dilluns, de desembre 08, 2008

Illapata, como silla y pata, pero sin la "S"

Hola,

El artículo de hoy no va a ser sencillo, no me va a gustar escribirlo y, a poco sensibles que estéis, tampoco vais a disfrutar mucho leyéndolo. Mi cerebro ha bloqueado una parte importante de lo que aconteció ese día, pero aquí va lo que he podido rescatar del recuerdo.

Una de las visitas que hicimos en el último viaje fue acudir a Illapata, silla y pata sin "S", según una de nosotros. Una comunidad situada a unos cuantos kilómetros al noroeste de Pumaorcco y que es lo más cercano al infierno que jamás he visitado. Claro que aquí el buen Satán se abriga con harapos y bebe alcohol de 100º, del que se desecha tras limpiar maquinaria pesada, para calentar su estómago vacío y borrar de su cerebro cualquier idea o ilusión que decidiese crear.

El primer día que acudimos a Pumaorcco, Cris, uno de nuestros miembros en el Cusco, nos anunció que más arriba de esa comunidad había otra mucho más pobre. Nuestras miradas se cruzaron, incrédulas y asustadas, nada podía ser peor, incluso Toni comentó que más arriba de Pumaorcco sólo estaba el cielo, pero se equivocó. Tras escuchar la descripción del lugar que nos hizo Cris decidimos acudir con urgencia para valorar con nuestros propios ojos las necesidades de la comunidad y ver si, dentro de nuestro presupuesto, podíamos destinar alguna parte para echarles una mano.

Pensamos en lotes de comida, lana, en fin, lo que habitualmente preparamos, pero antes de ponermos manos a la obra decidimos acudir con algunas galletas y dulces para los niños, repartir la ropa que nos había sobrado de Pumaorcco y así comprobar in situ las deficiencias y necesidades más urgentes. Por desgracia cuando llegamos comprendimos que Cris tenía razón, más arriba de Pumaorcco no encontramos el cielo, sino al cancerbero guardando la puerta de Illapata.

Subimos por la tarde, más o menos después de la hora de comer, desconocida ya que ninguno de nosotros comió en esos días. Todo el grupo saltamos a la furgoneta, nos despedimos de nuestros amigos pumaroqueños y arrancamos montaña pelada hacia la cumbre. Tardamos unos cuarenta minutos de baches y saltos antes de llegar.

La primera impresión no fue muy mala, incluso la visión de unas letrinas comunes nos dieron una alegría tan efímera como falsa. Bajamos de la furgoneta, nos estiramos un poco, alguno recogió un riñón perdido del interior del vehículo y, antes de que tuviéramos tiempo de abrir la portezuela trasera, un reguero de niños se acercó curioso. No tengo muchas fotos para ilustrar esta parte porque ni siquiera me atreví a sacar la cámara, no por miedo claro, sino por falso pudor.

Acudieron en el primer grupo media docena de niños, harapientos, sucios hasta casi el vómito, llenos de mocos, hambre y frío, con la mirada perdida en aquella especie de extraterrestres recién bajados de una nave espacial a motor de gasoil. Les dimos algunos caramelos y galletas, y pronto acudió el resto de niños de la comunidad. No sé cuántos habrían, quizá unos setenta..., les dimos galletas, chupa-chups, caramelos y algún lápiz y cuadernos que nos habían quedado de Pumaorcco. Vaciar el Sahara con una cuchara de café...

De la mano de los niños subimos hasta lo que podríamos llamar "el centro del pueblo", donde incluso había una escuelita con dos profesoras, y que se alegraron tanto de vernos que hasta se ofrecieron a recibir nuestra mínima ayuda para repartirla ellas al día siguiente. Debo aclarar que la miseria es tan grande en esos lares que ni siquiera los que deberían de tener algo gozan de tal privilegio, así que por desgracia para las maestras fuímos nosotros mismos los encargados de repartir la ropa que nos había sobrado.

Acudieron mujeres con más niños a recoger esas cuatro prendas de ropa y, con una dignidad escalofriante, la tomaban, nos lo agradecían y salían a sentarse en el suelo. El sol comenzaba a ocultarse y el frío se sentía cada vez con más fuerza, pero ellas se quedaron allí, quietas, sin hablar, sin hacer ruido, esperando quién sabe qué.

Quizá esperando algo que no llevábamos con nosotros...

Tardaron algo más en llegar los hombres, no muchos, supongo que los menos ebrios de los que permanecían por la comunidad en ese momento. Sus ojos vidriosos, casi atacados de glaucoma, enrojecidos, perdidos, con la vista vuelta hacia el interior y asintiendo a cualquier palabra nuestra sin escucharnos, sin oirnos, y sin ni siquiera comprender nuestro idioma.

Hicimos el reparto de la ropa lo más rápido posible y nos fuímos con la promesa de volver al día siguiente con lotes de comida y lana para que confeccionaran prendas de abrigo. Lo hicimos al cabo de un par de días. Nos encontramos entonces con las fuerzas vivas de la comunidad (debo decir que nos trataron con exquisito respeto y que el presidente de la comunidad se esforzó todo lo que pudo en complacernos), y nos pidieron que les ayudáramos como estábamos haciendo en Pumaorcco.
Les ofrecimos nuestra ayuda a cambio de que dejaran de beber, pero ...

No sé si volveré allí alguna vez, espero que no. Quizá volvamos a Illapata, pero deseo de corazón no volver a ese lugar jamás. Deseo con toda mi alma que no vuelva a existir una Illapata nuna más, pero no soy un iluso, he visto suficiente para perder la candidez que proporciona una buena televisión. Una vez más comprendí la fortuna infinita de haber nacido varón, blanco y occidental (además de alto y guapo), unos atributos tan preciados y caros que debería estar penado por ley desperdiciarlos en estupideces y banalidades.


Gracias a Toni, que sacó su cámara y estuvo a la altura de las circunstancias, ¡como siempre! ¡Qué suerte los que nos cobijamos, en mayor o menor medida, bajo su ala!