dimecres, de desembre 31, 2008

Feliç any nou

Hola a tots,

Ara, quan en aquesta part del món encara estem a l'any 2008 i tots vosaltres heu traspassat la línea imaginària que divideix el temps per entrar en un nou any, la Luz i jo us volem desitjar algunes coses.

Que sigueu feliços i conseqüents amb aquesta felicitat, que la cerqueu, que la conserveu com la fabul.la de la papallona, sense aixafar-la, deixant-la respirar i gaudint en cada moment dels seus colors, però sobre tot aprenent de la seva transformació.

I és aquesta la reflexió que volem fer pel nou any, que nosaltres ens apliquem en primeríssima persona, si un cuc repulsiu que només ens inspira por i fàstic és prou capaç de convertir-se en una papallona extraordinària, com nosaltres que som éssers evolucionats no serem capaços de fer el mateix.

Sort, bones noves, amor per un mateix i pels altres, i evolució, amb tot el nostre carinyo,

Petons !!!!

Jordi i Luz.

dilluns, de desembre 29, 2008

Pumaorcco, el retorno !!!

Hola,

Como prometí todavía falta un último capítulo de nuestro reencuentro con la gente de Pumaorcco.

También prometí que sería terrorífico y ahora, si os atrevéis a continuar leyendo, vais a sentir el pánico en vuestros cuerpos, los vellos erizándose cual estacas amenazadoras a los excesivos ropajes del invierno, y los ojos pasmados en un rictus que permanecerá por los siglos congelado de estupor.

¿Qué puede ser tan terrible, os estaréis preguntando? Seguid si tenéis valor, pero para aquellos de corazón sensible, marcapasos, arritmias, problemas linfáticos y otras enfermedades de asustar, os aconsejo cerrar este blog y esperar a que la cantidad de artículos-chorrada sea suficiente para hacer desaparecer éste de los primeros lugares.

¿No? Bien, a partir de aquí todo es bajo vuestra responsabilidad…

Después de nuestra última visita a Pumaorcco en la que dedicamos la jornada entera a comprobar el estado de los galpones (cuyeros), los terrenos de pasto, el riego último modelo instalado en la comunidad por el ayuntamiento de Cacca, y repartir ropa y lotes de primera necesidad, volvimos a los dos días a una actividad "lúdica". A una fiesta dirían los más optimistas.

Imaginé que la cosa se pondría complicada cuando insistieron en hacerme una foto con semejante sombrero. En ese momento debería haberme bajado del auto y emprender una carrera hacia atrás, pero ni sabía dónde me encontraba ni mi forma física es la de unos años atrás, así que me resigné, me persigné y decidí afrontar como un hombre lo que viniera.

Cuando el vehículo que nos transportaba, en condiciones de extremo lujo, por las tierras andinas arribó a las postrimerías de Pumaorcco lo primero que nuestros ojos vieron fue el acostumbrado revuelo de niños, pero esta vez su llegada hizo intuir que algo estaba por pasar. De la cantidad habitual apenas tres o cuatro nos recibieron… en un primer momento. Al cabo de pocos segundos de haber abandonado nuestro coche una brisa melódica como el soplido humano en un tubo de PVC perforó nuestros tímpanos en la distancia.

Del centro común de Pumaorcco se acercaban en procesión las fuerzas vivas de la comunidad con unos danzarines ataviados con los ropajes del Señor del Coioriti que abrían la comitiva de agricultores y resto de la población.

La orquesta nos alcanzó casi al tiempo que la marabunta nos engullía y, presos por las manos de niños pequeños confabulados con el resto de gente, nos obligaron a descender la empinada cuesta hasta el centro social. Debo aclarar que tal centro lo constituyen tres edificios, un salón comunal, una escuelita y una capilla.

Al llegar al último de ellos se desató el terror que tantas señales me habían anticipado ese día. Un grupo de veintidós niños esperaban vestidos con sus trajes típicos en la puerta de la capilla, y a los pocos minutos de nuestra llegada, un cura español con una mala leche impresionante confirmó mi temor inicial.

