dilluns, de febrer 25, 2008

Primera, y espero que última, vez en USA

Hola,

Este fin de semana he tenido la fortuna de visitar uno de los países del Caribe más emblemáticos, Jamaica.

No tuve mucho tiempo de disfrutar de él, la verdad, porque en realidad mi visita era profesional y pasé la mayor parte de mi tiempo en una oficina, aunque sí debo reconocer que en el rato que pasé fuera me encantó lo que vi.

Sin embargo no es de eso de lo que quería hacer hoy un comentario. Para viajar de la República Dominicana hasta Jamaica (40 minutos de vuelo directo, si lo hubiera) tuve que pasar por el maravilloso aeropuerto de Miami. Tardé diez horas en ir y más de trece en volver.

Nada más aterrizar en Miami, después de pasar los mismos controles indignantes que en cualquier otro aeropuerto antes de embarcar con destino USA, lo primero que ves, justo al abrirse la puerta del avión en la entrada del finger, es a cuatro o cinco policías armados hasta los dientes (tamaño XXL) que custodian la boca del brazo mecánico. Desde ese preciso momento hasta que sales del país te sientes como un delincuente porque te tratan así, ni más ni menos.

Corres por unos pasillos interminables, como cualquier otro aeropuerto, la verdad, en busca de los mostradores de inmigración, hasta que llegas a ellos. Entonces se abre una sala de dimensiones espectaculares, con cuarenta puestos de control de pasaportes, y unas filas de gente infinitas. Ahí perdí mi primer vuelo de conexión.

Tras más de una hora de espera te atiende un amable policía, armado como para invadir el sólo Cuba si fuera necesario, que a mi pregunta de si hablaba español me miró con cara de perro rabioso y me contestó que "por supuesto". Un deseo irrefrenable de hablarle en catalán me invadió desde el estómago hasta el resto de mi cuerpo, aunque en ese momento conseguí apaciguarlo.

Me preguntó qué hacía, a dónde iba, con quién, dónde me pensaba quedar (sólo estaba de tránsito) si perdía el avión, porqué iba a Jamaica, cómo es que sólo estaría dos días, porqué venía de la República Dominicana si era español (otra en la frente), porqué había escrito que nací en Catalunya, porqué había escrito que mi profesión es escritor, y un montón de preguntas más de la misma índole, trasgresora del más mínimo derecho a la intimidad. Por fin, cuando ya pareció que nos conocíamos de toda la vida, sobre todo él a mí, claro, me tomo mis huellas digitales, de ambas manos, una foto de rostro y otra de iris.

Salí tan avergonzado como indignado y hundido. Además de profundamente cabreado por haber perdido mi vuelo a Jamaica. Después de pasar ese control hay que embarcar de nuevo, es decir, te obligan a salir de la zona de embarque del aeropuerto para volver a entrar inmediatamente, por lo que tuve que vivir de nuevo el indignante chantaje que supone volver a abrir la maleta, descargar toda mi ropa en una cinta, quitarme el cinturón, los zapatos, las gafas, enseñar de nuevo el pasaporte, la tarjeta de embarque, someterme a un nuevo interrogatorio infernal y cagarme en la madre que los parió tanto como tiempo tuve, que fue mucho.

Por fin conseguí entrar de nuevo y cambiar mi vuelo para unas horas más tarde.

El regreso todavía fue peor, porque después de volver a sufrir otra vez ese maldito calvario en el control de inmigración, perdí el único vuelo diario entre Miami y Punta Cana y tuve que viajar por Santo Domingo, a las tantas de la noche y realizar, después de más de diez horas desde que salí de Jamaica, un traslado por carretera de tres horas y media hasta Punta Cana.

Quizá escriba todo esto hoy desde una rabia profunda, contenida aunque no mitigada, por el denigrante trato al que me sometieron, junto con otros cientos de miles de pasajeros, en ese aeropuerto. Un cartel inmenso decía "Mantengamos abiertas las puertas de nuestro país, pero mantengamos las fronteras seguras para nuestras familias e hijos", ¡sinvergüenzas!.

No me había sentido tan humillado y con tan poca opción de réplica en mi vida, ni cuando de niño el típico matón de la escuela te tomaba como puching ball durante unos días. Por lo menos allí podías descargar algún puñetazo por cada diez que te caían.

Estoy convencido de que en un país de trescientos millones de habitantes no todos pueden ser gilipollas, pero lo cierto es que estos últimos son los que mandan, y eso en una pena enorme. Ojalá el resto de naciones del mundo sometieran a los ciudadanos americanos a semejante trato, aunque sólo fuera por una semana, así podrían ver lo indigno de su conducta.

Sé que debería ser como la barca de la fábula y que el otro barquero no encontrara en la mía con quien pelear, pero hoy siento todavía el calor interno de un sentimiento de vergüenza, indignación e impotencia ante lo que viví.

Por lo demás, todo bien.

Un beso,

Jordi.