dimarts, d’agost 17, 2010

De paso por el aeropuerto

No sé si existe algún lugar en el mundo más desolador que un aeropuerto, sobre todo cuando se viaja solo y por trabajo. Paseo horas entre la gente, sumida en sus pensamientos, en sus horarios, en todo lo que les queda por hacer apenas lleguen al lugar de destino, frustraciones, ilusiones, reencuentros y roturas, pero sobre todo, cansancio y soledad.

Eso es lo que veo cuando camino entre las filas de gente que esperan estoicas la salida de su vuelo, sentados o tirados en el suelo frente a las puertas de embarque. Grupos de adolescentes ajenos a estos sentimientos son los únicos que parecen pasarlo bien, el resto, como yo, ausentes. Miradas muertas contra las paredes insípidas, suelos de moqueta que parece van a cocerte las plantas de los pies, tipos en chanclas y con trajes caros, calvos, gordos, feos, culturistas en camisetas imperio, mujeres vestidas como para una boda, otras para las últimas horas de un bar de noche, toses, estornudos, controles, papeles, tarjetas, burocracia al servicio de la mayor de las soledades.

Tipillos armados con una gorra que les confiere el derecho de dejarte pasar, o no. Preguntas tan ridículas como ¿A dónde viaja?, con el pasaporte y la tarjeta de embarque en la mano. Mil lenguas, mil caras, mil razas, mil ojos, mil mujeres hermosas, mil columnas atestadas de gente apoyada contra ellas, mil veces rellenado el nombre, los apellidos, la nacionalidad, la fecha de nacimiento y el lugar de residencia. Búsquedas desesperadas del enchufe perdido donde cargar el teléfono o el ordenador, requisito indispensable para viajar. Exposición de electrónica avanzada en cada puerta de embarque.

Y en medio, yo, caminando solo entre el repiqueo de zapatos de tacón y las bofetadas de chanclas plásticas, sumido en el cansancio del madrugón del vuelo previo, de la escala infinita que parece que no acabará nunca, observando a mi alrededor, imaginando vidas llenas en esas caras (como la mía) ausentes. Parejas que ya se han dicho todo en la cantidad de horas que hace que deambulan por el aeropuerto, nervios de última hora, carreras, formularios equivocados, filas infinitas, cafés inmundos, comida repulsiva a precios de Guía Michelín.

Libros, cada vez menos, en manos de gentes abandonadas a un mundo mejor que transcurre en las páginas de una ajada novela de bolsillo, la mayoría mujeres, espaldas curvadas, revistas de moda, mujeres con el velo y adolescentes orientales recubiertas de avalorios como un árbol de navidad con chancletas. Trolleys, millares de trolleys arrastrados cansinamente por pasillos repletos de tiendas de ropa de colores estridentes y perfumerías.

Policías que caminan en pareja, armados con todas las credenciales, cables, chapas, radio, porra, linterna, y seguro que navaja suiza con el logo del cuerpo. Señoras mayores arrastradas en sillas de ruedas empujadas por las asistentes del aeropuerto, la mitad de las cuales camina perfectamente pero saben que haciendo gala de su edad se saltan todas las filas. Bebés sobre excitados, niños pequeños que corretean entre los pasajeros ante la mirada impasible de la audiencia. Negros con gorras de beisball y cadenas doradas que les confieren aspecto de maniquís horteras sacados de un zoco, mal vestidos y transportados a una realidad absolutamente diferente.

Pantallas cargadas de información, miradas rápidas a los teléfonos y a los relojes. Búsqueda desesperada de las salas de fumadores y bolsas del dutty free, otra de las grandes estafas de los tiempos modernos.

Recuerdos que vagan pegados a los techos altos del edificio, escotes sugerentes, televisiones sin volumen con los noticiarios subtitulados con la opción para sordos, las tres letras rojas de la CNN marcando el ritmo de una mañana larga en la que un avión se ha estrellado en la isla de San Andrés, al norte de Colombia.

Abuelos que quizá sea la última vez que vuelan y lo saben, avisos sonoros que interrumpen la deplorable música de fondo. Voces mecánicas carentes de acento soliviantando en diferentes idiomas, imposibles de comprender, a los pasajeros que intentan dormitar encajados con precisión de tetris en sus asientos.

Sudokus y auriculares por doquier, consolas portables de video juegos y aluminio, mucho aluminio, en las puertas, en las bases de las columnas, en las patas de los asientos, en los frontales de los mostradores de embarque, en los carritos, en las manetas de las puertas, en los baños y en las papeleras preñadas de envases plásticos todavía con el nauseabundo recuerdo de la comida que transportaban. Uniformes de diferentes compañías mezclados con el personal de las cafeterías y las tiendas del aeropuerto, tranquilos, sabedores que el mundo no se acaba para ellos porque un avión se retrase.

Millones de horas perdidas que nadie reclama, que nadie cobra, que nadie se atreve a contar. Ejecutivos inyectados en la blackberry, olor a comida rápida mezclado con el ambientador más barato que ha conseguido el departamento de compras del aeropuerto. Gritos de bebé que entran hasta el fondo del cerebro como un electroshock, reproches por el descuido de algún regalo imposible ya de reponer, y horas, más y más horas perdidas que nunca se recuperarán.

¿Cuánto podemos envejecer en una escala?

Mi vuelo está retrasado, más tiempo sembrado en tierra muerta, la lengua pastosa, abrasada por un café horrendo que he tomado hace unas horas, el regusto amargo del repulsivo brebaje amenazando con tumbar a mi próximo interlocutor. Las bacterias creciendo a gusto en una boca que parece masticar yeso.

Todo numerado, las puertas, los mostradores, los asientos, las pantallas, las papeleras, los baños, los tiempos, incluso las personas con nuestro pasaporte y tarjeta de embarque que nos reclaman como si fuera el último plazo vencido de la hipoteca.

La única esperanza es que en unos días este mismo camino será de regreso y entonces todo, absolutamente todo, será diferente. Incluso yo.