¡Cada uno de nosotros iba a bautizar a siete niños! Bueno cada pareja para ser exactos, pero a mí y Luz, como no podía ser de otra forma, nos tocaron ocho niños de Pumaorcco. ¡Por Dios, padrinos de ocho niños de golpe! ¡Os podéis imaginar el día de la mona! ¡O cuando comiencen a caer en cascada diente tras diente y el ratoncito Pérez deba hacer acto de presencia!

Sí, lo sé, espantoso.

Pero os aseguro que no pude hacer nada al respecto, no tenía dónde escapar entre aquellas cumbres imponentes y estoy convencido que me habrían cazado cual novio a la fuga ante la perspectiva de una boda forzada. Y por eso rescaté la mínima hombría que pude, le eché valor, firmé con el nombre de otro, y pa’lante, que fuera lo que tuviese que ser.

La ceremonia se realizó con total normalidad, en un quechua fluido que todos comprendimos sin problemas, y acompañando cada oración bondadosa del padre español con una mayor afluencia de cuerpos embutidos en los treinta metros de la iglesia.

Fabuloso.

A la salida el oxígeno me golpeó con tal fuerza en los pulmones huérfanos del gas elemento que casi me hizo caer, pero una vez más aguanté como un hombre el lanzamiento olímpico de caramelos y monedas (en el que los adultos utilizaron su mayor corpulencia para hacerse con más cantidad de premios), las fotos de certificación del acto y las felicitaciones posteriores de los padres.

Después de todo esto nos obsequiaron con una comida excelente, danzas y bailes interminables de obligada participación, y regalos para todo el mundo (atención, alcalde de Sabadell incluido) confeccionados por ellos mismos.

En fin, una jornada que resultó agotadora pero que jamás en toda mi vida podré olvidar.

Quiero decir públicamente lo que quiero a Xesca y a Toni, dos personas cuya presencia es como tomar permanentemente el elixir de la larga vida. Gracias de corazón.

Y por cierto, ya os pasaré mi número de cuenta corriente para los cumpleaños de mis ahijados...

dilluns, de desembre 08, 2008

Illapata, como silla y pata, pero sin la "S"

Hola,

El artículo de hoy no va a ser sencillo, no me va a gustar escribirlo y, a poco sensibles que estéis, tampoco vais a disfrutar mucho leyéndolo. Mi cerebro ha bloqueado una parte importante de lo que aconteció ese día, pero aquí va lo que he podido rescatar del recuerdo.

Una de las visitas que hicimos en el último viaje fue acudir a Illapata, silla y pata sin "S", según una de nosotros. Una comunidad situada a unos cuantos kilómetros al noroeste de Pumaorcco y que es lo más cercano al infierno que jamás he visitado. Claro que aquí el buen Satán se abriga con harapos y bebe alcohol de 100º, del que se desecha tras limpiar maquinaria pesada, para calentar su estómago vacío y borrar de su cerebro cualquier idea o ilusión que decidiese crear.

El primer día que acudimos a Pumaorcco, Cris, uno de nuestros miembros en el Cusco, nos anunció que más arriba de esa comunidad había otra mucho más pobre. Nuestras miradas se cruzaron, incrédulas y asustadas, nada podía ser peor, incluso Toni comentó que más arriba de Pumaorcco sólo estaba el cielo, pero se equivocó. Tras escuchar la descripción del lugar que nos hizo Cris decidimos acudir con urgencia para valorar con nuestros propios ojos las necesidades de la comunidad y ver si, dentro de nuestro presupuesto, podíamos destinar alguna parte para echarles una mano.

Pensamos en lotes de comida, lana, en fin, lo que habitualmente preparamos, pero antes de ponermos manos a la obra decidimos acudir con algunas galletas y dulces para los niños, repartir la ropa que nos había sobrado de Pumaorcco y así comprobar in situ las deficiencias y necesidades más urgentes. Por desgracia cuando llegamos comprendimos que Cris tenía razón, más arriba de Pumaorcco no encontramos el cielo, sino al cancerbero guardando la puerta de Illapata.

