosa, incluso prostituirse mientras el menor estaba en la guardería, o con los abuelos. Ojo, no es que esté a favor de que haga algo así, pero a hacer barbaridades, por lo menos esta opción no compromete a nadie más que al adulto.

Hablando con la seguridad del aeropuerto me explicaron que ni siquiera quería facilitar los datos de la familia en origen porque creían que estaba de vacaciones en otro lugar totalmente diferente, lo que me da dos pistas, primero que todo el invento estaba premeditado, y segundo, que una vez más la estupidez ha vencido a la desesperación.

Al adulto no le esperan buenos tiempos, tengamos esperanza que la Embajada, la familia y, en lo que podamos ayudar, nosotros seamos capaces de devolver a este menor a casa lo más rápido posible.