dijous, d’octubre 08, 2009

Bienvenidos al infierno

Hola,

Quizá os sorprenda el título del artículo de hoy, pero debo no se me ocurre un nombre mejor para el lugar que visitaremos, si lo deseáis, en las líneas siguientes.

El lugar en cuestión se llama Illapata y los que sois seguidores de este blog quizá lo recordéis. Illapata es una comunidad cercana a Pumaorcco, dista unos 35 minutos por pista de tierra, en dirección noroeste. Es un lugar en el que el viento sopla veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días de forma ininterrumpida, directo del Ausangate, un nevado de más de seis mil metros de altitud, y que hace que las briznas de hierba se acojonen y crezcan hacia el interior de la tierra, que los cuerdos se vuelvan locos, y que el alcohol de quemar sea un remedio contra ese frío horrible que te golpea en las sienes como si un mono con bongos hubiese decidido mudarse a tu cerebro.

En este viaje fuimos dos veces a la comunidad, la primera para repartir lotes de lana y caramelos y galletas entre los niños, y otra para entregar la ropa recogida en nuestros amigos en Sabadell.

Pero no sólo fuimos hasta allí para eso, almorzando como príncipes pan y galletas en una furgoneta en medio de la nada, no señores/as, no.

Fuimos a porque es la comunidad depositaria de nuestro proyecto más inmediato. Es en esta comunidad abandonada donde hemos comenzado con la capacitación para crear una nueva serie de granjas de crianza de cuys al estilo de Pumaorcco. Es en este grupo de setenta y pocas familias donde vamos a depositar la confianza que nos ha dado el Ajuntament de Sabadell y vosotros, con vuestras aportaciones, para intentar sacarlos un poco de la extrema miseria en que viven.

Una miseria que alcanza todos y cada uno de los estratos vitales de la persona. No tienen qué comer (entre precaria e inexistente podríamos definir su alimentación), la higiene es una utopía, las relaciones sociales son de tres tipos, inexistentes, violentas, o degradantes, no hay apenas organización social, y las esperanzas de la gente se centran en superar las próximas 24 horas. Con toda sinceridad, el lugar es muy deprimente. Tienen por lo menos una escuela de primer ciclo a la que acuden los niños, pero nada más echar un vistazo a la tabla de asistencias pude comprobar que habían más espacios en blanco que cruces. Como mínimo allí dentro no sopla ese maldito aire. Toni le preguntó a la profesora cuando dejaba de soplar, y su lacónica respuesta fue: nunca.

Pues bien, aquí es donde hemos iniciado el proyecto.

Por desgracia no creemos que vayamos a tener el éxito de otras comunidades precedentes, porque para desarrollar nuestra ayuda las familias beneficiarias deben aceptar unos grandes compromisos, entre los que figura el abandono inmediato y definitivo del alcohol. Por lo menos nos tranquiliza que las familias que consigan llegar hasta el final del proyecto cambiarán su vida en un cien por cien, pasando de la miseria más absoluta a la extrema pobreza, un salto imposible sin ayuda externa, y eso, aunque una sola persona lo consiguiera, nos llena de esperanza y orgullo.

No voy a colocar muchas fotografías, para no hablar más de lo obvio, sólo algunas que reflejen lo que acabo de comentar.

Sin embargo no quiero cerrar este capítulo sin comentar que, a pesar de la dureza del lugar y de todo lo expuesto, esta gente sólo necesita un empujón, algo que les haga ilusionarse en algo más que llegar a la mañana del día siguiente vivos, y en esa tarea estamos todos, vosotros que nos apoyáis, nosotros con nuestra palabrería y nuestras pequeñas acciones, y nuestra gente en Perú, que son quienes realmente están consiguiendo transformar en ilusión un lugar en el que el propio Satanás se encontraría incómodo. Así que ánimo, que también el infierno se puede cambiar y hacer algo más acogedor.


Los niños en la escuela de Illapata esperando para recibir unos caramelos y galletas.

Reparto de los lotes de lana a las madres en la misma escuela. Todo bajo riguroso censo...

Reparto de la ropa traída desde Barcelona entre las gentes de Illapata.

Podéis ver las caras de tensión de Luz, de Xesca y Cris entregando la ropa a la gente. Vivimos esa tarde momentos duros, como cuando desvestimos a una niña de sus harapos para ponerle algunas prendas nuevas. Una niña que nunca, desde su nacimiento, había llevado nada limpio, incluyendo su propia piel...

Y aún así, Luz siempre tiene una sonrisa. Un buen augurio para el proyecto.