Subimos por la tarde, más o menos después de la hora de comer, desconocida ya que ninguno de nosotros comió en esos días. Todo el grupo saltamos a la furgoneta, nos despedimos de nuestros amigos pumaroqueños y arrancamos montaña pelada hacia la cumbre. Tardamos unos cuarenta minutos de baches y saltos antes de llegar.

La primera impresión no fue muy mala, incluso la visión de unas letrinas comunes nos dieron una alegría tan efímera como falsa. Bajamos de la furgoneta, nos estiramos un poco, alguno recogió un riñón perdido del interior del vehículo y, antes de que tuviéramos tiempo de abrir la portezuela trasera, un reguero de niños se acercó curioso. No tengo muchas fotos para ilustrar esta parte porque ni siquiera me atreví a sacar la cámara, no por miedo claro, sino por falso pudor.

Acudieron en el primer grupo media docena de niños, harapientos, sucios hasta casi el vómito, llenos de mocos, hambre y frío, con la mirada perdida en aquella especie de extraterrestres recién bajados de una nave espacial a motor de gasoil. Les dimos algunos caramelos y galletas, y pronto acudió el resto de niños de la comunidad. No sé cuántos habrían, quizá unos setenta..., les dimos galletas, chupa-chups, caramelos y algún lápiz y cuadernos que nos habían quedado de Pumaorcco. Vaciar el Sahara con una cuchara de café...

De la mano de los niños subimos hasta lo que podríamos llamar "el centro del pueblo", donde incluso había una escuelita con dos profesoras, y que se alegraron tanto de vernos que hasta se ofrecieron a recibir nuestra mínima ayuda para repartirla ellas al día siguiente. Debo aclarar que la miseria es tan grande en esos lares que ni siquiera los que deberían de tener algo gozan de tal privilegio, así que por desgracia para las maestras fuímos nosotros mismos los encargados de repartir la ropa que nos había sobrado.

Acudieron mujeres con más niños a recoger esas cuatro prendas de ropa y, con una dignidad escalofriante, la tomaban, nos lo agradecían y salían a sentarse en el suelo. El sol comenzaba a ocultarse y el frío se sentía cada vez con más fuerza, pero ellas se quedaron allí, quietas, sin hablar, sin hacer ruido, esperando quién sabe qué.

Quizá esperando algo que no llevábamos con nosotros...

Tardaron algo más en llegar los hombres, no muchos, supongo que los menos ebrios de los que permanecían por la comunidad en ese momento. Sus ojos vidriosos, casi atacados de glaucoma, enrojecidos, perdidos, con la vista vuelta hacia el interior y asintiendo a cualquier palabra nuestra sin escucharnos, sin oirnos, y sin ni siquiera comprender nuestro idioma.

Hicimos el reparto de la ropa lo más rápido posible y nos fuímos con la promesa de volver al día siguiente con lotes de comida y lana para que confeccionaran prendas de abrigo. Lo hicimos al cabo de un par de días. Nos encontramos entonces con las fuerzas vivas de la comunidad (debo decir que nos trataron con exquisito respeto y que el presidente de la comunidad se esforzó todo lo que pudo en complacernos), y nos pidieron que les ayudáramos como estábamos haciendo en Pumaorcco.
Les ofrecimos nuestra ayuda a cambio de que dejaran de beber, pero ...

No sé si volveré allí alguna vez, espero que no. Quizá volvamos a Illapata, pero deseo de corazón no volver a ese lugar jamás. Deseo con toda mi alma que no vuelva a existir una Illapata nuna más, pero no soy un iluso, he visto suficiente para perder la candidez que proporciona una buena televisión. Una vez más comprendí la fortuna infinita de haber nacido varón, blanco y occidental (además de alto y guapo), unos atributos tan preciados y caros que debería estar penado por ley desperdiciarlos en estupideces y banalidades.


Gracias a Toni, que sacó su cámara y estuvo a la altura de las circunstancias, ¡como siempre! ¡Qué suerte los que nos cobijamos, en mayor o menor medida, bajo su ala!