dissabte, de març 29, 2008

Nicolases de Ovando y similares

Hola,

Es por muchos de vosotros conocido mi amor a las tierras americanas, incluso en primera persona, como muy bien sabéis. Un sentimiento de cariño por estos lares que me han llevado incluso a desear establecerme definitivamente en este lado del mundo.

Es la sociedad americana un conglomerado de gentes extrañas, mil veces mezcladas y rehechas, humilladas y orgullosas. Atención, cuando hablo de americanos nunca me refiero a los anglosajones, léase canadienses o americanos, que para mí son otra cosa. Cuando hablo de América me refiero a Colombia, Argentina, Chile, Ecuador, mi querido Perú, República Dominicana, Bolivia, ...

Decía pues que son sociedades extrañas. Yo no las conozco tan a fondo como quisiera, pero algo sí he ido apreciándolas a lo largo de estos años y en algo me he acercado a ellas, siempre desde el podium que supone ser blanco, pronunciar con rotundidad las zetas y las erres y tener el bolsillo mullido al estilo occidental.

Son pueblos jóvenes, la mayoría con sus independencias logradas a lo largo del siglo XIX a costa de luchas y violencia, y cuya concepción de la tierra, y de la patria, es la que se vivió en Europa durante esa época, Patria, Libertad o Muerte. Perú Glorioso, Orgullo Dominicano,... Los sentimientos románticos del "Con cien cañones por banda" son los que abanderan cada acto social que realizan. En las escuelas, por ejemplo, cada mañana se iza la bandera, y centenares de escolares saludan con respeto ese pedazo de tela que les significa y los diferencia del resto del mundo.

Un orgullo patrio exacerbado que, para un europeo, incluso para un catalanista como yo, suenan a caspa, refrito, ruido de sables y que me producen más miedo y repulsa, que admiración.

Sin embargo, ese mismo orgullo patrio convive con símbolos de la conquista española, que si por algo se caracterizó no fue por su acercamiento a las culturas indígenas, ni por el respeto a sus gentes.

La primera vez que pisé Lima me sorprendió que en el centro de la Plaza de Armas, frente a la catedral y el palacio presidencial, una escultura imponente dominara el espacio con un Pizarro ecuestre, sable en mano y yelmo de guerra.

En los pueblos cuzqueños todavía se conservan, en muchos de ellos por lo menos, unos árboles centenarios que plantaron los conquistadores como señal del territorio que iban ocupando.

Otro de esos ejemplos lo vemos en la República Dominicana, cuyo centro histórico está marcado por el Alcázar de Colón, desde el que se reprimió y extinguió a los indios nativos, con una estatua del insigne Almirante, dedo enhiesto, en la que la india más famosa de entonces, Anacaona, hija de reyes taínos (que se acercó a los españoles hasta el punto de aprender su lengua y servir de intérprete en un primer intento de convivencia), yace unos metros por debajo en señal de servidumbre del marino y grabando su nombre en el pedestal.

En la misma capital dominicana tenemos un ejemplo mucho más palpable. El mejor hotel de la ciudad, en pleno casco colonial, es el Nicolás de Ovando, en homenaje al que fue segundo gobernador de la isla tras el destierro forzoso de Cristòfol Colom. Pues bien, el insigne señor de Ovando tiene en el haber de su trayectoria el asesinato de más de trescientos mil indios taínos (denominación de los pobladores de la Española antes de la conquista), además al más puro estilo nazi, ya que como no daba abasto a golpe de bayoneta y trabucazo, los reunía en grandes cabañas de paja y los quemaba a todos juntos, así avanzaba más deprisa. Otro de sus grandes hitos fue perseguir a la india Anacaona hasta hacerse con ella y asesinarla.

Estas estatuas, Pizarros, Colones, Ovandos, y un larguísimo etcétera, es evidente que fueron instaladas por los colonizadores en siglos posteriores, pero nunca he comprendido porque un pueblo que cada mañana saluda a la bandera y glorifica a su libertador de turno, Bolívar, Duarte, Guevara, sigue manteniendo esos símbolos colonialistas, teñidos de la sangre de sus ancestros, en los mejores lugares de su geografía.

Es como si nosotros tuviéramos en el centro de la Plaça Catalunya una estatua de Felipe V, o de cualquiera de sus ilustres discípulos, Francisquitos Francos, etc..., tan beneficiosos para nuestra cultura, nuestros ancestros, y nuestra lengua, hasta el punto de tener la deferencia de redactar, ya en 1716, la primera ley prohibitiva del uso del catalán.

Pero lo mejor de todo es que a veces dudo de si ellos deberían tomar nuestro ejemplo, o nosotros el suyo...


Sin duda, ellos el nuestro.